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Estudio del psicoanálisis y psicología

Definición del Conductismo



Definición del Conductismo 
En el presente, las definiciones no son tan populares como lo fueron en otras épocas. La definición de cada ciencia, de la física, por ejemplo, necesariamente tendría que incluir la de todas las demás. Esto mismo vale respecto del conductismo. Todo cuanto en la actualidad podemos hacer para definir una ciencia es, casi, describir un círculo alrededor de aquel sector de la ciencia natural que reclamamos de nuestro dominio.
 
El conductismo —según queda entendido a través de nuestra exposición preliminar—, es, pues, una ciencia natural que se arroga todo el campo de las adaptaciones humanas. Su compañera más íntima es la fisiología. En efecto, conforme avancemos en este sentido, podríamos llegar a preguntarnos si es posible diferenciar el conductismo de esa ciencia. En realidad, sólo difiere de la fisiología en el ordenamiento de sus problemas; no en sus principios fundamentales ni en su punto de vista central. La fisiología se interesa especialmente en el funcionamiento de las partes del animal; por ejemplo, el sistema digestivo, circulatorio, nervioso, los sistemas secretorios, la mecánica de las reacciones nerviosas y musculares. En cambio, aunque muy interesado en el funcionamiento de dichas partes, al conductismo le importa intrínsecamente lo que el animal —como un todo— hace desde la mañana hasta la noche y desde la noche hasta la mañana.
 
El interés del conductista en las acciones humanas significa algo más que el del mero espectador; desea controlar las reacciones del hombre, del mismo modo como en la física los hombres de ciencia desean examinar y manejar otros fenómenos naturales. Corresponde a la psicología conductista poder anticipar y fiscalizar la actividad humana. A fin de conseguirlo, debe reunir datos científicos mediante procedimientos experimentales. Sólo entonces al conductista experto le será posible inferir, dados los estímulos, cuál será la reacción; o, dada la reacción, cuál ha sido la situación o estímulo que la ha provocado.
 
Examinaremos por un momento más de cerca estos dos términos: estímulo y respuesta.
 
¿Qué es un estímulo?
 
Si, de improviso, dirijo al ojo una luz intensa, la pupila se contraerá rápidamente. Si, de improviso, apagara toda la iluminación de un cuarto en el que se encuentra una persona, sus pupilas comenzarían a dilatarse. Si, de improviso, a sus espaldas disparara un tiro de pistola, daría un sacudón y probablemente volvería la cabeza. Si, de improviso, se soltara sulfito de hidrógeno en un ambiente cerrado, las personas que estuviesen en él se apresurarían a taparse la nariz y acaso también tratarían de huir. Si, de improviso, aumentara en forma sensible la temperatura de un ambiente, quienes se encontraran en él empezarían a desabrocharse el saco y a transpirar. Si, de improviso, la hiciera bajar de súbito, provocaría una reacción diferente.
 
Además, en nuestro interior tenemos un campo igualmente vasto en el que los estímulos pueden ejercer su efecto. Por ejemplo, momentos antes de comer, los músculos del estómago principian a contraerse y a dilatarse rítmicamente por la carencia de alimento. En cuanto se lo ingiere, las contracciones cesan. Tragando un pequeño globo y comunicándolo con un instrumento registrador, podemos determinar con facilidad la reacción del estómago a la falta de alimento y la ausencia de reacción en presencia del mismo. En el macho, de todos modos, la presión de ciertos fluidos (semen) es susceptible de conducir a la actividad sexual. En el caso de la hembra, la presencia de ciertos cuerpos químicos también puede fácilmente provocar una manifestación sexual explícita. Los músculos de nuestros brazos, piernas y busto no sólo están sujetos a los estímulos procedentes de la sangre; asimismo son estimulados por sus propias reacciones, o sea, el músculo se encuentra en estado de constante tensión; cualquier aumento de ésta, verbigracia, al realizarse un movimiento, despierta un estímulo y motiva otra reacción en ese músculo o en otro ubicado en alguna parte distante del cuerpo; cualquier disminución de dicha tensión, como cuando el músculo se relaja, constituye análogamente un estímulo.
 
