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Estudio del psicoanálisis y psicología

Diccionario de psicologia, letra S, Superyó, agresividad y muerte del jefe de la horda



Superyó, agresividad y muerte del jefe de la Horda.
En el período que va desde El malestar en la cultura (1929) hasta Moisés y la religión monoteísta
(1938), Freud lleva a su término la reflexión sobre el superyó. Allí reúne y prolonga las
adquisiciones de la segunda tópica y de Tótem y tabú, arraigando el origen del superyó y el
sentimiento de culpa en el asesinato del jefe de la horda. Se establece un vínculo necesario entre agresividad y sentimiento de culpa, y advenimiento del lenguaje y el pensamiento.
A Freud le resulta inconcebible la existencia de una facultad por así decir natural para distinguir
el bien y el mal. Es necesario suponer una fuente exterior que decida qué es lo que debe
llamarse el bien y el mal. ¿Cuál será entonces la motivación del ser humano para someterse a
ese decreto? ¿Qué sino el miedo a perder el amor de quien enuncia la ley? Este último, ¿no es al
mismo tiempo el que puede socorrer a ese ser humano que se percibe en el desamparo y en una
dependencia total respecto del prójimo? El sentimiento de culpa no es entonces nada más que la
angustia ante esa pérdida de amor, angustia «social». Esta actitud es la del niño pequeño: no
puede ser otra en su caso. Lo mismo ocurre con muchos adultos, para los cuales la sociedad
reemplaza a la pareja parental. En esta perspectiva, no cabe distinguir acción e intención, en el
sentido de que sólo cuenta el hecho de que las cosas sean conocidas por la autoridad; la
renuncia a las pulsiones será el resultado de esa angustia ante la pérdida del amor de quienes
enuncian el bien y el mal, angustia ante la agresividad de la que estos últimos podrían dar prueba
ante el culpable. Para Freud, en este estadio no cabe hablar de conciencia moral ni de superyó.
Se podría decir en rigor que la angustia es la primera forma de la conciencia moral.
Desde el momento en que la autoridad se interioriza en virtud de la instauración de un superyó,
se produce un gran cambio. ¿Por qué y cómo se realiza esa instauración? En El malestar.... a
través de un texto atormentado, Freud hará depender la derivación del sentimiento de culpa y del
superyó de la sofocación [repression] exclusiva de las pulsiones agresivas, y sobre todo de las
del propio sujeto. Pulsiones agresivas que nacen del complejo de Edipo: «Cuando se impide la satisfacción erótica, esto arrastra cierta agresividad contra la persona que veda esa
satisfacción, y esta agresividad tiene que ser a su vez sofocada». El medio más poderoso de
sofocación es el mecanismo doble de proyección e identificación. El superyó es su resultado. Su
rigor no es, o no es tanto, el que ha sido experimentado como proveniente de la autoridad
exterior y el que se le atribuía, sino que subroga nuestra propia agresividad vuelta contra
aquella. La conciencia (moral) y el sentimiento de culpa son una misma realidad. El sentimiento de
culpa es la percepción que tiene el yo de esa severidad, de la vigilancia de la que es objeto.
Desde esta perspectiva se interpretará la tesis de la conciencia moral como supervivencia de la
severidad de la autoridad exterior, remarcando que «la agresividad vengativa del niño tomará por
medida la agresión primitiva que espera de parte del padre».
Por otra parte, en cada uno de nosotros el estadio infantil de la conciencia (moral), el estadio de
la angustia social, jamás está totalmente integrado en el superyó. Ante la autoridad exterior
siempre subsiste una angustia. Ante los golpes del destino, la adversidad, el «rechazo» que nos
opone el mundo exterior, nos sometemos de nuevo a las exigencias del superyó, exigencias que
desatendemos en la «felicidad».
Si bien el superyó resulta de la interiorización de la agresividad, no ignora nada de nuestras
intenciones; para él la intención vale como acto, y por lo tanto trata con igual salvajismo una y
otro. Finalmente, si el superyó resulta de la vuelta de nuestra propia agresividad contra nosotros
mismos, se entiende que toda sofocación de esa agresividad conducirá a una sofocación cada
vez más fuerte, a una virtud siempre más exigente; toda renuncia de la agresividad se vuelve
una nueva fuente de energía para el superyó.
