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Estudio del psicoanálisis y psicología

Obras de Winnicott: Apetito y trastorno emocional (1936)


Apetito y trastorno emocional (1936)

Leído ante la Sección Médica de la Sociedad Psicológica Británica, 1936.

En la literatura psicoanalítica y psicológica existe un consenso general con respecto a que las alteraciones del apetito son comunes en las enfermedades psiquiátricas, pero lo cierto es que tal vez no se reconozca toda la importancia del comer. Así, resulta raro encontrar la palabra "gula" en los escritos psicológicos; y, sin embargo, ésta es una palabra que tiene un significado muy definido, que une lo físico con lo psíquico, el amor con el odio, lo que resulta aceptable para el ego con lo que es inaceptable. La única obra psicoanalítica que yo conozco en la que la palabra "gula" forma parte inherente del tema es la titulada Love, Hate and Reparation, de Melanie Klein y Joan Riviere (conferencias 1936, publicado en 1937).

Hace tiempo que debiera haberse comentado la relación entre el apetito y la gula. Me atrevo a sugerir que en el ser humano la gula jamás aparece de forma manifiesta, ni siquiera en los niños, y que, cuando aparece como síntoma, constituye siempre un fenómeno secundario que entraña angustia. A mi modo de ver, la gula es algo tan primitivo que en modo alguno podría aparecer en el comportamiento humano salvo en forma latente y formando parte de un complejo de síntomas.

Mi punto de vista se ha visto profundamente influido por la costumbre de tomar nota minuciosamente de los casos que pasaban por mil manos, ya que ello me ha permitido ver claramente la continuidad clínica de los trastornos del apetito tal como se presentan en la primera infancia, en la niñez, en la adolescencia y en la edad adulta. Llevo ya varios años enseñando que la observación atenta pone de manifiesto que no hay ninguna línea que divida claramente las siguientes afecciones: la anorexia nerviosa de la adolescencia, inhibiciones de la función nutritiva propias de la niñez, los trastornos del apetito en la niñez que tienen relación con ciertos momentos críticos, y las inhibiciones de la función nutritiva de la infancia, incluso de la primera infancia.

Como ejemplo de crisis citaría las siguientes: el nacimiento de un hermanito o hermanita, la pérdida de la primera niñera, el abandono del primer hogar por mudanza, la primera comida con ambos padres, los intentos de inducir a la autonutrición, la introducción de alimentos sólidos o incluso simplemente de alimentos espesados, la reacción angustiosa ante los mordiscos a los senos.

Efectuando un agrupamiento general, estos casos se incluyen entre los de dificultades nutritivas de los niños pequeños, en un extremo de la escala, y los de melancolía, adicción a las drogas e hipocondría en el otro extremo. Dicho de otro modo, vemos que la función de comer puede verse afectada tanto en cualquier tipo de enfermedades, como en la salud ( 1 ).

El análisis de niños de mayor edad, así como de adultos, nos proporciona una visión muy clara de las múltiples maneras en que el apetito se ve envuelto en la defensa contra la angustia y la depresión. Así, pues, no podemos hacer más que inferir que la psicología del niño pequeño y del niño no es tan simple como parece al comienzo, y que incluso hay que concederle al pequeño, incluyendo el recién nacido, una estructura mental ( 2 ) bastante compleja.

En la apreciación de la función oral, lo primero es el reconocimiento del instinto oral: "Yo quiero chupar, comer, morder. Disfruto chupando, comiendo, mordiendo. Me siento satisfecho después de chupar, comer, morder".

Luego viene la fantasía oral: "Cuando tengo hambre pienso en comida, cuando como pienso en introducir comida en mi cuerpo. Pienso en lo que me gusta conservar dentro de mí, y pienso en lo que quiero eliminar y pienso en librarme de ello".

En tercer lugar hallamos una forma más complicada de relacionar este tema de la fantasía oral con el "mundo interior". Existe una tremenda elaboración de las dos partes de la fantasía que acabo de bosquejar; a saber, las ideas de lo que sucede dentro de uno mismo y, junto a esto, las ideas de cuál es el estado del interior de la fuente de suministro, o sea, del cuerpo de la madre. "También pienso en lo que sucede en la fuente de suministro. Cuando estoy muy hambriento pienso en robar e incluso destruir la fuente de suministro y entonces sufro por lo que tengo dentro de mí y pienso en los medios de sacarlo de mi interior, con tanta rapidez y tan completamente como sea posible."

Esta clase de fantasía oral puede deducirse observando a los pequeños mientras juegan con algún objeto.

Espero poder demostrarlo.

Es esta elaboración sin límite lo que constituye un "mundo interior". En este sentido, la palabra "interior" se refiere principalmente al vientre y, de modo secundario, a la cabeza, las extremidades y cualquier otra parte del cuerpo. El individuo tiende a colocar dentro del cuerpo las incidencias de la fantasía, identificándolas con las cosas que tienen lugar dentro del cuerpo.

Normalmente, este mundo interior es un mundo vivo, lleno de movimientos y sentimientos o sensaciones.

Cuando se le tiene temor, es posible mantenerlo inactivo. En la enfermedad cabe controlarlo en demasía o alguno de sus elementos es susceptible de hacerse con el control del individuo.

A mí me parece que esta parte de la fantasía oral no está suficientemente reconocida como tal. Y el hecho de que insista en que se tenga en cuenta se debe a que, en mi calidad de pediatra, me veo constantemente en la necesidad de comprenderla. No hay caso de ruidos hidroaéreos, en un niño, ni de vómitos o diarrea, de anorexia o de constipación que pueda explicarse plenamente sin hacer referencia a las fantasías conscientes o inconscientes que el niño se forma acerca del interior de su cuerpo.

Podemos confinar la atención a la enfermedad física dentro del cuerpo; pero ningún estudio de la reacción del niño ante su enfermedad física puede ser completo sin tener en cuenta la fantasía que el niño se forma con respecto a su interior. Debe de ser muy gracioso para un niño comprobar que su médico da claras muestras de saber menos que él acerca de su interior. La mayoría de los médicos prefieren atenerse a la simple idea del dolor sin contenido de fantasía, pero no por ello deja de ser cierto que a menudo los niños, cuando se les pregunta acerca de sus molestias internas, dan una descripción de su mundo interior. Así, un chiquillo nos dirá que dentro de él se libra una guerra entre los españoles y los ingleses y que ambos bandos luchan con espadas.

Otro nos cuenta su fantasía de que en su interior, sentado alrededor de una mesa, se halla un grupo de gentes diminutas que esperan que les llegue la comida. Un niño de cuatro años me dijo que, después de comer, podía oír el ruido de platos que hacían los hombrecitos que tenía dentro. Otro dijo que dentro de su madre había una hilera de niños sentados en una valla y que, cuando su padre derribaba a uno de ellos con una palanca, entonces se producía un nacimiento.

A veces, algún artista capaz de pintar un cuadro normal y corriente nos dará una visión de su interior en forma de tripas . El resultado es terrible para la mayoría de la gente, que sólo ve allí fragmentos de intestinos y demás, ante lo cual hasta el espectáculo de una carnicería resulta tranquilizador. Uno es capaz de admirar el valor de tal artista, incluso cuando a uno le inquiete el vuelo de la fantasía hacia la anatomía. A mi modo de ver, el siguiente incidente ilustra la forma en que, a través del ejercicio del sentido del humor, se obtiene el reconocimiento de la fantasía en torno al mundo que hay dentro del vientre.

