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Estudio del psicoanálisis y psicología

Diccionario de Psicología, letra D, Didáctico (psicoanálisis)


Diccionario de Psicología, letra D, Didáctico (psicoanálisis)

A la pregunta de «cómo se convierte uno en psicoanalista», la primera respuesta de Freud fue: «Analizando sus propios sueños». Pero desde 1910, el análisis didáctico (Lehranalyse) pasa a ser una exigencia, y más tarde una necesidad. El analista en formación adquiere desde entonces su calificación en su propio análisis si éste le aporta «la convicción firme de la existencia del inconsciente». Pero esto no bastaría a su formación. El analizante sólo es apto para ser analista si continúa analizándose y no deja jamás de descubrir, tanto en él como en el otro, la sorpresa. Este pasaje Freudiano de lo finito a lo infinito de la formación del analista no nos dispensa de la demarcación del final de un análisis didáctico que permita garantizar una formación suficiente para el ejercicio del análisis. El análisis didáctico intenta obtener un «estado que no existe jamás espontáneamente en el yo». La «pretensión del análisis» -el término es de Freud- apunta a la producción de un «estado que no existe jamás espontáneamente en el yo». Estos efectos de estructura -según Freud- tienen alcance sobre la pulsión de modo que ella no obtenga «más la satisfacción por su vía propia». Comprobamos que Lacan se une a Freud con su propia pregunta: ¿cómo vive la pulsión alguien que ha atravesado su fantasma? La diferencia es que la teoría del fantasma está menos elaborada en Freud, y sin embargo la articulación entre «la satisfacción» de la pulsión y el fantasma puede leerse en el texto de Freud en el término Verlötung (soldadura), que encontramos en Tres ensayos de teoría sexual, donde Freud considera anormal la soldadura entre la pulsión sexual y el objeto. En la vida sexual normal, la pulsión parece implicar su objeto por sí misma. En cuanto a lo que muestra el análisis dice lo siguiente: «Debemos indicar en nuestras concepciones que hay que soltar el enlace entre la pulsión y el objeto. ¿Cómo resulta posible este corte en el análisis? Lacan ha intentado una respuesta con lo que él denomina el «atravesamiento» del fantasma, por el cual el sujeto es conmovido en sus cimientos identificatorios narcisistas y fálicos por el descubrimiento de lo que él era como objeto en el deseo del Otro mucho antes de su nacimiento: «Wo Es war, soll Ich werden», que Lacan traduce «Allí donde ello era -se puede decir-, allí donde se era -querríamos nosotros que se oiga-, es mi deber llegar a ser» como sujeto. Una tal «ventaja» obtenida sobre el inconsciente no pone al analizante ni al analista al abrigo de un retorno del narcisismo. Lo cual llevó a Freud a proponer al analista «una nueva ronda de análisis cada cinco años». Freud diferenció el análisis terapéutico del análisis didáctico, en el cual «la meta terapéutica había pasado a ser otra» y «la intención era un agotamiento radical de las posibilidades de enfermedad y la realización de una profunda modificación de la persona». El análisis didáctico se especifica por la formulación del voto «de ser analista». «Síntoma» del que el analista no pide ser «curado», sino poder analizarlo como a toda demanda que se somete al análisis. En este punto adquiere su importancia el deseo del analista, tal como Lacan lo ubica en el principio de la autorización para convertirse en analista. El analista se autoriza por su deseo, por una falta entonces cuyas ramificaciones inconscientes ha descubierto a través de su análisis. Lo mismo que todo deseo, éste no puede sino significarse, por lo tanto para convertirse en analista es necesario el concurso de varios. Formación e instituciones de analistas El Instituto de Berlín propuso en 1920 un programa de estudios que comprendía, además del análisis didáctico, un cursus teórico, un curso obligatorio, un cursus práctico, y trabajos de práctica terapéutica (análisis de control) y seminarios técnicos. En ¿Pueden los legos ejercer el análisis? (1926), Freud realiza el comentario siguiente: «En estos institutos (Berlín, Viena, Londres), los propios candidatos son analizados, reciben una enseñanza teórica, en forma de cursos, sobre todos los temas importantes para ellos, y se benefician con el control [las cursivas son nuestras] de analistas de más edad, que tienen experiencia, cuando se los autoriza a realizar sus primeros ensayos en casos leves. Esa formación toma más o menos dos años. Naturalmente, después de ese tiempo sólo se es principiante, no todavía un maestro. Lo que aún falta debe adquirirse necesariamente por la práctica y el intercambio de ideas en el seno de las sociedades psicoanalíticas, donde los miembros más jóvenes se encuentran con los más antiguos. La preparación para la actividad analítica no es fácil ni simple; el trabajo es duro, la responsabilidad grande. Pero quien ha pasado por esa enseñanza, quien ha sido él mismo analizado, quien ha captado de la psicología del inconsciente lo que hoy puede saberse, quien está al corriente de la ciencia de la vida sexual y ha adquirido la técnica delicada del psicoanálisis, el arte de la interpretación, la lucha contra las resistencias y el manejo de la transferencia, esa persona ya no es un profano en el campo del psicoanálisis [en cursivas en el original]. Está habilitado [las cursivas son nuestras] para emprender el tratamiento de trastomos neuróticos, y con el tiempo podrá realizar todo lo que cabe exigir de esta terapia». En ese «programa» de Freud, en lo que concierne al pasaje a la práctica del análisis hay un movimiento doble. En primer lugar, el candidato (analizante) es autorizado (zugelassen werden) por sus pares a pasar a la práctica bajo control, mientras continúa su formación. En un segundo tiempo, su relación con el inconsciente lo habilita (befühigt) para el ejercicio del análisis. Las dos posibilidades de calificación del analista que conocemos se distinguen por una elección institucional: 1. El futuro analista es destituido de su propio querer. «Se» quiere por él en términos que lo privan de su iniciativa. 2. Es invitado a explicitar las razones en las que se funda al pretenderse apto para ejercer el psicoanálisis. La primera posibilidad (la escogida por la IPA ) resulta de la adecuación del análisis a los criterios de habilitación, y la autorización es otorgada por los pares de la institución. La segunda (propuesta por Lacan) coloca al analista en posición de proporcionar la garantía suficiente para su pasaje a la práctica analítica en virtud de su testimonio sobre el final de su análisis. El analista, con su acto de autorizarse como analista, puede así contribuir con otros a la elaboración teórica de la didáctica. Esto supone un funcionamiento de la institución que hace posible una confrontación entre personas que tienen la experiencia de la didáctica y los candidatos en formación. Imaginemos que un didacta le pregunta a un analista joven: «¿Cómo se convierte uno en analista?» El joven le contesta: «En efecto, ¿cómo se convierte uno en analista?» Un cuestionamiento tal sobre la experiencia de la formación sólo es posible en una institución que se proponga como lugar tercero con respecto a la ausencia de una teoría satisfactoria de la didáctica, distinta de la formadora y pedagógica, y que recobre la experiencia Freudiana de la transmisión de una verdad subversiva en un sistema jerarquizado. La formación adquiere aquí el sentido de una «formación del inconsciente» en la que se significa un deseo que puede esclarecer al analizante en cuanto a su pasaje a analista bajo el efecto de lo que Lacan ha denominado el deseo del analista, demarcable en una lógica del descubrimiento. En su escuela, la E.F .P., Lacan ha propuesto un procedimiento de testimonio indirecto (para evitar los efectos de prestancia) en el cual el analista se dirige a un pasador (passeur) que trasmite el mensaje del testimonio a un jurado. Este procedimiento, denominado el pase, apunta a dilucidar el pasaje al deseo del analista.