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Estudio del psicoanálisis y psicología

Diccionario de psicologia, letra Y, Yo (partre II)



Viene de...

3.° En la descripción del conflicto defensivo, y más especialmente en la clínica de la neurosis
obsesiva, el yo se afirma como la instancia que se opone al deseo. Oposición que viene
señalada por el afecto displacentero y que adquiere desde un principio la forma de una lucha
entre dos fuerzas en las que se reconoce igualmente la marca de la pulsión; al querer poner en
evidencia la existencia de una neurosis infantil «completa» en Análisis de un caso de neurosis
obsesiva, Freud descubre: «una pulsión erótica y una rebeldía contra la misma, un deseo (aun
no compulsivo) y un temor (ya compulsivo) que lucha contra él, un afecto penoso y un impulso a
realizar acciones defensivas». Preocupado por dar al yo, simétricamente a la sexualidad, un
soporte pulsional, Freud se ve inducido a describir el conflicto como la oposición entre las
pulsiones sexuales y las pulsiones del yo.
En el mismo orden de ideas, Freud se pregunta sobre el desarrollo de las pulsiones del yo,
desarrollo que debería tomarse en consideración a igual título que el desarrollo libidinal, y sugiere
que, en el caso de la neurosis obsesiva, el desarrollo de las pulsiones del yo podría ir adelantado
sobre el desarrollo libidinal.
4.ª Durante este período aparece una nueva concepción, la del yo como objeto de amor, basada
especialmente en los ejemplos de la homosexualidad y de las psicosis; esta concepción
predominará en cierto número de textos de los años 1914-1915, que marcan un verdadero giro
del pensamiento freudiano.
IV. En este período de cambio (1914-1915) se elaboran tres nociones íntimamente ligadas entre
sí: el narcisismo, la identificación como constitutiva del yo, y la diferenciación, dentro del yo, de
ciertos componentes «ideales».
1.° Lo que la introducción del narcisismo implica en cuanto a la definición del yo puede resumirse
del siguiente modo:
a) el yo no existe desde un principio ni tampoco aparece como el resultado de una diferenciación
progresiva. Para constituirse requiere «una nueva acción psíquica»;
b) se define como unidad en relación con el funcionamiento anárquico y fragmentado de la
sexualidad que caracteriza al autoerotismo;
c) se ofrece como objeto de amor a la sexualidad, a igual título que un objeto exterior. Bajo la
perspectiva de una génesis de la elección objetal, Freud se ve inducido incluso a establecer la
secuencia: autoerotismo, narcisismo, elección objetal homosexual, elección objetal heterosexual;
d) esta definición del yo como objeto impide que sea confundido con el conjunto del mundo
interior del sujeto. Así, Freud tiende a mantener, en contraposición a Jung, una distinción entre la
introversión de la libido sobre las fantasías y una «vuelta de aquélla sobre el yo»;
e) desde el punto de vista económico, «el yo debe considerarse como un gran reservorio de
libido, de donde ésta es enviada hacia los objetos y que se halla siempre dispuesto a absorber la
libido que refluye a partir de los objetos». Esta imagen del reservorio implica que el yo no es
simplemente un lugar de paso para la energía de catexis, sino el lugar de un estancamiento
permanente de ésta, e incluso que es constituido como forma por esta carga energética. De ahí
la imagen de un organismo, de un «pequeño animal protoplasmático» que se emplea para
caracterizarlo;
f) por último, Freud describe como típica una «elección objetal narcisista», en la que el objeto de
amor viene definido por su semejanza con el propio yo del individuo. Pero, aparte de un tipo
particular de elección objetal, que viene ilustrada, por ejemplo, por ciertos casos de
homosexualidad masculina, lo que Freud se ve inducido a modificar para situar el yo del sujeto
es el conjunto de la noción de elección objetal, incluido el tipo denominado apoyo.
