try another color:
try another fontsize: 60% 70% 80% 90%
Estudio del psicoanálisis y psicología

Diccionario de psicología: letra N, Neurosis



Neurosis
Al.: Neurose.
Fr.: névrose.
Ing.: neurosis.
It.: nevrosi.
Por.: neurose.
Afección psicógena cuyos síntomas son la expresión simbólica de un conflicto psíquico que tiene sus raíces en la historia infantil del sujeto y constituyen compromisos entre el deseo y la defensa.
La extensión del concepto de neurosis ha variado; actualmente el término, cuando se utiliza solo, tiende a reservarse a aquellas formas clínicas que pueden relacionarse con la neurosis
obsesiva, la histeria y la neurosis fóbica. Así, la nosografía distingue neurosis, psicosis,
perversiones y afecciones psicosomáticas, mientras que se discute la posición nosográfica de
las denominadas «neurosis actuales», «neurosis traumáticas» y «neurosis de carácter».
Al parecer, el término «neurosis» fue introducido por William Cullen (médico escocés) en un
tratado de medicina aparecido en 1777 (First Lines of the Practice of Physics). La segunda parte
de su obra se titula Neurosis or Nervous Diseases y trata no solamente de las enfermedades
mentales o «vesanias», sino también de la dispepsia, las palpitaciones cardíacas, el cólico, la
hipocondría y la histeria.
Durante el siglo xix se incluirán, por lo general, bajo la denominación de neurosis toda una serie
de afecciones que se podrían caracterizar como sigue:
a) se les reconoce una localización orgánica precisa (de donde los nombres de «neurosis
digestiva», «neurosis cardíaca», «neurosis gástrica», etc.) o se les supone una tal localización
en el caso de la histeria (útero, tubo digestivo) y de la hipocondría;
b) se trata de afecciones funcionales, es decir, «sin inflamación ni lesión estructural» del órgano
interesado;
c) se consideran como enfermedades del sistema nervioso.
Al parecer, la noción de neurosis en el siglo xix debe relacionarse, desde un punto de vista de la
comprensión, con los conceptos modernos de afección psicosomática y de neurosis de órgano.
Pero, desde el punto de vista de la extensión nosográfica, el término incluiría afecciones que hoy
en día se reparten en los tres campos de la neurosis (por ejemplo, histeria), de lo psicosomático
(neurastenia, afecciones digestivas) y de la neurología (epilepsia, enfermedad de Parkinson).
El análisis de la transformación que experimentó el concepto de neurosis a finales del siglo xix
exigiría una extensa investigación histórica, tanto más cuanto que esta evolución difiere de un
país a otro. Digamos únicamente, para fijar las ideas, que en dicho período la mayoría de los
autores se percataron del carácter heterogéneo de las afecciones clasificadas bajo la
denominación de «neurosis(16)».
De esta amalgama se desprenden progresivamente afecciones en las cuales se supone con
fundamento la existencia de una lesión del sistema nervioso (epilepsia, enfermedad de
Parkinson, corea) ...
Por otro lado, en la frontera móvil que lo separa de las enfermedades mentales, el grupo de las
neurosis tiende a anexionarse cuadros clínicos (obsesiones, fobias) que algunos autores
todavía clasificaban entre las «psicosis», las «demencias» o los «delirios».
La posición de Pierre Janet atestigua el resultado de esta evolución en Francia a finales del siglo
pasado; Janet distingue fundamentalmente dos grandes tipos de neurosis: la histeria y la
psicastenia (esta última concuerda en gran parte con lo que Freud designa como neurosis
obsesiva).
¿Cuál es la posición de Freud en esta época (1895-1900)? Al parecer, encuentra, en la cultura
psiquiátrica de lengua alemana, una distinción relativamente bien establecida, desde el punto de
vista clínico, entre psicosis y neurosis. Exceptuando algunas raras ambigüedades en su
terminología, con estos dos términos designa afecciones que todavía hoy se clasifican bajo los
mismos nombres.
