Estudio del psicoanálisis y psicología

Charcot, Jean Martin



Charcot, Jean Martin

 

Formado
en la universidad de París, en la que luego ejerció como docente,
trabajó también en el hospital de La Salpêtrière como neurólogo. Sus
investigaciones en este campo y la labor desempeñada hicieron del
hospital el más importante centro de investigaciones sobre el cerebro
de su época. Siendo el más prestigioso neurólogo de su época, entre sus
discípulos se encontró Sigmund Freud .
A su labor hay que reconocerle méritos innumerables: formuló los
mecanismos de la ataxia locomotora, causante de patologías en la médula
espinal y en las articulaciones (inflamación o atrofia muscular
denominada "atrofia de Charcot"); halló la dilatación de las arterias
cerebrales (aneurismas) y su relación con la apoplejía. Otras
patologías, como el asma, fueron objeto de su estudio, así como las
causas del envejecimiento. Son esenciales sus investigaciones sobre la
neurosis, determinando que no obedecen obligatoriamente a causas
orgánicas sino psicológicas, como trastornos de la personalidad o
traumas. Como terapia halló la utilidad de la hipnosis, si bien erró al
suponer que los sujetos que padecían de histeria eran susceptibles de
ser hipnotizados más fácilmente. Los frutos de sus investigaciones los
reflejó en "Los demoníacos en el arte", "Lecciones sobre los enfermos
del hígado" y "Lecciones sobre las enfermedades del sistema nervioso",
publicados entre 1872 y 1833.

