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Estudio del psicoanálisis y psicología

Obras de S. Freud: Determinismo, creencia en el azar y superstición: puntos de vista (cuarta parte)



Psicopatología de la vida cotidiana: Determinismo, creencia en el azar y superstición: puntos de vista

En el olvido de designios pasa a primer plano otro factor; el conflicto, que sólo se conjeturaba en la represión de lo que era penoso recordar, se vuelve aquí palpable, y en el análisis de los ejemplos se discierne, por lo general, una voluntad contraria que se opone al designio sin cancelarlo. Como en las operaciones fallidas que llevamos consideradas, también aquí se
distinguen dos tipos de proceso psíquico: la voluntad contraria se vuelve directamente contra el
designio (en propósitos de alguna monta), o bien es por completo ajena a este y establece
conexión con él por medio de una asociación extrínseca(en designios casi indiferentes).
Este mismo conflicto gobierna los fenómenos del trastrocar las cosas confundido. El impulso
que se exterioriza perturbando la acción es a menudo un impulso contrarío, pero con mayor
frecuencia todavía es uno absolutamente ajeno, que no hace sino aprovechar la oportunidad de
que la acción se ejecute para expresarse perturbándola. Los casos en que la perturbación
sobreviene en virtud de una contradicción interior son los más significativos y atañen, por
añadidura, a los desempeños más importantes.
En las acciones casuales o sintomáticas, el conflicto interno pasa a un segundo plano. Estas
exteriorizaciones motr;ces que la conciencia estima en poco o ignora por completo sirven a la
expresión de muchísimas mociones inconcientes o contenidas; las más de las veces figuran de
manera simbólica unas fantasías o deseos.
Sobre la primera pregunta, acerca del origen que tendrían los pensamientos y mociones que se
expresan en las operacíones fallidas, se puede decir que en una serie de casos se demuestra
fácilmente que los pensamientos perturbadores provienen de unas mociones sofocadas de la
vida anímica. Sentimientos e impulsos egoístas, celosos, hostiles, sobre los que gravita el peso
de la educación moral, no rara vez se valen, en las personas sanas, de las operaciones fallidas
como el camino para exteriorizar de algún modo su poder, un poder cuya presencia es
innegable, pero que no es admitido por unas instancias anímicas superiores. El consentir estas
acciones fallidas y casuales equivale en buena medida a una cómoda tolerancia de lo inmoral.
Entre estas mociones sofocadas, las diversas corrientes sexuales no desempeñan un papel
desdeñable. Se debe a lo fortuito del material que justamente en mis ejemplos aparezcan tan rara vez entre los pensamientos que el análisis descubre. Como debí someter al análisis ejemplos tomados sobre todo de mi propia vida anírníca, la selección fue parcial de antemano, y estuvo dirigida a excluir lo sexual. En otros casos, los pensamientos perturbadores parecen brotar de unas objeciones y unos miramientos de extrema inocencia.
Tócanos ahora responder la segunda pregunta, acerca de las condiciones psicológicas que
constriñen a un pensamiento a no expresarse en forma cabal, sino por así decir
parasitariamente, como modificación y perturbación de otro. Los casos más llamativos de
acción fallida sugieren que aquellas han de buscarse en un vínculo con la condición de susceptible de conciencia, en el carácter, más o menos marcado, de lo «reprimido». Pero si
perseguimos este carácter en la serie de los ejemplos, se nos va resolviendo en unos indicios
más y más nebulosos. La inclinación a pasar por alto algo que nos hace perder el tiempo -la
ponderación de que ese pensamiento no viene al caso, en verdad, para el asunto intentadoparece
desempeñar, como motivo para refrenar un pensamiento que luego está destinado a
expresarse perturbando otro, el mismo papel que lá condena moral de una rebelde moción de
sentimiento o la proveniencia desde unos itinerarios de pensamiento totalmente inconcientes.
Pero de esta manera no llegamos a intelígir la naturaleza universal del condicionamiento de las
operaciones fallidas y casuales. En esas indagaciones se aprehenderá un único hecho
significativo: mientras más inocente sea la motivación de la operación fallida, menos chocante
y, por eso, menos insusceptíble de conciencia será el pensamiento que en ella se exprese, y
con mayor facilidad se podrá resolver el fenómeno toda vez que uno le preste atención; los
casos más leves de trastrabarse se notan enseguida y son corregidos de manera espontánea.
Cuando en la motivación están en juego unas mociones efectivamente reprimidas, para la
solución hace falta un análisis cuidadoso que en ocasiones hasta puede tropezar con
dificultades o fracasar.
Está de todo punto justificado, pues, tomar el resultado de esta última indagación como indicio
de que el esclarecimiento satisfactorio de las condiciones psicológicas de las acciones fallidas
y casuales se obtendrá por otro camino y desde otro lado. Quiera entonces el paciente lector
ver en estas consideraciones la demostración de las líneas de fractura siguiendo las cuales
este tema fue arrancado, de manera bastante artificiosa, de un nexo más vasto.
G. Algunas palabras para señalar al menos el rumbo de ese nexo más amplio. El mecanismo
de las acciones fallidas y casuales, según lo hemos conocido mediante la aplicación del análisis, exhibe, en los puntos más esenciales, una coincidencia con el mecanismo de la
formación de los sueños, que yo expuse en el capítulo «El trabajo del sueño» de mi obra
referida a ese tema. Aquí como allí, uno halla condensaciones y formaciones de compromiso
(contaminaciones); la situación es la misma, a saber: unos pensamientos inconcientes logran
expresarse por caminos insólitos, a través de asociaciones extrínsecas, como modificación de
otros pensamientos. Los dislates, absurdos y errores del contenido del sueño, a consecuencia
de los cuales es difícil reconocer en el sueño el producto de una operación psíquica, se generan
del mismo modo -si bien con un aprovechamiento más libre de los recursos preexistentes- que
las equivocaciones vulgares de nuestra vida cotidiana; aquí como allí, la apariencia de una
función incorrecta se resuelve en la peculiar interferencia de dos o más operaciones correctas.
Y de esta coincidencia cabe extraer una importante conclusión: No es lícito reconducir al estado
del dormir de la vida anímica los peculiares modos de trabajo cuya operación más llamativa
discernimos en el contenido del sueño, puesto que en las acciones fallidas poseemos tan
abundantes testimonios de su acción eficaz durante la vida despierta. Y ese mismo nexo nos
prohíbe ver en una profunda fragmentación de la actividad anímica, en unos estados patológicos
de la función, la condición de estos procesos psíquicos que nos parecen anormales y ajenos (1).

