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Estudio del psicoanálisis y psicología

Diccionario de Psicología, letra N, niño en el psicoanálisis



Niño en el psicoanálisis.
Quizá sorprenda que se consagre aquí al niño o a la infancia una entrada en particular,
separada. La perspectiva psicoanalítica del niño, haciendo abstracción del psicoanálisis de niños propiamente dicho, ¿constituye una rama aparte, derivada, un avatar de la experiencia analítica ortodoxa? Es cierto que aún hoy se plantea el interrogante de si lo que se llama psicoanálisis de niños debe ser efectivamente reconocido o no como psicoanálisis stricto sensu...
Esto, no obstante, contrasta con la opinión actualmente difundida, que recuerda hasta qué punto
el psicoanálisis se nutre fundamentalmente de lo infantil. Tanto en su principio teórico como en su
efectuación clínica concreta, como dinámica y como efecto, ¿no relaciona acaso el devenir y el
destino del ser humano singular con los acontecimientos subjetivados de su pasado, con la
historia vivida de su infancia?
No hay duda de que una parte esencial del descubrimiento de Freud tuvo que ver con el hecho
de que supo extraer, formalizar, esa afinidad de estructura entre lo infantil y lo inconsciente.
Por este sesgo el psicoanálisis revolucionó realmente el orden establecido de la psicopatología
del niño. Pero lo hizo en la misma medida en que permitió repensar los fundamentos de la
psicopatología general, incluso la del adulto, sacando a luz, justamente, sus enraizamientos
infantiles. Esto supuso en primer lugar sacar al niño de la Edad Media en que lo había mantenido
la psiquiatría médico-social del siglo XIX, al alinear la patología psíquica con los encasillamientos
ideológicos de la demencia, la debilidad o el retardo mental es, incluso de la degeneración
hereditaria.
Yendo más allá de la pura patología, el psicoanálisis, por el contrario, abrió a la reevaluación del tiempo de la infancia en su significación humana esencial, lo que constituye una de sus implicaciones más contundentes incluso en lo social, por lo menos en nuestras colectividades occidentales, durante el transcurso de este siglo XX. Y no obstante, si bien fue Freud quien descubrió ese continente inexplorado y significante de la primera infancia en sus efectos de constitución y de determinación mental, de efectuación del destino y de puesta en lugar del deseo para el ser humano, es cierto que ello no lo llevó a ocuparse él mismo, directamente, como psicoanalista, del niño. Esto parece indicar que, alineada según el reparto de cartas inconsciente, la infancia era en primer lugar para él aquello de lo cual se está estructuralmente separado; la infancia sólo se le hacía entonces presente al analista en tanto que dicha y producida a posteriori, (re)-construida por un adulto en la cura. Esto explica que haya sido necesario un cierto tiempo de elaboración para que se afianzara, gracias a la determinación de las pioneras (Hug-Helmuth, A. Freud, M. Klein), Io que iba a convertirse en ejercicio del
psicoanálisis de niños propiamente dicho.
El niño o lo infantil
De hecho, es en el mejor de los casos en el marco de la práctica analítica donde puede entonces
situarse el examen de la patología precoz, por medio de una distinción posible entre niño e
infantil. El niño, en tanto que no tiene aún los medios para permitirnos captar con facilidad la
polifonía pulsional que lo habita. Y lo infantil, cuya frescura en el adulto que se ha separado de
ella se trata de recuperar más 0 menos laboriosamente.
El valor de esta distinción consiste en que hace sentir lo que inspira una concepción
verdaderamente psicoanalítica de la patología infantil. Ya que, después de todo, si uno se atiene
a sus formulaciones, la codificación de la psicopatología freudiana podría parecer
extremadamente clásica, incluso conformista. Sin volver a la teoría positivista, pronto
abandonada, de un trauma datable para explicar la neurosis (seducción), la clínica analítica del
niño, ¿no se basa, en efecto, en los datos de un desarrollo sistematizado, dividido linealmente
por la sucesión normativa de las etapas libidinales: oral, anal, etc.? (cf. la entrada «Desarrollo»).
