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Estudio del psicoanálisis y psicología

Diccionario de Psicología, letra E, Edipo


Diccionario de Psicología, letra E, Edipo

(fr. complexe d'Oedípe; ingl. Oedipus complex; al. Ödipuskomplex). 1) Conjunto de los investimientos amorosos y hostiles que el niño hace sobre los padres durante la fase fálica. 2) Proceso que debe conducir a la desaparición de estos investimientos y a su remplazo por identificaciones. S. Freud registró muy rápidamente las manifestaciones del complejo de Edipo y midió su importancia en la vida del niño así como en el inconciente del adulto. «He encontrado en mí, como en todas partes -escribe a W. Fliess-, sentimientos de amor hacia mi madre y de celos hacia mi padre, sentimientos que, pienso, son comunes a todos los niños pequeños». Luego escribirá: «Esto es tan fácil de establecer que ha sido verdaderamente necesario un gran esfuerzo para no reconocerlo. Todo individuo ha conocido esta fase pero la ha reprimido» (Las resistencias contra el psicoanálisis, 1925). Complejo de Edipo del varón. Freud apoya su descripción en el caso del varón, considerado más simple y con menos zonas de sombra que el de la niña. Le parece difícil establecer con certeza la «prehistoria» del complejo de Edipo, pero plantea que incluye, por una parte, una identificación primaria con el padre tomado como ideal, identificación desde el comienzo ambivalente, y, por otra parte, un investimiento libidinal primero que interesa a la persona que cuida al niño: la madre. Estas dos relaciones, inicialmente independientes, confluyen en la realización del complejo de Edipo. La descripción que da en el Esquema del psicoanálisis (1940) permite apreciar cómo se liga el complejo de Edipo a la fase fálica de la sexualidad infantil. «Cuando el varón (hacia los dos o tres años) entra en la fase fálica de su evolución libidinal, cuando experimenta las sensaciones voluptuosas producidas por su órgano sexual, cuando aprende a procurárselas él mismo a su voluntad por excitación manual, se enamora entonces de su madre y desea poseerla físicamente de la manera en que sus observaciones de orden sexual y sus intuiciones le han permitido adivinar. Busca seducirla exhibiendo su pene cuya posesión lo llena de orgullo, en una palabra, su virilidad tempranamente despierta lo incita a querer remplazar junto a ella a su padre que hasta entonces había sido un modelo por su evidente fuerza física y por la autoridad de la que estaba investido; ahora, el niño considera a su padre como su rival». Por simplificación se reduce el complejo de Edipo del varón a la actitud ambivalente hacia el padre y a la tendencia solamente tierna hacia la madre: sólo se trata de la parte positiva del complejo. Una investigación más acabada lo descubre casi siempre en su forma completa, positiva y negativa, adoptando el varón simultáneamente la posición femenina tierna hacia el padre y la posición correspondiente de hostilidad celosa respecto de la madre. Esta doble polaridad se debe a la bisexualidad originaria de todo ser humano (El yo y el ello, 1923). Producto de la fase fálica, el complejo de Edipo es «destruido» por el complejo de castración. En efecto, una vez que el varón ha admitido la posibilidad de la castración, ninguna de las dos posiciones edípicas es ya sostenible: ni la posición masculina, que implica la castración como castigo del incesto, ni la posición femenina, que la implica como premisa (El sepultamiento del complejo de Edipo, 1924). El varón debe por lo tanto abandonar el investimiento objetal de la madre, que será trasformado en una identificación. La mayoría de las veces se trata de un refuerzo de la identificación primaria con el padre (es la evolución más normal puesto que acentúa la virilidad del varón), pero también puede ser una identificación con la madre, o aun la coexistencia de estas dos identificaciones. Estas identificaciones secundarias, y más especialmente la paterna, constituyen el núcleo del superyó. Tras reconocer al padre como obstáculo a la realización de los deseos edípicos, el niño «introyecta su autoridad», «torna del padre la fuerza necesaria» para erigir en sí mismo ese obstáculo. Lo que debe desembocar no en una simple represión (pues entonces habrá siempre un retorno de lo reprimido) sino, «si las cosas se cumplen de una