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Estudio del psicoanálisis y psicología

Diccionario de psicología, letra S, El Sueño: El sueño que le llega al ser dormido



El sueño que le llega al ser dormido.
Esta actividad en la pasividad del dormir ha suscitado desde la Antigüedad un inmenso interés en
los mejores espíritus. Aristóteles, que definía el sueño como un acto de la facultad sensitiva
(propio de esa facultad en tanto que imaginativa), subrayaba también que la esencia del sueño
es «la imagen nacida de la variación de las impresiones sensoriales, cuando éstas se presentan
durante el dormir». Desde luego, los fisiólogos no quedaron a la zaga, desde principios del siglo
XIX, en encarar el proceso onírico desde el ángulo de su función o sus funciones biológicas
durante el dormir. Pero sólo después del descubrimiento de los movimientos oculares rápidos,
realizado por Aserinsky y Kleitman, y de la asociación de esos movimientos con un dormir muy
profundo, caracterizado según Jouvet por una actividad eléctrica cerebral paradójicamente
semejante a la de la vigilia y por la desaparición total del tono muscular, sólo entonces la
neurobiología del sueño pudo asignarle a ese «comportamiento» su lugar en los estados del
dormir.

La expresión «comportamiento onírico» puede parecer en sí misma paradójica. No obstante, al demostrar que la destrucción bilateral del locus coeruleus implicaba la supresión de ese «tercer
estado de vigilancia» que es el dormir paradójico, Jouvet pudo poner de manifiesto, después de
la reaparición de ese estado en el animal operado, una forma alucinatoria patente de actividad
onírica que evoca el miedo o la ira en la lucha ardiente contra enemigos imaginarios. El animal
participaría «así con su esfera motriz en los acontecimientos cerebrales que normalmente se
traducen por la imaginería onírica».
Este abordaje del sueño pudo oponerse a una tradición clásica que sólo conoce el aspecto
representativo de esa «imaginería onírica» considerada «normal». No obstante, el carácter
comportamental esbozado en los sueños de animales es conocido Por lo menos desde Lucrecio;
y en el plano humano, la idea común y ampliamente desarrollada por Freud de que el sueño
reemplaza la acción, de que es a la vez incompatible con ella y destinado a suplir su falta o
indigencia, no está evidentemente en contradicción con el enfoque neurofisiológico
contemporáneo. Éste acredita experimentalmente la idea de que ciertas estructuras (como el
locus coeruleus) ejercen funciones de control y regulación que, si se suspenden, liberan
comportamientos preformados, que ya no son bloqueados por la inhibición activa del tono
muscular en el animal dormido.
No correspondía al psicoanálisis ubicar con precisión los episodios oníricos en el curso del
dormir. Pero de esta incompetencia de principio no puede inferirse que este método de
interpretación se haya desentendido del cuerpo al que regularmente le corresponde prestar su
concurso para la formación del sueño. El sueño no sólo ha sido considerado por Freud el
«guardián del dormir» y expresión (a veces inacabada) de un deseo de dormir que habita al
soñante, sino que también la condición somática de este último es caracterizada como una forma
de reactivación de la permanencia fetal en el cuerpo materno. Además la postura, el calor y el
distanciamiento de las excitaciones contribuyen a esta reactivación, que corresponde a un
estado marcado «por una retracción casi total respecto del mundo circundante y por la
suspensión de todo interés por él». Preparando la llegada de ese estado, el hombre se despoja
de todas las envolturas con que reviste su piel (incluso de los accesorios que disfrazan con
sustitutos sus deficiencias corporales), y esto se acompaña de la renuncia a la mayor parte de
sus adquisiciones psíquicas: así se instaura «un extraordinario acercamiento a la situación que
fue el punto de partida del desarrollo de su vida».