Se sabe que, si uno se limita a ello, corre el riesgo de caer en una concepción estrictamente
evolutiva, que reduce el trastorno o el síntoma a los azares de una programación preestablecida,
sea ella llamada relacional o libidinal. Esto equivale a meter el dedo en los engranajes de una
interpretación restrictivamente madurativa del desarrollo, que da pie a la idea totalmente
reduccionista de una progresión programada susceptible de ser detenida o impedida por la
mecánica conjugada de la regresión y la fijación.
Esta digresión permite por lo menos formular claramente el peligro, la impasse que parece
implícitamente posible en el abordaje psicoanalítico del niño, en todo caso cuando se trata de
presentar su formalización, es decir, positivizar la metapsicología freudiana en términos de
psicología evolutiva o genética. Tal es entonces la cuestión planteada: el psicoanálisis de niños,
¿implica fatalmente esa amortiguación psicologizante de la experiencia?'Más aún, ¿constituye en
sí mismo una desviación de la invención freudiana, con fines madurativos u ortopédicos? ¿O
bien existe un medio de valorizar los esquemas de desarrollo de los que se vale la teoría del
análisis de niños para fundar en ellos una práctica auténticamente psicoanalítica?
Con relación al objetivo más educativo del discurso de Anna Freud (a veces caricaturizado, es
cierto), Melanie Klein fue quien sentó las bases de una profundización radical de la comprensión
analítica de la vivencia psíquica precoz, basada en lo inconsciente. También sacó a luz el
carácter constituyente del fantasma como elemento primordial de toda la vida psíquica, y con
más razón de la más temprana.
Pero al mismo tiempo dio pie a una sistematización de su pensamiento que condujo a un corpus
dogmático aplicado demasiado sistemáticamente, en detrimento de la singularidad de cada caso.
La vía francesa
En este sentido, hay que acreditar al psicoanálisis en Francia que, alejado de los defectos
adaptativos anglosajones, haya sabido calibrar los verdaderos cuestionamientos que la práctica
analítica de la psicología infantil introduce o reactiva.
Sobre este punto, también a Lacan le corresponde el mérito de ese saneamiento de la doctrina,
que implica una gran exigencia de rigor en la práctica. ¿Sorprenderá que sea su nombre el que
aquí aparece en primer lugar, tratándose del psicoanálisis de niños? Sin embargo, es en la obra
de Lacan donde se encuentran los elementos de un reordenamiento asegurado sobre una base
estructural de datos concernientes al fundamento del psiquismo infantil en la experiencia
analítica. Lo atestiguan sobre todo el estadio del espejo, el anclaje del yo en el registro
imaginario, el despliegue de la relación de objeto según las categorías de lo imaginario, lo
simbólico y lo real, etcétera.
Esas formulaciones teóricas de Lacan encontraron un eco directo en el trabajo de analistas
mujeres, especialistas en la infancia. Maud Mannoni, en primer lugar, ha dado testimonio de esta
extensividad conquistadora del psicoanálisis, al arriesgarse justamente en el terreno de los
trastornos psícopatológicos considerados hasta entonces del dominio reservado de la psiquiatría
medicalizante, reeducativa: el retardo mental, la debilidad mental. La importancia de este aporte
consiste sobre todo en que contribuyó a circunscribir mejor el registro de la psicosis
propiamente infantil, haciendo de ella un campo de trabajo posible para los psicoanalistas. Al
mismo tiempo y en la misma línea de pensamiento -nutrida y fortificada por la ensefianza de
Lacan- Françoise Dolto sentó las bases de una práctica y una teoría auténtica del psicoanálisis
de niños.