manera ideal, en una destrucción y una supresión del complejo». Freud agrega sin embargo que la frontera entre lo normal y lo patológico nunca es totalmente definida (El sepultamiento del complejo de Edipo). Además, Freud observa en otros textos que la elección de objeto edípica reaparece en la pubertad y que la adolescencia se encuentra ante la muy pesada tarea de rechazar sus fantasmas incestuosos y cumplir con «una de las realizaciones mas importantes pero también más dolorosas del período puberal: la emancipación de la autoridad parental» (Tres ensayos de teoría sexual, 1905). El complejo de Edipo es por lo tanto un proceso que debe desembocar en la posición sexual y la actitud social adultas. No superado, continúa ejerciendo desde el inconciente una acción importante y durable y constituyendo con sus derivados el «complejo central de cada neurosis». Complejo de Edipo de la niña. Después de haber situado por mucho tiempo el complejo de Edipo de la niña como un simple análogo del complejo del varón, Freud indicó que su prehistoria era diferente. La niña, como el varón, tiene en efecto como primer objeto de amor a la madre y, para poder orientar su deseo hacia el padre, hace falta primero que se desprenda de esta. El proceso que lleva al complejo de Edipo es por lo tanto necesariamente en ella más largo y más complicado (Algunas consecuencias psíquicas de la diferencia anatómica entre los sexos, 1925). Este proceso comienza cuando la niña comprueba su inferioridad respecto del varón y se considera castrada. Puede entonces desviarse de la sexualidad, o no desistir de su masculinidad o, por último, elegir una tercera vía «muy sinuosa que desemboca en la actitud femenina normal final que elige al padre como objeto» (Sobre la sexualidad femenina, 193 l ). La asimetría entre el complejo de Edipo del varón y de la niña se basa entonces en sus relaciones respectivas con el complejo de castración. Este pone fin al complejo de Edipo en el varón mientras que, por el contrario, le abre la vía en la niña. Las principales etapas de este camino muy sinuoso son las siguientes: bajo la influencia de la envidia del pene, la niña se desprende de la madre, a la que le reprocha haberla traído al mundo tan mal provista; después, la envidia del pene encuentra, por una ecuación simbólica, un sustituto en el deseo de tener un hijo, y la niña toma con ese fin al padre como objeto de amor. A partir de ese momento se identifica con la madre, se pone en su lugar y, queriéndola remplazar junto al padre, se pone a odiarla (al rencor ligado a la envidia del pene se agregan entonces los celos edípicos). En cuanto al motivo de la desaparición del complejo de Edipo en la niña, Freud considera que no está claro y agrega que los efectos del complejo continúan por otra parte haciéndose sentir con frecuencia en la vida mental normal de la mujer, cuyo «superyó no será nunca tan inexorable, tan impersonal, tan independiente de sus orígenes afectivos como lo exigimos del hombre». Un juicio que sin embargo atempera destacando que estos son los resultados de «construcciones teóricas sobre la masculinidad pura y la femineidad pura» y que deben ser relativizados habida cuenta de la constitución bisexual de cada individuo. Significación del Edipo. La significación del Edipo no debe ser reducida al conflicto edípico imaginario, a lo que J. Lacan llama «la fantochada de la rivalidad sexual». El pasaje por el Edipo desemboca en la posición heterosexual y en la formación del superyó, en el que Freud ve la fuente de la moral y la religión. La representación triangular propuesta frecuentemente no da cuenta de la función del Edipo porque no muestra que se trata de un proceso y porque a fortiori no indica nada sobre su desenlace. Esto obedece a que atribuye al padre y a la madre posiciones simétricas que no son las de ellos. Freud, en efecto, habla de «Un solo punto concreto»: la actitud hacia el padre, que determina la evolución del complejo tanto en el varón como en la niña. Por eso Lacan no utiliza esta representación triangular sino que se refiere a la «metáfora paterna» [véase en metáfora]. Llama «Nombre-del-Padre» a la función simbólica paterna, o sea, la que constituye el principio eficaz del Edipo, y muestra que el «Deseo de la Madre » es desplazado hacia abajo, soterrado por el Nombre-del-Padre, desembocando la