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Estudio del psicoanálisis y psicología

ALGUNAS REFLEXIONES SOBRE "LA ORESTIADA" (1963): Melanie Klein


ALGUNAS REFLEXIONES SOBRE "LA ORESTIADA"
(1963)
: Melanie Klein

 

Obras Completas de Melanie Klein

ALGUNAS REFLEXIONES SOBRE "LA ORESTIADA"(1963)

El siguiente estudio está basado en la famosa traducción de La
Orestíada, realizada por Gilbert Murray. El enfoque central que me
propongo adoptar al examinar esta trilogía es el de la diversidad de roles
simbólicos que encarnan los personajes.
Pero antes de entrar en materia, me parece útil hacer una breve reseña
de las tres obras. En la primera de ellas, Agamenón, el héroe, regresa
victorioso luego del saqueo de Troya y es recibido por Clitemnestra, su
esposa, quien se deshace en falaces demostraciones de elogio y admiración,
y logra persuadirlo de que entre al palacio caminando sobre un valioso tapiz
de púrpura que ella ha mandado colocar. Existen en la trilogía algunas
insinuaciones en el sentido de que se trata del mismo tapiz que Clitemnestra
utiliza más tarde, a modo de red, para envolver a Agamenón en el baño,
inmovilizarlo y darle muerte con su hacha de armas. Inmediatamente
después, ella comparece triunfante ante los Ancianos e intenta justificar su
crimen alegando que con él ha vengado la muerte de Ifigenia, a la que
Agamenón había mandado inmolar a los dioses a fin de contar con vientos
favorables durante su travesía a Troya. Sin embargo, el dolor por la pérdida
de su hija no es el único móvil que impulsa a Clitemnestra a asesinar a su
marido: durante su ausencia, ella ha tomado por amante a Egisto, el peor
enemigo de Agamenón, y, por consiguiente, se enfrenta al temor que le
inspira la venganza de éste. Es evidente que la única alternativa que le queda
es matar a su marido, pues de lo contrario serán ella y su amante quienes
perezcan. Al margen de estas motivaciones, da la impresión de que
Clitemnestra odia intensamente a su marido, lo cual se pone de manifiesto
con toda claridad cuando, llena de jactancia, proclama ante los Ancianos
que lo ha asesinado. Muy pronto, estos sentimientos de exaltación dan paso
a la depresión; Clitemnestra disuade a Egisto cuando éste se dispone a
hacer uso de la violencia para acallar la oposición de los Ancianos, y le hace
la siguiente súplica: "Basta ya de muertes, no más ensangrentarnos".
La segunda parte de la trilogía, Las Coéforas, está dedicada a
Orestes, alejado por su madre cuando era muy pequeño. La obra se inicia
con una escena en la que Orestes reencuentra a su hermana Electra junto al
túmulo funerario del padre de ambos. Esta, quien abriga una encarnizada
hostilidad contra su madre, llega allí con las esclavas a ofrecer libaciones
sobre la tumba de Agamenón. Clitemnestra misma las ha enviado con ese
fin después de tener un sueño horripilante que la estremece de espanto. Es
el Coro de estas esclavas portadoras de libaciones el que insinúa a Electra y
a Orestes que, para que la venganza sea completa, es preciso matar, no sólo
a Egisto, sino también a Clitemnestra. Estas palabras no hacen más que
ratificar el mandato que le fuera impuesto a Orestes por el Oráculo de
Delfos, mandato que, en última instancia, procedía del mismo Apolo.
Orestes se hace pasar por un caminante extranjero y, en compañía de
su amigo Pílades, va a palacio donde, confiando en no ser reconocido, le
anuncia a Clitemnestra que Orestes ha muerto. Si bien ésta da rienda suelta a
su dolor, no parece estar plenamente convencida de la veracidad de la
noticia; prueba de ello es que manda llamar a Egisto con la advertencia
expresa de que acuda escoltado por su guardia. El Coro de Esclavas
convence a la portadora del mensaje que suprima esta última advertencia;
Egisto llega solo y desarmado, y Orestes lo ultima. Un siervo informa a
Clitemnestra de la muerte de Egisto, y ella misma se siente en peligro y pide
que le traigan su hacha de armas. Orestes, efectivamente, amenaza con
matarla, y ella, en lugar de resistirse, le suplica que le perdone la vida.