Pero la principal preocupación de Freud no consistía entonces en delimitar la neurosis de la
psicosis, sino en poner en evidencia el mecanismo psicógeno en toda una serie de afecciones.
De ello resulta que el eje de su clasificación pasa entre las neurosis actuales, cuya etiología se
busca en una disfunción somática de la sexualidad, y las psiconeurosis, en las cuales el factor
determinante es el conflicto psíquico. Este grupo, llamado de las «psiconeurosis de defensa»,
incluye neurosis, como la histeria, y psicosis que en ocasiones se designan con el término
«psicosis de defensa», como la paranoia.
A continuación, dentro de la misma perspectiva, Freud intentará imponer el término
«psiconeurosis (o neurosis) narcisista» para designar lo que en psiquiatría, en la misma época,
se denominaban psicosis. Finalmente, vuelve a la clasificación psiquiátrica usual y reserva la
noción de neurosis narcisista para designar la psicosis maníaco-depresiva. Recordemos,
finalmente, que Freud diferenció muy pronto, y de modo claro, el campo de las neurosis del de
las perversiones.
En resumen, en el siguiente cuadro podríamos esquematizar la evolución, en extensión, del
concepto de neurosis en la nosografía psicoanalítica.
Diccionario,letra N, neurosis
Aun cuando las subdivisiones, dentro del grupo de las neurosis, varían según los autores (así, la
fobia puede incluirse en la histeria o considerarse como una afección específica), actualmente
se constata una gran unanimidad respecto de la delimitación clínica del conjunto de síndromes
considerados como neuróticos. El reconocimiento, por la clínica contemporánea, de los
«casos-límite» indica que, por lo menos teóricamente, el campo de la neurosis se considera
como bien definido. Puede decirse que el pensamiento psicoanalítico se halla en gran parte de
acuerdo con la delimitación clínica adoptada por la inmensa mayoría de escuelas psiquiátricas.
En cuanto a una definición en «comprensión» del concepto de neurosis, aquélla puede
concebirse teóricamente, ya a nivel de la sintomatología, como la agrupación de cierto número de
características que permitirían distinguir los síntomas neuróticos de los psicóticos o perversos,
ya a nivel de la estructura.
De hecho, la mayoría de las tentativas de definición propuestas en psiquiatría oscilan entre estos
dos niveles, siempre y cuando no se limiten a establecer una simple distinción de grado entre
perturbaciones «más graves» y perturbaciones «menos graves». A título de ejemplo, citaremos
el siguiente ensayo de definición, tomado de un manual reciente: «La fisonomía clínica de las
neurosis se caracteriza:
»a) Por los síntomas neuróticos. Se trata de trastornos de la conducta, de los sentimientos o de las ideas que manifiestan una defensa contra la angustia y constituyen, en relación con este conflicto interno, una transacción de la cual el sujeto obtiene, en su posición neurótica, cierto beneficio (beneficio secundario de la neurosis).
»b) Por el carácter neurótico del Yo. Éste no encuentra, en la identificación con su propio
personaje, buenas relaciones con los demás y un equilibrio interior satisfactorio»
Si se intenta establecer, con vistas a la comprensión del concepto, la especificidad de la
neurosis tal como la establece la clínica, la tarea tiende a confundirse con la propia teoría
psicoanalítica, en la medida en que ésta se ha constituido fundamentalmente como una teoría del conflicto neurótico y de sus modalidades.
Difícilmente se puede considerar como perfecta la diferenciación entre las estructuras
psicóticas, perversas y neuróticas. Es por ello que nuestra definición corre el inevitable peligro
de resultar demasiado extensa, por cuanto puede aplicarse también, al menos parcialmente, a
las perversiones y a las psicosis.

***************************************************************************************************

Neurosis

s. f. (fr. névrose; ingl. neurosis; al. Neurose). Modo de defensa contra la castración por fijación
a un escenario edípico.