Primer caso.

Una madre trajo a su hijo al hospital y al tratar de informarme que el niño padecía una malformación del pene (hipospadia), la señora dijo: «Dijo el médico que parecía que le hubiesen hecho la circuncisión antes de nacer.

Me asusté mucho, se lo digo yo». La piel del chico era excepcionalmente oscura y yo le pregunté a la madre si se trataba de algo reciente o bien de algo natural en el chico. Resultaba evidente que siempre se había sentido turbada por aquella pigmentación y trató de eludir la pregunta diciendo que era debido a las vacaciones de verano (cosa que a todas luces era falsa), etc. Por fin dijo: «Oh, ya me acuerdo. Nació así. El médico dijo que parecía que hubiese tomado mucho el sol». Entonces le dije: «Pues al parecer se lo pasó muy bien, de una u otra forma».

Las fantasías sobre el embarazo sirven para ocultar otras fantasías de índole más cruda acerca del verdadero interior, al mismo tiempo que aportan un alivio a los temores suscitados por los elementos destructivos. Tanto es así que a veces el niño tiene dificultad en deshacerse de ellas. Pero lo cierto es que el útero no es el interior.

Los chicos adoptan esta defensa con tanta frecuencia como las chicas. La madre queda embarazada, luego la hinchazón decrece y, mire por dónde, aparece un nuevo ser humano, diminuto y bonito.

Segundo caso.

Trajeron un chiquillo al hospital porque le dolía el vientre. A menudo se me pide que examine a algún niño que se queja de unos dolores no localizados aún. El sujeto de este caso todavía no había decidido dónde debía sufrir el dolor, aunque éste tenía que ver con sus entrañas. A decir verdad, el chiquillo ni siquiera había decidido sufrir un dolor, aunque algo sí tenía. Este algo estaba relacionado con el hecho de que la madre había dado a luz recientemente. El pequeño creía que llevaba una criatura dentro. Tenía que ser un varón. No deseaba perderla, sino que prefería conservarla dentro de sí. El hecho tenía que ver con el amor de su padre.

Esta clase de fantasía naciente es bastante fácil de comprobar, pero no creo que el niño salga ganando mucho por el hecho de que el médico consiga desvelarla. Además, por supuesto, en ciertos casos sería decididamente pernicioso que se forzase el secreto o secretos interiores del pequeño. Sin embargo, el material de la fantasía se halla presente, en espera de que alguien lo descubra.

He aquí otro caso en el que dejé que una niña me contara sus fantasías con respecto al cuerpo.

Tercer caso.

Mi ayudante me pide consejo sobre una niña de siete años llamada Heather. Desde los dos años la pequeña tiene el hábito de rascarse los genitales, por lo que éstos se hallan constantemente inflamados e irritados.

Recientemente sólo se ha rascado en la escuela, pero los maestros se han quejado. Se ha comprobado que no hay cistitis ni infestación parasitaria. Tampoco hay síntomas de ninguna otra enfermedad física. ¿Podría tratarse de algo psicológico?

Le digo a mi amigo que, efectivamente, podría ser, y me muestro de acuerdo en ver a la niña y a su madre, una señora un tanto represora. Dispongo solamente de unos cuantos minutos, pero tengo que hacer algún diagnóstico. Me encuentro ante una niña sana y bonita, regordeta a pesar de su deficiente apetito, una niña que no es infeliz ni inquieta, aunque sí algo meditabunda.

Encuentro que se la cuida bien en su casa. Es hija única y sus padres son personas de una agresiva respetabilidad, de manera que a Heather no la dejan salir a la calle, y muy raras veces viene alguien a jugar con ella en casa. No obstante, en la escuela Heather tiene sus propias amigas. Hay que indagar más allá de estos detalles, pese a su importancia, para hallar la causa de que se rasque compulsivamente los genitales.

Hago salir a la madre de la habitación y me encuentro con que Heather me cuenta de buen grado cosas sobre una serie de pesadillas que consigue mantener a raya permaneciendo con los ojos constantemente abiertos. La niña declara que es capaz de dormir con los ojos abiertos. Resulta claro que no sólo tiene sueños de angustia sino que también se ve acosada por alucinaciones visuales que son en parte horribles y en parte hermosas. Su felicidad, según dice, consiste en encontrar en las cosas que ve suficiente belleza como para equilibrar lo que en ellas hay de malo. Lo principal es que ve unas cosas marrones que salen de agujeros. Está ansiosa por dar detalles de estas formas grotescas y malas, así como de estos extraños animales. Hay también un hada con un nombre fantástico. «Es hermosa, todo está bien cuando ella está presente, es muy alta; su verdadero nombre es Heather.» Parecía casi sorprendida de darse cuenta de su propia existencia real; se encontraba más a gusto en el mundo de las hadas.

A la pequeña le parece que los genitales están llenos de estas grotescas formas marrones y constantemente se ve forzada a rascarse para sacarlas de allí.

Me aventuro a preguntarle una cosa: ¿Cómo se te meten dentro?

«Pues», dice la pequeña, «entran con mi comida. Verá, es que me gustan mucho las salchichas y el hígado y por eso casi todos son de color marrón.»

No hay que forzar mucho la imaginación para deducir que, en su fantasía inconsciente, la pequeña se ha comido a personas buenas y malas, así como pedacitos de persona, y que, de acuerdo con el amor y el odio que en ellos hubiera, se ha visto enriquecida o abrumada, respectivamente, por los objetos, intensamente dulces o aterradoramente grotescos, que entraban en su mundo interior. Disfrutaba a costa del mundo de hadas, del de sus devaneos, de reconocer la maldad que, según ella la sentía, tenía que ser eliminada de sus genitales rascándose.

Su síntoma es, en efecto, el reconocimiento de la maldad y le permite mantenerse en contacto con la belleza de su mundo de hadas.

Una vez ilustrado el significado que para mí tiene la fantasía oral y la especial elaboración de la fantasía referente a las entrañas, les relataré algunos casos clínicos para que vean cuán frecuentemente el apetito hace acto de presencia en la práctica de la pediatría.

No hace falta que me recuerden que el valor de todas mis observaciones depende de mi capacidad para conocer la acción y los límites de la enfermedad física (infección, desnutrición, etc.) De mi seguridad de que tengo en cuenta la posibilidad de una enfermedad física depende mi derecho a intervenir en el aspecto psicológico. En este sentido, sugiero que el estudio de la psicología se ha visto oscurecido por nuestra falta de control sobre la enfermedad física y por nuestra ignorancia de la dieta alimenticia, de tal manera que antes era mucho más difícil observar los factores psicológicos de lo que es hoy en día. Los conocimientos y la práctica de la medicina han aportado nuevas condiciones, y hoy sabemos que en algo menos de la mitad de los casos que acuden a los consultorios externos de los hospitales de niños, no hay enfermedad física alguna. Por consiguiente, actualmente es casi imposible dejar de observar trastornos emocionales y anomalías en el desarrollo de la personalidad.

Asimismo, el psicoanálisis ha hecho su aparición en la escena con su voluntad de explorar y evaluar el inconsciente. Así, pues, gradualmente hemos llegado al estudio de la psicología de la criatura y del niño en desarrollo.

