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Estudio del psicoanálisis y psicología

Diccionario de psicología, letra T, Transferencia y amor



Transferencia y amor:
Sean cuales fueren las formulaciones más o menos felices acerca de las relaciones entre
transferencia y amor, se llega a que la transferencia pone al amor en el banquillo.
Lacan destaca la paradoja que consiste en decir que la transferencia es una resistencia que
interrumpe la comunicación del inconsciente (las asociaciones cesan, para fijarse en la persona
del analista) y al mismo tiempo que es el momento en el que la interpretación del analista, que
apunta al inconsciente, adquiere todo su alcance. Por esto la transferencia es un nudo (Los
cuatro conceptos...). Lacan presenta el amor como un modo de captación, de engaño del deseo
del analista. Al persuadir al analista de que él tiene lo que puede completarlo, el analizante
desconoce lo que le falta. Pero en la medida en que el analista es la presencia que sirve de
soporte a un deseo velado, es un che vuoi? encarnado. El sujeto, en tanto que sometido al
deseo del analista, desea engañarlo acerca de su sujetamiento proponiéndole «esa falsedad
esencial que es el amor». La transferencia no es la sombra de algo vivido antes, ni los antiguos engaños del amor; es aislamiento en lo actual de su funcionamiento puro de engaño. No es tanto un amor verdadero como la verdad del amor. El engaño pone la verdad en el lugar del Otro, y «... detrás del amor de transferencia hay una afirmación del lazo del deseo del analista con el deseo del paciente» (Los cuatro conceptos...) en el lugar del Otro. Al querer hacerse digno de amor, amable, el sujeto presentifica al analista en el lugar del Otro como ideal del yo, según un trazo distintivo desde el que el sujeto se posiciona para verse amable. En este punto, el silencio del analista hace surgir la dimensión de la falta (la dimensión del objeto faltante del deseo, de lo que le falta al sujeto y con lo cual ama al otro, lo que está dispuesto a dar al otro), pero también la dimensión de la falta del Otro, que el sujeto intenta llenar mediante el objeto de su deseo, por su demanda.
El objeto a es el primer soporte de la subjetivación en la relación con el otro. La maniobra de la transferencia debe regularse de una manera que mantenga la distancia entre el punto en que el sujeto se ve amable y ese otro punto desde el que el sujeto se ve sin verse, causado como falta por a, que viene a taponar la hiancia constitutiva de la división inaugural del sujeto.
En tanto que demanda de amor, la transferencia reduce la demanda a la identificación (lazo
primordial de amor) y al poder de la sugestión, pero en tanto que esta demanda se articula con el
deseo del analista (enigmático) -y no con la contratransferencia- resulta posible atravesar el
plano de la identificación con el analista.
De modo que la paradoja de la transferencia, como resistencia y condición de la interpretación,
pone de manifiesto su función nodal, que es suplir mediante una identificación el problema de la
ligazón del deseo del sujeto con el deseo del Otro. Lo que se desea no es el Otro sino el deseo
del Otro. Alcibíades quiere hacerse amable ante Sócrates para arrebatarle su deseo. Y el deseo
es la falta.
El Otro es un lugar en el que se despliega el engaño, pero la transferencia no se detiene allí. En el horizonte de la demanda (de amor), y por la reversibilidad de esta última (comer-ser
comido-hacerse comer; ver-ser visto-hacerse ver), a la que Lacan da como soporte el círculo de
reversión en la botella de Klein, está la estructura del deseo del Otro. Encontrando su asiento en
el Otro y queriendo captar su deseo, el sujeto encuentra la falta donde habita ese deseo, o sea
el objeto a. En el engaño del amor de transferencia se trata entonces de algo que, sin que el
sujeto lo sepa, intenta captar de alguna manera, imaginaria o actuada, ese objeto a en el deseo
del analista.
