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Estudio del psicoanálisis y psicología

Diccionario de psicología, letra R, Real (Lacan-Freud):



Real

adj.; a veces se usa como s. m. (fr. réel; ingl. real; al. [das] Reale). Lo que la intervención de lo
simbólico expulsa de la realidad, para un sujeto.
Según J. Lacan, lo real sólo se define con relación a lo simbólico y lo imaginario. Lo simbólico lo
ha expulsado de la realidad. No se trata de la realidad ordenada por lo simbólico, llamada por la
filosofía «representación del mundo exterior». Pero vuelve en la realidad en un lugar donde el
sujeto lo encuentra bajo la forma de algo que lo despierta de su estado ordinario. Definido como
lo imposible, es lo que no puede ser completamente simbolizado en la palabra o la escritura y, por
consiguiente, no cesa de no escribirse [juego de palabras con las categorías lógicas
aristotélicas; en este caso, lo imposible, como lo opuesto correlativo a lo necesario, implica
también una necesidad, la de escapar a lo simbólico en la repetición, pero marcando por
contraste, constantemente, lo que escapa al desplazamiento de lo simbólico, que vuelve como
trauma].
Lo real en su dimensión clínica. Análisis de un sueño de Freud por Lacan. Para el sujeto
moderno, Lacan ha dado a lo real un derecho de ciudadanía. Lo real de que habla se liga a la
estructura que forma con lo imaginario y lo simbólico, deducido esto de una atenta lectura de
Freud. El testimonio de que es impensable sin estos otros dos lo ofrece ya la primera elaboración
de Lacan sobre lo real. En La interpretación de los sueños (1900), Freud analiza un sueño
propio en el que aparece una de sus pacientes, Irma. Lacan reinterpreta este sueño, llamado
comúnmente «el sueño de la inyección de Irma». Y subraya la imagen terrorífica vista por Freud
al fondo de la garganta de su paciente: «grandes manchas blancas», «extraordinarias
formaciones en relieve», «y sobre ellas anchas escaras de un blanco grisáceo». Esta forma
compleja e insituable revela algo real último, ante lo cual todas las palabras se detienen: «el
objeto de angustia por excelencia», dice Lacan, para definir aquello que, tanto en el sueño de
Freud como en la teoría que nos ofrece, aparece como primero. Efectivamente, precede a lo
imaginario, que surge en el sueño bajo la forma de los personajes en los que el sujeto Freud se
proyecta con cierto desorden. Parece llamar a lo que al final del sueño va a dar estructura a esto
imaginario caótico junto a esto real innombrable: lo simbólico. El sueño en efecto concluye con
una fórmula química, que Freud ve ante sus ojos, impresa en gruesos caracteres. Ella manifiesta
la presencia de lo simbólico, y Lacan dice que viene aquí a apaciguar la angustia de Freud,
nacida de la visión de eso real. Es entonces en la relación estructural que mantiene lo real con lo
imaginario y lo simbólico en lo que insiste ya Lacan con esta elaboración, en su seminario sobre
«El yo en la teoría de Freud y en la técnica psicoanalítica», 1954-55, Seminario II (1978).
