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Estudio del psicoanálisis y psicología

Diccionario de psicología, letra T, Transferencia en psicoanálisis



Transferencia
Al.: Übertragung.
Fr.: transfert.
Ing.: transference.
It.: traslazione o transfert.
Por.: transferência.

Designa, en psicoanálisis, el proceso en virtud del cual los deseos inconscientes se actualizan
sobre ciertos objetos, dentro de un determinado tipo de relación establecida con ellos y, de un
modo especial, dentro de la relación analítica.
Se trata de una repetición de prototipos infantiles, vivida con un marcado sentimiento de
actualidad.
Casi siempre lo que los psicoanalistas denominan transferencia, sin otro calificativo, es la transferencia en la cura.
La transferencia se reconoce clásicamente como el terreno en el que se desarrolla la
problemática de una cura psicoanalítica, caracterizándose ésta por la Instauración, modalidades,
interpretación y resolución de la transferencia.
La palabra transferencia no pertenece exclusivamente al vocabulario psicoanalítico. En efecto,
posee un sentido muy general, parecido al de transporte, pero que implica un desplazamiento de
valores, de derechos, de entidades, más que un desplazamiento material de objetos (ejemplos:
transferencia de fondos, transferencia de propiedad, etc.). En psicología, se utiliza en varias
acepciones: transferencia sensorial (traducción de una percepción de un campo sensorial a
otro); transferencia de sentimientos; y, sobre todo, en la psicología experimental moderna,
transferencia de aprendizaje y de hábitos (los progresos obtenidos en el aprendizaje de una
determinada forma de actividad implican una mejora en el ejercicio de una actividad distinta). Esta
transferencia de aprendizaje se denomina, en ocasiones, positiva, y se Contrapone a una
transferencia llamada negativa, que designa la interferencia negativa de un primer aprendizaje
sobre un segundo aprendizaje.
Si se encuentra una especial dificultad en proponer una definición de transferencia, se debe a
que este término ha adquirido, para muchos autores, una extensión muy amplia, llegando a
designar el conjunto de los fenómenos que constituyen la relación del paciente con el
psicoanalista, por lo cual comporta, mucho más que cualquier otro término, el conjunto de las
concepciones de cada analista acerca de la cura, su objeto, su dinámica, su táctica, sus metas,
etc. Así, en este concepto se hallan implicados una serie de problemas que son objeto de
clásicas discusiones:
a) Referentes a la especificidad de la transferencia en la cura: ¿la situación analítica no haría
más que proporcionar, merced al rigor y a la constancia de sus coordenadas, una ocasión
privilegiada de manifestación y observación de fenómenos que se encuentran también en otras
circunstancias?
b) Referentes a la relación entre la transferencia y la realidad: ¿qué apoyo puede encontrarse
en una noción tan problemática como la de «arreal» o tan difícil de determinar como la de realidad
de la situación analítica, para apreciar el carácter adaptado o no adaptado a esta realidad,
transferencial o no, de una determinada manifestación aparecida durante la cura?
c) Respecto de la función de la transferencia en la cura: ¿cuál es el valor terapéutico respectivo
del recurso y de la repetición vivida?
d) Respecto de la naturaleza de lo que se transfiere: ¿se trata de pautas de comportamiento,
tipos de relación de objeto, sentimientos positivos o negativos, afectos, carga libidinal,
fantasmas, conjunto de una imago o rasgo particular de ésta, o incluso instancia en el sentido de
la última teoría del aparato psíquico?