Mecanismos y clasificación de las neurosis según Freud. Tras haber establecido la etiología
sexual de las neurosis, S. Freud emprendió la tarea de distinguirlas según sus aspectos clínicos
y sus mecanismos. De un lado, situó a la neurastenia y a la neurosis de angustia, cuyos
síntomas provienen directamente de la excitación sexual sin intervención de un mecanismo
psíquico (la primera ligada a un modo de satisfacción sexual inadecuado, la masturbación, y la
segunda, a la ausencia de satisfacción) (Sobre la justificación de separar de la neurastenia un
determinado síndrome en calidad de «neurosis de angustia» 1895). A estas neurosis, a las que
agregará luego la hipocondría, llamará neurosis actuales.
Del otro lado, situó a las neurosis en las que interviene un mecanismo psíquico de defensa (la
represión), a las que denomina psiconeurosis de defensa. En ellas la represión se ejerce sobre
representaciones de orden sexual que son «inconciliables» con el yo, y determina los síntomas
neuróticos: en la histeria, la excitación, desligada de la representación por la represión, es
convertida en el terreno corporal; en las obsesiones y la mayoría de las fobias, permanece en el
terreno psíquico, para ser desplazada sobre otras representaciones (Las neuropsicosis de
defensa, 1894).
Freud observa luego que una representación sexual sólo es reprimida en la medida en que ha
despertado la huella mnémica de una escena sexual infantil que ha sido traumatizante; postula
entonces que esta escena actúa après-coup de una manera inconciente para provocar la
represión (Nuevas puntualizaciones sobre las neuropsicosis de defensa, 1896). La «disposición
a la neurosis» parece depender entonces de acontecimientos sexuales traumatizantes
realmente ocurridos en la infancia (en particular, la seducción). Después, Freud reconocerá el
carácter poco constante de la seducción real, pero mantendrá que la neurosis tiene su origen en
la primera infancia. La emergencia de las pulsiones sexuales, efectivamente, constituye un
trauma en sí misma, y la represión consiguiente es el origen de la neurosis infantil. Con
frecuencia esta pasa inadvertida y, cuando hay síntomas, se atenúan en el período de latencia,
pero luego resurgen. La neurosis del adulto o del adolescente es, por lo tanto, una revivencia de
la neurosis infantil.
La fijación (a los traumas, a las primeras satisfacciones sexuales) aparece así como un factor
importante de las neurosis; con todo, no es un factor suficiente porque se encuentra también en
las perversiones. El factor decisivo es el conflicto psíquico: Freud da cuenta constantemente de las neurosis por la existencia de un conflicto entre el yo y las pulsiones sexuales. Conflicto inevitable, puesto que las pulsiones sexuales son refractarias a toda educación y sólo buscan el placer, mientras que el yo, dominado por la preocupación de la seguridad, está sometido a las necesidades del mundo real así como a la presión de las exigencias de la civilización, que le imponen un ideal. Lo que determina la neurosis es la «parcialidad del joven yo en favor del mundo exterior con relación al mundo interior». Freud pone así en juego el carácter inacabado, «débil» del yo, que lo conduce a desviarse de las pulsiones sexuales y, por lo tanto, a
reprimirlas en lugar de controlarlas.
En 1914, Freud divide las psiconeurosis en dos grupos, que opone: las neurosis narcisistas
(expresión ahora en desuso, que corresponde a las psicosis) y las neurosis de trasferencia
(histeria, neurosis obsesiva e histeria de angustia) (Introducción del narcisismo, 1914). En las
neurosis narcisistas, la libido inviste al yo y no es movilizable por la cura analítica. Por el
contrario, en las neurosis de trasferencia, la libido, investida en objetos fantasmáticos, es
fácilmente trasferida sobre el psicoanalista.
En cuanto a las neurosis actuales, también ellas se oponen a las neurosis de trasferencia
porque no provienen de un conflicto infantil y no tienen una significación dilucidable. Freud las
considera «estériles» desde el punto de vista analítico, pero reconocerá que la cura puede
ejercer sobre ellas una acción terapéutica.