2.° Durante el mismo período se enriquece considerablemente el concepto de identificación: junto
a aquellas formas, reconocidas desde un principio en la histeria, en las que la identificación
aparece como transitoria, como una forma de significar, en un auténtico síntoma, una similitud
inconsciente entre la persona y otro, Freud distingue otras formas fundamentales de
identificación; ésta ya no es sólo la expresión de una relación entre yo y otra persona: el yo
puede experimentar una profunda modificación por la identificación, convirtiéndose en el residuo
intrasubjetivo de una relación intersubjetiva. Así, en la homosexualidad masculina, «el joven no
abandona a su madre, sino que se identifica con ella y se transforma en ella [...]. Lo que
sorprende es el alcance de tal identificación: modifica el yo en una de sus partes más
importantes, el carácter sexual, según el prototipo de lo que anteriormente era objeto».
3.° Como resultado del análisis de la melancolía y de los procesos que ésta pone de manifiesto,
se transforma profundamente la noción de yo.
a) la identificación con el objeto perdido, manifiesta en el melancólico, se interpreta como una
regresión, a una identificación más arcaica, concebida como una fase preliminar de la elección
objetal «[...] en la cual el yo quiere incorporarse este objeto». Esta idea prepara el camino para
una concepción de un yo que no sólo sería remodelado por identificaciones secundarias, sino
que desde el principio se constituiría por una identificación que tendría como prototipo la
incorporación oral;
b) el objeto introyectado en el yo es descrito por Freud en términos antropomórficos; es
sometido a los peores tratos, sufre, el suicida aspira a matarlo, etc.;
c) con la introyección del objeto, de hecho es toda una relación la que puede interiorizarse al
mismo tiempo. En la melancolía, el conflicto ambivalente hacia el objeto será transpuesto a la
relación con el yo;
d) el yo no es concebido ya como la única instancia personificada dentro del psiquismo. Algunas
partes pueden separarse por escisión, especialmente la instancia crítica o conciencia moral: una
parte del yo se sitúa frente a otra, la juzga críticamente, la toma, por así decirlo, como objeto.
Se afirma así la idea, que ya se encuentra en Introducción al narcisismo, según la cual la gran
oposición existente entre la libido del yo y la libido de objeto no basta para explicar todas las
modalidades del retiro narcisista de la libido. La libido «narcisista» puede tener como objetos toda
una serie de instancias que forman un sistema complejo y cuya pertenencia al sistema del yo es
connotada, por lo demás, por los nombres con que Freud las designa: yo ideal, ideal del yo,
superyó.
V. La «vuelta» de 1920: como puede verse, esta fórmula sólo puede aceptarse con reservas,
por lo menos en lo que respecta a la introducción de la noción de yo. Con todo, no es posible
negar el propio testimonio de Freud sobre el cambio esencial que entonces se produjo. Parece
que, si la segunda teoría tópica hace del yo un sistema o una instancia, ello se debería ante todo
a que tiende a amoldarse a las modalidades del conflicto psíquico mejor que la primera teoría, de
la cual puede decirse esquemáticamente que tomaba como eje principal los diversos tipos de
funcionamiento mental (proceso primario y proceso secundario). Ahora se elevan a la categoría
de instancias del aparato psíquico las partes que intervienen en el conflicto, el yo como agente
de la defensa, el superyó como sistema de prohibiciones, el ello como polo pulsional. El paso de
la primera tópica a la segunda no implica que las nuevas «provincias» invaliden las delimitaciones
anteriores entre Inconsciente, Preconsciente y Consciente. Pero, en la instancia del yo, vienen a
agruparse funciones y procesos que, dentro del marco de la primera tópica, se hallaban
repartidos entre varios sistemas:
1.° La conciencia, en el primer modelo metapsicológico, constituía un auténtico sistema autónomo
(sistema w del Proyecto de psicología científica), para inmediatamente ser asociada por Freud,
en forma no exenta de dificultades, al sistema Pcs (véase: Conciencia); ahora se precisa su
situación tópica: ella es el «núcleo del yo»;
2.° las funciones reconocidas al sistema Preconsciente se incluyen, en su mayor parte, en el yo;
3.° el yo, y éste es el punto sobre el que insiste especialmente Freud, es en gran parte
inconsciente. Así lo demuestra la clínica y, sobre todo, las resistencias inconscientes halladas
en la cura: «Hemos encontrado en el propio yo algo que también es inconsciente, que se
comporta exactamente igual que lo reprimido, es decir, que produce poderosos efectos sin
volverse consciente y que, para ser hecho consciente, exige un trabajo particular». Con esto
Freud abría un camino que fue ampliamente explorado por sus sucesores: se han descrito
técnicas defensivas del yo que no sólo son inconscientes en el sentido de que el sujeto ignora
sus motivos y el mecanismo, sino además porque presentan un matiz compulsivo, repetitivo,
«arreal», que las asemeja a lo reprimido, contra lo cual luchan.