No obstante, a pesar de toda su importancia y su constancia, esto que dice Lacan sobre el amor
sólo expresa parcialmente el lugar del amor en su enseñanza. Les non-dupes errent (1973)
sostiene que si el psicoanálisis es un medio, ocupa el mismo lugar que lo imaginario de lo bello
como medio, en el nudo borromeo, entre real (la muerte) y simbólico (la palabra de amor que
soporta el goce). El amor, y más precisamente el amor cortés, viene a este lugar de lo imaginario
como «medio». Parecería que, en el ejercicio mismo del psicoanálisis, según Lacan hay que
distinguir diversos tipos de amor, por lo menos dos. Por una parte está lo que Lacan,
precisamente al final de Les non dupes errent, llama «el amor corriente», «el amor en el sentido
ordinario», «el amor tal como uno se lo imagina», y que es la transferencia. Este amor revela su
verdad de engaño y se dirige al sujeto supuesto saber. Pero hay otro amor, el amor «cortés»,
que excedería a la transferencia, con una función de anudamiento entre real y simbólico.
Excedería a la transferencia porque excedería al sujeto supuesto saber, en cuanto surgiría
precisamente allí donde hay encuentro con la imposibilidad de un saber inscribible sobre la
relación sexual.
¿Acaso marca esto el momento de emergencia del deseo del analista? «El deseo del analista no
es un deseo puro, es un deseo de alcanzar la diferencia absoluta» (Los cuatro conceptos ... ).
Por «diferencia absoluta» habría entonces que entender «diferencia sexual». «Absoluta», pues
no instaura ninguna relación entre los sexos.
Los equívocos gramaticales de la fórmula
«sujeto supuesto saber»
A partir de 1964, esta fórmula constituye el eje en torno al cual gira la noción de transferencia, y
esto hasta el último seminario de Lacan (La Dissolution). No obstante, se trata de una fórmula lo
bastante flexible como para recibir interpretaciones que la modulan, principalmente en función del
cambio de la relación de Lacan con el saber del analista. Su equivocidad gramatical se presta a
las inversiones de sentido y autoriza por ello una inversión de la posición del sujeto en la
transferencia, con lo cual desde el punto de partida resulta «pensable» un final para esta última.
El verbo «saber» puede entenderse como transitivo, activo, con un sujeto agente, lo que dota al
saber de un complemento de objeto: el sujeto es supuesto saber algo, y la atención se dirige
entonces hacia ese algo que es a saber. A la inversa, «saber» puede también entenderse como
verbo intransitivo, sin complemento de objeto; se entiende entonces más bien la puesta en
cuestión de la existencia de un sujeto supuesto al saber: si es supuesto (¿qué lo supone?),
¿cómo podría éI saber?
Esta doble polaridad de la fórmula implica la existencia de un sujeto dividido, latente en ese
estado, pero que a término puede ser engendrado por el acto analítico. Ésta es una fórmula
doble que pone en cuestión lo mismo que autoriza. En la continuación de sus seminarios, Lacan
procede a variar su interpretación en función de esta equivocidad. Después de 1969, es decir,
después de haber llamado saber al significante S2, Lacan privilegia la interpretación intransitiva
de la fórmula.
En 1972 (el 10 de mayo) Lacan dice que «sujeto supuesto saber» es un pleonasmo, pues un
sujeto nunca es más que supuesto, por debajo, hypokeimenon, término éste de Aristóteles que el
propio Lacan retoma por primera vez, En Aun se puede leer una frase que resume la vertiente
«intransitiva» de la fórmula del sujeto supuesto saber: «Decir que hay sujeto no es sino decir
que hay hipótesis». En 1978, en Le Moment de Conclure (10 de enero), Lacan precisa lo que
sería el saber que hay que esperar del analista en posición de sujeto supuesto saber: un
supuesto saber leer «de Otro modo» [Autrement]. «De Otro modo [Autrement] designa una falta.
Es de faltar de Otro modo que se trata. »
La emergencia de este saber leer de Otro modo, ¿no corresponde justamente a un cambio total
de la fórmula, a una desuposición de un sujeto agente de un (supuesto) saber que tiene un
complemento de objeto directo? Es decir, ¿no corresponde a la emergencia, a partir incluso del
sujeto supuesto saber, y por lo tanto no sin él, del sujeto del inconsciente? Es posible deducirlo
de ciertos pasajes de Aun: «En el discurso analítico de ustedes -dice Lacan-, el sujeto del
inconsciente, ustedes lo suponen saber leer».