Comprobamos, pues, que el organismo se halla de continuo sometido a la acción de los estímulos —que llegan por la vista, el oído, la nariz y la boca— los denominados objetos de nuestro medio; al mismo tiempo, también el interior de nuestro cuerpo se halla en cada instante sometido a la acción de estímulos nacidos de los cambios en los tejidos mismos. ¡Por favor, no se piense que en su interior el cuerpo es distinto o más misterioso que en su exterior!
 
A través del proceso de la evolución humana los seres han desarrollado órganos sensoriales —áreas especializadas como los ojos, orejas, nariz, lengua, epidermis y conductos semicirculares en la que determinados tipos de estímulos son sumamente efectivos. A éstos hay que agregar todo el sistema muscular, los músculos estriados (por ejemplo, los largos músculos rojos de los brazos, piernas y busto), y lisos (por ejemplo, los que participan en la estructura hueca, semejante a un tubo, del estómago, intestinos y vasos sanguíneos). Los músculos no son, pues, órganos de reacción únicamente, sino también sensoriales. Luego veremos que los dos últimos sistemas ejercen enorme influencia en la conducta humana. Muchas de nuestras reacciones más íntimas y personales se deben a los estímulos creados por cambios en el tejido de nuestros músculos estriados y vísceras.
 
Cómo el aprendizaje multiplica
los estímulos
 
Uno de los problemas del conductismo es el que cabría denominar “la multiplicación continua de los estímulos”, a los cuales responde el individuo. En verdad, esta cuestión es tan compleja que, a primera vista, podríamos sentirnos tentados a dudar de lo aseverado más arriba: que es posible prever la reacción. Si se vigila el crecimiento y el desarrollo del ser humano, se observará que si bien gran cantidad de estímulos provoca reacciones en el recién nacido, muchos otros no despiertan ninguna. Sea como fuere, no determinan una reacción igual a la que promueven más tarde. Por ejemplo, no se consigue mucho enseñando a un infante un lápiz, un papel o la partitura de una sinfonía de Beethoven. En otras personas, antes que ciertos estímulos puedan ejercer su influencia es indispensable que se forme un hábito. Luego trataremos el procedimiento mediante el cual nos es dable lograr que estímulos comúnmente sin reacciones, las provoquen. El término que de ordinario empleamos para describir este procedimiento es “condicionamiento” (conditioning). En el capítulo II hablaremos con mayor extensión de las “reacciones condicionadas”.
Es el condicionamiento, desde la más tierna infancia, lo que dificulta tanto al conductista poder anticipar cuál será una determinada reacción. Por lo regular, la vista de un caballo no suscita una reacción de miedo y, sin embargo, en un grupo de 30 a 40 personas casi siempre se encuentra alguna que caminará una cuadra de más a fin de eludirlo. El estudio del conductismo nunca facultará a sus cultores para denunciar la existencia de tal estado de cosas con sólo mirar a una persona. No obstante, si el conductista advierte esta reacción, es muy fácil para él señalar aproximadamente qué situación de la primera infancia del sujeto pudo provocar ese tipo de reacción poco frecuente en el adulto. A pesar de lo arduo que resulta predecir en sus detalles cuáles serán las reacciones, insistimos, en general, en la teoría de que nos es dado anunciar con antelación qué hará nuestro vecino. Es la  única base sobre la cual nos es posible alternar con el prójimo.
 
¿Qué entiende el Conductismo
por respuesta?
 
Hemos puesto ya de relieve que, desde el nacimiento hasta la muerte, el organismo es atacado por estímulos en su parte exterior y por estímulos, engendrados en el cuerpo mismo. Responde. Se mueve. La respuesta puede ser tan leve que únicamente sea susceptible de observarla mediante instrumentos. Podrá limitarse a un mero cambio en la respiración, o a un aumento o disminución de la presión arterial. Acaso no suscite más que un movimiento del ojo. Empero, las reacciones más comúnmente observadas son los movimientos de todo el cuerpo, de los brazos, piernas, tronco o combinaciones de todas las partes movibles.
 
