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Estudio del psicoanálisis y psicología

Diccionario de psicología, letra S, Síntoma



Síntoma
 
Freud tuvo la suerte de partir del síntoma, y por lo tanto de lo que no anda. No se trataba para él
de medirlo con la vara de una salud mental cuyo carácter de ideal es incluso problemático,
puesto que resulta imposible conceptualizarlo; tampoco se trataba de especular sobre él a la
manera de un filósofo.
En efecto, lo que lo guía es una práctica: la corrección, proveniente de lo real, es en este caso
permanente.
Felizmente también, ese síntoma era, como se sabe, histérico. Ahora bien, ¿qué es lo que se da a entender en la histeria, sino el sujeto cuando no puede funcionar o está imposibilitado de expresión? Lo haya querido o no, Freud se encontró así enfrentado al enigma moderno por
excelencia, el de los límites del poder de la palabra, y por lo tanto de la apropiación de sí y del
objeto. Estos límites, ¿son contingentes -histórica, culturalmente determinados, incluso
reservados a un sexo- o bien necesarios? En tal caso, ¿qué necesidad revelarían? Así se abrió
un debate entre «enfermedad» y «curación», puesto que ésta implica (cf. el complejo de Edipo)
un reconocimiento del límite imperioso de ese poder. La «curación» parece así depender del
síntoma por destinación, en tanto ella necesita la renuncia al objeto de elección y, al mismo
tiempo, a serlo. La «enfermedad», en cambio, parece ligada a la tentativa de evitar esa limitación,
la limitación que el mito edípico hará llamar «castración», puesto que el acceso al ejercicio sexual
pasa por una renuncia al deseo originario.
El síntoma neurótico, en sentido estricto, es así producido por el rechazo de la coacción que
exige el acceso a la vida sexual, el rechazo del renunciamiento desdichado que ella demanda. Al
mismo tiempo que causa inhibición o . angustia, alimenta un goce llamado pregenital, ordenado en
todo caso en torno a los orificios del cuerpo, y cuya fijación puede hacer obstáculo a la cura.
¿Por qué la «curación» pasaría por la pérdida de un objeto esencialmente ligado al cuerpo y cuyo
ocultamiento puede parecer que vale más que el hipotético y torpe goce sexual prometido?
En El malestar en la cultura, Freud subraya esta incapacidad del hombre, animal desnaturalizado,
para acceder a una sexualidad que sea menos incierta, menos ambigua, menos conflictiva. El
lugar del síntoma se encuentra así desplazado para tener que ver con las condiciones generales
de nuestro acceso al sexo. Y si es cierto que el inconsciente es efecto de lenguaje y que la cura
no tiene más medios que los de la palabra, si la formación neurótica se deja descifrar como una
concreción literal, y si la pulsión es del orden de un montaje gramatical, conviene reconocerles a
las propiedades de la lengua el poder de determinar nuestro destino, sintomático en todos los
casos.
La lengua, ¿no marca nuestras relaciones sociales con una falta comparable, si es cierto que
cava el lugar del explotador ávido de capitalizar la plusvalía (Mehrwert) que falta en toda
retribución «justa» del trabajo? Marx había recortado la plusvalía en el principio de nuestro
funcionamiento social, como síntoma que lo organiza.
La cuestión que, para Lacan, cierra su recorrido, interroga la evitabilidad de esa falta, lo que ella
le debe a nuestro amor al Padre. El nudo borromeo, figura topológica notable porque solidariza
tres nudos que se vuelven separables cuando se rompe uno de ellos, ilustra para él la
posibilidad de que se mantengan juntas las categorías de lo real, lo simbólico y lo imaginario sin
que las hilvane un cuarto, el del Nombre-del-Padre y también del síntoma. ¿Viviremos algún día
esta trinidad nueva y exclusiva? Lacan, en todo caso, no hizo de ella un mensaje ni una buena
nueva, y desapareció sin poder concluir mejor.
 