También le previene que las Erinias lo castigarán si consuma su crimen.
Orestes hace caso omiso de las advertencias de su madre y la mata, y las
Erinias se le aparecen de inmediato.
Han transcurrido varios años cuando se inicia la tercera obra (Las
Euménides), años en los que Orestes se ha visto acosado por las Erinias,
debiendo permanecer alejado de su patria y del trono de su padre. Su meta
es llegar a Delfos; donde espera ser perdonado. Allí lo encontramos en la
primera escena de la obra, en la que Apolo le aconseja que recurra a Atena,
diosa que simboliza la justicia y la sabiduría. Atena dispone que se forme un
tribunal, compuesto por los hombres más sabios de Atenas, ante el cual
deponen Apolo, Orestes y las Erinias. El número de votos en favor de
Orestes iguala al de los que le son adversos, pero Atena, que posee el voto
decisivo, inclina la balanza en favor de Orestes obteniendo así su
absolución. En el curso del proceso, las Erinias proclaman obstinadamente
que Orestes debe ser castigado y que no tienen la menor intención de
abandonar su presa. Atena trata de apaciguarías proponiéndoles compartir
con ellas su poder sobre Atenas y asegurándoles que allí serán honradas
para siempre como guardianas de la ley y el orden. Estas promesas y
argumentos provocan un cambio en las Erinias, quienes a partir de ese
momento se convierten en las Euménides, las "benévolas"; aceptan que
Orestes sea absuelto y éste regresa a su ciudad natal para convertirse en
sucesor de su padre.
Antes de entrar a examinar aquellos aspectos de La Orestíada que
encuentro particularmente interesantes, quisiera exponer una vez más
algunos de mis hallazgos acerca del desarrollo temprano. En el curso del
análisis de niños de corta edad, descubrí que un superyó implacable y
persecutorio coexiste con la relación con los padres amados e incluso
idealizados. Retrospectivamente, encontré que durante los primeros meses
de vida, cuando los impulsos destructivos, la proyección y la escisión están
en su apogeo, la vida emocional del bebé está plagada de figuras terroríficas
y persecutorias, las cuales representan los aspectos terribles de la madre y
amenazan al niño con toda la maldad que éste, en sus momentos de odio y
de rabia, dirige contra su objeto primario. Aunque el amor por la madre
sirve para contrarrestar a estas figuras, ellas son fuente de intensas
ansiedades1. Desde el principio, la introyección y la proyección son
operativas y constituyen la base para la internalización del objeto primero y
fundamental: el pecho materno y la misma madre, tanto en sus aspectos más
temidos como en sus aspectos buenos. Dicha internalización constituye la
base del superyó. Intenté demostrar que incluso el niño que tiene una
relación cariñosa con la madre experimenta también, inconscientemente, el
terror de ser devorado, despedazado y destruido por ella2. Estas
ansiedades, si bien modificadas por un creciente sentido de la realidad,
persisten en mayor o menor grado a lo largo de la temprana infancia. Las
ansiedades persecutorias de esta naturaleza forman parte de la posición
esquizo-paranoide que caracteriza a los primeros meses de vida. Esta
posición incluye cierta dosis de retraimiento esquizoide, como también
fuertes impulsos destructivos (que, al ser proyectados, engendran objetos
persecutorios), y una disociación de la figura materna en una parte muy
mala y otra buena e idealizada. Existen otros innumerables procesos de
escisión, tales como la fragmentación y un fuerte impulso a relegar las
figuras terroríficas a los estratos más profundos del inconsciente3. Entre los
mecanismos que predominan durante este período figura la negación de
todas las situaciones que provocan temor, mecanismo que está vinculado a
la idealización. A partir del estadio más temprano, estos procesos se ven
reforzados por repetidas experiencias de frustración, que nunca se pueden
evitar por completo.