En reiteradas oportunidades, Freud se esforzó en precisar los mecanismos en juego en las
neurosis de trasferencia (La represión, 1915; Conferencias de introducción al psicoanálisis,
1916; Inhibición, síntoma y angustia, 1926). Trabajó allí las siguientes cuestiones: ¿hay
modalidades diferentes de represión en las diversas neurosis de trasferencia? ¿En qué
tendencias libidinales recae? ¿De qué manera fracasa o, dicho de otro modo, cómo se forman
los síntomas? ¿Hay otros mecanismos de defensa en juego? ¿Qué lugar le cabe a la regresión?
Sin que pueda resumirse el rumbo de su pensamiento, se puede establecer simplemente que, en
la histeria, la represión desempeña el papel principal, mientras que en la neurosis obsesiva
intervienen otros mecanismos de defensa, que son la anulación retroactiva y el aislamiento.
El Edipo, complejo nuclear de las neurosis. Freud situó al Edipo como el núcleo de toda neurosis de trasferencia: «La tarea del hijo consiste en desprender de su madre sus deseos libidinales para volver a ponerlos en un objeto real ajeno, en reconciliarse con el padre si le guarda cierta hostilidad o en emanciparse de su tiranía cuando, por reacción contra su rebelión infantil, se ha convertido en su esclavo sumiso. Estas tareas se imponen a todos y cada uno y debe
observarse que su cumplimiento rara vez se logra de una manera ideal (...) Los neuróticos
fracasan totalmente en estas tareas, permaneciendo el hijo toda su vida inclinado bajo el peso de
la autoridad del padre y siendo incapaz de volver a colocar su libido en un objeto sexual ajeno.
Tal puede ser también, mutatis mutandis, el destino de la hija. En este sentido preciso, el
complejo de Edipo puede ser considerado como el núcleo de las neurosis» (Conferencias de
introducción al psicoanálisis).
¿Por qué persiste este apego a los padres, en buena parte inconciente? ¿Por qué no es
superado, sobrepasado, el Edipo? Porque las reivindicaciones libidinales edípicas son reprimidas
y se hacen así perennes, En cuanto al móvil de la represión, Freud va a precisar que se trata de
la angustia de castración, quedando abierta para él la cuestión de lo que perpetúa esta angustia
(Inhibición, síntoma y angustia). Para Lacan, la angustia de castración viene a señalar que la
operación normativa que es la simbolización de la castración no ha sido totalmente realizada.
Esta se realiza por vía del Edipo. La castración, es decir, la pérdida del objeto perfectamente
satisfactorio y adaptado, está determinada simplemente por el lenguaje, y el Edipo permite
simbolizarla atribuyéndola a una exigencia que el Padre (la función paterna simbólica tal como
nosotros la imaginamos) tendría respecto de todos. Habiendo sido simbolizada la castración,
persiste habitualmente una fijación al Padre, que es nuestro modo ordinario de normalidad
(designado por el término síntoma en su acepción lacaniana).
Pero, si el síntoma no es la neurosis, ¿cuáles son entonces los factores que hacen al Edipo
neurotizante? No se puede dejar de evocar la influencia de los padres reales, pero, ¿con qué
criterio evaluarla? Lacan afirma que lo patógeno es la discordancia entre lo que el sujeto percibe
del padre real y la función paterna simbólica (El mito individual del neurótico, 1953). El problema
es que tal discordancia es inevitable y por lo tanto es peligroso atribuir la neurosis a lo que los
padres le hicieron o no le hicieron sufrir al niño. Se vuelve a encontrar aquí la cuestión que se le
había planteado a Freud desde sus principios, a propósito de la cual terminó concluyendo que,
en la neurosis, lo que importa es la «realidad psíquica».
Retomando la expresión mito individual, Ch. Melman insiste en la importancia de la historización
en la constitución de la neurosis. Resalta que hay un rechazo de la situación general común:
rechazo de la aceptación de la pérdida del objeto, que, desde entonces, es atribuida no a una
exigencia del padre sino a una historia estimada como original y exclusiva (y que forzosamente
no lo es: insuficiencia del amor materno, impotencia del padre real, trauma sexual, nacimiento de
un hermano o hermana, etc.). Allí donde el mito edípico, mito colectivo, abre una promesa, el mito
individual del neurótico hace perenne un daño. Y si bien hay también allí una fijación al padre, es
por el reclamo que se le dirige de reparar ese daño.