Evocar los grandes principios de esa praxis nos permitirá hablar de psicopatología de un modo
que no sea el que, en cuanto al diagnóstico y la nosografía, prevalece en las obras de
sistematización (Ajuriaguerra, Lang). Por otra parte, la visión clara de estos mismos autores los
ha llevado a formular que una psicología infantil no podría estar separada de la práctica
concreta, en otras palabras, del encuentro clínico con el niño. Esto tiene que ver con algo sobre
lo que no cesan de insistir los diversos autores, es decir, que el enfoque de la psicopatología del
niño no puede entenderse de una manera coagulada, codificada, como sigue siendo el caso en
la psiquiatría del adulto. Hay una especificidad del psiquismo infantil que lo hace irreductible al
recorte establecido con respecto a las enfermedades mentales del adulto, aunque más no fuera
por todo lo que atestigua una gran labilidad de funcionamiento mental en el niño, siempre abierto
a transformaciones posibles, sea cual fuere la característica más o menos sorprendente de su
patología. Una de las grandes problemáticas psicológicas consistirá en este sentido en separar,
dentro de lo posible, por un lado una sintomatología coyuntural o reactiva susceptible de
circunscribirse, sea que se trate de un trastorno mental (inhibición, fobia, ansiedad ... ) o
corporal (enuresis ... ), y, por otro lado, lo que correspondería más al afianzamiento estructurado
de una neurosis. Por su amplitud y su dificultad, este problema atestigua lo importantes que son los interrogantes que plantea la psicopatología infantil.
Una práctica específica
A fortiori, se encuentra la incidencia que este problema tiene en la práctica analítica con el niño,
en la que siempre existirá la preocupación de principio de evitar los excesos de objetivación
nosográfica a los que pueden inducir los datos de la psicopatología. En suma, esos recortes
diagnósticos serán tanto más útiles por su valor indicativo cuanto que el analista los deje en el
lugar que les corresponde: un segundo plano. Sin duda es importante demarcar una
sintomatología y hacer pie en una denominación nosográfica que dé un sustento por lo menos
indicativo a la orientación diagnóstica, ya que no de pronóstico. Así se podrá definir mejor la
perspectiva clínica, una vez reconocidas las patologías diferencialmente calificables de
obsesivas e histéricas, por ejemplo. Pero esto es así con la condición de no dejarse encerrar en
esa codificación previa, de no esperar de ella más que una demarcación preliminar. Pues la
práctica no se orientará sólo a partir de ese dato; en ella se trata, en todos los casos, del
encuentro analítico con un ser humano, por inexpresivo, por regresivo que sea, y de llegar en él
a la persona oculta.
Precisamente en ello puede especificarse la posición fundamental de la experiencia analítica con
respecto a la psicopatología, sobre todo la infantil. No se trata de un enfermo a ser curado
(pasivamente) sino de un sujeto que hay que escuchar en lo que concierne a la orientación o
reorientación de su deseo, sobre la base de la figuración transferencial de ese deseo que él
pueda manifestar.
Esto implica una cierta cantidad de orientaciones de principio, que articulan la perspectiva
psicopatológica del análisis con su concreción en la experiencia clínica. Citaremos
principalmente:
-El hecho de que, por espinoso que sea, el síntoma (del niño) no es aquello en lo que uno
concentra primordial y exclusivamente la atención. El síntoma es recibido por su valor,
desplazado, de mensaje a descifrar. Se lo reconoce como el signo que es de una demanda que
busca hacerse oír en él.
-El propio niño es escuchado en el contexto de su grupo familiar, desde que, a priori, sus
dificultades surgen de una problemática familiar de la cual él es un elemento... representativo.
Sea cual fuere la relativa diversidad de las prácticas al respecto, no se ve que se pueda
emprender un trabajo de psicoterapia analítica con un niño sin que los padres se asocien más o
menos a él, en particular en la fase de investigación inaugural.