Investigaciones

Genes y Neurosis

Interrupción del Modernismo

La
profundización en el conocimiento de la propia naturaleza humana le
proporcionarían una concepción desde luego nueva, pero también más
problemática, de su propia y compleja personalidad. Éste era un tema de
extraordinario interés al que la sociedad prestaba creciente atención.
Así, la literatura naturalista de la década de 1880 y primeros años de
la de 1890 -la literatura de Zola , Maupassant, los Goncourt , Thomas
Hardy, Giovanni Verga , Jack London , Theodor Fontane y otros- ya había
subrayado la importancia que los condicionantes biológicos,
fisiológicos y sociales tenían en la conducta humana. Temas como la
condición femenina, el adulterio y las relaciones entre los sexos
tenían especial relevancia en el teatro del noruego Henrik Ibsen
(1828-1906) y del sueco August Strindberg (1849-1912), obsesionado
también por los complejos de pecado y culpa, y por los estados
patológicos de la mente. En la década de 1890, escritores y científicos
sociales mostraron un evidente interés por temas como la histeria, el
suicidio -se recordará el estudio de Durkheim -, la criminalidad (sobre
todo, a raíz de los trabajos de Cesare Lombroso, 1835- 1909) y la
psicopatología sexual, desarrollada por el alemán Krafft-Ebing, autor
de Psycopathia Sexualis, 1886, y por el británico Havelock Ellis, cuyos
7 volúmenes sobre la psicología del sexo empezaron a publicarse en
1898. El estreno en 1891 de Hedda Gabler, de Ibsen, la historia de una
mujer altiva e independiente y de su suicidio; la publicación en 1892
del libro Degeneración del médico húngaro Max Nordau -que sostenía que
la cultura de su tiempo, representada por Ibsen y Zola estaba
patologicamente degenerada-; o el juicio de Oscar Wilde , condenado en
1895 a dos años de cárcel por homosexualidad, aparecieron, así, como
síntomas de lo que se suponía que era una grave enfermedad moral, una
profunda crisis espiritual, de la sociedad europea ante el fin de
siglo. En realidad, lo que sucedía era que la sociedad comenzaba a
conocer aspectos de la naturaleza biológica y psíquica del hombre
previamente ocultados y silenciados por la ignorancia, las convenciones
o la hipocresía. A ese conocimiento contribuyó, decisivamente, la
ciencia. Precisamente, en 1900, los botánicos Hugo de Vries, Carl
Correns y Erich Tschermak, trabajando separadamente, redescubrieron los
estudios de Mendel sobre la herencia -que se remontaban a la década de
1860 y que fueron totalmente ignorados en su tiempo-, y demostraron que
los genes eran la clave de la herencia de las características de la
especie y del individuo. La genética, término acuñado en 1905 por el
naturalista británico William Bateson , que de siempre había
manifestado que las teorías darwinistas de la evolución y la selección
natural no eran suficientes para explicar las variaciones de las
especies, aparecía, así, como una explicación científica inapelable y
de validez universal. Más todavía, cuando en 1914, De Vries desarrolló
la teoría de las mutaciones y explicó la razón de las desviaciones
genéticas y de las discontinuidades en la evolución biológica. El hecho
era de excepcional importancia: porque al explicar cómo se heredaban
las características de la especie (estatura, color, pero también,
agresividad, sexualidad, criminalidad, etcétera), la genética podía
iluminar muchas, si no las principales, claves de la personalidad y de
la conducta. Pero no sólo la genética, que, además, aún tardaría en
aplicarse al hombre. En la década de 1890, una parte de los estudios de
psicología -iniciados de forma experimental y científica por Wilhelm
Wundt, director del que fue primer instituto psicológico, creado en
Leipzig en 1879- se orientaron hacia el análisis de la relación que
pudiera existir entre el cuerpo y la mente. El ruso Ivan E. Pavlov
(1849-1936), cuyos estudios sobre el comportamiento humano a través del
experimento con perros alcanzaron una notoriedad extraordinaria
justamente en los años 90, desarrolló la teoría de los "reflejos
condicionados", que llevaba a pensar que la mente estaba regida por
leyes mecánicas no muy diferentes a las que regulaban el funcionamiento
fisiológico del cuerpo. Otros psicólogos y neurólogos, interesados
sobre todo en el comportamiento neurótico -uno de los temas preferidos,
como se ha indicado, de la cultura del fin de siglo - optaron por otras
vías. Los franceses Jean Martin Charcot y Pierre Janet, en París, y
Liébault e Hippolite M. Bernheim, en Nancy, pusieron de relieve, con
sus estudios sobre la histeria y su posible tratamiento a través de
prácticas hipnóticas, la correlación existente entre psiquismo y
determinadas enfermedades. Bajo su influencia, pero también al hilo de
experiencias propias, en 1895, el neurólogo vienés Josef Breuer
(1842-1925) y el psiquiatra Sigmund Freud ,
judío como Einstein , nacido en Moravia en 1856, doctorado por la
Universidad de Viena en 1881 y establecido profesionalmente en esta
ciudad, publicaron el libro Estudios sobre la histeria en el que ya
argumentaban que la represión consciente de recuerdos no deseados podía
estar en la raíz de muchas neurosis. A partir de ahí, Sigmund Freud iba
a llevar a cabo una revolución intelectual sólo comparable por su
significación e influencia a la efectuada por Einstein en la física
(sólo que Freud concitaría mayores resistencias y oposición tanto en