Así, no sólo al padre y a la madre el neurótico permanece atado, sino, más ampliamente, a una
situación original que su mito individual organiza. Ch. Melman observa que esta situación está
estructurada como un libreto y que este libreto va a repetirse a lo largo de toda la vida
imponiendo sus estereotipias y su fracaso a las diversas circunstancias que se presentarán.
Esta captura en un libreto es propia de la neurosis. En la psicosis, no hay drama edípico que
pueda ser representado. En la fobia, que es de un tiempo anterior a la neurosis, hay repetición
de un elemento idéntico que es el elemento fobígeno, pero que no se inscribe en un libreto. En
cuanto a la perversión, se caracteriza por un montaje inmutable que tiene como objetivo dar
acceso al objeto sin acordar un lugar ni una historia a personajes específicos. De este modo, «lo
real establecido en la infancia va a servir de modelo para todas las situaciones por venir, la vida
se presenta como un sueño sometido a la ley del corazón [expresión de Hegel retomada por
Lacan] Y al desprecio de una realidad forzosamente distinta, y el conflicto sigue siendo el de
antaño» (Ch. Melman, Seminario 1986-87, inédito). El punto fundamental, en razón de sus
consecuencias clínicas, es que el libreto desemboque en el fracaso: «La manera en que el
neurótico aborda lo real muestra que reproduce, incambiada, la situación del fracaso originario».
¿Qué significación darle a esta repetición del fracaso? ¿Se trata de conseguir al fin una
captación perfecta del objeto o, por el contrario, de lograr que su pérdida sea verdaderamente
definitiva? Se verá que la posición del neurótico oscila entre estas dos metas opuestas.
La relación del neurótico con el Otro. Para el neurótico, como para todo serhablante, la relación
fundamental es con el Otro. La relación narcisista es por cierto de una gran pregnancia en la
neurosis (por lo que las reacciones paranoicas no son excepcionales en ella), pero toma su
estructura de la relación con el Otro. Para retomar, con otros términos, lo dicho
precedentemente: el Edipo, a través de la promoción del nombre-del-padre, propone un pacto
simbólico. Por medio de la renuncia a un cierto goce (el del objeto a), el sujeto puede tener un
acceso lícito al goce fálico. Para el futuro neurótico, las condiciones del pacto están bien
establecidas (lo que no es el caso para el psicótico), pero él no va a renunciar completamente al
goce del objeto a (como se ve muy bien en la neurosis obsesiva, e incluso frecuentemente en la
histeria), como tampoco va a renunciar a pretenderse no castrado.
¿Cómo se defiende entonces? Imaginarizando el Nombre-del-Padre, que es un significante, y
haciendo de él el Padre ideal, que, como dice Lacan, «cerraría los ojos ante los deseos», no
exigiría la estricta aplicación del pacto simbólico. El neurótico da existencia de este modo al Otro
que, por definición, sólo es un lugar. El dispositivo de la cura, con su posición acostada y con la
invisibilidad del psicoanalista, hace más sensible esta necesidad de la existencia del Otro: es al
Otro, y no a la persona del psicoanalista, al que se dirigen los llamados y las interrogaciones del
analizante.
La trasferencia neurótica es esta creencia, muy a menudo inconciente, en el Padre ideal, que se
supone acoge la queja, se conmueve con ella y aporta su remedio, y que es «supuesto saber»
acerca de la senda en que el sujeto debería comprometer su deseo. La trasferencia es el motor
de la cura puesto que la interrogación del «sujeto supuesto [al] saber» le permite al analizante
adquirir los elementos de ese saber, pero es también el obstáculo para su fin, puesto que este
fin implica la destitución de ese Padre ideal.