Por otra parte, si sujeto y supuesto son pleonásticos, ¿qué es lo supuesto en el sujeto supuesto
saber? Un saber es supuesto a un sujeto él mismo supuesto. Esto era ya legible en el algoritmo
de la transferencia que figura (y solamente allí) en la «Proposición del 9 de octubre de 1967», en
la que tanto el sujeto como el saber aparecen debajo de la barra. El sujeto supuesto al saber y el
sujeto del inconsciente son ambos atribuciones, suposiciones, cosas que están debajo. Se
asemejan uno al otro como conciencia e inconsciente en una equivocación ([une bévuel
Unbewusste): «Equivocación es el único sentido que nos queda para esta conciencia. Esto es
muy inquietante, porque esta conciencia se asemeja mucho al inconsciente» (10 de mayo de
1977).
El recubrimiento del sujeto supuesto saber por el sujeto del inconsciente es evocado por las
palabras de Lacan en 1978, en oportunidad de las jornadas de estudio sobre el pase: «Para
constituirse como analista hay que estar tremendamente chiflado; chiflado por Freud,
principalmente. Es decir, creer en esta cosa absolutamente loca que se llama el inconsciente y
que he tratado de traducir como sujeto supuesto saber» (Lettres de l’ÉFP, nº 23).
El equívoco gramatical de la fórmula «sujeto supuesto saber», de la cual hemos partido,
corresponde aparentemente al recubrimiento del sujeto supuesto saber por el sujeto del
inconsciente. Existe un momento, asociado a un lugar lógico, en el que son indiscernibles,
indiferenciados. Si el inconsciente es un saber, si un saber es una conexión de significantes, si
el significante representa a un sujeto (del inconsciente) para otro significante, y si el sujeto es
por definición supuesto, entonces ya no se distingue lógicamente el sujeto del inconsciente del
sujeto supuesto saber. El problema que plantea esta indiferenciación es nada menos que la
salida de la transferencia. El encuentro de un nivel de indiferenciación del sujeto supuesto saber
y el sujeto del inconsciente, ¿no entraña el riesgo de que el sujeto prolongue el amor corriente de
transferencia en un amor a su inconsciente? ¿No hace esto imposible el fin del análisis? Ahora
bien, que por primera vez en la historia nos sea posible rehusarnos a amar nuestro inconsciente:
precisamente en estos términos sostiene Lacan la apuesta de lo real [reel, I'R, l'erre] al final de
Les non-dupes errent.
Para superar la indiferenciación de estos dos sujetos se necesita un tercer término. Después de
haber relacionado la transferencia con el sujeto supuesto saber, en 1964, Lacan advierte que
hay un problema vinculado a la indeterminación del sujeto, y habla de él en Les problémes
cruciaux (1965). Desea, dice, que el análisis desemboque en otra cosa que en una identificación
del sujeto indeterminado (el sujeto del inconsciente) «con el sujeto supuesto saber, es decir, con
el sujeto del engaño» (19 de mayo de 1965). ¿En qué medida es esto posible? En la medida en
que hay un «tercer jugador que se llama la realidad de la diferencia sexual». De allí «toma el
sujeto su nueva certidumbre, la de albergarse en la pura falta del sexo». En ese tercer polo, el
de la realidad de la diferencia sexual, no hay una falta en saber sino un interdicto de saber,
«todo resulta de un "no se quiere saber nada de ello"» (en 1965 no estamos aún en el «no hay
relación sexual»). A esto se añade que la verdad de ese tercer polo hace retorno en el síntoma.
En este sentido, desde 1965 Lacan se ve llevado a hablar de otra división que la del sujeto y el
saber: la división entre sujeto y síntoma: «La división de sujeto y síntoma es la encarnación del
nivel en que la verdad retoma sus derechos y bajo la forma de ese real no sabido, de ese real
imposible de agotar que es ese real del sexo» (9 de junio de 1965). En la perspectiva que hemos
desarrollado, lo real, como imposible saber de la relación sexual, sería lo que le permite a la
transferencia conducir a otra cosa que la identificación con el sujeto supuesto saber, aunque
enmascarado como sujeto del inconsciente.