operación en un significado que es el falo, y esto para los dos sexos (Escritos). Justamente, esta manera de escribir el Edipo pone en evidencia que su función es promover la castración simbólica. Lacan indica que, si el Nombre-del-Padre asegura esta función en nuestra civilización, esto se desprende de la influencia del monoteísmo y no tiene nada de obligatorio ni de universal. El mito edípico es activo en el inconciente del individuo occidental, macho o hembra, pero en otras civilizaciones, las africanas, por ejemplo, el Edipo puede no ser más que «un detalle en un mito inmenso»; en tal caso, serán otras estructuras las habilitadas para promover la castración. La cuestión que se plantea es la de las consecuencias de la normalización edípica. Freud comprueba que está en el origen de un «fervor nostálgico» respecto del Padre (El yo y el ello). Lacan lo retoma diciendo que el mito edípico «no termina con la teología» (Escritos) sino que va más allá: afirma que el mito edípico atribuye al Padre la exigencia de la castración (con la consecuencia importante de que esta adquiere la significación de un don demandado por el Otro) mientras que no es más que una consecuencia de la sumisión del ser humano al significante. Edipo (complejo de) Edipo (complejo de) Freud descubre primero el complejo de Edipo en su forma positiva, la que pone en escena la tragedia Edipo rey: deseo sexual por la madre y deseo homicida respecto del padre rival. Después saca a luz su forma negativa («Edipo invertido» o «Edipo femenino» del varón): deseo erótico por el padre y odio celoso a la madre. Finalmente, en su forma completa, el complejo de Edipo designa el conjunto de relaciones que el niño anuda con las figuras parentales, y que constituyen una red en gran medida inconsciente de representaciones y afectos tejida entre los polos que son la forma positiva y la forma negativa. Desde el principio (1887-1900) Freud afirma la universalidad de los deseos edípicos a través de la diversidad de las culturas y los tiempos históricos: «A todo ser humano se le impone la tarea de dominar el complejo de Edipo». No obstante, tendrán que pasar muchos años para que convierta claramente el Edipo en un concepto fundamental del psicoanálisis (1920-1925): no sólo «el complejo nuclear de las neurosis», sino también el momento decisivo en que culmina la sexualidad infantil y se decide el futuro de la sexualidad y la personalidad adultas. El Edipo pasa a ser entonces la estructura que organiza el devenir humano en torno a la diferencia de los sexos y de las generaciones. De hecho, el complejo de Edipo adquiere toda su dimensión de concepto fundador cuando Freud lo articula con el complejo de castración: éste provoca la interiorización de la prohibición de los dos deseos edípicos (incesto materno y asesinato del padre) y abre el acceso a la cultura a través de la sumisión al padre y la identificación con él, que es el portador de la ley que regula el juego del deseo. Se observa que Freud elabora su teoría de la sexualidad y del devenir humanos en torno al modelo masculino. En estas condiciones, ¿cómo resuelve la cuestión de la sexualidad femenina y del devenir humano en femenino? Al principio, plantea simplemente una equivalencia en simetría inversa. La formulación universal del complejo de Edipo es entonces la siguiente: deseo sexual por el progenitor del otro sexo y deseo homicida respecto del progenitor del mismo sexo (forma positiva); deseo erótico por el progenitor del mismo sexo y odio celoso al progenitor del otro sexo (forma negativa). Esta definición amplia conserva aun hoy su utilidad descriptiva, pero para Freud pierde su valor heurístico cuando, en la década del '20, la teoría de la castración lo lleva a romper toda simetría entre el Edipo del varón y el Edipo de la niña. En adelante, el conflicto edípico es situado definitivamente entre los tres y los cinco años, en el momento de la fase fálica, en la que ambos sexos reconocen un solo órgano sexual, el pene, que determina la división de los seres humanos en fálicos y castrados(as). Se instaura entonces una asimetría radical entre el desarrollo psicosexual del varón y el de la niña: el niño sale del complejo de Edipo por la angustia de la castración y en su caso el superyó es «el heredero» de este complejo (interiorización de la prohibición paterna); la