Sólo podremos apreciar de manera correcta el raro trabajo psíquico que engendra tanto a la
operación fallida como a las imágenes del sueño cuando sepamos que los síntomas
psiconeuróticos, en especial las formaciones psíquicas de la histeria y de la neurosis obsesiva,
recapitulan en su mecanismo todos los rasgos esenciales de ese modo de trabajo. A este cabo,
pues, se anudaría la continuación de nuestras indagaciones. Pero para nosotros tiene además
un particular interés considerar las acciones fallidas, casuales y sintomáticas a la luz de esta
última analogía. Si las equiparamos a las operaciones de las psiconeurosis, a los síntomas
neuróticos, dos tesis que a menudo retornan -a saber, que la frontera entre norma y
anormalidad nerviosas es fluctuante, y que todos nosotros somos un poco neuróticos (nervüs}
cobran un sentido y un fundamento. Aun antes de toda experiencia médica es posible construir
diversos tipos de esa nerviosidad meramente insínuada diversos tipos de formes frustes (2)
de las neurosis, casos en que afloran sólo unos pocos síntomas, o en que estos lo hacen rara
vez o sin violencia; vale decir, casos cuyo aminoramiento recae sobre el número, la intensidad o
la dispersíón temporal de los fenómenos patológicos. Pero tal vez no se colegiría justamente el
tipo que con mayor frecuencia parece mediar el pasaje entre salud y enfermedad. En efecto, el
tipo que abordamos, cuyas exteriorizaciones patológicas son las acciones fallidas y
sintomáticas, se singulariza por trasladar los síntomas a las operaciones psíquicas de
importancia mínima, mientras que todo cuanto puede reclamar un valor psíquico superior se
produce exento de perturbación. Una ubicación de los síntomas contraría a esta, su emergencíi
en las operaciones individuales y sociales más importantes, de suerte que sean capaces de
perturbar la recepción de alimento y el comercio sexual, el trabajo profesional y la socialidad,
corresponde a los casos graves de neurosis y los caracteriza mejor que la diversidad o
vivacidad de las exteriorizaciones patológicas.
Ahora bien, el carácter común a todos los casos, tanto los más leves como los más graves,
carácter del que participan también las acciones fallidas y casuales, reside en que los
fenómenos se pueden reconducir a un material psíquico incompletamente sofocado, un material
que, esforzado a apartarse {abdrängen} de la conciencia, no ba sido despojado de toda su
capacidad de exteriorizarse.

Volver a la primera parte de ¨Psicopatología de la vida cotidiana: Determinismo, creencia en el azar y superstición: puntos de vista¨

Notas:
1- Cf. La interpretación de los sueños (1900a) AE, 5, págs. 596-7
2- [«Formas desdibujadas» o «poco definidas»; en francés, el término «Iruste» se emplea principalmente para designar las monedas o medallas gastadas por el uso o por el paso del tiempo.]