Postular esta regresión temporal -que se considera reconduce la libido a un narcisismo primitivo
y retrotrae el yo a un estadio original correlativo de satisfacción alucinatoria- no equivale por
cierto a realizar el análisis objetivo del adormecimiento, y menos aún del cuerpo dormido. Estas
concepciones freudianas, que se encuentran al principio del «Complemento metapsicológico a la
doctrina de los sueños», no corresponden a una biología especulativa, sino a una teoría de los
procesos pulsionales que condicionan el dormir. Estamos aquí en el límite de lo psíquico y lo
somático, en una región atravesada de manera cotidiana en la que se realiza la retracción de las
investiduras (preconscientes e inconscientes) de todas las representaciones de objetos, para
bloquear el sistema de aferencias y eferencias que, en el estado de vigilia, conecta el cuerpo
vivo con el mundo circundante. Este concepto de «narcisismo del estado del dormir» (introducido
ya en una página de 1914) es esencial para la teoría psicoanalítica del sueño que, por
reciprocidad dialéctica, nos aporta la idea de lo que puede ser el dormir desde el punto de vista
metapsicológico. «Es cierto -observa Freud- que el sueño nos muestra al hombre en tanto no
está dormido, pero sin embargo no puede dejar de revelarnos ciertas características del estado
del dormir en sí.» Curiosa idea, en apariencia, de un soñante que no duerme, cuando
precisamente tiene que dormir para soñar, y se considera que su yo [je] desea ante todo
prolongar su dormir sirviéndose del sueño como guardián contra los asaltos pulsionales que
podrían interrumpirlo. Pero es un hecho, sin duda paradójico, que si el ser vivo sólo puede soñar
en el curso del dormir (del dormir paradójico, principalmente), soñar y dormir siguen siendo,
biológica y psicológicamente, actividades muy diferentes, cuyas propiedades, sin embargo, se
iluminan recíprocamente.
Otros autores, mucho antes que Freud, han subrayado que el sueño es absolutamente egoísta y
que la persona que en él desempeña el rol principal se revela siempre, en definitiva, como la del
propio soñante; conviene relacionar este hecho con el narcisismo del dormir. «Complemento
libidinal del egoísmo», el narcisismo del durmiente no es sólo autoconservador; tampoco es sólo
cuidado de sí, sino amor a sí mismo y búsqueda de placer para sí mismo. Esta búsqueda se
vuelve no obstante ambigua por el repliegue de toda investidura de la realidad exterior. La
retracción sobre el Ich es en efecto idéntica a una retracción sobre el propio cuerpo. Incluso
aunque Freud, en la época de la introducción del narcisismo, aún no ha podido formular la idea
de que ese Icc es originalmente corporal, de que es la «proyección de una superficie», advierte
que el repliegue de las investiduras correspondientes al mundo y a los objetos pulsionales
extraídos de él, reviste, al igual y aún más que en la psicosis, una significación inmediatamente
corporal. Por lo tanto, no se trata sólo de placer, sino (por lo menos en igual medida) de displacer
y dolor. Así como, según W. Busch, el alma del poeta que padece un dolor de muelas «se
encierra en el agujero estrecho del molar», el alma del durmiente extiende desmesuradamente su
capacidad «diagnóstica» con respecto a los dolores que se inician, «a menudo experimentados
antes y con más nitidez que en la vigilia», porque ve sobrevenir, «aumentadas hasta lo
gigantesco», todas las sensaciones corporales. Esta amplificación, se lee también en el
«Complemento», es de naturaleza hipocondríaca; permite el reconocimiento precoz de
modificaciones corporales que en el estado de vigilia habrían seguido inadvertidas durante cierto
tiempo.
Algunas propiedades del sueño se comprenden entonces a partir del narcisismo del durmiente;
no era esto lo que se decía en la primera edición de La interpretación de los sueños, en la que
Freud se limitaba a tratar el dormir en términos negativos, como la condición de una disminución notable de la censura entre el preconsciente y el inconsciente (condición exterior, relacionada con el cierre del acceso a la motilidad). Este tratamiento negativo tenía otra consecuencia (una ventaja o un inconveniente, según se mire), que consistía en hacer coexistir, sin contradicción aparente, tres tipos de anhelos: 1) el de dormir; 2) el formado a partir de restos diurnos y de pensamientos latentes del preconsciente (pero muy distinto de unos y otros), y 3) la moción o mociones infantiles inconscientes a las que los anhelos precedentes ofrecen una posibilidad de expresión, de otro modo inexistente, a cambio del refuerzo pulsional decisivo que aquellos obtienen de ellas: ésta es la famosa colaboración del empresario y el capitalista, Pero en cuanto se adosa el deseo de dormir a una regresión al narcisismo primario, y el estado de dormir se interpreta como reingreso en el yo de todas las investiduras preconscientes e inconscientes, las energías atribuidas no obstante por la teoría a los restos de las excitaciones diurnas y sobre
todo a las mociones inconscientes tienen que considerarse paradójicamente sustraídas a ese
«narcisismo absoluto» que querría instaurar el durmiente. La posibilidad de soñar es entonces
coextensiva a esta sustracción de investiduras, principalmente en beneficio de lo reprimido,
fundamentalmente inaceptable para el reino del yo [je] incluso en el dormir.
