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Estudio del psicoanálisis y psicología

Diccionario de Psicología, letra A, Antígona (tercera parte)



Diccionario de Psicología, letra A, Antígona

Volver a la segunda parte de ¨Antígona¨

Sale Tiresias con el lazarillo.
Corifeo: Se ha ido, señor, dejándonos terribles vaticinios. Y sabemos -desde que estos
cabellos, negros antes, se vuelven ya blancos- que nunca ha predicho a la ciudad nada que no
fuera cierto.
Creonte: También yo lo sé y tiembla mi espíritu; porque es terrible, sí, ceder, pero también lo es
resistir en un furor que acabe chocando con un castigo enviado por los dioses.
Corifeo: Conviene que reflexiones con tiento, hijo de Meneceo.
Creonte: ¿Qué he de hacer? Habla, que estoy dispuesto a obedecerte.
Corifeo: Venga, pues: saca a Antígona de su subterránea morada, y al muerto que yace
abandonado levántale una tumba.
Creonte: ¿Esto me aconsejas? ¿Debo, pues, ceder, según tú?
Corifeo: Sí, y lo antes posible, señor. A los que perseveran en errados pensamientos les cortan
el camino los daños que, veloces, mandan los dioses.
Creonte: Ay de mí: a duras penas pero cambio de idea sobre lo que he de hacer; no hay forma
de luchar contra lo que es forzoso.
Corifeo: Ve, pues, y hazlo; no confíes en otros.
Creonte: Me voy, sí, asimismo, de inmediato. Va, venga, siervos, los que estáis aquí y los que
no estáis, rápido, proveeros de palas y subid a aquel lugar que se ve allí arriba. En cuanto a mí,
pues así he cambiado de opinión, lo que yo mismo até, quiero yo al presente desatar, porque me
temo que lo mejor no sea pasar toda la vida en la observancia de las leyes instituidas.
Coro: Dios de múltiples advocaciones, orgullo de tu esposa cadmea, hijo de Zeus de profundo
tronar, tú que circundas de viñedos Italia y reinas en la falda, común a todos, de Deo en Eleusis,
oh, tú, Baco, que habitas la ciudad madre de las bacantes, Tebas, junto a las húmedas
corrientes del Ismeno y sobre la siembra del feroz dragón(127).
A ti te ha visto el humo, radiante como el relámpago, sobre la bicúspide peña, allí donde van y
vienen las ninfas coricias, tus bacantes, y te ha visto la fuente de Castalia. Te envían las lomas
frondosas de hiedra y las cumbres abundantemente orilladas de viñedos de los montes de Nisa,
cuando visitas las calles de Tebas(128), la ciudad que, entre todas, tú honras como suprema, tú
y Semele, tu madre herida por el rayo. Y ahora, que la ciudad entera está poseída por violento
mal, acude, atraviesa con tu pie, que purifica cuanto toca, o la pendiente del Parnaso o el Euripo,
ruidoso estrecho.
Ió, tú, que diriges la danza de los astros que exhalan fuego, que presides nocturnos clamores,
hijo, estirpe de Zeus, muéstrate ahora, señor, con las tíadas que son tu comitiva, ellas que en
torno de ti, enloquecidas danzan toda la noche, llamándote Yacco, el dispensador(129).
Mensajero: Vecinos del palacio que fundaron Cadmo y Anfión(130), yo no podría decir de un
hombre, durante su vida, que es digno de alabanza o de reproche(131); no, no es posible,
porque el azar levanta y el azar abate al afortunado y al desafortunado, sin pausa, nadie puede
hacer de adivino porque nada hay fijo para los mortales. Por ejemplo Creonte -me parece- era
digno de envidia: había salvado de sus enemigos a esta tierra de Cadmo, se había hecho con
todo el poder, sacaba adelante la ciudad y florecía en la noble siembra de sus hijos. Pero, de
todo esto, ahora nada queda: porque si un hombre ha de renunciar a lo que era su alegría, a
éste no le tengo por vivo: como un muerto en vida, al contrario, me parece. Sí, que acreciente su
heredad, si le place, y a lo grande, y que viva con la dignidad de un tirano; pero si esto ha de ser
sin alegría, todo junto yo no lo compraba ni al precio de la sombra del humo, si ha de ser sin
contento.
Se abre la puerta de palacio e, inadvertida por los de la escena, aparece Eurídice, esposa de
Creonte, con unas doncellas.
Corifeo: ¿Cuál es este infortunio de los reyes que vienes a traernos?
Mensajero: Murieron. Y los responsables de estas muertes son los vivos.
Corifeo: ¿Quién mato y quién es el muerto? Habla.
Mensajero: Hemón ha perecido, y él de su propia mano ha vertido su sangre.
Corifeo: ¿Por mano de su padre o por la suya propia?
Mensajero: El mismo y por su misma mano: irritada protesta contra el asesinato perpetrado por
su padre.
Desaparecen tras la puerta Eurídice y las doncellas.
Corifeo: ¡Oh adivino, cuán de cabal adivino fueron tus palabras!
