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Estudio del psicoanálisis y psicología

Diccionario de Psicología, letra N, neurosis obsesiva II



En 1926, es decir, más de treinta años después de haber hecho de la neurosis obsesiva
(Zwangsneurose) una afección autónoma al lado de la histeria, Freud continuaba
considerándola como «sin duda, el objeto más fecundo y más interesante de la investigación analítica». Por cierto, en esa fecha relativamente tardía añadía que el problema que ella plantea no estaba totalmente resuelto, y que a su juicio aún era imposible «dispensarse de formular hipótesis inseguras y suposiciones carentes de pruebas» (Inhibición, síntoma y angustia). Pero el vuelco que, en virtud de su «innovación nosográfica» de 1894, le hizo dar a la clínica de las
obsesiones, inauguró en Freud un fecundo período de investigación en este ámbito. Su plenitud
iba a alcanzarse con la publicación, en 1909, del caso princeps del Hombre de las Ratas, donde,
según Lacan, se exponen «los descubrimientos fundamentales que aún nos nutren acerca de la
dinámica y la estructura de esta neurosis».
Neurosis obsesiva e histeria
En uno de sus primeros textos sobre el tema, «La herencia y la etiología de las neurosis»,
publicado en francés en la Revue neurologique (1896), Freud traduce el término
Zwangsneurose, que emplea habitualmente, por «névrose des obsessions» («neurosis de
obsesiones»), expresión que los editores franceses de sus obras completas decidieron
reemplazar por «névrose de contrainte» («neurosis de coacción»). La lengua alemana utilizaba
entonces varios términos que Freud, bajo la influencia de la psiquiatría francesa, traduce en
todos los casos por «obsesión»: por una parte, Zwangsvorstellung (representación obsesiva);
por otro lado, Zwangsaffekt (afecto obsesivo) y Zwangshandlung (acción compulsiva). En
francés, la palabra obsession, originalmente propia del discurso religioso sobre la posesión,
figura en el Dictionnaire de Furetière de 1690. Viene del latín obsideo, que significa «ocupar un
lugar» (de allí la idea de asediar) y apareció en la psiquiatría francesa a principios del siglo XIX,
para designar una idea o imagen que se impone a la mente de manera incoercible e
inexpugnable. Esquirol asimila las obsesiones a los «delirios parciales» de las monomanías, y
Falret las incluye en la «locura de la duda», cuyo cuadro completa Legrand du Saulle añadiendo
un «delirio del tocar»; Freud , citando a veces la expresión en francés, la mencionará desde sus primeros artículos sobre el tema. Pero sobre todo se referirá críticamente a las teorías etiológicas de las neurosis formuladas por el norteamericano George Beard y por los discípulos de Charcot; uno de ellos, el «filósofo» llamado en 1890 a la Salpêtrière, Pierre Janet, explicitaría más tarde su propia concepción (desdeñando la vía abierta por el maestro vienés) en su obra de 1903 titulada