1 En mi artículo "Estadíos tempranos del conflicto edípico" (1928), aparecen mis primeras descripciones de
estas ansiedades.
2 En El psicoanálisis de niños he tratado este punto en forma mas extensa, presentando ejemplos de dichas
ansiedades.
3 Véase mi artículo "Sobre el desarrollo del funcionamiento mental" (1928).
Es inherente a la situación de ansiedad del bebé el que le resulte
imposible escindir y apartar totalmente a estas figuras terroríficas; además,
la proyección del odio y los impulsos destructivos se logra sólo en cierta
medida, y la división entre la madre amada y la madre odiada no puede
mantenerse demasiado. Así, el bebé no consigue eludir del todo los
sentimientos de culpa, si bien éstos son sólo fugaces durante las etapas
tempranas.
Todos estos procesos están ligados a la tendencia del bebé a la
formación de símbolos y forman parte de su fantasía inconsciente. Frente al
impacto de la ansiedad, la frustración y su escasa capacidad para expresar
lo que siente hacia sus objetos amados, se ve obligado a transferir sus
emociones y ansiedades a los objetos que lo rodean, comenzando por
partes de su propio cuerpo y también partes del cuerpo de su madre.
Los conflictos que el bebé experimenta desde su nacimiento se
originan en la lucha entre los instintos de vida y los instintos de muerte. los
cuales se expresan a través del conflicto entre los impulsos del amor y los
de destrucción. Ambos adoptan múltiples formas y tienen numerosas
ramificaciones. Así, por ejemplo, el resentimiento acrecienta los
sentimientos de deprivación que nunca faltan en la vida de todo bebé. Al
tiempo que la capacidad de la madre de alimentar al bebé constituye una
fuente de admiración, la envidia de tal capacidad estimula poderosamente
los impulsos destructivos. Es propio de la envidia el hecho de que su meta
sea dañar y destruir la creatividad de la madre, de la que, al mismo tiempo,
depende el bebé, y esta dependencia no hace sino reforzar el odio y la
envidia. Tan pronto se inicia la relación con el padre, aparecen sentimientos
de admiración por la fuerza y la potencia de aquél, lo cual nuevamente
desemboca en la envidia. Las fantasías de invertir la situación temprana y
triunfar sobre los padres son componentes básicos de la vida emocional del
bebé. Los impulsos sádicos de naturaleza anal, uretral y oral se expresan a
través de estos sentimientos hostiles dirigidos contra los padres,
sentimientos que, a su vez, suscitan una mayor persecución y temor a la
retaliación de los padres.
He comprobado que las frecuentes pesadillas y fobias de niños de
corta edad son fruto del terror experimentado hacia padres persecutorios,
quienes, por conducto de la internalización, sirven de base para el
despiadado superyó. Es un hecho sorprendente que los niños, pese al amor
y la devoción que reciben de sus padres, alberguen figuras internalizadas
amenazadoras; como ya he señalado, encontré la explicación de dicho
fenómeno en la proyección que el niño hace de su propio odio en los
padres, odio que se intensifica por el resentimiento de saberse sometido a
ellos. En una época, este punto de vista parecía contradecir el concepto de
Freud de que el principal origen del superyó era la introyección de padres
punitivos y coercitivos; posteriormente Freud estuvo de acuerdo con mi
idea de que el odio y la agresividad del niño, proyectados en los padres,
desempeñan un papel importante en el desarrollo del superyó.
A lo largo de mi trabajo, llegué a comprender con mayor claridad que
la idealización de los padres no es otra cosa que el corolario de los
aspectos persecutorios de los padres internalizados. Desde su nacimiento,
impulsado por el instinto de vida, el bebé introyecta también un objeto
bueno, objeto que tiende a idealizar presionado por la ansiedad, lo cual
repercute sobre el desarrollo del superyó. En este sentido, recordamos el
concepto de Freud, expresado en su artículo "El humor" (1928), que afirma
que la actitud bondadosa de los padres se incorpora al superyó del bebé.