Esta ampliación del concepto de yo implica que se atribuye a éste, en la segunda tópica, las más
diversas funciones: control de la motilidad y de la percepción, prueba de la realidad, anticipación,
ordenación temporal de los procesos mentales, pensamiento racional, etc., pero también
desconocimiento, racionalización, defensa compulsiva contra las exigencias pulsionales. Como
se ha señalado, estas funciones pueden agruparse en pares antinómicos (oposición a las
pulsiones y satisfacción de las pulsiones, insight y racionalización, conocimiento objetivo y
deformación sistemática, resistencia y levantamiento de resistencias, etc.), antinomias que no
hacen más que reflejar la situación asignada al yo en relación con las otras dos instancias y la
realidad. Según el punto de vista en que se sitúa, Freud resalta, unas veces la heteronomía del
yo, otras sus posibilidades de una relativa autonomía. El yo aparece esencialmente como un
mediador que se esfuerza en atender exigencias contradictorias; « [...] se halla sometido a una
triple servidumbre, por lo cual se encuentra amenazado por tres tipos de peligros: el proveniente
del mundo exterior, el de la libido del ello y el de la severidad del superyó [...]. Como ser-limítrofe,
el yo intenta actuar de intermediario entre el mundo y el ello, hacer que el ello obedezca al mundo
y hacer que el mundo, gracias a la acción muscular, se adapte al deseo del ello».
VI. La extensión adquirida por la noción de yo en la teoría psicoanalítica lo demuestra tanto la
atención que le han prestado numerosos autores como la diversidad de sus modos de abordaje.
Así, toda una escuela se ha propuesto como objetivo relacionar las adquisiciones psicoanalíticas
con las de otras disciplinas: psicofisiología, psicología del aprendizaje, psicología infantil,
psicología social, con vistas a constituir una verdadera psicología general del yo. Un intento de
este tipo hace intervenir nociones como la de energía desexualizada y neutralizada a disposición
del yo, la de función llamada «sintética» y la de una esfera no conflictual del yo. El yo se
concibe, ante todo, como un aparato de regulación y de adaptación a la realidad, y cuya génesis
se intenta explicar por medio de procesos de maduración y de aprendizaje, a partir de la
dotación sensorio-motriz del lactante. Incluso aunque puedan encontrarse, en el origen de estos
conceptos, algunos puntos de apoyo en el pensamiento freudiano, parece más difícil admitir que
la última teoría del aparato psíquico encuentre allí su expresión más adecuada. Ciertamente no se
trata de oponer a esta orientación de la ego psychology una exposición de lo que sería la
«verdadera» teoría freudiana del yo: más bien sorprende la dificultad de situar en una misma
línea de pensamiento el conjunto de las aportaciones psicoanalíticas al concepto de yo,
Esquemáticamente puede intentarse agrupar las concepciones freudianas en dos orientaciones,
considerando los tres grandes problemas que plantean la génesis del yo, su situación tópica
(principalmente su relación con el ello) y, por último, lo que se entiende por energía del yo desde
un punto de vista dinámico y económico.
A) En una primera perspectiva, el yo aparece como el resultado de una diferenciación
progresiva del ello por influencia de la realidad exterior; esta diferenciación parte del sistema
Percepción-Conciencia, que se compara con la capa cortical de una vesícula de substancia viva:
el yo «[...] se ha desarrollado a partir de la capa cortical del ello, que, dispuesta para recibir y
apartar las excitaciones, se halla en contacto directo con el exterior (la realidad). Tomando como
punto de partida la percepción consciente, el yo somete a su influencia territorios
progresivamente más amplios, capas cada vez más profundas del ello».