medios profesionales como en medios políticos y religiosos; Freud fue
objeto de una hostilidad implacable por parte de la Iglesia católica y
por parte de los círculos y ámbitos de la derecha: en junio de 1938,
después de la anexión de Austria por la Alemania nazi, se exilió en
Londres, donde murió un año después). Los aspectos inicialmente más
novedosos de sus teorías aparecieron en sus libros La interpretación de
los sueños, publicado en 1900, Tres ensayos sobre la teoría de la
sexualidad, que apareció en 1905, y en una serie de ensayos sobre la
psicopatología de la vida cotidiana (errores orales, equivocaciones en
la escritura, actos sintomáticos y casuales, chistes y otros) que
publicó también entre 1901 y 1905. En ellos, Freud proponía una nueva
teoría de la neurosis, que suponía, además, una reinterpretación de los
factores determinantes del desarrollo de la personalidad y una nueva
teoría de la sexualidad (y desarrollaba, además, una nueva terapia para
las enfermedades psíquicas). En síntesis, Freud relacionó las neurosis
con las frustraciones inconscientes, con los deseos reprimidos y con la
represión de recuerdos dolorosos. Estableció que las frustraciones y
los deseos reprimidos se grababan en el subconsciente -los sueños no
serían sino la realización oculta de esos deseos- y que, en origen,
nacían de la represión sexual (pues, para Freud, la sexualidad
constituía el aspecto más importante del desarrollo de la personalidad.
De ahí, las que fueron probablemente sus tesis más audaces y
escandalosas: el erotismo infantil, las fases de la sexualidad, la
primacía fálica, la envidia del pene, el complejo de Edipo , el
complejo de castración, etcétera). Como método de investigación y de
terapia, Freud desarrolló el psicoanálisis, la narración relajada del
paciente, colocado sobre un lecho de reposo, situándose el médico
detrás de él, sin ser visto, de manera que de esa forma fuera posible,
liberando el subconsciente, descubrir las represiones y facilitar su
curación. Luego, Freud aplicaría sus tesis a temas como la religión, la
antropología -Totem y tabú se publicó en 1912-, la sociedad o la
civilización, y aún propondría nuevos conceptos, como el instinto de la
muerte, el superego y otros. Pero lo esencial de sus concepciones había
quedado expuesto en aquellos trabajos iniciales. Neurosis,
psicoanálisis, subconsciente, teoría sexual: Freud había impulsado uno
de los giros más radicales en toda la historia del pensamiento. Sus
ideas tuvieron, como se ha indicado, gran oposición. Pero Freud logró
también el apoyo incondicional de un puñado de médicos jóvenes -Karl
Abraham, Alfred Adler , Sandor Ferenczi, Ernest Jones, C. G. Jung ,
Otto Rank-, y el movimiento psicoanalítico penetró con fuerza primero
en Centroeuropa y, luego, en Estados Unidos. En 1908, se reunió en
Salzburgo un primer congreso internacional psicoanalítico, al que
seguirían regularmente muchos otros, y comenzó la publicación de
revistas científicas del grupo; en 1910, se creó la Asociación
Internacional Psicoanalítica. Surgieron también disidencias
significativas. En 1911, Alfred Adler (1870-1937), uno de los primeros
discípulos de Freud, se separó del movimiento. Autor en 1907 de Un
estudio de la inferioridad orgánica y de su compensación psíquica,
Adler negaba la primacía que Freud daba a la sexualidad en la vida
psíquica y sostenía que el factor dominante en la misma -y por tanto,
en la conducta y en la formación del carácter- era el deseo de
autoafirmación del individuo: así, la neurosis, para Adler, resultaría
ser la manifestación patológica de un complejo de inferioridad. En
1912, se produjo la segunda ruptura, la del suizo Carl G. Jung
(1875-1961), tras la publicación de su libro Psicología del
subconsciente, origen de un pensamiento que, como el de Adler,
rechazaba el papel central de la sexualidad en la formación del
carácter, y que, además, diferenciaba entre distintos tipos de
personalidad (introvertida; extrovertida); y subrayaba la influencia
que el "inconsciente colectivo" -modelos imaginarios o arquetipos,
mitos comunes a las religiones y a las civilizaciones que satisfacen
los instintos fundamentales del hombre- tenía en el comportamiento
humano. Tanto que, en el esquema de Jung, la enfermedad mental dependía
del grado de armonía o desarmonía entre el individuo y los arquetipos,
entre el hombre y el inconsciente colectivo. Pero las disidencias, e
incluso que Freud estuviese o no equivocado, importaban relativamente
poco. Lo significativo era lo que todo el movimiento suponía: primero,
nuevas formas de aproximarse a las enfermedades psíquicas; pero además,
y sobre todo, el descubrimiento de dimensiones subconscientes en la
personalidad humana, la idea de que el hombre, lejos de ser un
individuo guiado por la razón y el orden, estaba sujeto a la fuerza de
instintos y emociones desordenadas a menudo ajenas a su control. La
paradoja era, pues, flagrante. A medida que el hombre avanzaba en el
conocimiento de la realidad- de la realidad física, de la personalidad
psíquica-, menor era la seguridad que tenía ante los problemas
fundamentales de su existencia. El hombre habría de buscar, así, nuevas
explicaciones a la vida misma y plantearse a fondo que ésta, la vida,
era su única y radical realidad.

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