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Estudio del psicoanálisis y psicología

Arte en el campo



Arte en el campo

Antes, he hablado del arte. ¿Puede pensarse en algo parecido en un campo de concentración? Depende más bien de lo que uno llame arte. De vez en cuando se improvisaba una especie de espectáculo de cabaret. Se despejaba temporalmente un barracón, se apiñaban o se clavaban entre sí unos cuantos bancos y se estudiaba un programa. Por la noche, los que gozaban de una buena situación —los "capos"— y los que no tenían que hacer grandes marchas fuera del campo, se reunían allí y reían o alborotaban un poco; cualquier cosa que les hiciera olvidar. Se cantaba, se recitaban poemas, se contaban chistes que contenían alguna referencia satírica sobre el campo. Todo ello no tenía otra finalidad que la de ayudarnos a olvidar y lo conseguía. Las reuniones eran tan eficaces que algunos prisioneros asistían a las funciones a pesar de su agotador cansancio y aun cuando, por ello, perdieran su rancho de aquel día. El buen humor es siempre algo envidiable: al principio de nuestro internamiento nos permitían reunimos en un cuarto de máquinas a medio construir para saborear durante media hora el plato de sopa que nos repartían a medio día (como la tenía que pagar la empresa constructora era de todo menos alimenticia). Al entrar, cada uno recibía un cucharón de sopa aguada, y mientras la sorbíamos con avidez, un prisionero italiano trepaba encima de una cuba y nos entonaba arias italianas. Los días que nos daba el recital musical, tenía garantizada una ración doble de sopa, sacada del fondo del perol, es decir, ¡con guisantes! En el campo se concedían premios no sólo por entretener, sino también por aplaudir. Por ejemplo, a mí podía haberme protegido (¡y fui muy afortunado al no necesitarlo!) el "capo" más temido de todos, a quien por más de una razón se le conocía por el sobrenombre de "el capo asesino". Contaré cómo sucedió. Una tarde tuve el gran honor de que me invitaran otra vez a la sesión de espiritismo. Estaban reunidos en aquella habitación unos cuantos amigos íntimos del médico jefe; asimismo estaba presente, de forma totalmente ilegal, el oficial al cargo del escuadrón sanitario. El "capo asesino" entró allí por casualidad y le pidieron que recitara uno de sus poemas que se habían hecho famosos (o infames) en el campo. No necesitaba que se lo repitieran dos veces, de modo que rápidamente sacó una especie de diario del que empezó a leer unas cuantas muestras de su arte. Me mordía los labios hasta hacerme sangre para no reírme al escuchar uno de sus poemas amorosos y seguramente gracias a ello salvé la vida; como además le aplaudí con largueza, es muy posible que también hubiera estado a salvo caso de haber sido destinado a su cuadrilla de trabajo, donde ya me habían asignado un día, un día que para mí fue más que suficiente. Pero siempre resultaba útil que el "capo asesino" le conociera a uno desde algún ángulo favorable. Así que le aplaudí con todas mis fuerzas. La obsesión por buscar el arte dentro del campo adquiría, en general, matices grotescos. Yo diría que la impresión real que producía todo lo que se relacionaba con lo artístico surgía del contraste casi fantasmagórico entre la representación y la desolación de la vida en el campo que le servía de telón de fondo. Nunca olvidaré que en la segunda noche que pasé en Auschwitz fue la música lo que me despertó de un sueño profundo. El guardia encargado del barracón celebraba una especie de fiestecilla en su habitación, que estaba próxima a la entrada de nuestra puerta. Voces achispadas se desgañitaban cantando tonadas gastadas. De pronto se hizo el silencio y en medio de la noche se oyó un violín que tocaba desesperadamente un tango triste, una melodía poco conocida y poco desgastada por la continua repetición. El violín lloraba y una parte de mí lloraba con él, pues aquel día alguien cumplía 24 años, alguien que yacía en alguna otra parte de Auschwitz, quizás alejada sólo unos cientos o miles de metros y, sin embargo, fuera de mi alcance. Ese alguien era mi mujer.

Viktor Frankl