niña entra en el Edipo por el descubrimiento de su castración y la envidia del pene; en ella el superyó se constituye con dificultad, puesto que debe hacer del padre el objeto de su deseo, y convertirse en mujer exige un recorrido oscuro y complicado. Freud termina por declarar, en 1931: «Sólo en el varón se establece esta relación, que marca su destino, entre el amor por uno de los progenitores y, al mismo tiempo, el odio al otro en tanto que rival». Esta posición es reforzada por los estudios antropológicos de Freud, a partir de Tótem y tabú (1912), que se ordenan en torno a la supremacía del padre y la preponderancia acordada a su asesinato en la temática edípica (complejo paterno). En esta perspectiva, el complejo de Edipo aparece como el principio mismo de la civilización o, como se dice hoy, de la cultura. El Edipo es la referencia principal de la clínica y la teoría psicoanalíticas: «El psicoanálisis nos ha enseñado a apreciar cada vez más la importancia fundamental del complejo de Edipo, y podemos decir que lo que separa a adversarios y partidarios del psicoanálisis es la importancia que los últimos atribuyen a este hecho» (1920). Observemos, no obstante, que a esta cuestión Freud sólo le dedicó un artículo específico: «El sepultamiento del complejo de Edipo» (1924). En cambio, la literatura especializada sobreabunda, lo mismo que la que hace del Edipo la clave interpretativa de las sociedades, los mitos o las obras de arte. Muchos autores desarrollan las tesis Freudianas; algunos divergen hasta la ruptura (Jung, Adler, Ferenczi), otros realizan modificaciones teóricas a partir de la clínica (Melanie Klein) o una reevaluación teórica de la doctrina (Lacan).

El descubrimiento del complejo de Edipo.

Este descubrimiento está estrechamente ligado al del inconsciente, pero los niveles de elaboración teórica son muy diferentes. Así, La interpretación de los sueños (1900) plantea una concepción revolucionaria del psiquismo humano, organizado en tomo a la primera tópica (inconsciete/preconsciente/consciente), a la definición de los procesos inconscientes, y a la noción de conflicto psíquico (entre pulsiones eróticas y represión, representaciones inconscientes y censura, deseo y prohibición). En cambio, los deseos edípicos aparecen de entrada -y de manera dispersa- como contenido temático del conflicto psíquico: «La fantasía sexual se juega siempre en torno al tema de los padres». ¿Cómo llega Freud a hacer de este tema la forma primordial del deseo infantil, con el nombre de complejo de Edipo? Starobinski ha sido el primero en reagrupar y analizar sistemáticamente las apariciones del tema en los textos Freudianos (prefacio a Hamlet y Edipo, de Jones). En cuanto a Freud, todo parece jugarse alrededor de una crisis teórica y personal entre 1897 y 1900: se ve obligado a abandonar su tesis de la seducción paterna como situación traumática infantil real en el origen de los trastornos de sus pacientes histéricas, pues no puede creer que tantos padres o sustitutos paternos hayan sido tales seductores en la realidad; la muerte de su propio padre (1896) lo lleva a iniciar su autoanálisis; la relación transferencial que se instaura en su correspondencia con su amigo Fliess le permite atreverse a formular sus nuevas hipótesis teóricas. «Yo mismo vivo todo lo que he podido observar, como oyente, en mis pacientes», le escribe. Hay que recordar el coraje de Freud cuando declara: «He descubierto que mi libido se había despertado y orientado ad matrem» o, incluso, «He encontrado en mí, como por otra parte en todos lados, sentimientos de amor dirigidos hacia mi madre, y de celos hacia mi padre». Ya entonces generaliza: «Pienso que estos sentimientos son comunes a todos los niños pequeños, aunque su aparición no sea tan precoz como en la niñez de los pacientes histéricos». Pero ¿podría él sostener por sí solo esta concepción inaudita del niño «normal» como doblemente criminal? La referencia a una obra maestra indiscutida de la tradición cultural, el Edipo rey (que además remite a un mito más antiguo), le permite a Freud atravesar este umbral. De la obra de Sófocles sólo retiene dos elementos: primero, el destino inexorable que lleva a Edipo a cometer, sin saberlo, los dos crímenes mayores de la humanidad, el asesinato del padre y el incesto con la madre, que engendra hijos malditos; segundo, el