Por lo regular, aunque no siempre, la respuesta del organismo al estímulo trae aparejada una adaptación. Por adaptación sólo entendemos que el organismo, al moverse, altera su estado fisiológico de tal manera que el estímulo no provoca ya reacciones. Este concepto acaso parezca un tanto complicado, pero algunos ejemplos lo aclaran. En la persona hambrienta las contracciones del estómago la estimulan a andar incesantemente de un lado a otro. Si mientras se mueve sin descanso, divisa manzanas en un árbol, trepa a él de inmediato, las tantea y empieza a comerlas. Cuando está harta, las contracciones cesarán, y aunque a su alrededor cuelguen otras manzanas no las tomará. Otro ejemplo: el aire frío me estimula. Me muevo de un lado a otro hasta conseguir resguardarme del viento. En campo abierto, quizá podría cavar un hoyo. Una vez guarecido, el viento ya no provoca en mi reacción alguna. Bajo la excitación sexual, el macho puede hacer cualquier cosa para capturar una hembra complaciente. Satisfecha ya la actividad sexual, el incansable movimiento de búsqueda concluye. La hembra deja de estimular al macho.
 
A menudo se ha criticado al conductista el énfasis que pone en la respuesta. A lo que parece, algunos psicólogos creen que el conductista está exclusivamente interesado en registrar íntimas respuestas musculares. Nada más erróneo. Insisto en que al conductista le importa primordialmente la conducta del hombre como un todo. Lo vigila de la mañana a la noche en el desempeño de sus tareas diarias. Si está poniendo ladrillos, desearía contar el número que es capaz de colocar en diferentes condiciones; determinar hasta cuándo podría seguir sin rendirse de cansancio; cuánto tiempo emplea para aprender su tarea; la posibilidad de acrecentar su eficacia u obtener que realice idéntica cantidad de trabajo en menor tiempo. En otras palabras, la contestación que importa al conductista se sintetiza en la sensata solución a este problema: ¿qué ésta haciendo y por qué lo está haciendo? Tras esta enunciación, seguramente nadie podrá desvirtuar el programa del conductista hasta el punto de permitirse sostener que es un mero fisiólogo del músculo.
 
El conductista afirma que todo estímulo efectivo tiene su respuesta, y que ella es inmediata. Por estímulo efectivo entendemos el estímulo suficientemente fuerte para vencer la normal resistencia al pase del impulso sensorial desde los órganos de los sentidos a los músculos. En este punto es preciso no confundirse por lo que suelen decir el psicólogo y el psicoanalista. Si leemos sus exposiciones, cabría suponer que el estímulo puede aplicarse hoy y provocar su efecto tal vez  mañana, o quizá en los próximos meses o años. El conductista no cree en estas concepciones mitológicas. Es cierto que podrá presentarse un estímulo verbal como éste: “Nos encontraremos mañana a la una en el Ritz para almorzar”. La contestación inmediata es: “De acuerdo; no faltaré”. Ahora bien, ¿qué sucede luego? Es preferible no intentar aún avanzar sobre este punto difícil, pero séanos permitido señalar que en nuestros hábitos verbales existe un mecanismo en virtud del cual es estímulo se renueva de momento en momento hasta tanto ocurra la reacción final: “Ir al Ritz al día siguiente a la una”.
 
Clasificación general de la respuesta
 
Las dos clasificaciones sensatas de la respuesta son: “externa”  “interna” —o acaso sean mejores los teorías “abierta” (explícita) e “implícita”. Entendemos por respuestas externas o explícitas los actos ordinarios del ser humano: inclinarse para alzar una pelota de tenis, escribir una carta, entrar en un auto y comenzar a manejar, cavar un hoyo en la tierra, sentarse a preparar una conferencia, bailar, flirtear con una mujer, hacerle el amor a la esposa. Para efectuar estas observaciones no necesitamos instrumentos. Más las respuestas pueden hallarse completamente confinadas en los sistemas musculares y glandulares del interior del cuerpo. Supongamos un niño o una persona mayor con hambre que se encuentra de pie, inmóvil delante de una vidriera repleta de confituras. La primera observación de quien lo mire, podrá ser; “¡No hace nada”” o “simplemente mira las confituras”. Un instrumento demostraría que sus glándulas salivales segregan, que su estómago se contrae y dilata rítmicamente, y que se están produciendo notables cambios en la presión arterial —que las glándulas endocrinas están vertiendo sustancias en el torrente sanguíneo. Las respuestas internas o implícitas son arduas de observar, no porque ellas sean esencialmente distintas de las exteriores o explícitas, sino sólo a causa de que están ocultas a la mirada.
 