El hallazgo de las manifestaciones de transferencia en psicoanálisis, fenómeno acerca del cual Freud nunca dejó de subrayar hasta qué punto su aparición resultaba extraña, permitió
reconocer en otras situaciones la acción de la transferencia, ya sea porque ésta se encuentre
en el fundamento mismo de la relación en juego (hipnosis, sugestión), ya sea porque
desempeñe, dentro de ciertos límites a valorar, un papel importante (médico-enfermo, y también
maestro-alumno, director espiritual-penitente, etc.). Asimismo, en los antecedentes inmediatos
del análisis, la transferencia mostró la amplitud de sus efectos, en el Caso Ana O... tratado por
Breuer según el «método catártico», mucho antes de que el terapeuta supiera identificarla como
tal y, sobre todo, utilizarla. También en la historia del concepto, en Freud, existe una
separación cronológica entre las concepciones explícitas y la experiencia efectiva, separación que comprobó a sus expensas, como él mismo observó en el Caso Dora. De ello se deduce que, si se intenta seguir la evolución de la transferencia en el pensamiento de Freud, se debe ir más allá de sus enunciados y descubrir su intervención en las curas cuya descripción ha llegado hasta nosotros.
Cuando Freud, refiriéndose al sueño, habla de «transferencia», de «pensamientos de
transferencia», designa con estos términos un tipo de desplazamiento en el que el deseo
inconsciente se expresa y se disfraza a través del material proporcionado por los restos
preconscientes de la vigilia. Pero sería erróneo ver aquí un mecanismo distinto del invocado para
explicar lo que Freud encontró en la cura: «[...] la representación inconsciente es, como tal,
incapaz de penetrar en el preconsciente, y sólo puede ejercer su efecto entrando en conexión
con una representación anodina que pertenezca ya al preconsciente, transfiriendo su intensidad
sobre ella y ocultándose en ella. Tal es el hecho de la transferencia, que explica tantos
fenómenos sorprendentes de la vida mental de los neuróticos». De igual forma, en los Estudios
sobre la histeria (Studien über Hysterie, 1895), Freud explicaba los casos en que una
determinada paciente transfería sobre la persona del médico las representaciones
inconscientes: «El contenido del deseo aparecía primeramente en la conciencia de la enferma sin
ningún recuerdo de las circunstancias ambientales que hubieran hecho referirlo al pasado.
Entonces el deseo presente, en función de la compulsión a asociar que dominaba en la
conciencia, se ligaba a una persona que ocupaba legítimamente los pensamientos de la enferma;
y, como resultado de esta unión inadecuada que yo denomino falsa conexión, se despertaba el
mismo afecto que en otra época había impulsado a la paciente a rechazar este deseo prohibido».
En un principio, la transferencia, para Freud, por lo menos desde un punto de vista teórico, no es
más que un caso particular de desplazamiento del afecto de una representación a otra. Si es
elegida preferentemente la representación del analista, ello se debe a la vez a que constituye
una especie de «resto diurno» siempre a disposición del sujeto, y a que este tipo de
transferencia favorece la resistencia, por cuanto la declaración del deseo reprimido se vuelve
particularmente difícil cuando debe hacerse a la misma persona a la que apunta. También puede
apreciarse que, en aquella época, la transferencia se consideraba como un fenómeno muy localizado. Cada transferencia se debía tratar como cualquier otro síntoma, a fin de mantener o restablecer una relación terapéutica basada en una cooperación confiada, en la que Freud hace intervenir, entre otros factores, la influencia personal del médico, sin relacionarla para nada con la transferencia.
Parece, pues, que en un principio Freud consideró que la transferencia no formaba parte de la esencia de la relación terapéutica. Esta idea vuelve a encontrarse incluso en el Caso Dora, en el cual, sin embargo, el papel de la transferencia aparece como fundamental, hasta el punto de que Freud, en el comentario crítico que añade al relato del caso, atribuye la interrupción prematura de  la cura a un defecto de interpretación de la transferencia. Numerosas expresiones ponen de manifiesto que Freud no asimila el conjunto de la cura, en su estructura y dinámica, a una
relación de transferencia: «¿Qué son las transferencias? Son reimpresiones, reproducciones de
las mociones y de los fantasmas, que deben ser develados y hechos conscientes a medida que
progresa el análisis; lo característico de ellas es la substitución de una persona anteriormente
conocida por la persona del médico». Acerca de estas transferencias (obsérvese el plural)
Freud indica que no son diferentes por naturaleza, tanto si se dirigen al analista como a alguna
otra persona, y, por otra parte, sólo pueden convertirse en aliados de la cura a condición de ser
explicadas y «destruidas» una por una.
