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Estudio del psicoanálisis y psicología

Diccionario de psicología, letra P, Padre real, padre imaginario, padre simbólico



Padre real, padre imaginario, padre simbólico.
Registros diferentes bajo los cuales se presenta la paternidad, en la medida en que remite a su compleja función.
Si el complejo de Edipo, planteado por S. Freud como constitutivo para el sujeto humano, parece ordenarse en primer lugar como una triangulación, donde el niño toma como objeto de amor al progenitor del sexo opuesto y rivaliza con el progenitor del mismo sexo, también es cierto que las posiciones de la madre y el padre no son equivalentes.
¿Cómo concebir en efecto lo que sucede con el padre? Objeto de una identificación primaria, tomado de entrada como ideal, aparece al mismo tiempo, al menos en el varón, como rival,
cuando el niño intenta apropiarse del primer objeto de amor, la madre. En la niña, las cosas se
complican más por el hecho de que en un primer momento este objeto de amor es el mismo, y
que, al menos para Freud, el padre sólo puede ser elegido como objeto al término de una historia.
Pero sobre todo no se puede dejar de percibir que hay una distancia importante entre la figura
del padre en el mito edípico y la personalidad del padre tal como aparece en la realidad familiar.
Esto no quiere decir que uno de estos dos términos deba ser descalificado en provecho del otro, sino que obliga a distinguir los niveles y las funciones de nuestras referencias al padre, tanto más cuanto que estas distinciones son esenciales en la experiencia de la cura.
Llamemos, en un primer momento, padre real al padre concreto, el de la realidad familiar, que
tiene sus particularidades, sus elecciones, pero también sus dificultades propias. Su sitio
efectivo en la familia varía en función de la cultura, que no siempre parece dejarle las manos
libres, pero también, al mismo tiempo, de su historia singular, que no deja de tener impasses o inhibiciones. De este padre, parece, se espera mucho: que haga valer la ley simbólica, que es ante todo prohibición del incesto, que disponga un acceso atemperado al goce sexual. En este sentido, «haría falta -nos indica J. Lacan (El mito individual del neurótico, 1953)- que el padre (...) representara en toda su plenitud el valor simbólico cristalizado en su función». Ahora bien, dice, «este recubrimiento de lo simbólico y de lo real es absolutamente inasible. Al menos en una estructura social como la nuestra, el padre es siempre, por algún lado, un padre discordante respecto de su función, un padre carente, un padre humillado, como diría el Sr. Claudeb.
Esta discordancia tiene consecuencias esenciales. Ya desde 1938, en un artículo sobre La
familia: el complejo, factor concreto de la psicología familiar, los complejos familiares en
patología, Lacan ve en la carencia del padre respecto de lo que implica su función el «nódulo» de «la gran neurosis contemporánea». En efecto, cuando el niño encuentra en el padre un obstáculo algo consistente se refuerzan «el impulso instintivo» y «la dialéctica de las
sublimaciones». De otro modo, nos encontramos con «la impotencia y la utopía, madrinas
siniestras instaladas en la cuna del neurótico».
Sin embargo, no es satisfactorio presentar la cuestión de la carencia del padre como si pudiese ser representada sobre una única escala de valores, donde el padre real se viera obligado a ponerse a la altura exigible del padre simbólico. La función paterna no puede ser expuesta en su complejidad a menos que se especifique lo que depende de lo simbólico, de lo imaginario y de lo real, como tres órdenes diferenciados.
El padre simbólico es aquel al que remite la ley, ya que la prohibición [interdicción], en la
estructura, siempre está proferida en el Nombre-del-Padre. Se puede agregar que se trata del
padre muerto: si Freud, en Tótem y tabú (1912-13), funda la prohibición en la culpabilidad de los hijos después de la muerte del padre de la horda primitiva, es sin duda porque en el inconciente de cada uno la Ley está referida ante todo a una instancia idealizada o, mejor aún, a un puro significante. Es en tanto hay un significante del Nombre-del-Padre como puede haber castración, es decir, esa operación que limita y ordena el deseo del sujeto. Esta castración, por supuesto, no es una mutilación real. No se confunde tampoco con las representaciones fantasmáticas de desmembramiento, de eviración o de eventración. Sin embargo, este imaginario está presente en el sujeto y es tanto más embarazoso cuanto peor haya funcionado la castración simbólica. En cuanto al padre imaginario, ya sea que aparezca como terrible o como bondadoso, lo que se le atribuye es la castración o, mejor dicho, la privación de la madre, el hecho de que ella no posea el falo simbólico con el que el niño se ha identificado al principio. En la lógica de la teoría freudiana, porque choca con la falta de la madre el niño se introduce a la cuestión de su propia castración.
En esta perspectiva, hay que hacerle, junto con Lacan, un lugar aparte a la noción de padre real.
La función del padre real no es proferir la prohibición, que resulta finalmente de la captación que hace el lenguaje del sujeto humano, y que se organiza alrededor del Nombre-del-Padre. El padre real es el que le permite al niño tener acceso al deseo sexual, el que le permite especialmente al varón tener una posición viril. Para ello, conviene que el padre real pueda dar prueba de que posee la carta de triunfo maestra, el pene real: la interdicción sólo puede hacer pasar al sujeto a una posición sexuada a condición de que la madre, interdicta para él, esté interdicta porque el padre la posee, no porque la sexualidad sea en general una actividad vulgar o inconveniente. Si el padre de la realidad puede ser llamado carente, es en tanto no sostiene la función del padre real así como la hemos descrito. Debemos cuidarnos sin embargo de tomar todos estos enunciados como otras tantas normas propuestas al hombre contemporáneo: así como no aboga por la ley (por ejemplo en las instituciones psiquiátricas, donde se ha confundido demasiado el reglamento con la ley simbólica), el psicoanálisis tampoco prescribe al padre real un comportamiento determinado respecto de lo que sería su rol viril. Se limita a demostrar las consecuencias de la estructura.
En su seminario sobre La relación de objeto y las estructuras freudianas (1956-57), Lacan ha
dado una ilustración cautivante de la «detriplicación» del padre, a propósito del caso del pequeño Hans [Juanito], El padre real, amable, buen hijo él mismo pero esposo discreto, es carente a pesar de su presencia constante junto a Hans. Freud interviene entonces como padre imaginario, casi como divinidad, profiriendo la prohibición del incesto «desde el Sinaí». Los que adquieren valor simbólico a partir de esta intervención son los «mitos», los fantasmas que Hans va a forjar poco a poco y que van a permitir finalmente al niño ahorrarse su síntoma fóbico.