Casos ilustrativos

La elección de casos tiene una dificultad. En efecto, el elegir casos parece que tratara de indicar que las alteraciones del apetito en los casos de trastorno psicológico merezcan ser relatados como tales alteraciones, mientras que, en realidad, en lo que quiero hacer hincapié es en el hecho de que la alteración del apetito es algo sumamente común. Muy raro tiene que ser el historial de un niño enfermo (o, a decir verdad, incluso el de un niño normal) para que no aparezcan síntomas relacionados con la nutrición.

Por supuesto que entre los pacientes no hospitalizados que examina un médico se cuenta un porcentaje bastante elevado de casos en que el niño es llevado a consulta por dar claras muestras de falta o exceso de apetito, o por existir una amplia gama de extravagancias en lo que se refiere al apetito. Cada vez resulta más claro que muchos de estos niños están físicamente sanos y que, pese a ello, pueden sentirse enfermos. Existen, además, diversos tipos de vómitos, desde el menos común, de índole histérica, hasta el muy frecuente ataque bilioso, que a veces, con la ayuda de las ideas preconcebidas del médico, pasa a organizarse en vómitos cíclicos con postración periódica. Existen luego muchísimos grados de intolerancia a las grasas, desde la alergia a la leche, hasta la enfermedad celíaca y así sucesivamente.

Mi objetivo aquí es llamar la atención sobre los detalle de la alimentación que tan a menudo resultan interesantes en casos que nos son traídos por cualquier otra razón: trastornos de comportamiento, inhibiciones de las dotes intelectuales, fracasos en el adiestramiento de acuerdo con las normas aceptadas, inquietud común de tipo angustioso, fobias, estados de angustia, fases depresivas, etc.

Como es natural, me resulta imposible dar una ilustración de cada uno de estos tipos de casos. Las siguientes tres descripciones de niños muestran, respectivamente, un caso de gula sintomática, otro de paso de la inhibición a la compulsión y un tercer caso de inhibición de la gula.

Cuarto caso.

Escojo en primer lugar a una chica que actualmente se halla en los inicios de la pubertad. Tiene una hermana mayor. Su dificultad reside en el carácter. Desde el principia ha sido incapaz de permitir que su hermana mayor tuviera amistades. Las dos hermanas se llevan muy bien entre sí, pero sus relaciones se han visto estropeadas, y se verán aún más, por esta compulsión que la hermana pequeña siente por quitarle a la otra toda persona, joven o adulta, masculina o femenina, que llega a significar algo para la mayor.

Cuando la hermana mayor contaba de seis a ocho años, esta tendencia de la pequeña resultaba graciosa para todos cuantos la veían. Sin embargo, poco a poco se ha creado una situación en la que existe una seria amenaza para una camaradería que, de todos modos, no podrá venirse abajo sin que ambas partes sufran algún daño.

No es sorprendente que la gula o voracidad de la chica codiciosa no se halle constreñida a las personas. Además, esta chica come en exceso, de un modo que claramente constituye una defensa contra la angustia, a veces engorda de un modo nada saludable. Todo intento de ponerla a dieta trae consigo una inquietud y una acrimonia temperamental que contrastan agudamente con lo que parece su manera natural de ser.

La hermana presenta una tendencia complementaria al ascetismo. Es de tipo depresivo, lo cual también la hace contrastar con su bulliciosa y voraz hermana pequeña. Asimismo, atraviesa fases en las que da muestras de poco entusiasmo por la comida, con tendencia a viajar parte de todo lo que se le ofrece.

Quinto caso.

Seguidamente describiré brevemente el caso de un muchacho que pasó de ser inhibido a ser glotón. Sobre Tom, de quince años de edad, se cierne la amenaza de expulsión de la escuela debido a su carácter poco satisfactorio. Un primer contacto con él hace pensar que se trata de un chico excepcionalmente decente, con un aplomo y un ritmo que hablan en su favor. Su coeficiente de inteligencia dicen que es de 120, y en la conversación parece ser un chico inteligente. Tiene un hermano y una hermana menores que él.

El carácter de Tom sufrió un cambio al pasar a la escuela secundaria, después de estudiar en una escuela primaria, cuando tenía trece años. En la preparatoria había sido un alumno popular, honrado y, sincero.

Al ingresar en la escuela superior se convirtió en una clara molestia para todos. He aquí algunos extractos de los informes del director: «Al principio era insólitamente descuidado y desaseado; destruía el mobiliario, etc.

(hacía agujeros en las sillas). Desatento en la escuela e incapaz de concentrarse. Problemas con diversos profesores. Los castigos no han surtido ningún efecto en él. El rector cree haber agotado todos los castigos de que dispone». (Este rector no es de los que recurren fácilmente al castigo, pero está claro que el muchacho no responde del modo acostumbrado a la comprensión ni a los castigos.)

Para abreviar, Tom padece dificultades de carácter que se le han desarrollado desde que salió de la escuela primaria. Los padres afirman que su actitud ha cambiado desde entonces. Antes, era extraordinariamente franco, mientras que ahora es inseguro y falaz. Asimismo, los padres están preocupados porque el muchacho celebró una orgía destructora en casa durante la cual estropeó con un cuchillo las paredes y el mobiliario de su propia habitación, lugar, que siempre le había gustado mucho.

Lo interesante en este caso es que con el cambio de carácter se ha producido igualmente un paso de la inhibición a la gula. En el momento de cambiar de carácter, su cuerpo empezó a ser más lleno, mientras que antes había sido siempre más bien flaco. Empezó a dar muestras de haber adquirido un apetito más que saludable, con cierta compulsión a comer en exceso.

Su actual apetito podría pasar por normal, a no ser por su marcado contraste con su anterior actitud hacia la comida, constante desde la primera infancia hasta la finalización de la escuela primaria. Durante todos aquellos años no había demostrado interés por la comida y nadie había logrado jamás sobornarle a base de comida.

Para llegar al inicio de esta dificultad nutritiva hay que remontarse a otra dificultad registrada a los tres meses de edad, cuando era amamantado, y a la que siguieron seis meses de alimentación difícil acompañada de constipación secundaria. A los nueve meses el pequeño pesaba solamente cuatro kilos. A partir de entonces no hubo ningún problema grave, pero el pequeño siguió siendo inapetente y de cuerpo poco desarrollado. Así, pues, cabe decir que la enfermedad de este muchacho empezó cuando tenía tres meses.

La enfermera que lo cuidara a los tres años dice que comprobó que lo alimentaban los diversos miembros de la familia, cada uno de los cuales le administraba una cucharada por turno. Ésta era la única forma de hacerle comer lo necesario.

¡Cuán familiarizado está el pediatra con este panorama de dificultades nutritivas en la infancia, augurio de mayores problemas más adelante!

La importancia de este caso, pese a la brevedad de su exposición, radica en que demuestra de qué manera la inhibición del apetito sirvió bien al muchacho durante un período de diez o doce años en su defensa contra la angustia. Por medio de sus síntomas se las arregló para ser una persona más o menos amable y sociable, ya que casi podía pasarse sin comer. Sin una creencia en su propia bondad y en la de los demás, sin embargo, le hubiera sido imposible desarrollar una vida plena, al menos vivir y seguir siendo cuerdo.