Cuando la ansiedad persecutoria está todavía en su apogeo, los
tempranos sentimientos de culpa y depresión son vividos, en alguna
medida, como persecución. Gradualmente, con el fortalecimiento creciente
del yo, la mayor integración y los progresos realizados en la relación con
objetos totales, la ansiedad persecutoria va perdiendo fuerza y comienza a
predominar la ansiedad depresiva. La mayor integración implica que el odio
se vea mitigado, en alguna medida, por el amor, que la capacidad de amar
gane en intensidad, y que la disociación entre los objetos odiados (y por
consiguiente terroríficos) y los objetos amados, disminuya. Los
sentimientos fugaces de culpa, unidos a la sensación de no poder impedir
que los impulsos destructivos dañen a los objetos amados, se acrecientan y
resultan cada vez más penosos. He denominado a esta fase la posición
depresiva, y mi experiencia psicoanalítica con niños y adultos ha
confirmado mi teoría de que el pasaje a través de la posición depresiva
entraña experiencias sumamente dolorosas. Seria imposible entrar a
examinar aquí las múltiples defensas que un yo más fuerte desarrolla para
manejar la depresión y la culpa.
Durante esta etapa, el superyó se percibe como conciencia moral:
prohíbe las tendencias destructivas y asesinas, y fortifica la necesidad que
tiene el niño de que sus padres reales lo guíen y le pongan limites. El
superyó constituye la base de toda ley moral, la cual es común a toda la
humanidad. Sin embargo, incluso en los adultos normales, en épocas de
intensa presión interna y externa, los impulsos escindidos y apartados y las
figuras temibles y persecutorias escindidas y apartadas reaparecen
temporariamente y gravitan sobre el superyó, haciendo que las ansiedades
que se experimentan en ese momento se asemejen bastante a los terrores del
bebé, aun cuando adopten una f orma distinta.
Cuanto más intensa es la neurosis del bebé, tanto más incapacitado se
encuentra para efectuar el pasaje a la posición depresiva, y la elaboración de
dicha posición se verá obstaculizada por cierta oscilación entre la ansiedad
persecutoria y la depresiva. A lo largo de toda esta fase de desarrollo
temprano es factible que se produzca una regresión a la fase esquizoparanoide,
al tiempo que un yo mas fuerte y una mayor capacidad para
tolerar el sufrimiento proporcionan al bebé un mayor percatamiento de esta
realidad psíquica y le permiten elaborar la posición depresiva.
Las experiencias de sufrimiento, depresión y culpa, unidas a un
mayor amor por el objeto, movilizan en el bebé la imperiosa necesidad de
reparar, lo cual debilita la ansiedad persecutoria en relación con el objeto y,
en consecuencia, hace que éste se vuelva más confiable. Todos estos
cambios, que se traducen en una actitud más esperanzada, están ligados a la
menor severidad del superyó.
Si se consigue elaborar la posición depresiva -no sólo durante su fase
culminante sino a lo largo de toda la infancia y en la edad adulta-, el superyó
se limitará principalmente a encauzar y controlar los impulsos destructivos,
desvaneciéndose gran parte de su severidad. Cuando el superyó no es
excesivamente severo, representa un apoyo y una ayuda para el individuo,
puesto que fortalece los impulsos amorosos y fomenta la tendencia a la
reparación. Encontramos una equivalencia bastante aproximada de este
proceso interno en el estímulo que los padres brindan al bebé cuando éste
revela tendencias más constructivas y se relaciona mejor con su medio.
Antes de entrar a ocuparnos de la Orestíada y de las conclusiones
que intento extraer de dicha trilogía en lo referente a la vida mental, quisiera
referirme al concepto helénico de hubris. Según la definición de Gilbert
Murray, "el pecado característico que cometen todas las criaturas, en tanto
están dotadas de vida, se denomina en lenguaje poético Hubris, palabra que
por lo común se traduce como "petulancia" o "arrogancia"... Hubris
siempre ambiciona más y trata de alcanzarlo vorazmente, rompe barreras y
corrompe el orden; es reemplazado por Dike, la Justicia, que se encarga de
restablecer el orden. Este ritmo -Hubris -Dike, la Soberbia y su caída,
Pecado y Castigo- es el que impera en la gran mayoría de los poemas
filosóficos que son peculiares a la tragedia griega..."