-No obstante, el trabajo se realiza con el niño, si resulta que la psicoterapia debe emprenderse
con él. Pero esto no podría hacerse sobre la base de una línea de desarrollo preestablecida, con
relación a la cual habría que juzgar un eventual «retardo». El objetivo tiene que ver con el niño,
en tanto que sujeto deseante que hay que escuchar y ayudar con el trabajo de análisis de lo que
él muestra allí donde puede encontrarse en vagabundeo, fuera de alcance comunicante. Si es
tomado en una alienación que lo ausenta de su destino descante, se lo detiene en el disco
rayado y repetitivo del síntoma.
-Por medio de esto, se trata esencialmente de entregarlo a la autonomía de su devenir de sujeto,
ese devenir cuyo advenimiento el grupo familiar muy frecuentemente impide con el peso de sus
propias inercias, conscientes o inconscientes. Esto no quiere decir que los padres sean en
consecuencia identificados como «culpables», según el cliché que a veces todavía circula. Pero
se los considera responsables, y es por otra parte a causa de ello que pueden encontrarse
regularmente asociados al tipo de trabajo de emancipación que su hijo realiza en la cura.
-Se habrá comprendido que la fineza no está por cierto en este caso en la profundización
diagnóstica, porque la rotulación sofisticada también oculta la ignorancia. La fineza reside sobre
todo en la aplicación relacional, transferencial (y contratransferencial) de un eje de trabajo que
consiste en poner en posesión del sujeto niño la capacidad del deseo, allí donde estaba
detenido, en impasse o (incestuosamente) sojuzgado.
Además conviene precisar lo que diferencia los casos en que esta problemática de liberación se
plantea en el terreno edípico, por una parte, y por la otra, los casos cuyo dinamismo remite a las
coordenadas llamadas preedípicas. Ésta puede ser una manera de encontrar la distinción
sintomática o estructural entre neurosis y psicosis.
La lección de las paradojas
En resumen, lo que nos descubre la experiencia analítica de la psicopatología del niño es un
campo sostenido por toda una serie de paradojas. Y sin duda esto es acorde a lo que promueve
la invención freudiana, para la cual el niño (en tanto que «niño en nosotros») surge de la función
del mito individual, tal como lo construimos y tal como nos ha construido psíquicamente.
Esto va en contra de la esperanza de llegar con el niño a captar en vivo algo del orden de un
inconsciente espontáneamente ofrecido por estar aún inconstituido, o a una toma directa sobre
el terreno de origen del psiquismo como tal. El niño bien puede ser el pretexto de un discurso
sobre lo original y lo arcaico; sin embargo, no se ajusta a ello en lo concreto de la experiencia
clínica.
Pues lo que revela de específico que estaría fuera de alcance en el adulto no nos es sin
embargo fácilmente accesible, desde que el niño puede no disponer aún de medios subjetivados
para mediatizarlo. Como lo indica por ejemplo el hecho de que lo que muestra nos es entregado
como al pasar allí donde aún no refleja el contenido según el modo de un yo [Je] que pueda
apropiárselo. Y nada indica además que esté favorablemente dispuesto a concordar con el
principio de cualquier interpretación que nosotros asumamos el riesgo de devolverle.
En el campo del análisis pudo haber alguna tendencia a retomar implícitamente la cantilena de que
la verdad sale de la boca de los niños. Y sin duda no es infrecuente que sea a través de ellos
que la verdad se ofrece en el síntoma, tomando incluso al cuerpo. Pero no por eso están menos
sometidos a la represión, después de todo necesaria para que, como cualquiera, encuentren los
medios de constituirse con ella. Por cierto, sucede que, precisamente por su trastorno, cuando
es posible convocan a veces a toda una familia a cumplir con su palabra ante el psicoanalista.
Pero esto no podría justificar el exceso de idealización que hace de ellos ipsofacto los
mensajeros de la verdad del inconsciente de su linaje. Pues, en síntesis, también en el caso del
niño, incluso de la manera más típica, la verdad sólo puede ser medio dicha, según la fórmula de Lacan.