El neurótico se querría a la imagen de ese Padre: sin falta, no castrado; por eso Lacan dice que
tiene un yo «fuerte», un yo que, con toda su fuerza, niega la castración que ha sufrido. Lacan
indica así que toda tentativa de reforzar al yo agrava sus defensas y va en el sentido de la
neurosis. A pesar de estar en contradicción con la expresión yo «débil» empleada por Freud,
Lacan está de acuerdo con lo que, al final de su obra, Freud formula sobre la «roca de la castración», que no es otra cosa que el rechazo a admitir la castración (Análisis terminable e interminable, 1937).
Defendiéndose de la castración, el neurótico la sigue temiendo como amenaza imaginaria, y al no
saber nunca muy bien en qué puede autorizarse -respecto de su palabra o de su goce-,
mantiene sus limitaciones. Cuando estas son demasiado intolerables, el llamado a la indulgencia
del Otro puede, momentáneamente, trasformarse en un llamado a cumplir su castración, lo que
no constituye para nada un progreso, porque enseguida se imagina que es el Otro el que pide su
castración, que, desde ese momento, rechaza. «Lo que el neurótico no quiere, y rechaza
encarnizadamente hasta el fin del análisis, es sacrificar su castración al goce del Otro, dejándola
que sirva para ese fin» («Subversión del sujeto y dialéctica del deseo en el inconciente
freudiano», 1960; Escritos, 1966).
El psicoanálisis, que no está al servicio de la moral ordinaria (de inspiración edípica y que
preconiza la ley paterna), debe permitirle al sujeto interrogarse tanto sobre la elección de goce
que ha hecho como sobre la existencia del Otro.
Histeria y neurosis obsesiva. Las dos principales neurosis de trasferencia son la histeria y la
neurosis obsesiva. Freud ha incluido entre las neurosis de trasferencia a ciertas fobias, bajo la
denominación de histeria de angustia, aproximándolas así a la histeria. Lacan, al final de su
enseñanza, dio a la fobia otro lugar, calificándola de «plataforma giratoria» hacia otras
estructuras, neuróticas o perversas. Ch. Melman, como se ha visto, separa radicalmente la
estructura fóbica de la neurosis.
La histeria y la neurosis obsesiva pueden ser opuestas sistemáticamente en cierto número de
puntos:
el sexo: predominancia femenina en la histeria y predominancia masculina todavía más marcada
en la neurosis obsesiva. Si se sitúa la neurosis, no con relación al sexo anatómico, sino a la
posición sexuada («sexuación»), la oposición se hace todavía más nítida: la histeria es propia de
la posición femenina, y la neurosis obsesiva, de la posición masculina. En el primer caso [la
histeria], la cuestión del sexo es central (cuestión inconciente que Lacan formula como: «¿soy
hombre o mujer?» o: «¿qué es una mujer?»); en el segundo (la neurosis obsesiva], es central la
cuestión de la deuda simbólica impaga, que se formula en los temas de la existencia y de la
muerte; la sintomatología: propende a lo somático en la histeria, puramente mental en la neurosis
obsesiva-, el mecanismo psíquico en juego: represión en la histeria, aislamiento y anulación retroactiva en la neurosis obsesiva; el objeto preeminente y la dialéctica operante respecto del Otro: en la histeria, el seno que simboliza la demanda hecha al Otro; en la neurosis obsesiva, las heces que simbolizan la demanda hecha por el Otro; la condición que determina la angustia: pérdida del amor en la histeria, angustia ante el superyó en la neurosis obsesiva;
la subjetividad: la histeria es la manifestación de la subjetividad, la neurosis obsesiva es la
tentativa de abolirla. Se entiende que la sintomatología, en el primer caso, pueda ser exuberante
e incluso «teatral», y que, en el segundo, esté mucho tiempo disimulada:
el tipo de obstáculo puesto a la realización del deseo: Lacan señala el carácter «insatisfecho»
del deseo de la histérica («el deseo se mantiene por la insatisfacción que se le aporta al
sustraerse como objeto») y el carácter «imposible» que reviste el deseo en el obsesivo.