Pero, ¿no hay en esta génesis del superyó un lugar para el amor, para Eros? El amor por la
madre, como objeto erótico, interviene indirectamente en la formación del superyó, sólo a través
de la reacción que suscita ese amor por parte de la autoridad. Ahora bien, ¿en qué consiste el
amor del niño por esa autoridad? Para comprenderlo, hay que restituir el desarrollo del individuo
al seno del desarrollo de la especie, y volver a la ambivalencia de los sentimientos, al conflicto de
Eros y Tánatos.
En el origen Freud supone, siguiendo el hilo de Tótem y tabú, un asesinato colectivo efectivo del
«padre» por los «hijos», los «hermanos» de la horda. En esta efectuación del odio resurge el
conflicto con el amor. «Los hijos odian al padre, pero también lo aman.» Una vez saciado el odio
por la violencia actuada, reaparece el amor en el remordimiento ligado al crimen. El amor es el
motor más profundo de la constitución del superyó, a través de la identificación con el padre
muerto, al devorarlo (banquete sacrificial, sacrificio de comunión, eucaristía cristiana, etc.), al
encargar a ese superyó que castigue el acto de violencia e impida su retorno. Como dice Freud,
la agresividad, el deseo de violencia, se renuevan sin cesar a través de las generaciones, y el
sentimiento de culpa se mantiene y refuerza por la transferencia al superyó de la energía propia
de cada nueva agresión sofocada. La fuerza de la renuncia procede no sólo del miedo al castigo
posible, sino también del amor bajo la forma de remordimiento. «Se comprende entonces que el
hecho de matar al padre o de abstenerse de ello no es decisivo, puesto que el sentimiento de
culpa es la expresión del conflicto de ambivalencia, de la lucha eterna entre el Eros y el instinto
de destrucción o de muerte», el conflicto que domina toda la vida psíquica del hombre.
A la fórmula del «Proyecto», «la impotencia original del ser humano se convierte en la fuente
primera de todos los motivos morales», responde en «De guerra y muerte. Temas de actualidad»:
«Frente al cadáver de la persona amada han nacido, no sólo la doctrina del alma, la creencia en
la inmortalidad y una de las potentes raíces de la conciencia de culpa del hombre, sino también
los primeros preceptos éticos. El primero y más importante de los mandamientos de la conciencia
que se despertaba enunció: No matarás. Fue adquirido junto al muerto amado, en reacción
contra la satisfacción del odio oculta detrás del duelo, y se extendió progresivamente al extraño
no-amado, y finalmente también al enemigo». Como Freud lo subraya con profundidad (y como lo
sabe perfectamente todo historiador), «Es precisamente el acento puesto en el mandamiento "no
matarás" lo que nos da la certidumbre de que descendemos de un linaje infinitamente largo de
asesinos que llevaban en la sangre el placer del asesinato, igual quizá que nosotros mismos
todavía».
Como dice además Freud, «Nuestro inconsciente no conoce la muerte propia; está lleno de
placer ante el asesinato del extraño, y dividido (ambivalente) con respecto a la persona amada».
Superyó individual y superyó colectivo
La civilización encuentra en la pulsión agresiva su traba más temible, pero esta situación exige
un estudio por sí misma. Las reflexiones relacionadas con el superyó individual no bastan. En
efecto, la civilización es un proceso aparte, que se despliega por encima de la humanidad. Al
lado de este superyó y correlativamente con la culpa individual, Freud emplaza un superyó
colectivo (Kulturüberich). Sin profundizar en las relaciones del psicoanálisis con la teoría de la
cultura, es necesario por lo menos recordar algunos de sus elementos. Este proceso está al
servicio de Eros: las masas humanas tienen que unirse libidinalmente entre ellas; la necesidad
por sí sola, las ventajas del trabajo en común, no les procuran la cohesión deseada. Pero el
impulso agresivo natural de los hombres, la hostilidad de uno contra todos y todos contra uno, se
opone a este programa de la civilización. Esta pulsión agresiva es descendiente y
representación principal de la pulsión de muerte que hemos encontrado en obra junto a Eros, y
que se divide con él el dominio del mundo. La evolución de la civilización pone de manifiesto la
lucha entre Eros y la muerte, entre el instinto de vida y el instinto de destrucción, tal como se
desarrolla en la especie humana.