deseo de verdad que hace de él «el investigador-investigado» (Starobinski), que pasa de la ignorancia a la clarividencia, al precio de arrancarse los ojos como castigo por sus crímenes. Lo esencial es convertir a la figura de Edipo en un paradigma simbólico que garantice la universalidad de su descubrimiento. Esta universalidad es confirmada por «el poder cautivador» de la tragedia a través de los siglos: «En germen, en imaginación, cada espectador fue alguna vez un Edipo, y se espanta ante la realización de su sueño transpuesto a la realidad, se estremece proporcionalmente a la represión que separa su deseo infantil de su situación actual». La obra le impone a cada uno el retorno de lo reprimido, así como el reconocimiento de un destino común, pues «el oráculo ha lanzado contra nosotros, antes de nuestro nacimiento, la misma maldición que contra Edipo». No obstante, Freud asocia a Hamlet y Edipo rey. ¿Qué es lo que le impide al joven príncipe de Dinamarca realizar la noble tarea que le ha encomendado el fantasma de su padre, es decir, vengar su muerte castigando al criminal? Sólo Edipo, tragedia de la revelación, puede resolver el enigma de Hamlet, tragedia de la represión: una culpa inconsciente inhibe la acción del príncipe, que no puede matar a quien ha llevado a la práctica, en su lugar, los deseos reprimidos y siempre activos de su infancia. Así, Edipo tiene un estatuto interpretante, pero Hamlet garantiza a su vez el valor explicativo universal de Edipo. Edipo simboliza el inconsciente, mientras que Hamlet figura «la histeria» y, más ampliamente, al hombre moderno sometido al «progreso secular de la represión». Freud, víctima de su «neurótica», se reconoce en Hamlet y se identifica con Shakespeare, que escribe su pieza un año después de la muerte del padre, así como él, Freud, había iniciado su autoanálisis un año después de la muerte del suyo. Pero va más lejos; se identifica con Edipo, el aventurero de la verdad que tendrá que enfrentar y asumir al otro desconocido que hay en él: «El criminal que persigo, soy yo». Finalmente, toma a Sófocles como modelo. Lo que éste orquestó en una tragedia, él lo orquestará como teoría. El camino será largo y difícil, y Edipo permanece como la gran figura mediadora que enraíza en el mito el descubrimiento Freudiano.

La elaboración del concepto en Freud En adelante, el trabajo de Freud es orientado por y hacia el enigma de la sexualidad. Sorprende entonces no encontrar ninguna mención de la problemática edípica en la obra principal de 1905, Tres ensayos de teoría sexual, pese a que esa problemática atraviesa el conjunto de la obra clínica, desde «Dora» hasta «Sobre un tipo particular de elección de objeto en el hombre». La fórmula «complejo de Edipo» surge en este último texto (1910), pero queda en espera de conceptualización. Todo ocurre como si la teoría genética (estadios oral, anal y genital) no pudiera articularse fácilmente con el descubrimiento de los deseos edípicos. Y, de hecho, la teoría del Edipo, tal como la conocemos, se elabora a partir de la década del '20, cuando Freud reemplaza el estadio genital de los Tres ensayos por la noción de fase fálica, es decir, cuando lleva al primer plano el tema de la castración. Ahora bien, en el ínterin, Tótem y Tabú (1912) construye un «mito científico», el de «la horda primitiva». Había una vez un padre omnipotente, que gozaba de todas las mujeres, que prohibía el acceso a ellas a todos los hijos; éstos lo mataron y lo comieron; sobre ellos se abatió una culpa terrible y el miedo a la represalia; con la comida canibalística incorporaron la potencia del padre y a la vez pusieron fin mediante un pacto a la violencia de la rivalidad entre los hombres por la posesión de las mujeres. El padre primitivo, idealizado en tanto padre muerto, se convierte en la garantía de ese pacto entre hermanos: en virtud de la renuncia al goce sin límite, cada uno adquiere derecho al ejercicio de la sexualidad, en el respeto a la regla común. Así nacerá la ley edípica, que organiza la filiación masculina en torno a la unión indisoluble de la ley y el deseo. Esta fábula describe el pasaje de la naturaleza a la cultura, en el que la humanidad se separa de la animalidad. Lo que funda la civilización es el asesinato del padre primitivo, gozador y castrador: éste deja su lugar al padre edípico, que