Esta serie de oposiciones subraya la «antipatía profunda» (Melman) entre las dos neurosis. Con
todo, hay que precisar que histeria y neurosis obsesiva no se sitúan en el mismo plano, en la
medida en que el término histeria no connota sólo una neurosis, sino, mucho más ampliamente,
un discurso, aquel en que la subjetividad ocupa la posición amo, y que puede ser adoptado por
cualquiera. Esto da cuenta, y no por argumentos genéticos, de la posibilidad de rasgos histéricos
en una neurosis obsesiva.
******************************************************************************************************

Neurosis
Alemán: Neurose.
Francés: Névrose.
Inglés: Neurosis.
Término propuesto en 1769 por el médico escocés William Cullen (1710-1790) para designar las
enfermedades nerviosas que entrañan un trastorno de la personalidad. Fue popularizado en
Francia por Plillippe Pinel (1745-1826) en 1785. Como concepto técnico empleado por Sigmund
Freud a partir de 1893, se aplica a las enfermedades nerviosas cuyos síntomas simbolizan un conflicto psíquico reprimido de origen infantil.
Con el desarrollo del psicoanálisis, el concepto evolucionó, para encontrar finalmente su lugar en
una estructura tripartita, junto a la psicosis y la perversión.
En consecuencia, desde el punto de vista freudiano, en el registro de la neurosis se clasifican la
histeria y la neurosis obsesiva, a las cuales hay que añadir la neurosis actual, que comprende la
neurosis de angustia y la neurastenia, y la psiconeurosis, que abarca la neurosis de
transferencia y la neurosis narcisista.
La expresión "neurosis de carácter" es propia de la terminología de Edward Glover y de la doctrina de Wilhelm Reich; la noción de neurosis de fracaso fue forjada por René Laforgue, y la de neurosis de abandono por la psicoanalista suiza Germaine Guex (1904-1984).
El término neurosis fue creado por William Cullen durante la segunda mitad del siglo XVIII, y
atestigua la renovación de la mirada clínica que le daba prioridad a la disección de cadáveres y
por lo tanto a la observación "directa" y post mortem de los órganos afectados por las diversas
patologías. De allí la idea de crear una palabra genérica para designar el conjunto de afecciones
de la sensibilidad y la motricidad sin fiebre y sin relación con algún órgano.
De tal modo nació la definición moderna de la neurosis, que por la vía negativa permitió construir
una nosografía excluyendo de su campo el ámbito de las enfermedades para las cuales la nueva
medicina anatomopatológica no encontraba explicación orgánica. Philippe Pinel retomó muy
pronto el término y, un siglo más tarde, Jean Martin Charcot lo popularizó, haciendo de la histeria
una enfermedad funcional (y por lo tanto una neurosis), mientras que su alumno Pierre Janet se
orientaría hacia la idea de una pura causalidad psíquica. En la terminología de Janet, que iba a
marcar a todos los clínicos franceses del período de entreguerras, la neurosis pasaba a ser una
enfermedad de la personalidad, caracterizada por conflictos psíquicos que perturbaban las
conductas sociales. Janet distinguía dos tipos de neurosis: la histeria, en la cual había una
retracción del campo de la conciencia, y la psicastenia, en la que se ponía de manifiesto un
debilitamiento de la función de adaptación a la realidad.
Después de su encuentro con Charcot, Freud comenzó a definir también la histeria como una
neurosis, pero con una perspectiva totalmente distinta de la de Janet. Desprendió definitivamente
a la histeria de la conjetura uterina, asociándola a una etiología sexual y un enraizamiento en el
inconsciente. En adelante, y después de la publicación de Estudios sobre la histeria en 1895, la
histeria en el sentido freudiano se convirtió en el prototipo de la neurosis como tal para el
discurso psicoanalítico. Quedó definida como una enfermedad nerviosa en la cual había
intervenido en primer lugar un trauma. De allí la idea defendida por Freud de que los pacientes
afectados de neurosis histérica, en general mujeres, habían sufrido abusos sexuales en la
infancia. Después del abandono en 1897 de esta teoría llamada de la seducción, la neurosis
pasó a ser una afección ligada a un conflicto psíquico inconsciente de origen infantil, con una
causa sexual. Resultaba de un mecanismo de defensa contra la angustia, y de una formación de
compromiso entre esa defensa y la posible realización de un deseo.