Sujeto supuesto saber y objeto a
Teniendo en cuenta que Lacan hace girar la cuestión de la transferencia en tomo al objeto a (en
Le Transfert y en LAngoisse), uno puede preguntarse cómo se articulan sujeto supuesto saber
y objeto a en la transferencia. Según Lacan, objeto a y sujeto supuesto saber pueden
considerarse dos modalidades lógicas de acceso a la transferencia. El objeto a se situaría en el
plano de lo posible («Este objeto a está situado por cada uno y todos en el campo del Otro, y
esto es lo que se llama la posibilidad de la transferencia», 3 de julio de 1963) y el sujeto supuesto
saber en el plano de lo necesario («La transferencia es impensable a menos que se tome su
punto de partida en el sujeto supuesto saber», Los cuatro conceptos ... ). Con estos términos
(sujeto supuesto saber y objeto a) Lacan intenta articular el plano de la determinación científica,
significante, del sujeto, y el de la realización efectiva, contingente, con un analista.
La maniobra de la transferencia está sometida a los gajes de la práctica; depende del deseo del analista y de su saber-hacer. «El sujeto supuesto saber, eso es alguien que sabe; él sabe el truco, la manera de curar una neurosis» (julio de 1978, Lettres de l’EFP, nº 25). La salida del análisis no se presenta según la modalidad de lo necesario y no es determinable de antemano.
Esta operación no es necesaria, es posible si uno le da su oportunidad al objeto a.
El sujeto supuesto saber permite situar la transferencia con respecto al sujeto de la ciencia,
sobre el que operamos en psicoanálisis, y cuyo origen lógico deriva del acto significante del
cogito. Con él se relaciona la transferencia en las diferentes estructuras clínicas, incluso en las
psicosis. Como en el caso de las neurosis y las perversiones, existe lo que Lacan llama una
«coalescencia» (D'un Autre à l'autre, 1969) de la estructura clínica con una modulación del
sujeto supuesto saber.
Hay sujeto supuesto saber al principio y al final del análisis. «Esta suposición es muy útil para
emprender la tarea analítica» (7 de febrero de 1968), pero también, dice Lacan en l’Acte
psychanalytique, el sujeto supuesto saber es objeto de una cita fijada para más tarde: «Al
comienzo, el psicoanalizante toma su bastón y carga su alforja para acudir a la cita con el sujeto
supuesto saber» (24 de enero de 1968). Sólo llegará a esa cita de una cierta manera al final,
cuando justamente vacila la ilusión del sujeto supuesto saber: «La operación del acto analítico
debe reducir este sujeto supuesto saber a la función del objeto a; en esto se ha convertido, en
un análisis, aquel que lo ha fundado en un acto, a saber, el propio psicoanalista» (24 de enero
de 1968).
Se encuentra al sujeto supuesto saber cuando el analista, al término del análisis, se convierte en
él «por hipótesis». Se convierte en él por hipótesis en el momento en que el sujeto supuesto
saber es «eliminado», en que «cae». El analista habrá sido el sujeto supuesto saber cuando su
función se reduce a la del objeto a, desecho, residuo del saber. La operación de des-ser que
sufre el sujeto supuesto saber -y que representa el acto analítico- consiste en el reparto entre
los dos partenaires, analista y analizante, de los dos términos del fantasma, 1 y a; el analizante
no es todo-sujeto pues, dividido, es «no-todo», y es no-sin ese objeto rechazado al lugar
preparado por la presencia del psicoanalista para que él se sitúe en esa relación de causa de su
división de sujeto; toda la verdad del síntoma no se ha convertido en saber, queda un resto que
se llama objeto a. El saber obtenido es una «realización significante juntada a una revelación del
fantasma» (20 de marzo de 1968).
Al final del análisis está por un lado el S, «simbolizado por ese momento fulminante del, entre-dos
mundos del despertar de un sueño hipnótico» (21 de febrero de 1968), y por el otro el a en tomo
al cual se han instaurado los revestimientos narcisistas que dan soporte al amor. El sujeto que
adviene no es el sujeto del saber sino el sujeto de la certidumbre, una certidumbre anticipada (cf.
«El tiempo lógico») en la prisa por concluir y verificada retroactivamente por las escansiones. No
es sujeto supuesto saber, puesto que no es todo saber, pero tampoco no sin saber.
Para cada uno, el fracaso en totalizar un saber del final del análisis cuando uno se encuentra en
ese momento, es una de las razones que justifican el testimonio indirecto del procedimiento del
pase, en el que se pone en el banquillo el deseo del analista, ese deseo que no es otro que
«llevar al paciente a su fantasma original; no es nada a enseñarle, es aprender de él cômo
hacer»