Ahora quiero llamarles la atención sobre la edad sumamente precoz en que el ser humano se ve capacitado para resolver el problema de la suspicacia convirtiéndose en suspicaz ante la comida. Es sumamente difícil comprender los primeros meses de la infancia, pero está claro que a los nueve y diez meses este mecanismo (es decir, dudar de la comida como medio ocultar la duda del amor) puede ser utilizado plenamente.

En el siguiente caso les daré los detalles tal como fueron apareciendo en la consulta. Al finalizar la descripción, se hallarán ante un caso de trastorno de apetito.

Sexto caso.

Simon me es traído cuando tiene ocho años. Con él viene su hermano Bill, muchacho regordete y sano que contrasta con la persona delgada y pequeña de Simon. Se trata de los dos únicos hijos de un profesional y su esposa, pareja que está mutuamente contenta de estar casada, que disfruta de buenas relaciones familiares y posición social y que, como es natural, está preocupada al ver el escaso desarrollo físico de uno de sus hijos, así como por sus demás síntomas: falta de apetito, estados de gran nerviosismo y excitación, pesadillas y otras características importantes que la madre va recordando gradualmente mientras yo preparo el historial del paciente.

Indudablemente, Simon es muy inteligente, y, en la escuela, va moderadamente bien. Sin embargo, en la escuela necesitaron seis meses para advertir que podía leer; también había otras formas en que no hacía justicia a su capacidad intelectual.

Su poder de concentración es reducido. En la escuela dicen que su cerebro es excesivamente activo, que tiene mil pensamientos a la vez. Mientras aprende a ir en bicicleta está contemplando el paso de un avión. Primero hace las cosas, luego piensa en ellas, si es que llega a pensar.

Es honrado, generoso, afectuoso, sensible. En un punto discrepan los padres: para tratar de que sea normal, ¿hay que recurrir a medidas severas o seguirle la corriente y dejar que el tiempo diga?

Es lento en hacer las cosas, pero, si le da por ser rápido, lo es sobremanera, ya que es de naturaleza despierta.

Por ejemplo, para vestirse es siempre muy lento a menos que, hallándose en un grupo, quiera hacerlo antes que los demás. En el aseo resulta también increíblemente lento. Su madre, que no tiene ninguna doncella a su servicio, preferiría arreglar por sí misma lo que él desordena, pero suele pensar que deben insistir en que sea él quien ordene algo sus juguetes. El chico es de los que sacan de la biblioteca veinte libros para encontrar uno, sin que se le pase por la cabeza la idea de devolver los otros diecinueve a su sitio. Simon dice: «¿Para qué guardarlos?», y parece que realmente no sabe la respuesta.

Admira y adora a su hermano, pero es capaz de sentirse celoso; si, por ejemplo, Bill está enfermo, Simon querrá que le ayuden más y más en todo cuanto hace, hasta que su hermano se restablezca.

A primera vista, sus juegos son de lo más normal, aunque no muy imaginativos. Es decir, sus juegos son siempre con barcos, marinos, construcciones. Lee cosas de cultura general: sobre plantas y animales; también lee cosas sobre grandes y maravillosos logros o descubrimientos. Dicho de otro modo, tanto en sus juegos como en sus lecturas, cabe constatar cierta huida de la fantasía a la realidad, si bien se trata de una realidad bastante romántica. La misma madre me parece una persona a la que la fantasía le asusta.

No faltan pruebas directas del temor a la fantasía: una vez le oyeron decir en sus plegarias: «Por favor, Señor, no dejes que tenga pesadillas». Sus pesadillas se relacionan principalmente con animales. De día se muestra especialmente cariñoso con los animales. A través de la labor analítica, hemos llegado a saber que las angustias referentes a los animales suelen tener algo que ver con los animales que muerden, y que, de hecho, los animales se presentan como alivio, ya que en la primera angustia correspondiente existe tan sólo una boca amenazadora. A los animales es posible domesticarlos, a las bocas, no.

Creo que la falta de temor del muchacho debe considerarse como síntoma, especialmente en vista de que dicha falta de temor le ha conducido a situaciones peligrosas. Sufrió tres accidentes de consideración. Cada uno de ellos fue en parte por culpa suya. Cuando era muy pequeño se metió un palo en el ojo, un poco más tarde se enredó en el mecanismo de una máquina de coser, y más adelante se cayó y tuvieron que darle unos puntos de sutura en la cabeza.

Lo que resulta notable en este chico es que desde que tenía un año sabe lo que quiere ser. Al menos, tenía un año cuando le dio por volar. A tal edad hubiese echado a volar sin miedo desde la mesa del comedor, poniendo en peligro su vida. Siempre se creyó capaz de volar como un pájaro, y antes de saber nadar, se zambullía en el agua desde un lugar alto, también sin miedo alguno. Por parte de los padres no ha habido ningún intento de convertirle en una persona valiente; a decir verdad desde que tenía un año, los padres han considerado que esta valentía era un síntoma.

Recientemente ha volado en un avión, de manera que el deseo apremiante de volar tomó forma precisa en la ambición de ser aviador, cuando apenas si es capaz de esperar. De esta manera su síntoma se ha metamorfoseado en vocación. Creo que ésta es una forma sumamente inestable de “normalidad”.

Los padres han padecido una constante angustia ante la falta de algunos temores corrientes y necesarios en su hijo. Se dan cuenta de que esta ausencia relativa del sentido de la realidad hace, que la vida de Simon esté en peligro permanente.

Sabemos, en teoría, que la angustia no está ausente en este caso. Podríamos pecar de simplistas diciendo que el niño teme tener miedo. Pero hay algunos mecanismos complejos en juego y un planteamiento claro de su estado psicológico ocuparía más espacio del que dispongo. Cabría decir que Simon vive dentro de su propio mundo interior, donde el control es mágico y, al volar desde la mesa del comedor, siente tantas ganas de morir como las de una persona normal que vuela en sueños.

Es interesante observar que, si bien al principio me dijeron que nunca daba muestras de temor, más adelante la madre recordó que, cuando el pequeño tenía de seis semanas a dos meses, le daba tal pavor oír crujir el papel que resultaba imposible deshacer un paquete en la misma habitación donde él se hallaba. Se ponía a chillar y, sencillamente, le resultaba imposible soportarlo. Por aquel entonces la madre presintió que la intensidad de su temor era anormal, de manera que se tomaron todas las precauciones posibles para evitar que aquel trauma volviera a suceder.

Aprovecharé que estoy hablando de la primera infancia para mencionar que el chico empezó muy pronto a demostrar qué personas le agradaban y qué personas le desagradaban, y que esta característica ha perdurado hasta ser uno de sus rasgos más marcados. Vemos, así, que, aunque le caían bien la mayor parte de quienes le rodeaban, odiaba a una doncella que entró al servicio de la familia cuando él contaba cuatro meses; y siguió odiándola hasta que se marchó, cuando el pequeño tenía dieciséis meses. No había en la doncella nada especialmente notable que explicase esta circunstancia. Simplemente la odiaba, del mismo modo que luego ha odiado o amado a otras personas, sin ninguna justificación constatable desde el punto de vista del observador.

La división del mundo en dos categorías, a saber, “lo que me gusta” y “lo que no me gusta”, siempre ha sido más subjetiva que objetiva.

