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Estudio del psicoanálisis y psicología

Diccionario de Psicología, letra N, nombre propio

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Nombre propio
Al designar nuestro cuerpo y su lugar en la filiación, el nombre propio se singulariza como un
significante puro. Como significante, nos sigue por todas partes en el mundo, pues el nombre
propio no se presta a la traducción, subsiste en todas las lenguas, «incluso en Babel». Pero no
por ello «revela» nuestra identidad. Al hacer circular de boca en boca, de letra en letra, este
significante único, no entregamos ninguna palabra.
En efecto, el sujeto humano llega a un universo donde el discurso ya está y, como metáfora, el
Nombre-del-Padre habrá sido el padre del nombre. Llevado a hablar, el hombre elide su nombre
de sujeto del inconsciente, significante original reprimido para siempre.
Para Lacan, el nombre propio es de alguna manera el significante «sigla», que demuestra que el
sujeto es siervo del lenguaje y, más exactamente, de la letra. En esta óptica, se basa en los
trabajos de Russell y del egiptólogo Gardiner (l’Identification, sesiones del 10, 17 y 24 de enero
de 1962). El nombre propio no es simplemente la designación de un sujeto, precisa Lacan a la
manera de Russell: esto lo reduciría a un puro demostrativo, a una designación. Ahora bien, esta
designación ya es metafórica: «incluso si yo digo "eso", "eso" al designarlo, implica ya, por
haberlo llamado "eso", que efijo no hacer nada más» (D'un discours qui ne serait pas du
semblant, 10 de febrero de 1971). En cambio, se traduce a todas las lenguas, sonido por sonido,
fonema por fonema. El nombre hace rasgo, y como tal llena un vacío para un significante por
siempre ausente del campo del Otro. Con respecto a las investigaciones de Gardiner, Lacan
respaldará la idea de que lo que constituye el nombre propio no es tanto el fonema como la letra.
El nombre propio en sí esboza «la instancia de la letra en el inconsciente», pues un ideal
tautológico es imposible de realizar; por una parte, la letra no recubre el fenómeno y, por la otra,
enseña cómo me llamo yo , pero no dirá estrictamente nada de mí. Por esta razón, en D'un
discours qui ne serait pas du semblant, Lacan dice que «el nombre llama a hablar». La letra,
subraya, siguiendo a Gardiner, no se contenta con anotar un fonema; la letra misma tiene un
nombre: a, por ejemplo, se escribe «alfa».
De hecho, el nombre está articulado a una letra que, fundadora, está allíya antes de ser leída.
Ella recubre el origen faltante, el encuentro imposible entre la materia y el vocablo y, desde este
punto de vista, la letra es el origen, ocupa su lugar. Mucho antes de nacimiento del significante,
la letra es negación del objeto por la inscripción de rasgo unario, y marcará su borramiento con
un rasgo que evoca la unicidad del objeto. Al leer un trazo, el sujeto lee un «uno» contable
distinto de otro uno; en consecuencia, el sujeto se encuentra inscripto en un campo significante
y al mismo tiempo lógico: el nombre es «el al-menos-uno, condición lógica de la emergencia del
significante como representación del sujeto». Cuando entra al mundo, el sujeto es ya contado, y
desde esta óptica hay que entender que el significante se hace letra: el significante lo
representa inmediatamente ante otro significante, pero el significado ya se le escapa en razón
de los procesos metafórico-metonímicos que operan en el lenguaje; esta «escapada» es lo que
constituye la letra en el inconsciente. El nombre propio se elabora como un cero, y el sujeto sólo
puede responder en él con una aparición siempre más adelante en la cadena significante. El
nombre propio demuestra que, antes de toda fonematización, el lenguaje entraña la letra como
rasgo distintivo.
Hacia 1975 (R.S.L), Lacan comparará el nombre propio con el síntoma. El neurótico tapona lo
real, imposible, impensable, con su síntoma; ahora bien, a tal título, el síntoma es «verdadero».
Nombrar es también producir algo «verdadero», pero, en ese mismo movimiento, al desprenderse
de lo real, el sujeto se aleja de ello, dejando lo real en su lugar. Así, al nombrar, «la criada
engaña» crea un nombre allí donde se opera la falla de lo real, lo que quiere decir que, en suma,
nombrar es sublimar, hacer obra de la letra, facilitarse un pasaje en una vía obstruida.