Lo real en la alucinación. Por otra parte, en su Respuesta al comentario de Jean Hyppolite
sobre la «Verneinung» de Freud (febrero de 1954; en Escritos, 1966), Lacan precisa por
escrito el alcance de esta relación estructural. «Lo que no ha venido a la luz de lo simbólico
reaparece en lo real». ¿En qué sentido? Para que lo real no se manifieste más de una manera
intrusiva en la existencia del sujeto, es necesario que sea tutelado por lo simbólico, como sucede
en el sueño. Para ello se requiere la afirmación inaugural (al. die Bejahung), en la que se
enraíza el juicio atributivo del sujeto del inconciente, que implica la afirmación de lo simbólico: su
reconocimiento por el sujeto. Este reconocimiento supone la castración y la asunción de la
función paterna, Si esto no llega a lo simbólico, toda la economía subjetiva resulta realmente
modificada, como sucede en las psicosis. «La castración (...) cercenada por el sujeto de los
límites mismos de lo posible, pero también sustraída así a las posibilidades de la palabra, va a
aparecer en lo real, erráticamente» (ibid.). Es la alucinación. Común en las psicosis, fundadas
precisamente en la forclusión (al. Verwerfung) de la función simbólica del padre, surge un día
para ese paciente en análisis con Freud, el Hombre de los Lobos, cuando a los cinco años cree
ver que su dedo, seccionado, sólo se mantiene colgando de la piel (De la historia de una
neurosis infantil, 1918). La castración, que el sujeto recusa hasta el punto de ignorar su
incidencia estructural sobre la realidad, retorna aquí de un modo errático tal que el sujeto, al
volver de esta alucinación, no puede decir nada sobre ello. Lo real de la alucinación irrumpe en el
campo de la realidad. Al no estar pacificado de ninguna manera, se presenta bajo la forma de
una imagen totalmente extraña al sujeto. Ella manifiesta la presencia de esa cosa real de la que
el sujeto no se ha separado al haber evitado la sanción de lo simbólico. Es que, antes del
advenimiento del sujeto del inconciente y de su pasaje simbólico a la existencia, lo real, dice
Lacan, «ya estaba allí». Agreguemos que de ordinario le toca a la madre encarnarlo. Esto real
esperaba la intervención simbólica del padre, que le evita al niño quedar a merced del deseo de
la madre. Si esta intervención no opera, los significantes de la paternidad y de la castración
reaparecen en lo real para un sujeto que ignora su sentido y no puede interpretarlos, como en el
caso del delirio del presidente Schreber. Que se dirija a Dios como a un significante enigmático y
que reciba mensajes de él es algo que da cuenta en lo real de la forclusión de esta función
paterna.
La existencia de lo real. Real y realidad. Si lo real es lo que ya estaba allí, es por lo tanto
evidente que es precisamente lo que escapa a la captación total por lo simbólico: si lo real por lo
común se calla, es porque se mantiene más allá de lo simbólico que lo ha hecho callar. Lo
simbólico vehiculizado por los significantes permite al sujeto expulsar del campo de su
representación la realidad, eso real ya allí. En Los cuatro conceptos fundamentales del
psicoanálisis (1964), Lacan retiene de esta puesta fuera de campo de lo real por lo simbólico
una definición que insiste en el retorno y la existencia irreductible de esto real, aun tutelado: «Lo
real es aquí lo que vuelve siempre al mismo lugar, a ese lugar donde el sujeto, en tanto cogita (...)
no lo encuentra». Lacan se ve así llevado a indicar en el capítulo V de Más allá del principio de
placer (1920) la relación del pensamiento con lo real. En la repetición, el automatismo determina
el retorno de los significantes que marcan el destino de un sujeto. Más allá de lo que el sujeto
repite, lo real que es de él se caracteriza por no ser encontrado, por escapar a la captación del
pensamiento. Puede también ser registrado en la clínica como el «mal encuentro» experimentado
por el sujeto: en el caso del accidente citado por Freud y retomado como ejemplo por Lacan. Un
padre sueña que su hijo, muerto en la realidad a consecuencia de una fiebre, lo interpela:
«¡Padre!, ¿no ves que ardo?», sin despertarse, mientras en la otra habitación arden [al haberse
caído una vela] los despojos mortales del niño, cuidados por un viejo. Pero enuncia para sí en el
sueño una frase que es en sí misma una brasa «en el punto más cruel del objeto», dice Lacan.
Pues da testimonio de su deseo imposible de que todavía viva. El fuego recae sobre lo que aquí
es sustraído a los significantes mismos: lo real del sufrimiento y la muerte («Sueño del niño
muerto que arde», en La interpretación de los sueños, 1900).