En mi opinión, la hubris aparece como algo tan pecaminoso porque
está basada en ciertas emociones que se viven como un peligro para los
demás y para uno mismo. Dentro de estas emociones, una de las más
importantes es la avidez, que se vive originalmente en relación con la madre
y viene acompañada de la amenaza de ser castigado por ella por haberla
explotado tan abusivamente. La avidez está estrechamente relacionada con
el concepto de Moira, que Gilbert Murray desarrolla en la Introducción.
Moira representa la dote o destino que los dioses han asignado a cada uno
de los hombres; cuando se la excede, sobreviene el castigo de los dioses.
El temor a dicho castigo se remonta al hecho de que la avidez y la envidia se
experimentan inicialmente en relación con la madre, a la que el bebé cree
haber dañado con esos sentimientos y quien, merced a la proyección, se
convierte interiormente para él en una figura ávida y cargada de
resentimiento. Así, se la teme como si fuera una fuente de castigo, el
arquetipo de Dios. Cualquier extralimitación con respecto a Moira se vive
como algo estrechamente ligado a la envidia por las posesiones ajenas, y la
secuela es que, merced a la proyección, surge el temor persecutorio de que
los demás lleguen a envidiar y destruir las propias conquistas o posesiones.
"... Pocos hombres son de condición tal, que celebren la buena
fortuna del amigo sin envidiarla. El mortal veneno de la envidia va
infiltrándose en el corazón del que padece ese achaque y hácele que se
doblen sus dolores. Siente sobre si el peso de sus propios males, que le
ahoga, y angústiase a la vez, contemplando la dicha ajena”* .
El triunfo sobre todos los demás, el odio, el deseo de destruir a los
otros, de humillarlos, el placer que proporciona su destrucción por el hecho
mismo de haberlos envidiado, todas estas tempranas emociones que se
viven originalmente en relación con los padres y hermanos forman parte de
la hubris. Ocasionalmente, todo bebé siente envidia y anhela poseer los
atributos y capacidades, primero de la madre y luego del padre.
Básicamente, la envidia está dirigida hacia el pecho de la madre y el alimento
que ella es capaz de producir; en última instancia, hacia su creatividad. Uno
de los efectos de la envidia muy intensa es el deseo de invertir la situación,
de hacer que los padres se conviertan en bebés indefensos, y de que ello
constituya una fuente de placer sádico. Cuando el bebé está dominado por
estos impulsos hostiles y destruye interiormente la bondad y el amor de la
madre, se siente no sólo perseguido por ella sino también culp able y
despojado de objetos buenos. Uno de los motivos por los que estas
fantasías tienen una repercusión tan enorme sobre la vida emocional es que
se las vive con sentido de omnipotencia, es decir, que en la mente del bebé
es como si ya hubieran tenido lugar, o pudieran convertirse en realidad, y
entonces él fuera responsable de todos los trastornos o enfermedades que
padecieran sus padres. Esto lleva a un constante temor a la pérdida, el cual
intensifica la ansiedad persecutoria y subyace al temor al castigo en relación
con hubris.
* esta cita, como todas las demás de La Orestíada que aparecen en el presente texto, ha sido tomada de la
versión castellana de Fernando E. Brieva Salvatierra, publicada en un volumen que contiene las siete
tragedias de Esquilo. Ed. El Ateneo, Colección Clásicos Inolvidables. Buenos Aires, 1957.
Posteriormente, es posible que la rivalidad y la ambición -que son
elementos constitutivos de la hubris - se conviertan en profundos motivos de
culpa si en ellos predominan la envidia y la destructividad. Esta culpa puede
estar encubierta por la negación, pero detrás de esa negación seguirán
operando los reproches que provienen del superyó. Yo me atrevería a
sugerir que los procesos que acabo de descubrir constituyen la razón por la
que, de acuerdo con las creencias helénicas, se vive a hubris como algo tan
severamente prohibido y castigado.
