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Estudio del psicoanálisis y psicología

Diccionario de psicología, letra V, Verdad



Verdad

s. f. (fr. vérité; ingl. truth; al. Wahrheit). Dimensión esencial de la experiencia psicoanalítica en
tanto, en el sentido que le da J. Lacan, no tiene otro fundamento que la palabra.
En uno de sus grandes textos conclusivos (Análisis terminable e interminable, 1937), Freud
escribe que «la relación psicoanalítica está basada en el amor a la verdad, es decir, el
reconocimiento de la realidad». He aquí algo que parece fácilmente aceptable, y sin embargo:
¿de qué verdad y de qué realidad se trata?, ¿qué relación hay entre verdad y realidad y qué
significa el amor por la verdad? Son cuestiones que Lacan retomará a menudo; él siempre
considera el punto de vista de los filósofos y de los lógicos, pero parte de la idea de que la
verdad no puede tener otro fundamento que la palabra, y se esfuerza por extraer las
consecuencias de ello. Heidegger ya había mostrado que la verdad, en su origen aletheia
(develamiento), había devenido, después de Platón, adequatio rei et intellectus [adecuación de
la cosa y el intelecto], y había señalado la importancia que así adquirió la mirada porque ella
comprueba la adecuación, y por el ideal que la garantiza. También Lacan rechaza esta definición
clásica de la filosofía occidental; escribe que «la palabra aparece tanto más como palabra
cuanto menos fundada está la verdad en lo que se llama la adecuación a la cosa» (Escritos). El
significante, en efecto, no designa la cosa, representa al sujeto: sólo puede haber adecuación a
la cosa fuera del registro del significante y del sujeto. «Está claro que la palabra sólo comienza
con el paso de la finta [del gesto] al orden del significante, y que el significante exige otro lugar
-el lugar del Otro, el Otro testigo, el testigo Otro distinto de cualquier participante- para que la
Palabra que soporta pueda mentir, es decir, plantearse como Verdad. De este modo, es de otra parte -no de la Realidad a la que concierne- de donde la Verdad extrae su garantía: de la
Palabra. Y de esta, además, recibe esa marca que la instituye en una estructura de ficción»
(«Subversión del sujeto y dialéctica del deseo», en Escritos).
Para mostrar cómo el sujeto se manifiesta en el engaño, Lacan recurre de buen grado a la
historia judía tomada de Freud: «¿Para qué me mientes diciéndome que vas a Lemberg, para que
crea que vas a Cracovia, cuando en verdad vas a Lemberg?». El interlocutor, como se ve, no
tiene simplemente que vérselas con un enunciado -«voy a Lemberg»- cuyo carácter verdadero o
falso debe decidir. Siente que hay engaño con un enunciado verdadero (o más bien, exacto). El
engaño se sitúa por consiguiente en un registro distinto al del enunciado: el de la enunciación y
del sujeto, registro que implica al Otro. Cuando el interlocutor exclama «¿Por qué me mientes...?»,
es al Otro como testigo de la verdad a quien apela. Es en el Otro donde se inscribe la dimensión
de la verdad, pero sin que por ello se encuentre allí a ningún garante último de esta verdad.
Un punto esencial es que el engaño y la mentira no se oponen a la verdad como contrarios.
Supongamos a un analizante que dice: «Yo miento». Para los lógicos, «yo miento» es una
paradoja que algunos, con Russell, resuelven distinguiendo dos niveles de lenguaje: mentir y
decir que se miente se situarían en dos niveles diferentes de lenguaje, de tal modo que el que
dice que miente dice efectivamente la verdad. Si el psicoanalista adopta esta posición -como lo hacen los que postulan una parte sana del yo con la cual debaten sobre la verdad-, dispensa al
sujeto de su división, cuando justamente por esta división hay verdad. La distinción pertinente es
la del enunciado y la enunciación (seminario 1964, Los cuatro conceptos...,1973). La
intervención del analista no se dirige al «yo» «je»] que se afirma en el enunciado -eso sería
entonces una relación dual-, sino que debe interesarse en el sujeto de la enunciación, de tal
modo que el analizante pueda oír de retorno su mensaje como un «te engaño» y la puntuación
del analista como un «dices la ver -dad». Es la revelación, en la trasferencia, del engaño
inconciente la que produce aquí un efecto de verdad. Este se obtiene porque el analista, por el
hecho de la ambigüedad de toda aserción, no se siente engañado, a diferencia del interlocutor
de la historia judía.
El analista hace oír al analizante la verdad de su decir, no se pone en la postura de «decir la
verdad de la verdad», lo que equivaldría a enmascarar lo imposible (cosa que Lacan enuncia
diciendo que «no hay metalenguaje» y que escribe con el matema S(A)). Del lado del analizante,
el efecto de verdad, fundamental para el progreso de la cura, «culmina en un velo irreductible».
Aquí Lacan invoca otra vez a Heidegger, mas, para él, si la verdad devela y esconde
simultáneamente, esto no obedece a lo que sería del orden del ser, sino a la falta en ser que el
significante determina, a lo real que el significante establece. Porque existe esto real, el que se
esfuerza en decir la verdad no hace más que «mediodecirla», y esta tiene «estructura de
ficción». Pero el psicoanálisis no puede detenerse en esta comprobación y la verdad deviene
entonces el reconocimiento de eso real. En este sentido, justamente, Lacan dice que la verdad
es extraña, inhumana, que es el destino de todos rechazar lo horrible de ella. En consecuencia,
es ella la que habla (cf. famoso «yo, la verdad, hablo», en «La cosa freudiana», Escritos). Ella
habla en las formaciones del inconciente y en los síntomas. La verdad de los síntomas
neuróticos, dice Lacan, es tener la verdad como causa.
¿Se puede amar entonces la verdad? Lacan ironiza sobre el amor a la verdad y pone en guardia
contra un amor que sólo recaería en las manifestaciones sintomáticas de la verdad, no
renunciaría al goce que estas procuran y anclaría con ello en la impotencia (seminario
1969-1970, El revés del psicoanálisis). El imperativo freudiano (Wo Es war soll Ich werden, «allí
donde ello era, yo debo advenir») prescribe, dice Lacan, el camino a la verdad. A su término, la
cura debería desembocar en una verdad «incurable», una verdad «no sin saber», que no implica
ninguna exhaustivación del saber inconciente, sino un saber sobre la estructura, sobre lo
imposible que ella establece, saber que está en el lugar de la verdad en el discurso analítico.
Véase discurso.