La realización de anhelo
«Accomplissenient de souhait», «realización de anhelo», es la traducción menos mala que se ha
propuesto en francés para Wunscherfüllung. El Wunsch no es el deseo [decir], como lo observó
Lacan en 1958, y «no evoca nada menos que la concupiscencia». Antes de emplear el término
«deseo» (al que corresponde el alemán Begierde), Lacan decía además de esos Wünschen de
los que se trata en La interpretación de los sueños: «Son votos. Estos votos pueden ser
piadosos, nostálgicos, contrariantes, bromistas. Una dama puede soñar un sueño al que sólo
anima el deseo de proporcionarle a Freud, quien le ha expuesto la teoría de que el sueño es un
deseo, la prueba de que no lo es en absoluto». Entonces, ¿por qué no directamente «voto»? Es
que también es preciso traducir el verbo Wünschen, que puede vertirse exactamente por
«souhaiter», una de cuyas acepciones es «hacer votos por» (como lo han indicado los autores
de Traduire Freud). Y, sobre todo, la Wunscherfüllung es la representación del anhelo como
realizado. No es en absoluto el movimiento del deseo hacia lo real que resiste o se sustrae.
Dicho esto, aclaremos que el concepto no fue inventado por Freud ex nihilo. Al final del primer
capítulo de die Traunideutung, Freud cita un pasaje de un libro de P. Radestock que resume un
«desarrollo sutil» de W. Griesinger. Esta calificación excepcionalmente elogiosa, en el examen
freudiano, de la literatura anterior a 1900, se refiere a un análisis realizado en el primer tratado
sobre las enfermedades mentales digno de ese nombre (1845). En él, Griesinger, después de
muchos autores antiguos y modernos, retorna la gran analogía de la locura con el sueño. Uno y
otro proceso se aplican igualmente a «transportar al exterior y dramatizar en imágenes
(alucinaciones) relativas a todos los sentidos, lo que es lo más subjetivo (das Subjektivste)».
Griesinger cita como ejemplos los sueños en los que uno se siente caer en un precipicio, o
amarrado y sometido a suplicio, cuando duerme con los brazos cruzados o algo le pesa sobre el
pecho; en otros sueños, el calor que se siente en los pies da lugar a una escena de marcha
forzada (algunos otros sueños recuerdan las célebres experiencias de Maury). Ahora bien,
«todo esto se relaciona mucho con el sueño despierto de los melancólicos». En los dos tipos de
estados, el yo está debilitado y no puede ejercer una reflexión crítica eficaz; acepta las cosas
más extrañas o más absurdas como totalmente posibles. Pero, sobre todo, ciertas
representaciones reprimidas en el estado de vigilia «emergen en imágenes oníricas dominantes».
Al desdichado que sufre física y moralmente, «el sueño le procura lo que le niega la realidad
(was die Wircklichkeit versagte): bienestar y felicidad. El barón de Trenk, hambriento en su
prisión, soñaba a menudo con espléndidas comidas; el mendigo sueña que es rico; aquel a quien
la muerte le ha arrebatado un ser querido sueña de buena gana que está unido a él de manera
íntima y para siempre, etc. [ ... ] Es así como se ve con mucha frecuencia que la sustancia del
delirio de los enfermos mentales está constituida en particular por la imaginada posesión de
bienes y la realización imaginaria de anhelos, cuya pérdida, ausencia o rehusamiento en la
realidad ha constituido precisamente un fundamento psíquico de la locura».