El temor infantil de que el triunfo sobre los demás y la destrucción de
sus capacidades pueda convertirlos en seres envidiosos y temibles, acarrea
importantes consecuencias para la vida futura del bebé. Hay quienes logran
manejar esta ansiedad inhibiendo su propio talento; Freud (1916) nos
proporcionó una descripción del tipo de individuo que no puede tolerar el
éxito porque le produce culpa, y asoció esta culpa en particular con el
complejo de Edipo. En mi opinión, tales personas originalmente desearon
eclipsar a la madre y destruir su fertilidad. Algunos de estos sentimientos se
transfieren al padre y a los hermanos, y posteriormente a otras personas
cuya envidia y odio se teme en ese momento; la culpa que ello despierta
puede provocar fuertes inhibiciones del talento y las posibilidades de éxito.
Aquí resulta oportuno citar una frase de Clitemnestra, que sintetiza este
temor: "No es digno de envidia el que no es envidiado".
A continuación me propongo fundamentar mis conclusiones con
algunos ejemplos tomados del análisis de niños pequeños. Cuando, en su
juego, un niño expresa su rivalidad con el padre haciendo que un tren
pequeño avance con mayor rapidez que otro más grande, o hace que el tren
más chico embista al de mayor tamaño, la secuela es casi siempre un
sentimiento de persecución y de culpa. En el Relato del psicoanálisis de un
niño señalé cómo, durante un tiempo, cada sesión finalizaba con lo que el
niño denominaba una "catástrofe" y que consistía en derribar todos los
juguetes y dejarlos diseminados por el suelo; simbólicamente, ello
representaba para el niño el haber sido suficientemente fuerte como para
destruir a su mundo. Durante varias sesiones quedaba por lo general un
sobreviviente -él mismo- y la secuela de la "catástrofe" era un sentimiento
de soledad, ansiedad y el anhelo de recuperar su objeto bueno.
Otro ejemplo pertenece al análisis de un adulto: un paciente que a lo
largo de toda su vida había inhibido su ambición y su deseo de ser superior
a los demás y, en consecuencia, no habla podido desarrollar plenamente sus
dotes naturales, soñó que estaba de pie, junto al asta de una bandera,
rodeado de niños. El era el único adulto. Todos los niños intentaron, por
turno, trepar hasta la cima del mástil, pero fracasaron. Mi paciente
reflexionó en el sueño que, si él intentara trepar hasta el tope del mástil y
también fallara, los niños se divertirían mucho. No obstante lo cual, y en
contra de su voluntad, realizó la hazaña y se encontró encaramado en la
punta del mástil.
Este sueño confirmó y fortaleció su comprensión, fruto de material
previo, de que su ambición y su rivalidad eran mucho más poderosas y
destructivas de lo que nunca se había permitido imaginar. En el sueño había
transformado desdeñosamente a sus padres, a la analista y a todo otro rival
potencial en niños incompetentes y desvalidos, apareciendo él como el
único adulto. Simultáneamente, trató de evitar salir vencedor, porque dicha
victoria significaría dañar y humillar a personas a las que además amaba y
respetaba y que, a su vez, se transformarían en perseguidores envidiosos y
temibles (los niños que disfrutarían con su fracaso). Sin embargo, el sueño
nos revela que, a pesar de haberse propuesto lo contrario, no pudo inhibir
sus capacidades, trepo hasta lo más alto del mástil y sintió miedo de las
consecuencias que ello podría acarrearle.