En este combate es preciso distinguir tres planos: el proceso cultural que se despliega por
encima de la humanidad, el desarrollo del individuo, y el misterio de la vida orgánica en general.
Examinemos aquí las relaciones entre los dos primeros. Por un lado, esos dos procesos, aunque
se aplican a objetos diferentes, son de naturaleza muy semejante. El desarrollo del individuo
persigue la agregación de ese individuo a la masa humana, y el proceso de la cultura apunta a la
constitución de una unidad colectiva. Habrá entonces homogeneidad entre los medios empleados
y los fenómenos suscitados. Por otro lado, esos procesos se distinguen en un aspecto:
-En el desarrollo del hombre aislado, se mantiene como meta principal el programa del principio de
placer, o sea la búsqueda de la felicidad. La agregación o la adaptación a una comunidad
humana aparece sólo como una condición inevitable que hay que llenar precisamente en función
de la procuración de la felicidad.
-En el proceso de la civilización, la situación se invierte: lo que era una condición en el primer
caso, pasa a ser la meta principal en éste; lo que era meta principal queda relegado al segundo
plano. Se tiene incluso la impresión de que la creación de una gran comunidad humana -insiste
Freud- sería más fácil si no hubiera que preocuparse por la felicidad del individuo.
Habrá entonces un conflicto entre el proceso de la cultura y el desarrollo del individuo. Este
conflicto no se confunde con el que existe entre Eros y Tánatos, sino que consiste más bien en
una discordia intestina en la economía de la libido, comparable a la lucha por la distribución de
esa libido entre el yo y los objetos.
La posición de Freud es matizada. Como lo observa Kaufmann, «La estructura edípica no es un
patrón universal, sino un sistema singular de referencias, como lo será la sociedad ampliada, en
la diversidad de sus formas». «El conflicto entre Eros y Tánatos -explica Freudse encendió
desde el instante en que se impuso a los hombres la tarea de vivir en común. Mientras esa
comunidad conoce únicamente la forma familiar, el conflicto necesariamente se manifiesta en el
complejo de Edipo, instituye la conciencia y engendra el primer sentimiento de culpa. Cuando la
comunidad tiende a ampliarse, ese mismo conflicto persiste, reviste formas dependientes del
pasado, se intensifica y arrastra una acentuación de ese primer sentimiento. Como la civilización
obedece a un empuje erótico interno que apunta a unir a los hombres en una masa mantenida
por lazos estrechos, no puede llegar a ello más que por un solo medio, reforzando siempre más
el sentimiento de culpa. Lo que comenzó con el padre se consuma con la masa. Si la civilización
es la vía indispensable para evolucionar desde la familia hasta la humanidad, ese refuerzo está
entonces indisolublemente ligado a su curso, como consecuencia del conflicto de ambivalencia
con el que nacemos, y de la eterna querella entre el amor y el deseo de muerte. Y quizás, algún
día, gracias a la civilización, esta tensión del sentimiento de culpa alcanzará un nivel tan elevado
que al individuo le resultará difícil soportarlo.»
No obstante, Freud espera que el conflicto entre la civilización y el individuo encontrará un punto
de equilibrio como el que alcanza el conflicto entre la libido del yo y la libido de objeto para el
individuo.
Pero la analogía entre el proceso de la civilización y la vía seguida por el desarrollo individual
puede llevarse mucho más lejos. También la comunidad desarrolla un superyó cuya influencia
gobierna la evolución cultural, y un sentimiento de culpa correlativo.