La integración progresiva del descubrimiento del complejo de Edipo no podía dejar de repercutir
en la forma en que entiende Freud la transferencia. Ferenczi había mostrado, desde 1909, cómo
en el análisis, pero también en las técnicas de sugestión y de hipnosis, el paciente hacía
inconscientemente desempeñar al médico el papel de las figuras parentales amadas o temidas.
Freud, en la primera exposición de conjunto dedicada a la transferencia (1912), subraya que
ésta va ligada a «prototipos», imagos (principalmente la imago del padre, pero también la de la
madre, del hermano, etc.): «[...] el médico será insertado en una de las "series" psíquicas que el
paciente tiene ya formadas».
Freud descubre que lo que se revive en la transferencia es la relación del sujeto con las figuras parentales, y especialmente la ambivalencia pulsional que caracteriza dicha relación: «Era necesario que [el paciente de Análisis de un caso de neurosis obsesiva] se convenciese, por el doloroso camino de la transferencia, de que su relación con el padre implicaba realmente este
complemento inconsciente». En este sentido, Freud distingue dos transferencias: una positiva,
otra negativa, una transferencia de sentimientos de ternura y otra de sentimientos hostiles(46).
Se observará la similitud entre estos términos y los de componentes positivo y negativo del
complejo de Edipo.
Esta extensión del concepto de transferencia, que hace de ésta un proceso que estructura el
conjunto de la cura según el prototipo de los conflictos infantiles, conduce a Freud a establecer
una noción nueva, la de neurosis de transferencia: «[...] constantemente llegamos a atribuir a
todos los síntomas de la enfermedad una nueva significación transferencial, a reemplazar la
neurosis corriente por una neurosis de transferencia, de la cual [el enfermo] puede ser curado
mediante el trabajo terapéutico».
Desde el punto de vista de su función en la cura, Freud primeramente clasifica la transferencia, de forma más o menos explícita, entre los «obstáculos» fundamentales que se oponen al recuerdo del material reprimido. Pero, también desde un principio, señala su aparición como frecuente o incluso general: «[...] podemos estar seguros de encontrarla en todo análisis relativamente serio». Asimismo, en este momento de su pensamiento, Freud constata que el mecanismo de la transferencia sobre la persona del médico se desencadena en el mismo
momento en que están a punto de ser develados algunos contenidos reprimidos especialmente
importantes. En este sentido, la transferencia aparece como una forma de resistencia y señala al
mismo tiempo la proximidad del conflicto inconsciente. Así, Freud descubre desde un principio lo
que produce la contradicción misma de la transferencia y explica las formulaciones tan dispares
que se han dado acerca de su función: en un sentido es, en comparación con el recuerdo
verbalizado, «resistencia de transferencia» (Ubertragungswiderstand): en otro sentido, en la
medida en que constituye, tanto para el sujeto como para el analista, un modo privilegiado de
captar «en caliente» e in statu nascendi los elementos del conflicto infantil, es el terreno en el
que se realiza, dentro de una actualidad irrecusable, la problemática singular del paciente, donde
éste se ve confrontado a la existencia, a la permanencia, a la fuerza de sus deseos y
fantasmas inconscientes: «Es el terreno en el que debe obtenerse la victoria [...]. Es innegable
que la tarea de domar los fenómenos de transferencia plantea al psicoanalista las máximas
dificultades; pero no debe olvidarse que tales fenómenos son precisamente los que nos
proporcionan el inestimable servicio de actualizar y manifestar las mociones amorosas, ocultas y
olvidadas; ya que, a fin de cuentas, no es posible dar muerte a algo in absentia o in effigie».
Sin duda, esta segunda dimensión adquiere una importancia progresivamente creciente a los
ojos de Freud: «La transferencia, tanto en su forma positiva como negativa, se pone al servicio
de la resistencia; pero, en manos del médico, se convierte en el más potente de los instrumentos
terapéuticos y desempeña un papel difícil de sobrevalorar en la dinámica del proceso de
curación».
