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Estudio del psicoanálisis y psicología

Diccionario de psicología, letra A, Ágalma



Agalma.

Este término griego, que puede traducirse como ornamento, tesoro, objeto de ofrenda a los
dioses o, de manera más abstracta, valor, representa el punto pivotal de la conceptualización lacaniana del objeto causa del deseo, «el objeto a».
Es en el seminario de 1960-1961, le Transfiert dans sa disparité subjective, sa prétendue
situation, ses excursions techniques, donde Lacan, para «hacernos entrar en el gran enigma del
amor de transferencia», introduce este término y reformula la cuestión de la relación del sujeto
inconsciente con el objeto de su deseo. La observación clínica del amor de transferencia y las
consecuencias que se extraen de él para la conducción de la cura quebrarán el hábito de
pensar el objeto del deseo como ese objeto redondo y total que lo colmaría como un Bien, incluso
como un Bien soberano. El objeto a, en la teoría lacaniana, no se sitúa como un objeto cuyas
cualidades específicas colmarían con su presencia el deseo o lo frustrarían con su ausencia; su
función es ser causa del deseo, suscitarlo. Desde Freud, se sabe que la confusión entre esa
función y la posibilidad de una satisfacción se produce cuando sólo se toma en cuenta el principio de placer y su correlato, el principio de realidad. Ahora bien, la repetición, en la que se manifiesta la pulsión de muerte, vuelve discutible la pretendida evidencia de los procesos de satisfacción, y postula la división del sujeto con relación a su deseo, de una manera tal que la
oposición kleiniana entre el objeto bueno y el objeto malo resulta insuficiente. La división del sujeto implica que éste sólo se relaciona con un objeto parcial, cuyo resplandor fugitivo, el ágalma, no será jamás ese relámpago heraclíteo comentado por Heidegger, que ilumina
totalizando un universo. Finalmente, el objeto del deseo, orientado por nuestra demanda de amor
dirigida al Otro, sólo podrá aferrar un objeto parcial, pues nunca será otra cosa que el sustituto
de un objeto perdido, del cual sólo conserva la huella de una aureola mítica. ¿Por qué está
perdido ese objeto? En tal sentido se evoca a veces la pérdida en el destete de un seno que
colma. La teoría lacaniana, lejos de desconocer la importancia de la oralidad, reinscribe la
problemática del objeto con relación al deseo humano, es decir, con relación al deseo de un «ser
hablante» («parlêtre»), deseo que encuentra su razón y su consistencia en el lenguaje mismo.
Ahora bien, por su función de representación, y no de presentación, el lenguaje signa ya la
ausencia de la Cosa (das Ding), como lo indica Lacan, evocando con este término a Heidegger.
Más radicalmente, las oposiciones diferenciales que definen los significantes hacen que el objeto
de un deseo totalmente tejido por el lenguaje sea esa parte de real que excede los efectos de
sentido, aun cuando ese exceso sólo se mida por los juegos retóricos -metáforas y metonimias-
de esos significantes.
Si Lacan, en el seminario le Transfert, a propósito del Banquete de Platón y particularmente a propósito del elogio de Sócrates por Alcibíades, analiza en el texto la palabra «ágalma», objeto brillante oculto en el interior de ese sileno grotesco que representa el personaje atópico de Sócrates, lo hace pues para ubicar de entrada el objeto del deseo como lo que está cargado con un peso de símbolos y de intercambios, como lo que, en el alba de la economía mercantil que hará de la moneda la representación del valor, marca su naturaleza de objeto de comercio lenguajero.
En el artículo de Louis Gernet titulado «La notion mythique de la valeur en Grèce», encontramos
la explicación de esta palabra; ágalma viene de agállein, que significa a la vez adornar o
engalanar y honrar; el término se relaciona con todo tipo de objetos, en la medida que sean
preciosos: trípodes, vasos, joyas, regalos de bodas o premios de concursos; en el período
clásico, constituían ofrendas a los dioses y a veces representaban sus imágenes. Son objetos
de intercambios y de transmisiones míticas, como el trípode de los Siete Sabios; objetos mágicos
de poder benéfico o maléfico, como el collar de Erifila, el vellocino de oro o el anillo de Polícrates;
insignias del poder o de su pérdida posible, objetos codiciados por hombres cuyo destino de
héroes rigen. Su origen misterioso les procura un resplandor divino: una copa de oro surgida del
mar, un anillo en el dedo de un cadáver desconocido, un trípode que fue regalo de bodas
divinas. En la argumentación de Gernet, en la que se advierte la convergencia con los trabajos
de Marcel Mauss sobre el don, es posible captar lo que quizá marca todavía la noción abstracta
del valor según lo definen los intercambios monetarios: «En el valor y por lo tanto en el signo
mismo que lo representa, hay un núcleo irreductible a lo que vulgarmente se llama pensamiento
racional».
Lo que seduce a Alcibíades en Sócrates es su ágalma; Alcibíades compara a Sócrates con la figurilla grotesca del Sileno; Lacan observa que en esa época los objetos de ese tipo eran
