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Estudio del psicoanálisis y psicología

Diccionario de Psicología, letra O, objeto



Objeto
Al.: Objekt.
Fr.: objet.
Ing.: object.
It.: oggetto.
Por.: objeto.
La noción de objeto se considera en psicoanálisis bajo tres aspectos principales:
A) Corno correlato de la pulsión: es aquello en lo cual y mediante lo cual la pulsión busca
alcanzar su fin, es decir, cierto tipo de satisfacción. Puede tratarse de una persona o de un
objeto parcial, de un objeto real o de un objeto fantaseado.
B) Como correlato del amor (o del odio): se trata entonces de la relación de la persona total, o de
la Instancia del yo, con un objeto al que se apunta como totalidad (persona, entidad, ideal, etc.),
(el adjetivo correspondiente sería «objetal»).
C) En el sentido tradicional de la filosofía y de la psicología del conocimiento, como correlato del
sujeto que percibe y conoce: es lo que se ofrece con caracteres fijos y permanentes,
reconocibles por la universalidad de los sujetos, con Independencia de los deseos y de las
opiniones de los individuos (el adjetivo correspondiente sería «objetivo»).
En los escritos psicoanalíticos, la palabra objeto tanto se encuentra sola como en numerosas
expresiones, tales como elección de objeto, amor de objeto, pérdida del objeto, relación de
objeto, etc., que pueden desorientar al lector no especialista. Objeto se toma en un sentido
comparable al que le atribuía el lenguaje clásico («objeto de mi pasión, de mi resentimiento, objeto
amado», etc.). No debe evocar la idea de «cosa», de objeto inanimado y manipulable, tal como
corrientemente se contrapone a las ideas de ser vivo o de persona,
I. Estas diferentes utilizaciones de la palabra objeto en psicoanálisis tienen su origen en la
concepción freudiana de la pulsión. Freud, al analizar la noción de pulsión, distinguió entre el
objeto y el fin: «Introducimos dos términos: llamamos objeto sexual a la persona que ejerce la
atracción sexual, y fin sexual a la acción empujada por la pulsión». A lo largo de toda su obra
conserva esta distinción y la reafirma especialmente en la definición más completa que dio de la
pulsión: «[...] el objeto de la pulsión es aquello en lo cual y mediante lo cual la pulsión puede alcanzar su fin»; al mismo tiempo, el objeto se define como medio contingente de la satisfacción:
«Es el elemento más variable en la pulsión, no se halla originariamente ligado a ésta, sino que se
adapta a ella en función de su aptitud para permitir la satisfacción». Esta tesis fundamental y
constante de Freud, la de la contingencia -del objeto, no significa que cualquier objeto pueda
satisfacer la pulsión, sino que el objeto pulsional, a menudo muy definido por rasgos singulares,
viene determinado por la historia (principalmente la historia infantil) de cada individuo. El objeto es
lo que, en la pulsión, se halla menos constitucionalmente determinado.
Esta concepción no ha dejado de despertar objeciones. El planteamiento del problema podría
resumirse refiriéndose a la distinción efectuada por Fairbairn: ¿va la libido a la búsqueda del
placer (pleasure-seeking) o del objeto (object-seeking)? Para Freud, es indudable que la libido,
aunque muy pronto experimente la impronta de un determinado objeto (véase: Experiencia de
satisfacción), en su origen se halla totalmente orientada hacia la satisfacción, la resolución de la
tensión por las vías más cortas según las modalidades apropiadas a la actividad de cada zona
erógena. Con todo, no es ajena al pensamiento de Freud la idea, subrayada por la noción de
relación de objeto, de que existe una íntima relación entre la naturaleza y los «destinos» del fin y
del objeto (para la discusión de este punto, véase: Relación de objeto).