Mensajero: Pues esto es así, y podéis ir pensando en lo otro.
Tras un breve silencio, reaparece Eurídice que baja hasta la mitad de la escalinata y luego se
acerca hasta ellos para oír el discurso del mensajero.
Corifeo: Ahora veo a la infeliz Eurídice, la esposa de Creonte, que sale de palacio, quizá para
mostrar su duelo por su hijo o acaso por azar.
Eurídice: Algo ha llegado a mí de lo que hablabais, ciudadanos aquí reunidos, cuando estaba
para salir con ánimo de llevarle mis votos a la diosa Palas; estaba justo tanteando la cerradura
de la puerta, para abrirla, y me ha venido al oído el rumor de un mal para mi casa; he caído de
espaldas en brazos de mis esclavas y he quedado inconsciente; sea la noticia la que sea,
repetídmela: no estoy poco avezada al infortunio y sabré oírla.
Mensajero: Yo estuve allí presente, respetada señora, y te diré la verdad sin omitir palabra;
total, ¿para qué ablandar una noticia, si luego he de quedar como embustero? La verdad es
siempre el camino más recto. Yo he acompañado como guía a tu marido hacia lo alto del llano,
donde yacía aún sin piedad, destrozo causado por los perros, el cadáver de Polinices, hemos
hecho una súplica a la diosa de los caminos y a Plutón(132), para que nos fueran benévolos y
detuvieran sus iras; le hemos dado un baño purificador, hemos cogido ramas de olivo y quemado
lo que de él quedaba; hemos amontonado tierra patria hasta hacerle un túmulo bien alto. Luego
nos encaminarnos adonde tiene la muchacha su tálamo nupcial, lecho de piedra y cueva de
Hades.
Alguien ha oído ya, desde lejos, voces, agudos lamentos, en torno de la tumba a la que faltaron
fúnebres honras, y se acerca a nuestro amo Creonte para hacérselo notar; éste, conforme se
va acercando, más le llega confuso rumor de quejumbrosa voz; gime y, entre sollozos, dice
estas palabras: "Ay de mí, desgraciado, ¿soy acaso adivino? ¿Por ventura recorro el más
aciago camino de cuantos recorrí en mi vida? Es de mi hijo esta voz que me acoge. Venga,
servidores, veloces, corred, plantaros en la tumba, retirad una piedra, meteros en el túmulo por
la abertura, hasta la boca misma de la cueva y atención: fijaros bien si la voz que escucho es la
de Hemón o si se trata de un engaño que los dioses me envían". Nosotros, en cumplimiento de lo
que nuestro desalentado jefe nos mandaba, miramos, y al fondo de la caverna, la vimos a ella
colgada por el cuello, ahogada por el lazo de hilo hecho de su fino velo, y a él caído a su vera,
abrazándola por la cintura, llorando la pérdida de su novia, ya muerta, el crimen de su padre y su
amor desgraciado. Cuando Creonte le ve, lamentables son sus quejas: se acerca a él y le llama
con quejidos de dolor: "Infeliz, ¿qué pretendes? ¿Qué desgracia te ha privado de razón? Sal,
hijo, sal; te lo ruego, suplicante".
Pero su hijo le miró de arriba a abajo con ojos terribles, le escupió en el rostro, sin responderle, y
desenvainó su espada de doble filo. Su padre, de un salto, esquiva el golpe: él falla, vuelve su
ira entonces contra sí mismo, el desgraciado; como va, se inclina, rígido, sobre la espada y hasta
la mitad la clava en sus costillas; aún en sus cabales, sin fuerza ya en su brazo, se abraza a la
muchacha; exhala súbito golpe de sangre y ensangrentada deja la blanca mejilla de la joven; allí
queda, cadáver al lado de un cadáver; que al final, mísero, logró su boda, pero ya en el Hades:
ejemplo para los mortales de hasta qué punto el peor mal del hombre es la irreflexión.
Sin decir palabra, sube Eurídice las escaleras y entra en palacio.
Corifeo: ¿Por qué tenías que contarlo todo tan exacto? La reina se ha marchado sin decir
palabra, ni para bien ni para mal.
Mensajero: También yo me he extrañado, pero me alimento en la esperanza de que, habiendo
oído la triste suerte de su hijo, no haya creído digno llorar ante el pueblo: allí dentro, en su casa,
mandará a las esclavas que organicen el duelo en la intimidad. No le falta juicio, no, y no hará
nada mal hecho.
Corifeo: No sé: a mí el silencio así, en demasía, me parece un exceso gravoso, tanto como el
griterío en balde.
Mensajero: Sí, vamos, y, en entrando, sabremos si esconde en su animoso corazón algún
resuelto designio; porque tú llevas razón: en tan silencioso reaccionar hay algo grave.
Entra en palacio. Al poco, aparece Creonte con su séquito, demudado el semblante, y llevando
en brazos el cadáver de su hijo.
Corifeo: Mirad, he aquí al rey que llega con un insigne monumento en sus brazos, no debido a
ceguera de otros, sino a su propia falta.
