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Estudio del psicoanálisis y psicología

Diccionario de psicología, letra S, Sueño (introducción)



Sueño

Una frase simple introduce la mayor parte de los relatos de episodios oníricos: «Tuve un sueño»
(reemplazada por la locución «soñé que ... » cuando el contenido del sueño se resume en unas
pocas enunciaciones, incluso en una sola). La expresión se emplea siempre en pasado para
designar los sueños que se han tenido y que se relatan (en el presente). Ese pretérito es
esencial en la exposición del episodio psíquico que se produjo en el curso del dormir. Decir que
uno sueña (en el presente) es referirse a una cosa totalmente distinta: a la fantasía propia del
estado de vigilia, o incluso a un deseo consciente, a veces a una «utopía». El mismo término
(«soñar») también se aplica a estas otras formaciones: extensión semántica que basta para
evocar las semejanzas admitidas corrientemente entre el sueño, el ensueño, la fantasía, el
deseo, la utopía, la ilusión.
Hic et nunc, el sueño del ser dormido tiene que designarse necesariamente con ese pretérito que lo plantea como objeto de relato y lo distingue nítidamente, en la palabra dirigida al otro, de los diversos fenómenos de lo imaginario de vigilia con los que se le atribuye un parentesco más o menos próximo. El sueño es una experiencia singular, y como tal irreproducible, aunque ciertas escenificaciones o contenidos oníricos se repitan durante un período prolongado, o incluso a lo largo de una vida. Uno ha tenido sueños como ha tenido experiencias reales de todo tipo, más o menos ricas, más o menos triviales. Y, a semejanza de esas experiencias habidas en la vida «real», los sueños pueden ser narrados, olvidados, reconstruidos. Le han sucedido al soñante del mismo modo que al individuo despierto le han ocurrido múltiples acontecimientos que lo
impresionaron, lo sobrecogieron, y en mayor o menor medida modificaron el curso de su
existencia. Se puede estar tentado a interrumpir el paralelo en este punto y oponer la irrealidad
de los episodios oníricos a la realidad de las experiencias que se ordenan en una historia
individual, situada material y socialmente. Los únicos puntos comunes se resumirían entonces en
el carácter singular, memorable y narrable de estos acontecimientos pasados. No obstante, es
preciso ir más lejos, a partir de esos puntos comunes: si bien el contenido del sueño en general
se considera irreal (esta generalidad adverbial, que los filósofos han realzado para extraer de
ella consecuencias serias, no es de ningún modo idéntica a una necesidad), el hecho de que se
haya soñado es considerado, de manera igualmente general, un acontecimiento real, que le ha
sucedido a un ser dormido, en una cierta noche (o día), en circunstancias que el soñante a
menudo puede precisar. De modo que la facticidad de la experiencia, abstracción hecha de su
contenido, es tan poco recusable como la de los innumerables segmentos evocables de la vida
real. Y es una facticidad de lo realizado, muy diferente de la del pensamiento o del sentimiento
presentes y diferente asimismo de la facticidad de la palabra viva que evoluciona dirigiéndose al
prójimo, e incluso de la facticidad que se les reconoce a las escenas interiores denominadas de
manera aproximativa «sueños diurnos» o «fantasías diurnas» (Tagestraum, Tagesphantasie, en
la terminología freudiana). El sueño propiamente dicho, el sueño tomado en el dormir, que se impone a un individuo casi paralizado y sustraído al mundo exterior, puede parecer mucho más
confuso y evanescente que esos ensueños insistentes y minuciosos a los cuales se entregan
ciertas imaginaciones: no es menos que ellos un hecho consumado, un acontecimiento que ha
irrumpido en la pasividad del ser dormido y que, sólo por esa razón, persuade a la memoria de
ese mismo ser vuelto al estado de vigilia de que en él (o en su «alma») sucedió algo que no
puede explicar, y que no fue una consecuencia de su iniciativa.