Se supone que Simon es tan feliz como su hermano, pero uno no tarda en ver que en esta felicidad hay algo de irrealidad. El niño es inquieto y constantemente necesita distracciones y cambios. Su irritabilidad es aún más manifiesta al lado de su hermano, que siempre da muestras de poseer un carácter más plácido.

A los dos años se observó que Simon era zurdo. Se le permitió que siguiese siéndolo.

Simon habla mucho. Casi puede decirse que, a menos que esté leyendo, pasa la mayor parte del tiempo hablando. Recientemente empezó a morderse las uñas; de manera compulsiva también empezó a gruñir cuando lee, está sentado, come y así sucesivamente. Cuando lee en voz alta en la escuela también gruñe, si no se lleva compulsivamente las manos al rostro.

Hay una característica que podré explicarles mejor con algunos ejemplos. Os enfadáis con Simon y le ordenáis que se acueste temprano. El chico responde que sí, que se siente cansado, y que va a la cama como si estuviera la mar de satisfecho. En otro orden de cosas, un día le diréis que le están prohibidas las chocolatinas. Él conteste que muy bien, pues no se siente demasiado bien aquel día, con lo cual, una vez más, no habréis logrado comunicarle el concepto de castigo.

Otra característica: Le pedís a Bill que os ayude, y él gustosamente hará lo que se le mande. Simon, por el contrario, se da cuenta de antemano de lo que os hace falta y pide permiso para hacerlo, pero al cabo de medio minuto ya no tiene idea de lo que está haciendo y os lo encontraréis haciendo otra cosa.

Hace un año no quería ir a la escuela, lo cual representaba una inhibición. Cuando se le obligaba a ir, vomitaba automáticamente. Me parece que los vómitos representaban una necesidad inconsciente de librarse de cosas malas, pero pronto empezó a valerse de los vómitos para controlar a su madre. Le resultaba muy fácil provocarse el vómito. La madre quedaba reducida a amenazarle con mandarle a la cama y ver los resultados de la amenaza. A la larga terminó por llevarle a la escuela para que vomitase allí. Después de ello el chico fue capaz de acudir a la escuela.

Ahora llegamos a la alteración o trastorno del apetito. El más constante de los síntomas del muchacho ha sido la ausencia del deseo normal de comer. Cabe decir que nunca ha sido glotón. No hay ningún tipo de alimento del que pueda decirse que realmente le gusta, nada que le pueda ser ofrecido a modo de obsequio.

Come chocolatinas, pero se olvida de ellas y, antes que comer, siempre preferiría jugar por ahí. Para la edad que tiene, su hermano goza de un apetito normal, incluso grande. «Cuando salimos de excursión Bill come hasta cansarse, pero Simon solo come un bocadillo y hay que mirarle si se quiere que empiece el segundo.» Su interés se dirige a otras cosas.

El contraste entre los dos hermanos se observa desde la infancia y, desde el punto de vista de la madre, «resulta curioso, ya que Simon empezó muy bien mientras que Bill, que ahora es más plácido y generalmente normal, empezó mal». Lo cual me lleva a 1a principal declaración hecha por la madre: que Simon fue «absolutamente normal» hasta que lo destetaron a los nueve meses. (Por supuesto que nosotros sabemos que no era absolutamente normal; hubo, por ejemplo, la angustia ante el crujir de papel.) Simon disfrutaba del pecho y se desarrolló física y mentalmente sin causar problemas hasta que lo destetaron. El hecho no le importó durante dos meses, cuando a un menor contacto con el pecho se le dio comida como compensación. Pero cuando le quitaron por completo del pecho, cambió sin recuperarse jamás. Ésta es una historia con la que estará familiarizado cualquiera que trate con niños, El destete es uno de los diversos momentos críticos de la primera infancia.

Así, pues, a la afección de Simon podríamos llamarla «inhibición de la gula», efecto secundario del trauma del destete, que a su vez fue efecto secundario de una anterior angustia infantil de índole e intensidad psicoticas. A todo esto podría añadir unas cuantas observaciones sueltas. Cuando Simon tenía dieciocho meses, él y su madre fueron a pasar unos días a casa de su tía, cuyo hogar no era feliz, estaba mal llevado y brillaba por lo poco práctico de sus costumbres. El hogar de Simon sí era feliz, un hogar donde la rutina era objeto de reverencia. El pequeño reaccionó muy mal al hecho de tener que esperar a que le sirviesen la comida (primera experiencia en este sentido) , empezó a tartamudear y a morderse las uñas. El tartamudeo cesó al regresar a su casa. Siguió mordiéndose las uñas, aunque no tanto como lo hacía durante aquellas vacaciones.

Habría que decir que Simon fue un niño increíblemente sucio hasta los diecisiete meses. Tan pronto como fue capaz de rechazar claramente algo, empezó a negarse a utilizar el orinal y cuando tuvo edad suficiente hacía las necesidades en el suelo. Su madre no hizo ningún intento por producir un cambio por medio de medidas especiales. Un día el mismo Simon dijo: «¡Ah, niño cochino!». Después de aquello jamás volvió a ensuciar.

Hasta hace poco Simon era un niño cochino para comer. Se trataba de un síntoma que sorprendía a la gente, pues desaparecía en las ocasiones especiales. Recientemente Simon pasó algunas semanas lejos de casa, comió como cualquier otro niño, sin dejar caer ni una migaja y sin ni siquiera mancharse la corbata. Pero, al volver a casa, volvió a ser tan sucio como de costumbre. Cuando se le dijo que no le permitirían ir a una fiesta por ser tan cochino, el niño dijo: «Oh, pero si no voy a serlo si voy a una fiesta». Sin embargo, Simon no se da cuenta de cuán ilógico parece esto a ojos de su madre.

Su madre le dijo: «El domingo vendrá gente a comer a casa, tú te sentarás en la otra mesa», a lo cual contestó: «No haré ninguna porquería en la mesa el domingo». Y no la hizo. Pero la madre añadió que se había comportado de un modo odioso y que ella se alegró cuando volvió a hacer porquerías para mostrar un carácter más dulce. Simon tiene un amigo bastante aburrido al que desprecia y que no le cae bien. Cuando le preguntaron qué le gustaba de ir a casa de su amigo, respondió que «daban un té estupendo», como si quisiera decir: «El no importa nada y podría comérmelo sin remordimientos». Esto demuestra la forma en que su principal síntoma, la inhibición de la gula, síntoma que de hecho le había conducido a un estado próximo al raquitismo, forma parte de la relación del muchacho con la gente de sus mundos externo e interior, mundos que para él no siempre aparecen claramente delineados.

En el caso de Simon vemos de nuevo la gran importancia de la inhibición de la gula, que en este caso concreto data del destete; y, del mismo modo que al principio la actitud hacia la comida equivale a una actitud hacia una persona: la madre, más adelante los síntomas relacionados con la nutrición varían según la relación del chico con diversas personas.

Ejemplos de personas adultas

Si bien he dado ejemplos de niños, lo mismo podría ilustrarse con pacientes adultos. He aquí un ejemplo:

Séptimo caso

Un hombre y una mujer me consultan debido a dificultades matrimoniales. Entre una gran cantidad de detalles importantes encuentro lo siguiente: «Un hombre puede odiar a los niños del mismo modo que otro odiaría a los gatos, y puede sentirse incómodo cuando uno de ellos entra en la habitación donde él está». Esto lo dijo el mismo marido. Su reacción ante el embarazo de su esposa consistía en dar muestras de gran antagonismo y no fue hasta pasados varios años que sintió cariño por la criatura, un niño. Le hubiese resultado más fácil tolerar a una niña. A este respecto diré que en su familia paterna había otro hijo, un hermano nacido cuando el sujeto tenía dos o tres años. Es evidente que él nunca llegó a afrontar satisfactoriamente el nacimiento de un hermano y que, para él, el de su propio hijo constituía una repetición de semejante acontecimiento. Esto hace que su enfermedad -depresión paranoide- se remonte a su primera infancia.