también cofrecillos de alhajas, servían para guardar cosas. El ágalma es, por lo tanto, no sólo un objeto precioso, sino asimismo un objeto oculto en «el interior»; finalmente, como objeto de ofrenda, es aquello mediante lo cual se puede captar, atraer la atención divina. En la lección 10 del seminario mencionado, Lacan dice lo siguiente: «Si este objeto los apasiona es porque allí dentro, oculto en él, está el objeto del deseo, ágalma (el peso, la cosa por la cual es interesante saber dónde está ese famoso objeto, saber su función y saber dónde opera, tanto en la intersubjetividad como en la intrasubjetividad), y en tanto que este objeto privilegiado del deseo
es algo que, para cada uno, culmina en esta frontera, en ese punto límite que les he enseñado a
considerar como la metonimia del discurso inconsciente, donde juega un rol que he tratado de
formalizar [ ... ] en el fantasma».
¿Podríamos decir que el ágalma, más que antepasado de la noción de objeto a (pues en sus seminarios anteriores Lacan ya había abordado esta noción), representa la insistencia del deseo en aquello que la demanda de amor implica de enigmático? Vayamos más lejos: en aquello que la demanda de amor debe conservar de enigmático para un analista cuya escucha no puede regirse por un ideal de comprensión totalizante, y que sabe que es sólo supuesto saber por su paciente. Lejos de dejarnos arrastrar por el aura mítica del antiguo término «ágalma», sin duda podríamos utilizarlo como recordatorio de la irreductibilidad del deseo.
Incluso antes del período depresivo kleiniano, observa Lacan, el deseo se define por ese objeto ágalma, por su carácter deseable, ese «núcleo» -dice- «del objeto bueno o malo». Y esto en tanto que implica una función del objeto en relación con lo que Lacan llama el gran Otro. No obstante, la brillantez enigmática de este objeto entra en la complejidad de las identificaciones:
«ldentificación con aquel a quien demandamos algo en la llamada de amor y, si esta llamada es
rechazada, la identificación con ese mismo al que nos dirigíamos como al objeto de nuestro amor
(ese pasaje tan sensible del amor a identificación), y después, en un tercer tipo de
identificación... la función tercera que toma ese tal objeto característico en tanto que puede ser
el objeto del deseo del otro con el que nos identificamos. En síntesis, hacemos que nuestra
subjetividad se construya totalmente en la pluralidad, en el pluralismo de esos niveles de
identificación que llamaremos ideal del yo, yo ideal, que llamaremos también yo deseante».
(Lección 10)
Esta dialéctica en la que el objeto causa del deseo se encuentra tomado es descrita en el
comentario que Lacan hace del Banquete de Platón, a propósito de las relaciones amorosas
entre Alcibíades y Sócrates. Como es sabido, Sócrates se rehúsa a Alcibíades y, con palabras
que tienen un valor de interpretación, le muestra la naturaleza transferencial de amor que
Alcibíades tiene por él, designando a Agatón como el verdadero objeto de su deseo y el
verdadero receptáculo del ágalma. «Conviene no desconocer que aquí Sócrates, justamente
porque sabe, sustituye una cosa por otra. No es la belleza, ni la ascesis ni la identificación con
Dios lo que desea Alcíbíades, sino ese objeto único, ese algo que él ha visto en Sócrates, y de lo
cual Sócrates lo aparta porque sabe que no lo tiene. Pero Alcibíades desea siempre lo mismo, y lo que busca en Agatón, no lo duden, es ese mismo punto supremo en el que el sujeto está abolido en el fantasma, sus agálmata.» (Lección 11) El hecho de que Platón, sin duda más que Sócrates, oriente entonces esta dialéctica como un ascenso hacia lo Bello, introduce para Lacan un desconocimiento de las leyes del deseo en su relación con el objeto; desconocimiento que sólo puede ser removido por la luz laica del psicoanálisis. Que el ágalma sea en su origen una noción religiosa no implica que aquello que indica deba recobrar el interés religioso.
En tal sentido, el psicoanalista no debe tomarse por un gran sacerdote de lo inconsciente,
aunque su paciente, por amor al ágalma que percibe en él, le otorgue todo poder y toda ciencia.
Es el hecho mismo de la transferencia el que inviste al psicoanalista con la posición del Gran
Otro y lo implica en el lugar de ser quien contiene el ágalma, «objeto fundamental en el que se
trata para el análisis del sujeto en tanto atado, condicionado por esa relación de vacilación que caracterizamos como constitutiva del fantasma fundamental, como instaurando el lugar en el que el sujeto puede fijarse como deseo». (Lección 13.) El analista no posee ni esgrime el ágalma; hará de él un fetiche; estará más bien del lado de Sócrates, que dice que no lo tiene pero que, sin embargo, esa función del objeto del deseo, en su brillo, indica, si no otro poseedor, por lo menos la búsqueda renovada de un deseo vivo, es decir fundamentalmente insatisfecho, porque nunca se alcanza al otro sino a un objeto, parcial por ser objeto del deseo del Otro, parcial por estar tomado en una dialéctica. El ágalma, en la teorización lacaniana del objeto a tomado en la dialéctica de A, marca por lo tanto ese momento de resplandor fugaz que puntúa en el objeto el enigma de lo real que plantea un deseo que es siempre el deseo del Otro.