Si volvemos entonces a comparar diferencialmente las experiencias clínicas con el niño y el
adulto, llegamos a una comprobación más equilibrada; en términos generales, lo que «se gana»
por una parte (por ejemplo, en espontaneidad comunicativa), se «pierde» por la otra (en
irreflexividad del pensamiento).
Y uno se ve finalmente conducido al mismo dualismo de las palabras, al mismo balanceo, al
retomar la cuestión de si ese acceso directo a la psicopatología del niño es una posibilidad del
psicoanálisis. De inmediato se podrá responder que, en efecto, la práctica es auténticamente
analítica cuando nos permite descubrir la vivacidad enigmática de una pulsionalidad que busca
afirmarse, entre cuerpo y psiquismo. E incluso, al encontrársela menos enviscada en las ansias
del yo que en el caso del adulto, ¿no se diría que allí está el psicoanálisis por excelencia? No
obstante, esto significaría prestar demasiado poca atención a lo que también en el niño se
presenta como resistencia. Y lo que es más, de un modo que ya no permite remitirse
exclusivamente a la palabra del (joven) paciente. El analista es convocado aquí más en tanto
presencia manifiesta...
Volvemos entonces a encontrar una dualidad que constantemente divide el campo de la
psicopatología analítica del niño, Esto valdría también para la oposición entre fantasma y realidad, que se encuentra en el centro del conflicto entre Anna Freud y Melanie Klein. Se ha visto de qué modo, con relación a las veleidades pedagogizantes, educativas, de Anna Freud, Melanie Klein supo restaurar en el abordaje del psiquismo precoz la densidad constitutiva del fantasma. Pero, dicho esto, ¿de qué serviría haber inferido esa polaridad fantasmática si esto no provee también en la práctica el medio de hacer acceder al niño a más... realidad, y de ponerlo al abrigo de lo que de otro modo experimenta como angustia?
El niño de la ficción
Nos hemos limitado a un sobrevuelo de la psicopatología del niño tal como puede encontrarse
retomada en la práctica del análisis, una práctica con los niños que después adquirió en gran
medida derecho ciudadano (prolongación sociológica considerable, que en sí misma exigiría un
examen). Además, si había razones para que esta práctica se impusiera como tal al movimiento
analítico, ello tiene que ver con que refleja con agudeza algunos de los temas más cruciales del
psicoanálisis: la problemática de la historicidad, la función de la memoria, el acceso al
inconsciente, la curación. Nosotros hicimos referencia a la dialéctica en el inicio de esta
reflexión. Recordando la dialéctica, el psicoanálisis ha inspirado todo lo que vivificó la
comprensión innovadora de la psicopatología infantil. Y es ella, más precisamente, la que permitió
reconocer su dimensión, no tanto solamente patológica, como constitutiva del psiquismo humano
ofrecido a la pasión del deseo.
Sin duda, el psicoanálisis produjo los medios de un saber, de una psicopatología del niño. Pero lo que constituye la grandeza de la experiencia analítica en este sentido es la fuerza de su operatividad, que se aparta de una aplicación directa de ese saber. Por ello, si desestima el objetivo de llegar a una psicopatología académicamente detenida, lo hace en cuanto pone el saber sobre el papel de la experiencia al servicio de la puesta en obra del deseo, o de su revelación. En este sentido, está siempre más allá de la epistemología que sin embargo anuncia.
Esto es también lo que le confiere su dimensión ética.
El verdadero niño, si así puede decirse, el niño en el psicoanálisis es, como lo hemos visto, un
niño de poética, el niño que subsiste en cada uno, también en el adulto. Con el niño mismo, al
considerarlo como sujeto deseante -¡y no sólo como niño enfermo!-, tendremos más bien en vista
a la persona en que debe convertirse.
En suma, en lo que se refiere al respeto por el sujeto niño que el psicoanálisis implica, no podría
tratarse del niño que ha de seguir siendo -ya que se le pide que se deshaga de él-, sino del niño
que habrá sido, niño ficticio que por lo tanto, de algún modo, debe llegar a ser.