Con su actual actitud hacia la comida, este hombre demuestra cómo era de niño. Es vegetariano y tiene la impresión de que su esposa lo obliga a comer carne porque no lo comprende. Constantemente hace que su esposa le obligue a comer aquello que el cree que no quiere. Desde luego, se pone furioso si ella aparenta indiferencia y no le obliga a comer carne. Es a la hora de las comidas cuando se comporta de una manera extraña. Si la doncella se ha olvidado de colocarle una silla, él se queda de pie, y toma su comida de pie, haciendo una “digna protesta”, sin sentido del humor, y esto delante de su hijo. Por la descripción que su madre hizo de él, tenemos la confirmación de que su actual actitud hacia la comida constituye un regreso a la actitud que en su infancia demostró hacia la nutrición. La inhibición de la gula que presenta este hombre, inhibición que ha persistido desde la infancia, a menudo se desglosa en unos actos sintomáticos de glotonería que le afligen tanto a él como a su esposa. Cuando, por ejemplo, su hijo fue puesto a dicta de leche por padecer un fuerte sarampión, hubo que reservar una leche especial para él. Mi paciente, el padre del niño, solía beberse en secreto esta leche especial, sustituyendo la leche bebida por otra de tipo corriente. Cuando su hijo era pequeño y sufría de desnutrición, el padre, también secretamente, solía aguar la leche. Tiende siempre a esconder el mejor de los pasteles, el mejor de los dulces, lo mejor de cualquier cosa relacionada con la comida o la bebida, ya que para él es compulsivo reservarse lo mejor de todo.

Lo que falta en este caso es la gula normal, aceptable para el yo y que tanto alivia la tensión instintiva.

La clínica para pacientes ambulatorios

En los seis casos que se describen seguidamente, la brevedad es la norma y en ellos incluyo solamente lo necesario para dar una idea de la procesión de todas las mañanas.

En primer lugar quiero relatar lo que sucede cuando un bebé se halla sentado en el regazo de su madre y sólo la esquina de mi mesa me separa de ambos.

Un niño de un año de edad se comporta del siguiente modo. Ve el bajalengua ( 4 ) y no tarda en poner la mano sobre él, aunque lo más probable es que una o dos veces pierda su interés por tal objeto de llegar a cogerlo propiamente. Mientras hace esto no aparta los ojos de mi rostro o del de su madre, tratando de calibrar nuestras respectivas actitudes. Más tarde o más temprano, termina por cogerlo y metérselo en la boca. Ahora empieza a disfrutar de la posesión del bajalengua y, al mismo tiempo, empieza a dar patadas y a mostrar una ansiosa actividad corporal. Todavía no está preparado para que se lo quiten. Pronto deja caer el bajalengua al suelo; al principio puede que esto parezca un acto fortuito, pero, al serle restituido, acaba por repetir la equivocación y al final lo arroja al suelo con la intención, claramente comprobable, de que se quede allí. Lo contempla y frecuentemente el ruido que el objeto hace al chocar con el suelo constituye para él una nueva fuente de placer.

Si le doy la oportunidad, tratará de arrojarlo repetidas veces. Ahora deseará estar en el suelo con el bajalengua.

En líneas generales, cabe decir, sin temor a equivocarse, que las desviaciones de esta media de comportamiento indican desviaciones del desarrollo emocional normal y a menudo resulta posible poner en correlación tales desviaciones con el resto del cuadro clínico. Hay, como es lógico, diferencias según la edad.

Los niños mayores de un año tienden a acortar el proceso de incorporación (meterse el bajalengua en la boca) y a interesarse más y más en las posibilidades que para jugar ofrece dicho instrumento.

Octavo caso.

Una madre nos trae a su bebé, de aspecto totalmente saludable, para hacer una medición rutinaria, tres meses después de la primera consulta. El bebé, Philip, tiene ahora once meses y la visita de hoy es la cuarta que me hace. Su fase difícil ya ha pasado y el pequeño está bien, tanto física como emocionalmente.

Como no hay ningún bajalengua disponible, el pequeño coge el cubilete que los contiene, pero su madre se lo impide. Lo interesante es que inmediatamente alarga la mano en busca de algo, recordando las visitas anteriores.

Coloco un bajalengua a su disposición y, en el momento en que él lo coge, su madre dice: «Esta vez hará más ruido que la última» Y tiene razón. A menudo las madres aciertan al decirme lo que va a hacer su pequeño, demostrando, por si hiciera falta, que el panorama que nos hacemos en los consultorios externos no se halla alejado de la vida real. Claro que el bajalengua va a parar a la boca y luego, no demasiado después, empieza a golpear la mesa o el cubilete con él. El cubilete recibe numerosos golpes, mientras el niño me mira a mí, demostrando bien a las claras que yo tengo parte en el asunto. En cierto modo el pequeño está expresando su actitud hacia mí. A unos cuantos metros de distancia, en la misma sala, hay otras madres sentadas con sus pequeños, y el estado de ánimo que impera en la sala se ve determinado por el estado de ánimo del pequeño.

Una de las madres que esperan dice: «Parece el herrero del pueblo». Al niño le encanta tener tanto éxito y a sus juegos les añade un elemento de exhibicionismo. Así, pues, muy dulcemente, acerca el bajalengua a mi boca y le encanta ver cómo yo, siguiéndole la corriente, finjo que voy a comérmelo, aunque en realidad no llego a tocarlo con los labios; el pequeño comprende perfectamente que le sigo la corriente. Se lo ofrece también a su madre y entonces, con un gesto magnánimo, se vuelve y se lo ofrece a su público. Luego vuelve su atención al cubilete y prosiguen los golpes.

Al cabo de un rato se comunica a su modo con otro de les pequeños que esperan, pequeño al que escoge de entre unas ocho personas adultas y niños que hay al otro lado de la habitación. Para entonces todo el mundo está de un humor excelente y la clínica funciona muy bien.

Su madre le permite bajar al suelo, donde él recoge el bajalengua y empieza a jugar con él al mismo tiempo que, poco a poco, se va acercando al otro pequeño con quien acaba de comunicarse por medio de ruidos. Habrán advertido ustedes que no sólo estaba interesado en su propia boca, sino también en la mía y en la de su madre. Creo que tiene la impresión de haber alimentado a todos los presentes en la sala. Esto lo ha hecho con el bajalengua, pero no hubiese podido hacerlo de no haber tenido la impresión de haberlo incorporado de la forma que he descrito.

Esto es lo que a veces se denomina ,poseer un “buen pecho interiorizado”, o simplemente «tener confianza en una relación con el pecho bueno, basándose en la experiencia».

Lo que quiero destacar en este sentido es esto: cuando en el hecho físico de coger el bajalengua, el pequeño juega con él y lo deja caer, al mismo tiempo, físicamente, lo incorpora, lo posee, y se libra de la idea del mismo.