Por otra parte, la concepción freudiana del objeto pulsional se constituyó en los Tres ensayos
sobre la teoría sexual (Drei Abhandlungen zur Sexualtheorie, 1905) a partir del análisis de las
pulsiones sexuales. ¿Cuál es el objeto de las otras pulsiones, y especialmente, dentro del marco
del primer dualismo freudiano, el de las pulsiones de autoconservación? En lo que respecta a
estas últimas, el objeto (por ejemplo, el alimento) se halla claramente más especificado, por las
exigencias de las necesidades vitales.
Sin embargo, la distinción entre pulsiones sexuales y pulsiones de autoconservación no debe
conducir a establecer una oposición demasiado rígida en cuanto a las características de sus
objetos respectivos: contingente en un caso, rigurosamente determinado y especificado
biológicamente en el otro. El propio Freud mostró que las pulsiones sexuales funcionaban
apoyándose en las pulsiones de autoconservación, lo que significa especialmente que éstas señalan a las primeras el camino hacia el objeto.
El recurrir a esta noción de apoyo permite aclarar el complejo problema del objeto pulsional.
Refiriéndonos, por ejemplo, a la fase oral, el objeto es, en el lenguaje de la pulsión de
autoconservación, lo que alimenta-, en el de la pulsión oral, lo que se incorpora, con toda la
dimensión fantasmática que comporta la incorporación. El análisis de los fantasmas orales
muestra que esta actividad de incorporación puede referirse a objetos completamente distintos
de los de la alimentación, caracterizando entonces la «relación de objeto oral».
II. La noción de objeto en psicoanálisis no debe entenderse únicamente en relación con la pulsión
-en la medida en que es posible captar el funcionamiento de ésta en estado puro-. Designa
también lo que constituye para el sujeto objeto de atracción, objeto de amor, casi siempre una
persona. Sólo la investigación analítica permite descubrir, más allá de esta relación global del yo
con sus objetos de amor, el funcionamiento propio de las pulsiones en su polimorfismo, sus
variaciones, sus correlatos fantaseados. En los primeros tiempos en que Freud analiza los
conceptos de sexualidad y de pulsión, no se halla explícitamente presente el problema de
articular entre sí el objeto de la pulsión y el objeto de amor, y es lógico que así sea; en efecto, los
Tres ensayos, en su primera edición (1905) giran en torno a la gran oposición que existiría entre
el funcionamiento de la sexualidad infantil y el de la sexualidad postpuberal. La primera se define
como esencialmente autoerótica, y, en esta etapa del pensamiento de Freud, no se insiste en el
problema de su relación con un objeto distinto del propio cuerpo, aunque fuera fantaseado. La
pulsión, en el niño, se define como parcial, y ello más en razón de su modo de satisfacción
(placer en el propio lugar de origen, placer de órgano) que en función del tipo de objeto al cual
tendería. Solamente en la pubertad interviene una elección de objeto, cuyos «modelos» o
«bosquejos» pueden encontrarse ciertamente en la infancia, lo que permite a la vida sexual, al
tiempo que se unifica, orientarse definitivamente hacia otro individuo.
