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Estudio del psicoanálisis y psicología

Diccionario de Psicología, letra N, neurosis obsesiva, Carácter y erotismo anal



Del erotismo anal al tabú del tocar
El texto titulado «Carácter y erotismo anal», fechado en el mismo año en que se completaba el análisis del Hombre de las Ratas, 1908, aporta nuevos elementos que se pueden considerar
ingredientes decisivos de ese caso ejemplar. Freud no aborda allí expresamente la neurosis
obsesiva, que sólo menciona una vez como tal, sino tres rasgos de carácter (el amor al orden, la preocupación por el ahorro y la terquedad) que forman un «complejo» en el que cada uno está emparentado con los otros dos y en los que es fácil reconocer propiedades de la mencionada
neurosis. En el gusto por el orden, relacionado en particular con el aseo corporal, se encuentra
«la escrupulosidad en el cumplimiento de pequeños deberes» característica del obsesivo, y de la
que se dice que va de la mano con la necesidad de sentirse «digno de confianza». Los otros
dos rasgos -el carácter ahorrativo, que puede llegar a la avaricia, y la terquedad, que a menudo
se inclina al desafío, la iracundia y la reivindicación- «están ligados entre sí con más fuerza» y
forman «la parte más constante del complejo», como si indicaran con una especial claridad el
vínculo riguroso que el autor de los Tres ensayos de teoría sexual quiere establecer aquí entre
esta tríada completa y la extinción del antiguo erotismo anal.
Sentido del orden, espíritu ahorrativo y terquedad, en efecto, sólo serían las huellas de la muy
enérgica acentuación erógena de la zona anal que marca la constitución sexual de ciertos
sujetos. Éstos «parecen haber sido esos niños que se niegan a vaciar su intestino cuando se
los sienta en la bacinilla, porque obtienen una ganancia suplementaria del placer de la
defecación». Por otra parte, a menudo confiesan haber «incluso encontrado agrado en retener
sus heces a una edad más avanzada, y recuerdan todo tipo de cosas inconvenientes realizadas
con el excremento expulsado».
A la luz de las observaciones aportadas por los Tres ensayos sobre el montaje complejo de las
pulsiones parciales, y acerca del hecho de que sólo una parte de ellas sirve a la vida sexual
-mientras que, por sublimación, las otras son desviadas hacia otras metas diversas-, se puede
decir que, entre el final del quinto año de vida y el inicio de la pubertad, estas personas
ordenadas, ahorrativas y tercas, mediante «formaciones reactivas, anticuerpos como la
vergüenza, la repugnancia y la moral», han trabajado para hacer fracasar las excitaciones que
en el pasado les llegaban de esa zona erógena privilegiada. Como el erotismo anal es uno de los componentes de la vida sexual que en vista de los principios educativos de nuestra civilización, se convierten en «inutilizables para metas sexuales», las formaciones reactivas y el esfuerzo de sublimación que esos sujetos se han visto obligados a desplegar tienen por resultado los rasgos de carácter de los que se trata. Estos rasgos, por lo tanto, representan, al término de un tardío proceso de extinción, los vestigios del «interés originariamente erótico suscitado por la defecación».
Estas breves observaciones de Freud llevan evidentemente a pensar en la patología del Hombre de las ratas, sobre todo en ese «goce» de tipo anal del que el «horror» que suscita en el
paciente será advertido por el analista al escuchar el penoso relato del suplicio orienta]. Pero
ellas permiten también comprender ciertos rasgos obsesivos derivados de esta forma de
erotismo, como un gusto celoso por el secreto, una renuencia a dar y a comunicar (que se
combina muy bien con la habilidad para refrenar por amor la propia agresividad), una capacidad
sorprendente para convertir una posición habitual de respeto, devoción y sumisión en actitudes
violentas, injuriosas, obscenas, escatológicas, incluso criminales. Pero esta eventualidad es
también reactiva. Así como su ritual propio consiste, lo mismo que la contabilidad funeraria de
Leonardo da Vinci a la muerte de su madre, en exteriorizar, desplazándolos sobre actos fútiles,
incluso absurdos, sentimientos intensos que se han vuelto inconscientes, el obsesivo da la
impresión de querer atenuar todo, incluso su presencia personal. Le encanta ocultarse,
rodearse de misterio, replegarse hasta los límites del anonimato. Se ingenia para defenderse
contra toda intrusión, incluso y sobre todo por parte de los seres más próximos. Ahora bien,
estas diversas actitudes consisten en retenerse, así como el niño, en la fase anal, retiene sus
excrementos -con los que, por cierto, se dice que él se propone hacer un «regalo»... pero para
ello tendrá que asegurarse de que puede entregarlo con una sensación de un perfecto dominio-
En 1913, Freud, que entretanto habrá modificado su teoría de los estadios de la libido, sobre todo
introduciendo una fase de organización sexual pregenital, cuestiona la primacía antes aceptada del sadismo y el erotismo anal, haciendo lugar a la acción sustitutiva de otras pulsiones parciales, como la pulsión de saber, que «en el fondo es sólo un vástago sublimado,
intelectualizado, de la pulsión de dominio». Su recusación explicaría entonces en gran parte la
importancia torturante de la duda en esta patología. Por otro lado, según esta nueva concepción
de las cosas, en la predisposición a la neurosis obsesiva, el desarrollo del yo se anticiparía
cronológicamente al de la libido. Y la ambivalencia o alternancia del odio y el amor (tan
característica de esta neurosis) se desequilibraría, según una idea de Stekel, en el sentido de
una anterioridad del primero. El caso del obsesivo permitiría comprender el carácter defensivo de la génesis de la moral como salvaguardia del amor, el cual responde a la preocupación de
mantener a distancia la agresividad primordial: «Si se considera -escribe Freud- que los
obsesivos deben dar prueba de una supermoral para defender su amor al objeto contra la hostilidad que acecha detrás de él, uno se inclina a pensar como típica de la naturaleza humana una cierta anticipación del desarrollo del yo, y a pensar que la antelación del odio con respecto al amor, desde el punto de vista de desarrollo, funda la capacidad para la génesis de la moral» («La predisposición a la neurosis obsesiva»).