Pero también se apreciará, a la inversa, que, incluso cuando Freud va más lejos en reconocer el
carácter privilegiado de la repetición en la transferencia («el enfermo no puede acordarse de
todo lo que está reprimido en él y quizá precisamente no puede recordar lo esencial [...]. Más
bien se ve obligado a repetir lo reprimido, como experiencia vivida en el presente», no deja de
subrayar inmediatamente la necesidad que tiene el analista « [...] de limitar al máximo el ámbito de
esta neurosis de transferencia, de presionar la mayor cantidad posible de contenido hacia el
camino del recuerdo y abandonar lo menos posible a la repetición».
Freud sostuvo siempre que el ideal de la cura era el recuerdo completo y, cuando éste se
muestra imposible, se confía a las «construcciones» para llenar las lagunas del pasado infantil.
En contrapartida, no valora jamás por sí misma la relación transferencial, ni desde la perspectiva
de una abreacción de las experiencias infantiles, ni desde la de una corrección de un modo
«arreal» de relación de objeto.
Refiriéndose a las manifestaciones de la transferencia, en los Estudios sobre la histeria, Freud
escribe: «[...] este nuevo síntoma que ha aparecido sobre el antiguo modelo [debe ser tratado] de
igual modo que los anteriores síntomas». Asimismo, más tarde, cuando describe la neurosis de
transferencia como una «enfermedad artificial» que ha venido a substituir a la neurosis clínica,
¿no admite una equivalencia, tanto económica como estructural, entre las reacciones
transferenciales y los síntomas propiamente dichos?
En efecto, en ocasiones Freud explica la aparición de la transferencia como un « [...]compromiso entre las exigencias [de la resistencia] y las del trabajo de investigación». Pero desde un principio reconoce que las manifestaciones transferenciales son tanto más imperiosas cuanto más próximo se encuentra el «complejo patógeno», y cuando las relaciona con una compulsión a la repetición indica que esta compulsión no puede manifestarse en la transferencia «[...] antes de que el trabajo de la cura haya venido a su encuentro relajando la represión». Desde el Caso Dora, en el que compara las transferencias a verdaderas «reimpresiones» que a menudo no implican deformación alguna respecto a las fantasías inconscientes, hasta Más allá del principio del placer (Jenseits des Lustprinzips, 1920), donde dice que la reproducción en la transferencia « [...] se presenta con una fidelidad no deseada [y que] tiene siempre como contenido un fragmento de la vida sexual infantil, y por tanto del complejo de Edipo y sus ramificaciones [...]», cada vez se destacará más la idea de que en la transferencia se actualiza lo esencial del conflicto infantil.
Ya es sabido que, en Más allá del principio del placer, la repetición en la transferencia
constituye uno de los datos invocados por Freud para justificar el hecho de situar en primer plano la compulsión a la repetición: en la cura se repiten situaciones y emociones, en las que finalmente se expresa la indestructibilidad de la fantasía inconsciente.
Cabe preguntarse entonces qué sentido debe darse a lo que Freud denomina resistencia de
transferencia. En Inhibición, síntoma y angustia (Heinmung, Symptom und Angst, 1926), la
relaciona con las resistencias del yo, en la medida en que, oponiéndose al recuerdo, renueva en
lo actual la acción de la represión. Pero conviene observar que, en el mismo texto, la compulsión
a la repetición se califica, en el fondo, de resistencia del ello (véase: Compulsión a la repetición).
Por último, cuando Freud habla de repetición, en la transferencia, de las experiencias del
pasado, de las actitudes hacia los padres, etc., esta repetición no debe tomarse en un sentido
realista que limitaría la actualización a relaciones efectivamente vividas; por una parte, lo que se
transfiere es, en esencia, la realidad psíquica, es decir, en el fondo, el deseo inconsciente y las
fantasías con él relacionadas; por otra parte, las manifestaciones transferenciales no son
repeticiones literales, sino equivalentes simbólicos, de lo que es transferido.
Una de las críticas que clásicamente se ha dirigido contra el autoanálisis, en cuanto a su eficacia
terapéutica, es el hecho de que suprime, por definición, la existencia y la intervención de una
relación interpersonal.