En La Orestíada, Agamenón hace un despliegue desmedido de
hubris: no siente la menor compasión por el pueblo de Troya, al que acaba
de aniquilar, y parece estar convencido de que, al hacerlo, estaba en todo su
derecho. Únicamente cuando le habla a Clitemnestra acerca de Casandra
hace alusión al principio de que el vencedor debe apiadarse de los
vencidos. Sin embargo, puesto que Casandra era a todas luces su amante,
sus palabras no entrañan sólo compasión sino también el deseo de
conservarla para su propio placer. Fuera de esto, es evidente que se siente
orgulloso del terrible exterminio que ha realizado. Pero la prolongada guerra
desatada por él también acarreó sufrimientos a los nativos de Argos,
poblando la comarca de viudas y de madres enlutadas y haciendo que hasta
su propia familia debiera padecer un abandono de diez años. Así, en última
instancia, parte de la destrucción de la que tan orgulloso se siente a su
regreso se había abatido también sobre su propio pueblo, por el que cabe
suponer que experimentaba algún afecto. Su destructividad, que afectó a
sus allegados más próximos, podría interpretarse como dirigida contra sus
primeros objetos amorosos. La razón ostensible para perpetrar todos esos
crímenes era vengar el insulto infligido a su hermano y ayudarlo a recuperar
a Helena; Esquilo, sin embargo, deja bien sentado que Agamenón estaba
movido también por la ambición, y que el hecho de ser proclamado "Rey
de Reyes" gratificaba su hubris.
Con todo, sus victorias no sólo gratificaron su hubris sino que
además la acrecentaron y contribuyeron a endurecer y a deteriorar su
carácter. Se nos dice que el vigía le profesaba una leal admiración, que los
miembros de su casa y los Ancianos lo amaban, y que sus súbditos
anhelaban fervientemente su regreso, lo cual indicaría que, en el pasado, se
había mostrado más humano que después de sus victorias. El Agamenón
que relata sus hazañas y la destrucción de Troya no parece ni digno de
amor ni capaz de amar. Nuevamente citaré a Esquilo:
"Algún día se manifiestan los dioses a los hijos de aquellos hombres
soberbios que sólo respiran guerra e iniquidad y vivieron hinchados con la
pompa de una opulencia sin medida".
Su incontrolada destructividad y su vanagloria en el poder y la
crueldad revelan, a mi juicio, una regresión. A una etapa temprana el bebé -
en particular el varón- admira no sólo la bondad sino también el poder y la
crueldad, y atribuye estas cualidades al padre poderoso con el que se
identifica pero al que, simultáneamente, teme. En el adulto, la regresión
puede hacer revivir esta actitud infantil y debilitar la compasión.
Si consideramos el exceso de hubris desplegado por Agamenón,
Clitemnestra aparece entonces, en cierto sentido, como dike, el instrumento
de la justicia. En un pasaje muy revelador del Agamenón, ella traza ante los
Ancianos, previamente al regreso de su marido, un cuadro de su visión de
los sufrimientos del pueblo de Troya, y lo hace con palabras llenas de
compasión y sin ninguna señal de admiración por las hazañas de
Agamenón. En cambio, tan pronto lo ha asesinado, la hubris se apodera de
sus sentimientos y no aparece el menor vestigio de remordimiento. Al
dirigirse nuevamente a los Ancianos, ella está orgullosa del crimen que
acaba de cometer y la invade un sentimiento de exaltación y de triunfo.
Apoya a Egisto en la tarea de usurpar el trono de Agamenón.
De este modo, la hubris de Agamenón fue seguida por la dike, y ésta
a su vez dio paso a la hubris de Clitemnestra, la cual nuevamente fue
castigada por la dike, encarnada por Orestes.
Quisiera presentar algunas hipótesis acerca del cambio operado en la
actitud de Agamenón para con sus súbditos y su familia a raíz del éxito
obtenido en sus campañas. Como ya he mencionado, su total falta de
compasión en lo tocante a los sufrimientos que hizo padecer al pueblo de
Argos con su dilatada contienda es algo sorprendente. Y, sin embargo,
teme a los dioses y su posible condena, razón por la cual acepta con gran
renuencia entrar en su casa caminando sobre los preciosos tapices que
Clitemnestra ha hecho colocar en su honor. Cuando alega que uno debería
cuidarse de no atraer sobre sí la ira de los dioses, lo que está expresando
no es culpa sino ansiedad persecutoria. Tal vez la regresión que mencioné
anteriormente pudo efectuarse porque la bondad y la piedad no habían
llegado nunca a constituirse en elementos básicos de su carácter.