En lo esencial, éste es el desarrollo sutil que, según Freud, «revela con toda claridad que la
realización de anhelo es una característica del representar común al sueño y a la psicosis»;
Freud añade que sus propias investigaciones le han enseñado que ésta puede ser la clave de
una teoría psicológica del sueño y las psicosis. En Die Traumdeutung, ninguna referencia
histórica es más adecuada para situar los orígenes de esta teoría: orígenes a la vez populares y
psiquiátricos, a los cuales se añadió la experiencia del autoanálisis, cuya influencia fue más
decisiva que la de la clínica «psicoanalítica» de la década de 1890. El capítulo III del libro mayor
de Freud es en tal sentido muy elocuente. A continuación del prolongado análisis del sueño
sobre Irma, considera de entrada como adquirida la proposición que lo titula: el sueño es una
realización de anhelo. Para corroborar esta proposición, Freud recurre entonces, por una parte,
a los sueños llamados de comodidad (que expresan también el carácter egoísta del proceso
onírico) y a algunos otros sueños simples de adultos «sanos»; por la otra se remite a sueños de
niños, según el principio de que la psicología del niño está llamada a brindar a la psicología del
adulto los mismos servicios que las investigaciones sobre la organización o el desarrollo de los
animales inferiores le prestan al estudio de la estructura de los animales superiores.
Estos últimos años, poco interesantes en sí mismos, por no proponer ningún enigma, son
naturalmente irremplazables para demostrar que, en su esencia, el sueño no significa nada más
que una realización de anhelo. El niño, admitirá Freud varios años después de la primera edición
de Die Traumdeutung, en el curso del análisis de Juanito, puede no obstante tener sueños más
complicados que los que uno le atribuye al ganso (el maíz) o a la gallina (el mijo). Al final de ese
corto capítulo, no dejará de mantener esta afirmación desconcertante y provocativa: toda la
teoría según la cual el sueño es una Wunscherfüllung se sostiene en ese paradigma del sueño
del ganso. Lo cual constituye una manera de decir que, sea cual fuere la naturaleza del Wunsch
(que bien puede constituir la expresión de una necesidad elemental -codicia sexual, sed de
venganza, deseo de reconocimiento intelectual- satisfecha anteriormente de una cierta forma) y
sea cual fuere asimismo su estatuto, preconsciente o inconsciente (relacionado con la acción de
una censura en el ser humano y la partición tópica que la subtiende y la hace posible), lo que
cuenta esencialmente es la función de realización en imágenes y por imágenes, que no hay que
confundir con una satisfacción real de la pulsión, puesto que «el sueño reemplaza a la acción».
Según leyó Freud en una traducción alemana de Plotino (debida a C. du Prel), «cuando entra en
actividad el deseo (die Begierde), acude la fantasía y nos presenta seguidamente su objeto».
Citada en una nota al pie del capítulo sobre la deformación en el sueño, esta frase sobria y
suprema es a la vez la más antigua sobre el tema y la más próxima al concepto freudiano de lo
imaginario que opera en el montaje onírico. Enuncia el carácter esencial de ligazón al deseo de la
fantasía en el ser humano, al mismo tiempo que dice la ineluctable reciprocidad de la expresión
fantasmática y el deseo sexual, sea cual fuere el modo de esta expresión.
La expresividad onírica (lo que a veces se llama el lenguaje del sueño) es no obstante
privilegiada cuando se trata de la puesta en escena de este tipo de deseo y por su aptitud para
producir objetos en imagen. Por eso el paradigma del sueño (del ganso) -bípedo inocente y
tranquilo si los hay- no puede sostener (por más que lo diga Freud) la teoría de la
Wunscherfüllung propia del sueño humano. Ésta implica que la fuerza pulsional capaz de
perturbar el dormir y de introducir en él la fantasía y el drama, suscitando la creencia del
soñante, es siempre, a través de innumerables disfraces, de naturaleza sexual. «No hay
ninguna otra pulsión -escribe Freud con respecto al trabajo del sueño- que haya tenido que
sufrir desde la infancia tanta represión como la pulsión sexual en sus múltiples componentes; no
hay ninguna otra que atesore tan numerosos y tan poderosos anhelos inconscientes, los cuales,
mientras se duerme, actúan en forma onírica. No hay que olvidar nunca, en el curso de la
interpretación, esta importancia de los complejos sexuales; naturalmente, tampoco hay que
exagerarla hasta la exclusividad.»