Esta concepción de las relaciones de la neurosis obsesiva con los estadios anteriores de la
libido será objeto de una modificación aún más importante, en 1926, con Inhibición, síntoma y
angustia, en la perspectiva metapsicológica de la segunda tópica. En este caso, según Freud, el
mecanismo esencial es la regresión al estadio sádico-anal. El libreto que se desplegaría en la pubertad del obsesivo sería el siguiente: sea que la organización general se muestre demasiado
débil, o que el yo se haya erigido demasiado pronto contra el proceso pulsional, iniciando así una
desvalorización de la vida genital, el esfuerzo defensivo (primario) del yo consigue hacer
regresar parcial o totalmente la organización genital al primer estadio sádico-oral. Esta regresión
hace que en el obsesivo los procesos consecutivos a la resolución del complejo de Edipo
superen la medida normal: a la destrucción de éste «se añade la degradación regresiva de la
libido; el superyó se vuelve especialmente severo y duro, mientras que el yo, sometido al
superyó, desarrolla importantes formaciones reactivas, que toman la forma del escrúpulo, la
piedad y la limpieza». Estas formaciones, particularmente exageradas en comparación con el
desarrollo normal de la personalidad, operan como un mecanismo de defensa complementario,
mientras que el superyó aprovecha la regresión volviéndose más riguroso, más atormentador,
más duro, más crítico del yo. Por su parte, el yo, que queda cerrado al universo pulsional del ello,
no se sustrae de ningún modo a los tormentos que le inflige el superyó y, aunque
considerándose inocente (por el hecho de la represión), debe «experimentar un sentimiento de
culpa y admitir una responsabilidad que no puede explicar», a menos que evite la «percepción de
esta culpabilidad mediante una nueva serie de síntomas, de acciones expiatorias, de limitaciones
autopunitivas» que, reforzadas por la regresión a la fase sádico-anal, tienen «al mismo tiempo
valor de mociones pulsionales masoquistas».
Pero estos síntomas, que al principio tenían una función de limitación del yo, en virtud de la
tendencia de este último a la síntesis llegan a representar satisfacciones sustitutivas. El yo, en
adelante sumamente limitado, queda reducido a buscar su satisfacción en los síntomas. Así se
explica ese rasgo típicamente obsesivo de la inhibición de la voluntad; el yo descubre «para
cada una de sus decisiones, motivaciones casi tan fuertes en un sentido como en el otro».
En este conflicto agudo entre el ello y el superyó, el yo, «afectado tenazmente a su relación con
la realidad y la conciencia», utiliza dos técnicas descubiertas por Freud como mecanismos característicos de la neurosis obsesiva. La primera es la anulación retroactiva, que consiste en tratar como no ocurrido un acontecimiento que efectivamente se produjo; más exactamente, se intenta «suprimir el pasado en sí por medio del simbolismo motor». La segunda, el aislamiento, es un mecanismo por medio del cual la experiencia vivida en el pasado, en lugar de caer en la amnesia como en la histeria, es despojada de sus afectos, de tal manera que se encuentran cortados los lazos asociativos que pudiera tener con los otros pensamientos o actividades. Por cierto, el proceso que apunta a establecer rupturas entre los objetos múltiples para favorecer la concentración en algunos de ellos corresponde a una exigencia normal de la vida intelectual y la acción. Pero, también en este caso, la neurosis obsesiva se las ingenia para llevar más allá de su medida sana un procedimiento en sí mismo eficaz. Lo exagera y lo vuelve compulsivo, sobre todo mediante actos mágicos de aislamiento, ritos absurdos, estrategias al servicio de una vigilancia sin falla -recursos destinados a impedir las asociaciones entre los pensamientos y la imaginación Freud advierte aquí que, mediante tales síntomas, «el yo obedece uno de los mandatos más antiguos y fundamentales de la neurosis obsesiva, el tabú del contacto». Y, como terapeuta, evoca en tal sentido la dificultad particular que experimenta el enfermo para seguir la regla fundamental del análisis: «El aislamiento es supresión de la posibilidad de contacto, un medio de sustraer una cosa a todo tipo de tocamiento, y cuando el neurótico aísla de tal modo una impresión o una actividad mediante una pausa, nos da a entender simbólicamente que no quiere permitir que los pensamientos relacionados con aquéllas se toquen por asociación con otros».