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Estudio del psicoanálisis y psicología

Alexitimia: distintas etiologías posibles (hipótesis)



Además de las distintas conceptualizaciones de la alexitimia, existen distintas etiologías posibles de ésta, habiendo hipótesis neuroanatómicas, psicodinámicas y socioculturales que intentan dar una explicación de su origen.

Las hipótesis neuroanatómicas tienen como fundamento el hecho de que las
emociones se localizan en el hemisferio derecho en la mayoría de los sujetos diestros
normales;
y la expresión verbal se localiza en el hemisferio izquierdo. Así, la falta de
comunicación entre los hemisferios en los individuos produciría un déficit en la capacidad
para verbalizar las emociones. Esta hipótesis fue planteada originalmente en 1949 por
McLean; quien observó que los enfermos psicosomáticos respondían a las situaciones
emocionales con respuestas predominantemente físicas. Para este autor esto se debe a que
existe una alteración en la conexión entre el sistema límbico (“vísceral brain”) y el
neocórtex (“word brain) de estos pacientes (Otero, 2000).
Nemiah (1975) recoge esta teoría y señala que el individuo alexitímico, debido a
que se interrumpe o bloquea el flujo ascendente de información entre el sistema
hipotalámico y el neocórtex, puede experimentar lo autonómico del afecto, pero no la
vivencia psíquica. Justamente es “la amígdala la que responde a la emoción, se gatilla
frente a la emoción y es la corteza prefrontal la que piensa sobre lo que sentimos” (Clarkin,
2008).
Actualmente, se plantea que toda conducta tiene una predisposición genética sobre
las cuales se dan las experiencias. Los afectos son “sistemas psicofisiológicos
determinados por la actuación de hormonas neuromoduladoras que están representadas en
diferentes sistemas como el dopaminérgico, noradrenalérgico” (Kernberg, 2008).
Inclusive, los neurotransmisores (dopamina, serotonina y noradrenalina) tienen una
relación clara con las dimensiones neurobiológicas de evitación de riesgo, búsqueda de
novedad y dependencia de recompensa, estableciéndose como factores predisponentes en
la configuración de la personalidad (Risco, 2008).

En cuanto a las hipótesis psicodinámicas, los autores coinciden en señalar que su
génesis se encuentra en la infancia temprana, concretamente en las vicisitudes de la relación madre-hijo.
El bebé, incapaz de hablar u organizar sus experiencias emocionales es, por definición, alexitímico. Depende de otra persona que maneje por él sus estados emocionales
y les dé un nombre (McDougall, 1991).
Krystal (1997), en su teoría sobre el desarrollo genético del afecto, describe la
trasformación de las emociones infantiles a las adultas como una consecuencia epigenética
de naturaleza dimensional representada por la capacidad de diferenciar las emociones entre
sí, la posibilidad de verbalizarlas y, consecuentemente, la progresiva desomatización de sí
mismas.
Desde la etiología psicodinámica, la alexitimia se plantea en términos estructurales
y dimensionales.
Desde la perspectiva estructural se asume que existe una estrecha relación
entre alexitimia y una estructura psicosomática de la personalidad. Así, se propone un
modelo de déficit, que se entendería desde el déficit en la función simbólica, que lleva al
individuo psicosomático a experimentar una afectividad empobrecida, adherida a una
realidad factual, concreta y simplificada.
Lo dimensional apunta a entender a la alexitimia como un continuo en donde las
personas se pueden ubicar en determinado punto del continuo de acuerdo a la cantidad de esa cualidad.
Entendida la alexitimia como rasgo, se comprende mejor esta característica de dimensional ya que los rasgos en sí son dimensiones continuas y no dicotómicas. De esta manera, todas las personas puede actuar de modo operatorio o alexitímico, frente a
situaciones difíciles todos podemos desconectarnos de áreas de nuestra realidad psíquica,
ya que se nos puede hacer en extremo difícil contener las vivencias que nos acosan y
reflexionar sobre ellas. Por esto, en ocasiones podemos dar salida a nuestros afectos a
través de la acción o el síntoma somático.
Lo anterior se podría además pensar en términos de la “unidad mente-soma”.
Evidentemente que frente a estímulos afectivos la respuesta incluya aspectos cognitivos,
conductuales y fisiológicos. Estos tres componentes de los afectos están presentes siempre,
de esta manera, “somatizar” es una respuesta normal frente a los afectos. Otra cosa es que
una persona responda principal y habitualmente vía somática sin poder verbalizar los
afectos y mentalizarlos.

Además de los factores intrapsíquicos y neurofisiológicos, los estilos de comunicación están mediados por factores socioculturales y modelos de comunicación familiar y de aprendizaje social. De esta manera, un determinado ambiente social familiar puede tener una influencia negativa en la capacidad para verbalizar emociones y asociarlas con fantasías y sentimientos y, por lo tanto, conducir a características alexitímicas (Otero, 2000). Existirían familias facilitadoras, en donde se verbalizarían los afectos, estableciéndose un modelo de comunicación emocional en donde se entrenan las habilidades para expresar y verbalizar los afectos, a diferencia de las familias llamadas supresoras, en donde no se habla de los afectos, se suprime la verbalización de ellos, fomentando la verbalización de lo carente de afecto; esto llevaría a desarrollar niños
“emocionalmente mudos” como se han llamado.