Estas dos últimas recomendaciones proceden menos de una ambigüedad del freudismo (que una
crítica alegre y cierta pereza de lectura se apresuran a denunciar) que de la necesidad de hacer
lugar a la pluralidad de las mociones y los anhelos que se pueden descubrir en la fuente del
proceso onírico. Pluralidad desigual, desde luego, pero de la cual sólo se daría una idea
insuficiente si, sin otra precaución, se la asimilara a un orden jerárquico determinado sin
restricciones por las pulsiones sexuales infantiles, representadas por los anhelos inconscientes
del adulto, Estos últimos tienen una preponderancia económica que nunca se deja de encontrar
cuando se los aborda. Un deseo preconsciente (o consciente en el estado de vigilia) no tiene por
sí solo fuerza para producir un acontecimiento psíquico involuntario como el sueño. Según lo
explica el último capítulo de Die Traumdeutung, es preciso que pueda despertar un anhelo
inconsciente de tenor semejante al suyo. Si falta esta similitud, pueden establecerse conexiones
entre pensamientos oníricos preconscientes y anhelos infantiles reprimidos, por el sesgo de
sustituciones de elementos (por ejemplo, Freud se hace representar en un sueño por un
personaje importante, de modo que su megalomanía infantil pueda expresarse; en otro caso, la
inquietud experimentada durante la vigilia por un amigo se acompaña de pensamientos malévolos
respecto de él que habrían sido intolerables durante el día). Pero si no hubiera restos diurnos
-restos de impresiones que muy bien pueden no haber sido deseadas, sino ser francamente
desagradables- ni pensamientos inconscientes que orienten un cierto curso de excitación
nocturna, el contenido del sueño no podría ser determinado a prior¡ por la actividad inconsciente.
En esa sección del capítulo final consagrado a la psicología del sueño, en el que Freud trata de
nuevo de la realización de anhelo, una distinción tripartita precede a la afirmación de que ese
anhelo es necesariamente de origen infantil. Freud diferencia: 1) un deseo suscitado durante el
día y reconocido, que ha quedado insatisfecho y perdura por la noche de modo preconsciente;
2) un deseo también surgido durante el día, pero que, objeto entonces de un rechazo
(Verwerfung), es reprimido desde el preconsciente hasta el inconsciente; 3) un deseo sin
relación con la vida diurna y que sólo surge por la noche y pertenece exclusivamente al
inconsciente.
A estas tres categorías, muy distintas desde el punto de vista tópico, conviene añadir las
mociones de deseo actuales que se producen en el curso del sueño: por ejemplo, la sed o la
necesidad sexual (das sexuelle Bedürfnis). Esta distribución da lugar a muchos interrogantes
que aquí no podemos examinar en detalle. Pero presenta ante todo el interés de que no excluye
ninguna de las significaciones que el término Wunsch connota: anhelo, deseo e incluso
necesidad. Sobre todo, no excluye ninguno de los orígenes posibles, ni ninguno de los destinos
tópicos de ese Wunsch.
El análisis no puede desconocer esta diversidad, acentuada incluso por la actividad de los
restos diurnos que no tienen el carácter de anhelo (o de lo anhelable). Sucede que esa actividad
domina el contenido del sueño, lo que provoca ciertos sueños que no se habrían formado sin
ella. Con todo, el caso más frecuente, según Freud, es aquel en que la vida diurna se limita a
proveer al despertar el pre-texto de los Wünschen infantiles indestructibles que, como las
sombras infernales de la Odisea, cobran una nueva vida en cuanto han bebido sangre. Pero
incluso en este caso, cuando la dominancia de esas sombras se revela tanto en la fuerza como
en el contenido del sueño, su recobrada vigencia no habría tenido lugar sin las excitaciones
provenientes de la conciencia a las cuales ellas pueden aliarse y transferirles su gran
intensidad.