Lo real presentado por la escritura. Si vuelve siempre en ese lugar en que el sujeto no lo
encuentra, o tropieza con él, es porque este lugar mismo existe y sostiene a lo simbólico en esta
existencia por la que el sujeto lo ha expulsado de su representación y ha construido su realidad.
Lacan llega entonces a decir que «lo imposible es lo real», y completa su definición afirmando
que lo imposible «no cesa de no escribirse». Esta definición permite precisar lo que significa lo
real con relación al lenguaje. El significante, soporte de lo simbólico, permite inscribir la
castración simbólica, que constituye el marco de la percepción de la realidad. El lugar de lo real
siempre es pifiado por el sujeto, y lo imposible, en tanto real, ya no es, como lo era en la filosofía
aristotélica, lo que no puede ser. Con el discurso psicoanalítico, deviene aquello que existe para
un sujeto y que sólo puede ser registrado por él, porque lo simbólico, al inscribirse para un
sujeto, ha instalado al mismo tiempo a lo real. Es que el sujeto, al conferirle un marco simbólico a
su percepción de la realidad, rechaza fuera de ese campo algo real que a partir de allí instala y
que para él permanece siempre presente. No puede tener de él una aprehensión directa porque
la dimensión simbólica recubre eso real al mismo tiempo que lo cierne. Ahora bien, lo simbólico
procede de una necesidad que no cesa de escribirse, en particular en el uso que hace el lógico
de la escritura formal. Se comprende así por qué Lacan usó el escrito, para intentar, por medio
del escrito, cernir lo real con que el analista se las ve privilegiadamente en la clínica. Lacan
define, por lo tanto, al lado de lo que «no cesa de escribirse» (necesidad de una primera
inscripción simbólica), algo real que, por su parte, no cesa de no escribirse, porque lo simbólico
mismo lo ha establecido: algo real que subyace en toda simbolización. Es así como, a través de
una escritura formal, Lacan se esfuerza por cernir eso real con lo que trata la clínica
psicoanalítica.
Pero esta escritura tomada de la lógica permanece tributaría no de las concepciones de la lógica
sino de su uso de los símbolos (cuantificadores, variables) y, por lo tanto, de una formalización
simbólica. Por eso Lacan va a inventar una escritura que no le debe nada a los símbolos, sino a
su materialidad únicamente, y que le permite no sólo cernir lo real sino también presentarlo
materialmente. Esta escritura es tributaria de la teoría matemática de los nudos y se presenta
bajo la forma de redondeles anudados conjuntamente: el redondel de lo real, el de lo simbólico y
el de lo imaginario. En última instancia, el nudo borromeo demuestra, por su sola materialidad, la
existencia de lo real definido treinta años antes. Si se quiere simplemente prestar atención a este
dibujo, se comprueba, dice Lacan, que, al ser diferentes, los redondeles de lo real, de lo
simbólico y de lo imaginario se mantienen juntos gracias sólo a la materialidad «real» de su
anudamiento. Si se corta uno, todos se liberan. Una vez que se ha admitido que este
anudamiento está en el origen mismo del deseo humano, es forzoso notar que ninguno de los
tres registros es reducible a los otros y que lo real existe con relación a lo simbólico, es decir, al
lado, anudado a él gracias a lo imaginario. La especificidad de esta escritura borromea está en
que permite demostrar materialmente la existencia de una estructura que se sostiene en algo real
irreductible para siempre a lo simbólico, pero ligado a él. Al mismo tiempo, vuelve caduca la
ambición de una ciencia exacta que pudiese cerrar el paso a lo real hasta en sus últimos
escamoteos, intentando reducirlo a un puro juego de símbolos físico-matemáticos, por ejemplo.
Pero al mismo tiempo enriquece al psicoanálisis con un instrumento más exacto para abordar
esto real en la cura de un paciente.