Paralelamente, a partir de 1894, Freud adoptó el término psiconeurosis (que abandonaría más
tarde) para ampliar la definición de la neurosis. Clasificó por un lado los fenómenos de defensa
(o psiconeurosis de defensa) derivados de una situación edípica (fobia, obsesiones, histeria), y
por el otro las problemáticas narcisistas (o psiconeurosis narcisistas) derivadas de una
situación preedípica. Con las nuevas definiciones, de principio del siglo XX, de la paranoia y la
esquizofrenia, las psiconeurosis de defensa fueron catalogadas como neurosis, y las
psiconeurosis narcisistas incluidas en la categoría de las psicosis.
Junto a la histeria, y en el marco de las psiconeurosis de defensa, Freud formuló en 1894 una
definición de la neurosis obsesiva: "He tenido que comenzar mi trabajo con una innovación
nosográfica. Junto a la histeria, he encontrado razones para ubicar la neurosis de obsesiones
(Zwangneurose) como afección autónoma e independiente, aunque la mayoría de los autores
clasifican las obsesiones entre los síndromes que constituyen la degeneración mental, o las
confunden con la neurastenia.- Cuatro años después, en 1898, Freud empleó la expresión
"neurosis actual" para designar la neurosis de angustia (o excitabilidad nerviosa) y la
neurastenia, que según él no cedían a la cura psicoanalítica. Se trataba de una neurosis en la
cual el conflicto surgía de la actualidad del sujeto, y no de su historia infantil, y el síntoma no era
una simbolización.
Entre 1914 y 1924 Freud conservó la definición clásica que había dado de la neurosis al principio
de sus descubrimientos y de sus experiencias clínicas. Pero después de los grandes debates
con Carl Gustav Jung y Eugen Bleuler sobre la disociación, el autoerotismo y el narcisismo, y con
la ulterior entrada en la escena de la segunda tópica, organizada en torno a la trilogía del yo, el
ello y el superyó, organizó en una estructura la pareja formada por la neurosis y la psicosis, a
las cuales añadió la perversión.
Partiendo de la distinción entre el narcisismo primario en el que el sujeto inviste la libido en si
mismo, y el narcisismo secundario, en el que hay una retracción de la libido sobre los fantasmas,
Freud define la oposición entre neurosis y psicosis como resultado de dos actitudes derivadas
de un clivaje del yo. En la neurosis hay un conflicto entre el yo y el ello, y coexistencia de una
actitud que contraría la exigencia pulsional con otra que tiene en cuenta la realidad, mientras que
en la psicosis hay un trastorno entre el yo y el mundo exterior, que se traduce en la producción
de una realidad delirante y alucinatoria (la locura).
Freud completó este edificio estructural introduciendo un tercer elemento: la perversión. Después de haber considerado, en 1905, en los Tres ensayos de teoría sexual, que la neurosis era el "negativo de la perversión", caracterizó a esta última como una manifestación en bruto y no reprimida de la sexualidad infantil (perversa polimorfa). Desde este punto de vista, los tres términos terminaron reunidos: la neurosis como resultado de un conflicto con represión, la psicosis como reconstrucción de una realidad alucinatoria, y la perversión como renegación de la castración, con fijación en la sexualidad infantil.
A partir de la década de 1950, este modelo del freudismo clásico fue cuestionado, sobre todo en
los Estados Unidos y Gran Bretaña, con la aparición de la noción de estados límite, por un lado, y
por el otro, de las nuevas concepciones de la neurosis derivadas de los trabajos de Donald
Woods Winnicott y Heinz Kohut, centradas en la cuestión del self.