Las obsesiones y la psicastenia. No obstante, cuando Freud, en el marco de su «innovación»,
rompe el consenso reunido sobre todo en tomo de Beard, que reducía la obsesión a la
neurastenia (mientras que Janet iba a ver en ella una forma degradada de la energía psíquica),
inaugura, con un método aparentemente limitado a la clínica, el estilo de una investigación
prometedora, la investigación de una estructura que muy pronto le parecería esencial para una
tipología de las conductas; la inserción de esta estructura en el tejido de la cultura permitió crear
un objeto de estudio que nunca había despertado la curiosidad de los alienistas del siglo XIX.
Después de las observaciones y teorizaciones freudianas, el psicoanálisis de la cultura y la
antropología contemporáneas ha desarrollado plenamente sus consecuencias, más allá de las
fronteras en cuyo interior esta patología estaba estrictamente acantonada. Sobre todo en la
distinción establecida entre comportamiento y estructura, entre síntoma particular y organización
de la personalidad, encontraron un ordenador decisivo para su campo específico. Esa distinción,
por ejemplo, permitirá comprender que en muchas sociedades tradicionales se encuentren
conductas obsesivas, en particular con la forma de ritos conjuratorios del peligro, pero muy
pocas personalidades que remitan a la estructura obsesiva en sí, como si el individuo no tuviera
necesidad de construir por sí mismo un modo de defensa contra la angustia, en tanto la sociedad
le ofrece uno ya preparado con tal fin.
La «innovación nosográfica» con la cual Freud inicia su trabajo sobre «la etiología de las
grandes neurosis», y de la que sólo comenzó a hablar en 1894, después de varios años de
investigación, consistía en primer lugar en asimilar, antes que en distinguir, la neurosis obsesiva
y la histeria. En efecto, una y otra tienen en común (y por ello son ambas denominadas
«neuropsicosis de defensa») el hecho de resultar de la acción «traumática» de experiencias
sexuales vividas en la infancia, y de empeñarse en una defensa contra toda representación o
todo afecto que provenga de esas experiencias y que intente perpetuar lo que ellas tenían de
inconciliable con el yo. El trabajo defensivo de la neurosis -obsesiva o histérica- consistirá
entonces en transformar la representación fuerte de la experiencia infantil penosa en una
representación debilitada, y en orientar hacia otros usos la suma de excitación que, en virtud de
esta estratagema, ha sido separada de su fuente verdadera.
La diferencia entre las dos neurosis reside en que en la histeria la fuente de excitación es
«transpuesta (unisetzen) a lo corporal» por un proceso de conversión, mientras que en la
neurosis obsesiva, así como en la fobia, «debe necesariamente permanecer en el dominio
psíquico». El carácter puramente mental de los procesos obsesivos no asegura, por otra parte,
que sean más fáciles de comprender que los de la histeria. Por el contrario, nos resultan más
oscuros, así como se accede menos fácilmente a un dialecto que a la lengua a la que éste está
próximo. El proceso por el cual la representación del acontecimiento sexual pasado se separa de
su afecto propio y ese afecto se une a otra representación adecuada -pero ya no inconciliable
con el yo- es un proceso que, por una parte, se produce fuera de la conciencia, y por la otra,
consiste en una sustitución en la que puede verse «un acto de defensa [Abwehr] del yo contra
la idea inconciliable». Una transformación tal (que se produce durante o después de la pubertad)
de las impresiones penosas de la experiencia sexual infantil, a veces muy precoz, conduce a
obsesiones que toman la forma de ideas, o bien de actos o impulsiones. En el primer caso, se ha
«logrado solamente reemplazar la idea inconciliable por otra idea inapropiada para asociarse con
el estado emotivo, que por su lado sigue siendo el mismo. Es este enlace falso del estado
emotivo y la idea asociada con él lo que explica el carácter absurdo de las obsesiones». En el
segundo caso, la idea general no es reemplazada por otra, sino «por actos o impulsiones que en
el origen sirvieron de alivio o como procedimientos protectores, y que ahora se encuentran en
una asociación grotesca con un estado emotivo que no les corresponde, pero que ha seguido
siendo el mismo, y está tan justificado como en el origen».
En el artículo de 1896, «La herencia y la etiología de las neurosis», Freud, que hace alusión a
sus futuros Tres ensayos de teoría sexual (1905) y a la «tormenta de impugnaciones» y
escándalo que teme, evoca otra diferencia, considerada entonces capital, entre la histérica y el
obsesivo; es una diferencia concerniente a la naturaleza de las experiencias sexuales precoces
vividas respectivamente por una y otro. La histeria tendría por origen una experiencia de
pasividad erótica, «vivida con indiferencia y algo de repugnancia o terror», mientras que el punto
de partida de la neurosis obsesiva sería un acontecimiento que provocó positivamente placer,
«una agresión sexual inspirada por el deseo [en el caso del varón] o una participación con goce
en relaciones sexuales [en el caso de la niña] ». Al hacer del carácter activo de la experiencia
erótica infantil la «causa específica» de la morbilidad obsesiva, y de la «pasividad sexual» la de
la patología histérica, Freud creía haber encontrado la razón de «la conexión más íntima» de la última con el sexo femenino, y la mayor frecuencia de las obsesiones en los sujetos masculinos.
Pero, en 1913, tendría que reconocer que esta manera de explicar las etiologías respectivas de
tales afinidades no era pertinente («La predisposición a la neurosis obsesiva»).