Hay dos puntos de similitud, y dos diferencias:
-Así como el superyó individual se basa en la impresión dejada por los progenitores, por el
padre, por las huellas filogenéticas del asesinato del jefe de la horda, del mismo modo el superyó colectivo enraíza en las impresiones dejadas por grandes personajes. No obstante, hay una diferencia. Mientras que por lo general los padres no son maltratados, los grandes hombres conocen a menudo un destino temible, y son escarnecidos, rechazados, incluso eliminados. En El malestar en la cultura, Freud se refiere a Jesucristo; en Moisés y la religión monoteísta formulará la hipótesis del asesinato de Moisés por el pueblo hebreo. Pero la diferencia en este plano destaca una semejanza entre estos hombres excepcionales y el jefe de la horda. Como éste, muy a menudo son exaltados después de su muerte violenta: «La figura de Cristo, ¿no
sería precisamente el ejemplo más sobrecogedor de este encadenamiento gobernado por el
destino, si después de todo no perteneciera al mito que le dio origen, a la creación surgida bajo el
recuerdo confuso de ese asesinato primitivo?».
-Un segundo punto concordante es que ese superyó colectivo, ese superyó de la comunidad
civilizada, lo mismo que el superyó individual, plantea exigencias ideales severas, cuya no
observancia encuentra también el castigo en una angustia de conciencia social. Pero también en
este punto hay una diferencia con el proceso del superyó individual. «En el individuo -observa
Freud- las agresiones del superyó no levantan la voz de manera ruidosa, en forma de
reproches, más que en caso de tensión psíquica, mientras que las exigencias del superyó
permanecen en el segundo plano y siguen siendo a menudo inconscientes.» Para el superyó
colectivo, esas exigencias ideales son explícitas o fáciles de explicitar. Piénsese en las que
regulan las relaciones de los hombres entre ellos y que se resumen con el nombre de ética.
En Moisés y la religión monoteísta, Freud distingue claramente las exigencias éticas de ese
superyó colectivo, el renunciamiento que es su correlato y la elevación de la conciencia de sí
asociada con el progreso de la vida del espíritu, es decir, con la aparición y el progreso del
lenguaje y el pensamiento. Mientras que, como acabarnos de verlo, Freud percibe una analogía
posible entre las exigencias éticas del superyó individual y las del superyó colectivo, el paso de
la vida sensorial a la vida intelectual, el orgullo que el hombre obtiene de ese paso, le parecen
inexplicables. La dificultad que Freud encuentra aquí, ¿no deriva del hecho de que el asesinato del padre de la horda, el advenimiento del «padre» y el advenimiento del pensamiento y el lenguaje son correlativos? Como escribe Kaufmann, «El despojo del omnipotente (el jefe de la horda) aparecerá como la condición originaria del despliegue del lenguaje humano y el motivo de su vínculo constitutivo con la culpa, en la que se perpetúa el tormento del sujeto debido a la dependencia amorosa respecto de su víctima. En otras palabras: lo que es la intensidad de la
cuasi presencia alucinatoria al sueño, lo es el monopolio expresivo del guía soberano de la horda a la articulación significante, y el grupo humano entró en el lenguaje el día en que le arrebató su privilegio al omnipotente, en la embriaguez de la omnipotencia de los pensamientos». De este modo se marca profundamente la diferencia entre la culpabilidad individual y la culpabilidad
colectiva: «A diferencia de la culpa individual, que se aplica incansablemente a la anulación de
una falta inasignable, la culpa colectiva aparece como la condición de la conversión de la pulsión
destructora en actividad de civilización. Además, ligado con el carácter explícito de las
exigencias del superyó colectivo y de la efectuación por el asesinato de la agresividad de la
comunidad humana, se añadirá lo siguiente: «así sustraída a la subjetividad individual, la falta que
motiva en consecuencia la culpa debe surgir de la esfera de la realidad, y sin duda, en la medida
en que su realidad se inscribe en el tiempo, de un estatuto histórico. En otros términos, la culpa
no nos remite sólo a una representación, sino a la experiencia de un acto colectivo» (Kaufmann).