Creonte: Ió, vosotros que veis, en un mismo linaje, asesinos y víctimas: mi obstinada razón que
no razona, ¡oh, errores fatales! ¡Ay, mis órdenes, qué desventura! Ió, hijo mío, en tu juventud
-¡prematuro destino, ay ay, ay ay!- has muerto, te has marchado, por mis desatinos, que no por
los tuyos.
Corifeo: ¡Ay, que muy tarde me parece que has visto lo justo!
Creonte: ¡Ay, mísero de mí! ¡Sí, ya he aprendido! Sobre mi cabeza -pesada carga- un dios ahora
mismo se ha dejado caer, ahora mismo, y por caminos de violencia me ha lanzado, abatiendo,
aplastando con sus pies lo que era mi alegría. ¡Ay, ay! ¡Ió, esfuerzos, desgraciados esfuerzos de
los hombres!
Mensajero: (Sale ahora de palacio). Señor, la que sostienes en tus brazos es pena que ya
tienes, pero otra tendrás en entrando en tu casa; me parece que al punto la verás.
Creonte: ¿Cómo? ¿Puede haber todavía un mal peor que éstos?
Mensajero: Tu mujer, cabal madre de este muerto (señalando a Hemón), se ha matado:
recientes aún las heridas que se ha hecho, desgraciada.
Creonte: Ió, ió, puerto infernal que purificación alguna logró aplacar, ¿por qué me quieres, por
qué quieres matarme? (Al mensajero). Tú, que me has traído tan malas, penosas noticias, ¿cómo
es esto que cuentas? ¡Ay, ay, muerto ya estaba y me rematas! ¿Qué dices, muchacho, qué
dices de una nueva víctima? Víctima -ay, ay, ay, ay- que se suma a este azote de muertes: ¿mi
mujer yace muerta?
Unos esclavos sacan de palacio el cadáver de Eurídice.
Corifeo: Tú mismo puedes verla: ya no es ningún secreto.
Creonte: Ay de mí, infortunado, que veo cómo un nuevo mal viene a sumarse a éste: ¿qué,
pues? ¿Qué destino me aguarda? Tengo en mis brazos a mi hijo que acaba de morir, mísero de
mí, y ante mí veo a otro muerto. ¡Ay, ay, lamentable suerte, ay, del hijo y de la madre!
Mensajero: Ella, de afilado filo herida, sentada al pie del altar doméstico, ha dejado que se
desate la oscuridad en sus ojos tras llorar la suerte ilustre del que antes murió, Meneceo(133), y
la de Hemón, y tras implorar toda suerte de infortunios para el asesino de sus hijos.
Creonte: ¡Ay, ay! ¡Ay, ay, que me siento transportado por el pavor! ¿No viene nadie a herirme
con una espada de doble filo, de frente? ¡Mísero de mí, ay ay, a qué mísera desventura estoy
unido!
Mensajero: Según esta muerta que aquí está, el culpable de una y otra muerte eres tú.
Creonte: Y ella, ¿de qué modo se abandonó a la muerte?
Mensajero: Ella misma, con su propia mano, se golpeó en el pecho así que se enteró del tan
lamentable infortunio de su hijo.
Creonte: ¡Ay! ¡Ay de mí! De todo, la culpa es mía y nunca podrá corresponder a ningún otro
hombre. Sí, yo, yo la maté, yo, infortunada. Y digo la verdad. ¡Ió! Llevadme, servidores, lo más
rápido posible, moved los pies, sacadme de aquí: a mí, que ya no soy más que quien es nada.
Corifeo: Esto que pides te será provechoso, si puede haber algo provechoso entre estos
males. Las desgracias que uno tiene que afrontar, cuanto más brevemente mejor.
Creonte: ¡Que venga, que venga, que aparezca, de entre mis días el último, el que me lleve a mi
postrer destino! ¡Que venga, que venga! Así podré no ver ya un nuevo día.
Corifeo: Esto llegará a su tiempo, pero ahora, con actos conviene afrontar lo presente: del
futuro ya se cuidan los que han de cuidarse de él.
Creonte: Todo lo que deseo está contenido en mi plegaria.
Corifeo: Ahora no hagas plegarias. No hay hombre que pueda eludir lo que el destino le ha fijado.
Creonte: (A sus servidores). Va, moved los pies, llevaos de aquí a este fatuo (por él mismo).
(Imprecando a los dos cadáveres). Hijo mío, yo sin quererlo te he matado; a ti también, esposa,
mísero de mí... Ya no sé ni cuál de los dos inclinarme a mirar. Todo aquello en que pongo mano
sale mal y sobre mi cabeza se ha abatido un destino que no hay quien lleve a buen puerto.
Sacan los esclavos a Creonte, abatido, en brazos. Queda en escena sólo el coro, mientras
desfila, recita el final el corifeo.
Corifeo: Con mucho, la prudencia es la base de la felicidad. Y en lo debido a los dioses, no hay
que cometer ni un desliz. No. Las palabras hinchadas por el orgullo comportan, para los
orgullosos, los mayores golpes; ellas, con la vejez, enseñan a tener prudencia.