Lo que hace con el bajalengua (o con cualquier otro objeto) entre el momento de cogerlo y el de dejarlo caer es como una película del pequeño fragmento de su mundo interior que está relacionado conmigo y con su madre en aquellos instantes y, partiendo de ahí, podemos hacer conjeturas sobre las experiencias de su mundo interior en otros momentos y en relación con distintas personas y cosas.

Para la clasificación de una serie de casos se puede utilizar la siguiente escala: en el extremo normal de la misma estar, los juegos, que constituyen una sencilla y placentera dramatización de la vida del mundo interior; en el extremo anormal de la escala se hallan los juegos que contienen una negación del mundo interior, en cuyo caso los juegos son siempre compulsivos, excitados, impulsados por la angustia y más bien una explotación de los sentidos que una actividad feliz.

Noveno caso.

El siguiente niño, David, tiene dieciocho meses y su comportamiento presenta una característica especial.

Su madre lo trae junto a mí y lo sienta en su regazo, al lado de la mesa. El pequeño no tarda en buscar el bajalengua que yo he puesto a su alcance. Su madre sabe lo que el niño hará, ya que ello forma parte de su problema. La buena señora dice: «Lo arrojará al suelo». El niño coge el bajalengua y rápidamente lo arroja al suelo. Repite el acto con todo lo que hay a su alcance. Ausentes se hallan la primera fase de tímida aproximación, así como la segunda, la de metérselo en la boca y jugar con él. Éste es un síntoma con el que todos estamos familiarizados, pero en este caso es patológico en cierto grado y la madre ha hecho bien en traerme al pequeño por ello. Le permite que baje en busca del objeto, que lo recoja y lo deje caer de nuevo, mientras sonríe en un intento artificial de ser tranquilizado mientras se contorsiona hasta alcanzar una posición en que tiene los antebrazos apretados contra las ingles. Mientras hace todo esto va mirando a su alrededor con expresión esperanzada, pero las demás personas que hay en la sala están haciendo todo lo posible para distraer la atención de sus propios hijos, ya que para ellas semejante espectáculo tiene algo que ver con la masturbación. El pequeño se encuentra acompañado, pero nadie puede darle la tranquilidad que tan desesperadamente necesita. Así que aquí le tenemos en el suelo, arrojando el bajalengua a lo lejos, contorsionándose para alcanzar esa posición tan peculiarmente suya y sonriendo de una manera que indica un intento desesperado de negar la congoja y el sentimiento de verse rechazado. Observen de qué manera este pequeño se crea para sí mismo un medio ambiente anormal.

Me veo obligado a omitir los detalles de su desarrollo; sólo diré que desde sus primeros tiempos tiene tendencia a la diarrea y a evacuar después de cada comida. Además, cuando tenía un año, de ello hace seis meses, empezó a mostrar los dos síntomas, los apretujones compulsivos a las ingles y una compulsión muy marcada a arrojar al suelo todo lo que cae en sus manos.

¿No resulta razonable sugerir que, de una manera u otra, hay una relación entre esta defecación “de sobremesa” y el síntoma consistente en arrojar cosas al suelo, especialmente en vista de que la experiencia psicoanalítica nos ha familiarizado con esta clase de relación entre lo físico y lo psicológico?

Naturalmente que la defecación después de comer sucede alguna que otra vez en todos los niños, y que el que se convierta en síntoma es una cuestión de grado.

Este caso ilustra la relación que se puede establecer entre acontecimientos físicos y psicológicos, así como la carencia relativa de riqueza en el mundo interior que puede acompañar a la inhibición de la fantasía oral y a la consiguiente ausencia de goce de cualquier clase de retención.

No es mi propósito discutir aquí la interesante e importante cuestión de las causas o la causa de esta angustia ante los objetos físicamente incorporados o físicamente devorados. únicamente diré que en ella está involucrada la fantasía referente al interior. La parte principal de tal fantasía jamás es consciente y, antes o después, lo que haya sido consciente pasa a ser reprimido o, alternativamente, la fantasía permanece y el eslabón entre ella y la experiencia funcional se pierde.

En este niño existe una negación del mundo interior que afecta a sus relaciones exteriores y, junto a esto, existe una explotación, impulsada por la angustia de la sensualidad. Pero la sensualidad no es oral, es decir, el pequeño se sostiene el pene y se empuja las ingles, mientras su interés bucal permanece en suspenso.

He aquí un niño en el que ha cambiado su actitud hacia lo que se le ofrece.

Décimo caso.

Norman tiene dos años. Su madre ya me lo ha traído tres veces antes de esta visita y hoy ha venido simplemente, porque yo le pedí que viniese después de las vacaciones de verano. Norman presenta una mejoría general, ha perdido sus temores, y se muestra dispuesto a aceptar casi todos los alimentos que su madre le ofrece.

El niño ha atravesado una fase de dificultades en su desarrolla emocional, y se ha recuperado sin tratamiento alguno de mi parte, más que mi dirección del caso y el haber compartido la responsabilidad con su madre.

Al cumplir un año y siete meses empezó a adelgazar y en los meses siguientes se cayó muchas veces. Su sueño empeoró y tendía a despertarse temprano. Uno de los síntomas más marcados era que, a los diecinueve meses, dejó de ser un niño totalmente confiado para mostrar mala disposición para con los extraños, incluyendo a su abuela materna, en la que anteriormente había confiado plenamente.

Comía lo suficiente si era la madre quien lo alimentaba, pero por aquel entonces se hizo suspicaz hacia todo alimento nuevo, aunque se lo administrase la madre.

Durante esta fase, a pesar de mi técnica de aproximación, el pequeño lloraba cuando yo lo examinaba. Coloqué un bajalengua sobre la mesa, a su alcance, pero el pequeño se volvió hacia la madre y no volvió a mirarlo.

Cuando le ofrecí una bobina de papel no la cogió y su madre dijo: “ya sabía que no cogería nada en el estado en que se encuentra ahora”.

Este cuadro clínico no presentó ningún cambio durante un mes, pero en la visita de hoy su madre puede informarme que se ha producida el inicio de un regreso a la normalidad en todos los aspectos. Ahora el pequeño duerme bien y se ha vuelto más confiado. Se muestra bastante satisfecho de estar conmigo y cuando le ofrezco una bobina de papel virtualmente me la quita de las manos, poniendo cara de estar muy complacido, y procede a investigarla mientras se lo llevan de mi presencia.

Habrán observado de qué manera, durante el período de suspicacia, la actitud del niño hacia la comida se vio alterada, al igual que su actitud hacia la bobina de papel que le ofrecí. Su madre me dijo que ya sabía que en su estado actual no cogería nada. Pero cuando se recuperó me arrebató de las manos la bobina y se puso a investigarla la mar de satisfecho, como hubiese hecho cualquier otro niño.

Decimoprimer caso.

He aquí un niño de dos años que padece una inhibición nutritiva. Por lo general nunca ha sido un niño glotón.