El yo puede entonces definirse como un verdadero órgano que, cualesquiera que sean los
fracasos efectivos que sufra, está destinado por principio, como representante de la realidad, a
asegurar un control progresivo de las pulsiones: «Se esfuerza en lograr que impere la influencia
del mundo exterior sobre el ello y sus tendencias, intenta reemplazar el principio de placer, que
reina sin restricción en el ello, por el principio de realidad. La percepción cumple, respecto al yo,
una función análoga a la que posee la pulsión dentro del ello». Como el propio Freud indica, la
distinción entre el yo y el ello reasume entonces la oposición entre la razón y las pasiones.
En esta concepción, el problema de la energía de que dispondría el yo no deja de plantear
dificultades. En efecto, en la medida en que el yo es el producto directo de la acción del mundo
exterior, ¿cómo podría tomar de éste una energía capaz de actuar dentro de un aparato psíquico
que funciona, por definición, con su propia energía? En ocasiones Freud se ve inducido a hacer
intervenir la realidad, ya no solamente como un dato exterior que el individuo ha de tener en
cuenta para regular su funcionamiento, sino con todo el peso de una verdadera instancia (a igual
título que las instancias de la personalidad psíquica que son el yo y el superyó) actuando en la
dinámica del conflicto. Pero, si la única energía de la que dispone el aparato psíquico es la
energía interna procedente de las pulsiones, la que se encuentra a disposición del yo sólo puede
ser secundaria, derivada del ello. Esta solución, que es la que por lo general suele admitir Freud,
tenía forzosamente que conducir a la hipótesis de una «desexualización» de la libido, hipótesis
de la que cabe pensar que no hace más que localizar en una noción, a su vez problemática, una
dificultad doctrinal.
La concepción que acabamos de recordar aquí plantea, en conjunto, dos grandes problemas:
por una parte, ¿cómo comprender la tesis, en la que se basa, de una diferenciación del yo
dentro de una entidad psíquica cuyas características se hallan mal definidas?, y, por otra, ¿no
resulta difícil integrar en esta génesis casi ideal del aparato psíquico toda una serie de
aportaciones fundamentales y propiamente psicoanalíticas a la noción de yo?
La idea de una génesis del yo está cargada de ambigüedades, que, por lo demás, fueron
mantenidas por Freud a todo lo largo de su obra y que no hacen más que agravarse con el
modelo propuesto en Más allá del principio del placer (Jenseits des Lustprinzips, 1920). En
efecto, la evolución de la «vesícula viva» invocada en este texto puede concebirse a distintos
niveles: filogenia de la especie humana, o incluso de la vida en general, evolución del organismo
humano, y también diferenciación del aparato psíquico a partir de un estado indiferenciado. Así,
pues, ¿qué valor debe concederse a esta hipótesis de un organismo simplificado que construiría
sus propios límites, su aparato receptor y su protector contra las excitaciones bajo el impacto de
las excitaciones externas? ¿Se trata de una simple comparación que ilustra mediante una
imagen, tomada, más o menos válidamente, de la biología (el protozoo), la relación del individuo
psíquico con lo que es exterior al mismo? En tal caso, el cuerpo debería, en rigor, considerarse
como formando parte del «exterior» en relación con lo que sería una vesícula psíquica, pero esta
idea sería contraria al pensamiento de Freud: él jamás consideró equivalentes las excitaciones
externas y las internas, o pulsiones, que atacan constantemente, desde dentro, al aparato
psíquico e incluso al yo, sin posibilidad de huida. Nos vemos, pues, inducidos a buscar una
relación más íntima entre esta representación biológica y su transposición psíquica. En
ocasiones Freud se apoya en una analogía real existente, por ejemplo, entre las funciones del yo
y los aparatos perceptivos y protectores del organismo: de igual modo que el tegumento
constituye la superficie del cuerpo, el sistema Percepción-Conciencia se halla en la «superficie»
del psiquismo. Un enfoque de este tipo induce a concebir el aparato psíquico como el resultado
de una especialización de las funciones corporales, y el yo como el producto final de una larga
evolución del aparato de adaptación.