s. m. (fr. symptôme, ingl. symptom; al. Symptom). Fenómeno subjetivo que, para el psicoanálisis, constituye no el signo de una enfermedad sino la expresión de un conflicto inconciente.
Para S. Freud (1892), el síntoma toma un sentido radicalmente nuevo a partir del momento en el
que puede plantear que el síntoma de conversión histérico, que la mayoría consideraba una
simulación, es de hecho una pantomima del deseo inconciente, una expresión de lo reprimido.
Concebido al principio como la conmemoración de un trauma, el síntoma se definirá más
justamente en lo sucesivo como la expresión de un cumplimiento de deseo y la realización de un
fantasma inconciente que sirve al cumplimiento de ese deseo. En esta medida, es el retorno de
una satisfacción sexual hace largo tiempo reprimida, pero también es una formación de
compromiso, en tanto la represión se expresa igualmente en él.
Los posfreudianos van a insistir en la formación de compromiso. Lacan, por su parte, comienza
por decir en 1958 que el síntoma «va en el sentido de un deseo de reconocimiento, pero este
deseo permanece excluido, reprimido». Interesándose en lo real en tanto está comprometido en
una relación singular con lo simbólico y lo imaginario, Lacan destaca que el síntoma no es el
signo de un disfuncionamiento orgánico, como lo es normalmente para el médico y su saber
médico: «viene de lo Real, es lo Real».
Precisando su pensamiento, explica que «el síntoma es el efecto de lo simbólico en lo real». En 1975 agrega que el síntoma es lo que la gente tiene de más real. Puesto que guarda escasa relación con lo imaginario, el síntoma no es una verdad que dependa de la significación. Y si es «la naturaleza propia de la realidad humana», la cura no puede en ningún caso consistir en
erradicar al síntoma en tanto efecto de estructura del sujeto. En este sentido, no se lo puede
disociar de los otros redondeles del nudo borromeo propuesto por Lacan para presentar su
doctrina: lo real, lo simbólico y lo imaginario. Así, ciertos síntomas, como en el caso de Joyee,
sobre quien trabajó Lacan [Seminario XXIII, 1975-76, «Le sinthome»], tienen una función de
prótesis. Si lo imaginario se sustrae al cruce de lo simbólico y lo real, es posible anudarlo a estos
dos últimos para «evitar» este derrape: se trata del cuarto redondel, el que procura por ejemplo a
Joyce un yo sustitutivo, una prótesis, que es precisamente su actividad de escritor.
Por otra parte, Lacan arriba con ello a la hipótesis de un nudo que comprendería de entrada
cuatro términos: el cuarto redondel, que también aquí es definido como síntoma, está a la vez en
relación con el complejo de Edipo y el Nombre-del-Padre (cf. seminario citado ut supra). Sin
embargo, como lo subraya Lacan en Conferencias y conversaciones, 1975, se tiene derecho a
esperar que la cura psicoanalítica haga desaparecer los síntomas, pero, ¿es prudente suprimir la
función de este cuarto redondel?
«Los neuróticos viven una vida difícil y nosotros tratamos de aliviar su malestar... Un análisis no
debe ser llevado demasiado lejos, Cuando el analizante piensa que está feliz de vivir, ya es
suficiente», escribe Lacan (ibid.). Una separación del objeto de amor, por ejemplo a través de
una interpretación salvaje, sobre todo si es justa, puede ser, justamente, catastrófica. Por eso,
aunque en términos metafóricos y con contradicciones, Lacan creó el término sinthome [juego de palabras entre síntoma, santo hombre y Santo Tomás de Aquino, sobre la base de la antigua grafía en francés, mas semejante a la grafia del castellano] para designar al cuarto redondel del nudo borromeo, y para significar con ello que el síntoma [«symptôme»] debe «caer», de acuerdo con su etimología [la palabra, en griego, remite a «coincidencia»: lo que ocurre simultáneamente, pero también lo que cae simultáneamente], y que el «sinthome» es lo que no cae, pero se modifica, cambia para que sean posibles el goce y el deseo.