Nunca cogió la costumbre de ingerir alimentos sólidos o de alimentarse por sí mismo. También permanece en vela mucho rato. Sus juegos son pobres de imaginación, faltos de riqueza y fantasía. Lo más habitual es que juegue con el martillo y los clavos de su padre, o que cave en el jardín. A los dieciocho meses pasó una fase en la que se comía el barro. A su madre le pareció que debía enseñarle a no hacerlo. Si quiero describirles un niño pequeño, debo mostrarles algo de sus intereses orales. La relación del pequeño conmigo es bastante neutra. Su actitud hacia el bajalengua nos da la clave de sus sentimientos. He aquí las notas que he tomado: «Ve el bajalengua y lo deja en paz»; lo toca «por equivocación», por decirlo así, mientras juega con las manos; entonces, cuando juega con las manos, se vuelve hacia otro lado; luego, de pronto, vuelve al bajalengua y me mira con curiosidad, como queriendo medir mi actitud y rápidamente se vuelve de nuevo y se da una palmada en los muslos; mira el objeto y con la boca hace un ruidoso gesto de estar chupando algo; durante un largo rato mordisquea el borde superior de su jersey y luego, en relación con algo que observa en mí, se acurruca en el seno de su madre; se retuerce; ahora coge el bajalengua con la mano haciendo un rápido movimiento y en un santiamén ya lo ha golpeado contra la mesa, dejándolo luego en ella, tendido (antes estaba en posición vertical). Como si se sintiera alarmado por su acción, parece dejarlo definitivamente, pero más tarde vuelve a tocarlo de una manera angustiosa.

He aquí, pues, el cuadro de un conflicto en el que intervienen el instinto oral y la fantasía.

Hay mucho que hacer siguiendo estas sencillas líneas y, según tengo entendido, Anna Freud lleva ya algunos años haciendo esta clase de observaciones. Ella misma me señaló que existe una interesante falta de correlación directa entre la inhibición de coger cosas y metérselas en la boca y la inhibición nutritiva propiamente dicha, y con esto me siento plenamente de acuerdo. La relación es indirecta, de un tipo que, debido a sus inesperadas características, tiene en reserva muchas cosas teóricamente importantes.

Así, puede que un niño se meta cosas en la boca cuando está a solas con su madre en casa y que, en cambio, no quiera hacerlo con mi bajalengua. Mi presencia hace entrar en escena un eslabón con la relación entre el niño y su padre, relación, que, en el momento de la consulta, tal vez atravesara una fase difícil. Esta fase puede estar marcada por síntomas como el vómito o la constipación, o cualquier otra disyunción lo bastante seria como para hacer que el niño sea traído al hospital.

La aparición del padre en escena queda ilustrada por el siguiente incidente:

Decimosegundo caso.

Un hombre está alimentando por vez primera a su hijo de catorce meses. Le está dando pescado. La madre reacciona de manera neurótica ante el hecho, se siente celosa y le dice a su marido: “No le des pescado, se va a enfermar”. Por la noche el pequeño vomita y como resultas de ello contrae una interesante fobia que le dura varias semanas: le desagrada el pescado y también los huevos y los plátanos.

A modo de contraste, vean lo que hace el siguiente niño cuando viene a verme: Decimotercer caso.

Lawrence, de dos años y nueve meses, es el primero y único hijo de sus padres. Su aspecto es saludable. Tomó el pecho durante seis meses, luego fue destetado en un día, aunque tomó el biberón desde entonces. Fácilmente realizó la transición a los alimentos sólidos y a comer sin ayuda. No padece ninguna inhibición nutritiva, por lo que está gordete y come de todo.

Siempre ha sido un niño simpático y con buen apetito. Sentado en las rodillas de su madre, Lawrence se impone a nosotros y casi domina la relación triangular que se da en la consulta. Se pasa el rato hablando en voz muy alta, con cierta vacilación en la dicción que forma parte de la técnica de dominio. Alarga la mano en busca del bajalengua, lo coge lo hace suyo, luego lo mete en un cubilete cercano en el que hay otros bajalenguas, muchos, aparta el cubilete de sí y dice: “Ta”. De nuevo coloco un bajalengua sobre la mesa y el interés del niño vuelve rápidamente; con gesto ansioso saca todos los que hay en el cubilete y declara: «Estoy jugando a los trenes». (La madre me dice que esto es más o menos lo que pasa durante las horas de la noche en que permanece despierto.) Ahora hace una procesión de bajalenguas a pares, construye lo que según él es un puente, los vuelve a colocar de muy distintas maneras. Los trenes se mueven, se cruzan, se unen, se separan, pasan túneles, cruzan puentes y de vez en cuando chocan. La fantasía está relacionada con la escena originaria. Estarán ustedes de acuerdo en que los detalles tendrían importancia si se tratase de comprender la angustia que turba el sueño del pequeño, le induce a tartamudear, y da color a sus juegos. El niño se divierte mucho y en casa siempre pueden dejarlo que juegue él solo. Toco uno de los bajalenguas y él dice: “No lo toque, por favor”, con lo que indica la aguda necesidad de controlar personalmente lo que en un instante podría convertirse en un desastre susceptible de acabar con el mundo. Le es imprescindible dominar para retener el control.

Aquí no hay inhibición del apetito, pero hay angustias especiales que es necesario afrontar, angustias acerca de la relación entre sus padres interpretada en los términos de la fantasía del niño.

Los juegos de Lawrence con los bajalenguas ponen de manifiesto la índole de sus fantasías. Son las mismas angustias que son afrontadas en su fuente por las inhibiciones de la gula que hemos visto en tantos otros de los ejemplos que he dado. La inhibición equivale a pobreza de la experiencia instintiva, pobreza de desarrollo de un mundo interior y la consiguiente falta relativa de angustia normal ante los objetos y las relaciones interiores.

Resumen

En el historial de todos los tipos de casos psiquiátricos es posible encontrar trastornos del apetito, trastornos que pueden ser claramente entrelazados con los demás síntomas.

El contacto clínico directo con niños pequeños proporciona un cúmulo de oportunidades para la observación y la terapia, así como para la aplicación de los principios aprendidos mediante el análisis de niños y de adultos. La teoría de la enfermedad psiquiátrica debe ser modificada con el objeto de dar cabida a un hecho: que en numerosos casos el historial de una anormalidad se remonta a los primeros meses, incluso a las primeras semanas.

Notas:

(1) A menudo las madres dicen de sus hijos que se muestran inhibidos en lo que respecta al deseo de comida, que, pese a eso, mostrarán gran apetencia por las medicinas. Más de una vez me han dicho esto en relación con niños menores de un año, y otras muchas veces acerca de niños de mayor edad.

(2) Por aquel entonces no era frecuente buscar las causas de la enfermedad psicológica en el pequeño. Por consiguiente, mi opinión resultó un tanto original y resultó también turbadora para aquellos analistas capaces solamente de ver la angustia de castración y el complejo de Edipo. En mis escritos posteriores me he dedicado a desarrollar el tema del pequeño, cuyo desarrollo emocional puede ser sano o deformado en cualquier edad, incluso antes del nacimiento. En la actualidad (1956) existe entre los psicoanalistas una aceptación general de la opinión según la cual existe una psicología del niño recién nacido. Si bien durante todo el tiempo sufrí la influencia de Melanie Klein, en este campo específico seguí sencillamente la pista que me había proporcionado la cuidadosa recopilación de datos en innumerables casos.

Pensaba en ciertos cuadros surrealistas, en algunos de los cuales aparecían crudos detalles anatómicos.

En mi clínica estaba siempre disponible un cubilete de metal lleno de bajalenguas esterilizados y de objetos brillantes dispuestos en ángulo recto.