Orestes, por lo contrario, se ve acosado por sentimientos de culpa
tan pronto ha cometido el asesinato de su madre, y opino que éste es el
motivo por el cual Atena finalmente logra ayudarlo. Si bien él no se siente
culpable por haber matado a Egisto, el asesinato de su madre lo sume en un
intenso conflicto. Los móviles que lo inducen a cometerlo son el
cumplimiento de un mandato y también el amor que abriga por su padre
muerto, con quien está identificado; no existe prácticamente ningún indicio
de que anhelara triunfar sobre su madre, lo cual indicaría que la hubris y sus
concomitantes no predominaban en él. Sabemos, además, que la
intervención de Electra y el mandato de Apolo gravitaron considerablemente
en la consumación del crimen. Inmediatamente después de matar a su
madre, Orestes se siente invadido por el remordimiento y el horror de sí
mismo, simbolizados por las Furias, que en el acto se lanzan sobre él. El
Coro de Esclavas, que tanto lo espoleó para que matara a su madre y para
el que las Furias son invisibles, trata de consolarlo haciéndole notar que su
acción fue justiciera y que el orden se ha restablecido. El hecho de que
Orestes sea el único que puede ver a las Furias revela que dicha situación
persecutoria es de naturaleza interna.
Como sabemos, al asesinar a su madre, Orestes da cumplimiento al
mandato que le fuera impuesto por Apolo en Delfos. También esto
podemos considerarlo como parte de su situación interna: esta faceta de
Apolo representa aquí la crueldad y las urgencias vengativas del propio
Orestes, lo cual nos permite descubrir sus sentimientos destructivos. Con
todo, los elementos constitutivos básicos de la hubris, tales como la envidia
y la necesidad de triunfar, no parecen predominar en él.
Resulta significativo que Orestes se compenetre tanto con la relegada,
infortunada y lúgubre Electra, puesto que su propia destructividad se había
visto estimulada por el resentimiento que le produjo el haber sido
abandonado por su madre. Ella lo alejó de su lado, poniéndolo al cuidado
de extraños; en otras palabras, no le dio suficiente amor. La raíz
fundamental del odio de Electra es que, aparentemente, su madre no la
había amado demasiado, frustrándose así su anhelo de ser amada por ella.
El odio que Electra abriga contra su madre -si bien intensificado por el
asesinato de Agamenón- contiene también la rivalidad de la hija con la
madre, rivalidad que está centrada en el hecho de no haber logrado que el
padre gratificara sus deseos sexuales. Estas perturbaciones tempranas de la
relación de la niña con su madre representan un factor importante para el
desarrollo de su complejo edípico4.
4 Véase El psicoanálisis de niños, cap. II.
La hostilidad entre Casandra y Clitemnestra es otra faceta del
complejo de Edipo. Esta extrema rivalidad entre ambas en lo concerniente a
Agamenón ilustra un rasgo característico de la relación madre-hija: dos
mujeres compiten para obtener la gratificación sexual del mismo hombre.
Precisamente porque Casandra había sido la amante de Agamenón, podía
también sentirse un poco como la hija que ha conseguido conquistar al
padre y quitárselo a la madre, y que, por ende, aguarda el castigo de ésta.
Es inherente a la situación edípica que la madre reaccione con odio -o por
lo menos así lo viva la niña- frente a los deseos edípicos de la hija.
Si examinamos la actitud de Apolo encontramos bastantes indicios de
que su total sumisión a Zeus está ligada al odio hacia las mujeres y a su
complejo de Edipo invertido. Los siguientes pasajes testimonian su
desprecio por la fertilidad femenina:
“...que no se nutrió en las tinieblas del materno seno; pero criatura
cual diosa ninguna hubiese podido engendraría" (refiriéndose a Atena).
"No es la madre engendradora del que llaman su hijo, sino sólo
nodriza del germen sembrado en sus entrañas. Quien con ella se junta es el
que engendra".
Su odio hacia las mujeres también se manifiesta en la orden que le
imparte a Orestes de que mate a su madre, como asimismo en la tenacidad
con que acosa a Casandra, por mucho que ésta pueda haberlo traicionado.