Freud había indicado ya el carácter limitado del autoanálisis; además subrayó el hecho de que, a
menudo, la interpretación sólo es aceptada en la medida en que la transferencia, actuando como
sugestión, confiere al analista una autoridad privilegiada. Pero puede decirse que fueron los
sucesores de Freud los que hicieron resaltar plenamente el papel del analista como otro en la
cura, y esto en varios sentidos:
1.° En la prolongación de la segunda teoría freudiana del aparato psíquico, la cura psicoanalítica
puede entenderse como el lugar en que los conflictos intrasubjetivos, ellos mismos secuelas de
las relaciones intersubjetivas de la infancia, reales o fantasmáticas, van a manifestarse de
nuevo en una relación abierta a la comunicación. Como el propio Freud hizo notar, el analista
puede encontrarse, por ejemplo, en la posición del superyó; de un modo más general puede decirse que todo el juego de identificaciones tendrá ocasión de desplegarse y de «desatarse».
2.° En la línea de pensamiento que ha conducido a valorar el concepto de relación de objeto, los
autores se han dedicado a ver intervenir, en la relación de transferencia(47), las modalidades
privilegiadas de las relaciones del sujeto con sus diferentes tipos de objetos (parciales o
totales). Como ha hecho observar M. Balint, se llega entonces a «[...] interpretar cada detalle de
la transferencia del paciente en términos de relación objetal». Este enfoque puede conducir
incluso a intentar hallar en la evolución de la cura la sucesión genética de las fases.
3.° Desde otra perspectiva, se puede hacer hincapié en el singular valor que adquiere la palabra
en la cura, y por consiguiente en la relación transferencial. Esta dimensión se encuentra ya
presente en los mismos orígenes del psicoanálisis, ya que, en la catarsis, se resaltaba tanto o
más la verbalización de los recuerdos reprimidos (talking cure) que la abreacción de los
afectos. Sin embargo, cuando Freud describe las manifestaciones más irrecusables de
transferencia, sorprende ver que las clasifica bajo el epígrafe del «actuar» (Agieren), y opone al
recuerdo la repetición como experiencia vivida. Cabe preguntarse si tal oposición es
verdaderamente esclarecedora para reconocer la transferencia en su doble dimensión de
actualización del pasado y de desplazamiento sobre la persona del analista.
En efecto, no se ve por qué el analista se hallaría menos implicado cuando el sujeto le refiere un
determinado acontecimiento de su pasado o le narra un determinado sueño(48), que cuando lo
involucra en una conducta.
Al igual que el «actuar», el decir del paciente es una forma de relación que puede tener por
finalidad, por ejemplo, complacer al analista, mantenerlo a distancia, etc.; al igual que el decir, el
actuar es una forma de vehiculizar una comunicación (por ejemplo, acto fallido).
4.° Por último, como reacción frente a una tesis extrema que consideraría la transferencia como
un fenómeno puramente espontáneo, una proyección sobre la pantalla constituida por el analista,
algunos autores han intentado completar la teoría según la cual la transferencia dependería,
fundamentalmente, de un elemento propio del sujeto, la disposición a la transferencia, señalando
lo que, en la situación analítica, favorecería la aparición de aquélla.
Se ha insistido, ora, como lo ha hecho Ida Macalpine, sobre los factores reales del ambiente
analítico (constancia de las condiciones, frustración, posición infantil del paciente), ora sobre la
relación de demanda que el análisis instaura desde un principio y por medio de la cual « [...] todo
el pasado se entreabre, hasta el fondo de la primera infancia. Demandar, es lo único que el
sujeto ha hecho siempre, sólo por ello ha podido vivir, y nosotros acogemos la continuación de
esta demanda [...]. La regresión muestra únicamente el retorno al presente de significantes
usados en demandas para las cuales hay prescripción».
No escapó a Freud la existencia de una correlación entre la situación analítica como tal y la
transferencia. Indicó incluso que, si bien podían encontrarse diversos tipos de transferencia,
materna, fraterna, etc.
« [...]las relaciones reales con los médicos hacen que sea la imago del padre [...] la determinante
[...]».