Por último, a otro nivel, cabe preguntarse si la insistencia de Freud en utilizar esta imagen de una
forma viviente caracterizada por su diferencia de nivel energético con respecto al exterior,
poseyendo un límite sometido a efracciones, que constantemente debe defenderse y
reconstituirse, no se basa en una relación real entre la génesis del yo y la imagen del organismo,
relación que Freud sólo en raras ocasiones formuló explícitamente: «El yo es, ante todo, un yo
corporal, no es solamente un ser de superficie, sino que él mismo es la proyección de una
superficie». «El yo deriva, en último término, de sensaciones corporales, principalmente de las
que se originan en la superficie del cuerpo. Puede así considerarse como una proyección mental
de la superficie del cuerpo, junto al hecho [...]de que representa la superficie del aparato
mental». Esta indicación invita a definir la instancia del yo como basada en una operación
psíquica real consistente en una «proyección» del organismo en el psiquismo.
B) Esta última observación invitaría, por sí sola, a agrupar toda una serie de ideas, centrales en
psicoanálisis, que permiten definir otra perspectiva. Esta no elude el problema de la génesis del
yo; busca la solución, no recurriendo a la idea de una diferenciación funcional, sino haciendo
intervenir operaciones psíquicas particulares, verdaderas precipitaciones en el psiquismo de
rasgos, imágenes, formas tomadas del otro humano (véase especialmente: Identificación;
Introyección; Narcisismo; Fase del espejo; Objeto «bueno», objeto «malo»). Los psicoanalistas
se han dedicado a investigar los momentos electivos y las etapas de estas identificaciones, y a
definir las que son específicas a las diversas instancias: yo, yo ideal, ideal del yo, superyó. Se
observará que, entonces, la relación del yo con la percepción y con el mundo exterior adquiere
un nuevo sentido, sin quedar suprimida: el yo no es tanto un aparato que se desarrollaría a partir
del sistema Percepción-Conciencía como una formación interna que tendría su origen en ciertas
percepciones privilegiadas, provenientes, no del mundo exterior en general, sino del mundo
interhumano.
Desde el punto de vista tópico, el yo se define entonces, más que como una emanación del ello,
como un objeto al que apunta éste: la teoría del narcisismo y el concepto correlativo de una libido
orientada hacia el yo o hacia un objeto exterior, según un verdadero equilibrio energético, lejos
de ser abandonada por Freud con el advenimiento de la segunda tópica, será reafirmada hasta
en sus últimos trabajos. La clínica psicoanalítica, especialmente la de las psicosis, habla también
en favor de esta concepción: menosprecio y odio del yo en el melancólico, ampliación del yo
hasta fusionarlo con el yo ideal en el maníaco, pérdida de los «límites» del yo, por retiro de la
catexis de éstas en los estados de despersonalización (como ha hecho resaltar P. Federn), etc.
Finalmente, el difícil problema del soporte energético que sería preciso atribuir a las actividades
del yo se presta a ser mejor examinado cuando se relaciona con el concepto de catexis
narcisista. Entonces el problema estriba menos en saber lo que significa el hipotético cambio
cualitativo denominado desexualización o neutralización, que en comprender cómo el yo, objeto
libidinal, puede constituir no sólo un «reservorio», sino también el sujeto de las catexis libidinales
que de él emanan.
Esta segunda línea de pensamiento, de la que hemos dado aquí algunos elementos, se nos
aparece, en la medida en que permanece más próxima a la experiencia y a los descubrimientos
analíticos, como menos sintética que la primera; deja pendiente, sobre todo, la necesaria tarea de
articular a una teoría propiamente psicoanalítica del aparato psíquico, toda una serie de
operaciones y de actividades que, con la preocupación de edificar una psicología general, una
escuela psicoanalítica ha clasificado, como cosa obvia, entre las funciones del yo.