Ya es sabido que, entre 1905 y 1924, se fue atenuando progresivamente la oposición entre
autoerotismo infantil y elección objetal puberal. Se describen una serie de fases pregenitales de
la libido, todas las cuales implican un tipo original de «relaciones de objeto». El equívoco que
podía implicar el concepto de autoerotismo (el cual podía entenderse como implicando que el
sujeto ignoraría al principio todo objeto exterior, real o incluso fantaseado) se disipa. Las
pulsiones parciales, cuyo funcionamiento caracteriza el autoerotismo, se denominan parciales en
la medida que su satisfacción va ligada, no sólo a una zona erógena determinada, sino a lo que
la teoría psicoanalítica llamará objetos parciales. Entre estos objetos se establecen equivalencias
simbólicas, evidenciadas por Freud en Sobre las transposiciones de las pulsiones y
especialmente del erotismo anal (Über Triebumsetzungen, insbesondere der Analerotik,
1917), intercambios que hacen pasar la vida pulsional por una serie de avatares. La
problemática de los objetos parciales da lugar a un desmantelamiento de lo que tenía de global la
noción, relativamente indiferenciada, de objeto sexual en los comienzos del pensamiento
freudiano. En efecto, nos vemos inducidos entonces a separar un objeto propiamente pulsional y
un objeto de amor. El primero se define esencialmente como capaz de procurar la satisfacción a
la pulsión de que se trate. Puede tratarse de una persona, pero no es indispensable que sea así,
ya que la satisfacción puede ser especialmente proporcionada por una parte del cuerpo. El
acento recae entonces sobre la contingencia del objeto, en tanto que éste está subordinado a la
satisfacción. En cuanto a la relación con el objeto de amor, hace intervenir, al igual que el odio,
otro par de términos: «[...]los términos "amor" y "odio" no deben utilizarse para las relaciones de
las pulsiones con sus objetos, sino reservarse para designar las relaciones del yo total con los
objetos».
A este respecto se observará, desde un punto de vista terminológico, que Freud, al tiempo que
puso en evidencia las relaciones con el objeto parcial, reservó la expresión de elección de objeto
para designar la relación de la persona con sus objetos de amor, que son esencialmente, en sí
mismo, personas totales.
De esta oposición entre objeto parcial (objeto pulsional y, esencialmente, objeto pregenital) y
objeto total (objeto de amor y, esencialmente, objeto genital), podría deducirse, dentro de un
enfoque genético del desarrollo psicosexual, que el sujeto pasaría de uno a otro mediante una
integración progresiva de sus pulsiones parciales dentro de la organización genital, siendo ésta
correlativa de una consideración creciente del objeto en la diversidad y riqueza de sus
cualidades, en su independencia. El objeto de amor ya no es sólo el correlato de la pulsión,
destinado a consumarse.
La distinción entre el objeto pulsional parcial y el objeto de amor, cualquiera que sea su
indiscutible alcance, no implica necesariamente tal concepción. Por una parte, el objeto parcial
puede considerarse como uno de los polos irreductibles, irrebasales, de la pulsión sexual. Por
otra parte, la investigación analítica muestra que el objeto total, lejos de aparecer como un
perfeccionamiento final, nunca carece de implicaciones narcisistas; en el origen de su
constitución interviene más, una especie de precipitación, en una forma modelada sobre el
yo(69), de los distintos objetos parciales, que una feliz síntesis de éstos.
Entre el objeto de la elección anaclítica, en el que la sexualidad se esfuma en beneficio de las
funciones de autoconservación, y el objeto de la elección narcisista, especie de duplicado del
yo, entre «la madre que alimenta, el padre que protege» y «lo que se es, lo que se ha sido o lo
que se quisiera ser», un texto como Introducción al narcisismo (Zur Einführung des
Narzissmus, 1914) hace difícil establecer la posición específica del objeto de amor.
III. Por último, la teoría psicoanalítica alude también a la noción de objeto en su sentido filosófico
tradicional, es decir, asociada a un sujeto que percibe y conoce. Es evidente que se plantea el
problema de la articulación entre el objeto así concebido y el objeto sexual. Si se concibe una
evolución del objeto pulsional, y a fortiori si se considera que ésta desemboca en la constitución
de un objeto de amor genital, definido por su riqueza, su autonomía, su carácter de totalidad,
necesariamente se relacionará con la edificación progresiva del objeto de la percepción: la
«objetalidad» y la objetividad no carecen de relaciones. Más de un autor se ha impuesto la tarea
de armonizar las concepciones psicoanalíticas acerca de la evolución de las relaciones de
objeto con los datos de una psicología genética del conocimiento, e incluso de esbozar una
«teoría psicoanalítica del conocimiento». (Acerca de las indicaciones dadas por Freud, véase:
Yo-placer-yo-realidad; Prueba de realidad.)