Otra clasificación general es la de respuestas aprendidas y no aprendidas. He mencionado antes el hecho de que la serie de estímulos ante los cuales reaccionamos aumenta incesantemente. Merced a su estudio, el conductista ha descubierto que la mayoría de los actos que vemos cumplir al adulto son realmente aprendidos. Solíamos pensar que muchos de ellos eran “instintivos”, es decir, “no aprendidos” —pero ahora nos encontramos a punto de desechar la palabra “instinto”—. Sin embargo, llevamos a cabo muchas cosas sin necesidad de aprenderlas: transpirar, respirar, hacer que nuestro corazón palpite, que nuestra digestión se efectúe, que nuestros ojos se dirijan a una fuente de luz, que las pupilas se contraigan, manifestar miedo ante un sonido fuerte. Conservemos, pues, como segunda clasificación: “respuestas aprendidas” —suponiendo que incluyen todos nuestros hábitos complicados y todas nuestras respuestas condicionadas—; y respuestas “no aprendidas”, entendiendo por ellas cuantas ya realizamos en la primera infancia antes que el proceso de condicionamiento y la formación de hábitos predominen.
 
Otra manera, puramente lógica, de clasificar las respuestas es la de caracterizarlas  por el órgano sensorial que las origina. Así, verbigracia, tenemos una respuesta visual no aprendida —por ejemplo, el pequeño que al nacer dirige la vista a una fuente luminosa—. Opuesta a ella, una respuesta visual aprendida: la respuesta a una pieza musical impresa o a una palabra. Podría, además, darse una respuesta kinestésica no aprendida; el infante que reacciona llorando a causa de haber tenido un brazo torcido durante un largo rato. Estaríamos frente a una respuesta kinestésica aprendida si manipulamos un objeto delicado en la oscuridad, o caminamos por un laberinto. Asimismo, podemos tener una respuesta visceral no aprendida; el llanto provocado en una criatura de tres días por las contracciones del estómago debidas a falta de alimento. Comparémosla con la respuesta visceral aprendida o condicionada; la visión de pasteles en la vidriera de una confitería que le hace agua la boca a un estudiante hambriento.
 
Esta disgresión acerca del estímulo y la respuesta suministra una idea del material con que hemos de trabajar en psicología conductista, y por qué ésta se propone como meta el que dado el estímulo, poder predecir la respuesta o, viendo qué reacción tiene lugar, inferir cuál es el estímulo que la ha provocado.
 
¿Es el conductismo una mera orientación metodológica en el estudio de los problemas psicológicos, o constituye un verdadero sistema de psicología?
 
Si —puesto que no halla un testimonio objetivo de su existencia— la psicología déjase de lado los términos “mente” y “conciencia”, ¿qué sería de la filosofía y de las llamadas ciencias sociales que actualmente se asientan sobre esos conceptos? Casi a diario se interroga en este sentido al conductista; a veces en forma de amistosa averiguación, otras, no tan cordialmente. Cuando el conductismo luchaba por su sobrevivencia, temía contestar dicha pregunta. Sus concepciones eran sobradamente novedosas; sus campos harto vírgenes para permitirse siquiera pensar que algún día podría erguirse y decir a la filosofía y a las ciencias sociales que también ellas debían revisar sus premisas. Por ello, cuando así se le preguntaba, la única réplica de que disponía el conductista era ésta: “Ahora no puedo preocuparme de tales cuestiones. El conductismo es en la actualidad una vía satisfactoria para arribar a la solución de problemas psicológicos”. En el presente el conductismo está fuertemente atrincherado. Encuentra que su modo de encarar el estudio de los problemas psicológicos, así como el de la formulación de sus resultados se tornan cada vez más adecuados.
 
Acaso nunca pretenda constituir un sistema. Realmente, en todos los campos científicos los sistemas son anacrónicos. Reunimos nuestros hechos de observación, y de tiempo en tiempo seleccionamos un grupo y extraemos ciertas conclusiones generales. En unos pocos años, al acumular nuevos hechos de experiencia con mejores métodos, también habrá que modificar estas conclusiones generales de ensayo. Todo campo científico —la zoología, la fisiología, la química y la física—, se encuentra en estado de flujo. La técnica y la tentativa de consolidarlos en una teoría o en una hipótesis, describen nuestro procedimiento científico. Juzgado sobre esta base, el conductismo constituye una verdadera ciencia natural.