también se pliega a la ley que enuncia. En la filogénesis que Freud construye a partir de sus lecturas antropológicas, el mito de la horda primitiva aparece en el origen del mito edípico: en efecto, él organiza, alrededor de la transmutación simbólica de la figura paterna, la ley de la prohibición del incesto, que enmarca el mito edípico. En esta ley lo primero no es el incesto, puesto que antes de la interdicción sólo hay sexualidad anárquica: la prohibición crea el incesto. En cambio, la ley es preexistente en el mito edípico, en el cual, según la versión psicoanalítica, el incesto es primero: el varón quiere matar al padre para realizar la unión con la madre, y sólo renuncia a sus deseos ante la amenaza paterna de castración. Así se convierte a su vez en hombre y padre. No obstante, en 1912 esta fábula personal le parece a Freud difícil de conciliar con el complejo de Edipo, que sitúa al niño frente a sus dos progenitores. En efecto, la clínica revela el papel esencial de la relación con la madre en la primera infancia, mientras que, según Tótem y tabú, la primera relación es la que opone y une al padre y los hijos en torno a un objeto genital indiferenciado: en los tiempos arcaicos no hay madre, ni tampoco hija; sólo hay mujeres, objetos indistintos de las pulsiones sexuales de los hombres y botín de su guerra sin misericordia. La relectura que realiza Lacan del mito de la horda ayuda a comprender el retardo de la teorización del Edipo y la importancia de ese mito en su elaboración final: el complejo parental que es el Edipo se ordenará en adelante en relación con el complejo paterno. Entre los polos materno y paterno del triángulo edípico se instituye una asimetría profunda. Y el tema de la castración se convierte en el principio organizador, no sólo de la diferencia de las generaciones, sino también de la diferencia de los sexos. La teoría del desarrollo psicosexual puede entonces esquematizarse como sigue: la libido «es de naturaleza masculina tanto en la mujer como en el hombre», y hasta la fase fálica la historia infantil es la misma o, más bien, «debemos admitir que la niña es un varoncito». Varón y niña tienen la misma relación libidinal con la madre, que se convierte para ambos en el objeto privilegiado de las pulsiones genitales. Ellos se perciben igualmente provistos de pene, al que invisten narcísísticamente como fuente de potencia sexual y placer. Cuando descubren la diferencia anatómica de los sexos, plantean y resuelven este enigma de manera idéntica: hay dos categorías de individuos, los fálicos y los castrados(as). A partir de allí, sus caminos divergen. El conflicto edípico, propio de este período, da entonces lugar a dos historias muy distintas. El descubrimiento de la castración materna hace entrar al varón en «el ocaso del complejo de Edipo», pues confirma su angustia de castración: «si esto es así, también yo puedo perder realmente el pene». El varón abandona el Edipo positivo, por miedo al castigo paterno; luego abandona el Edipo negativo, en cuanto la posición femenina con respecto al padre supone también la realización de la castración. En ambos casos «la investidura narcisista colosal del pene» lo empuja a renunciar a las investiduras parentales del Edipo. El amor al padre se vuelve admiración, mientras que el objeto maternal es desvalorizado. A través de las identificaciones sucesivas con múltiples figuras paternas se elabora el superyó estructurado por la interiorización de la prohibición. Finalmente, el beneficio narcisista sigue siendo considerable; renunciar a ser el padre permite ser algún día como el padre: un hombre que goza legítimamente de una mujer representa la ley y sublima sus pulsiones sacrificadas en creaciones sociales y culturales. Idealmente, se puede hablar de «desaparición», incluso de «destrucción» del complejo de Edipo, y el varón se encuentra confirmado en su sexo. Pero, en tanto hay simple represión, el Edipo funciona como «el complejo nuclear de la neurosis». El itinerario femenino es totalmente distinto, pues está sometido a dos imperativos específicos: cambiar el sexo del objeto libidinal, abandonando la madre por el padre, y cambiar de órgano sexual, abandonando el clítoris por la vagina. La historia de la niña comienza con una catástrofe, el descubrimiento de su propia castración que decide su destino: la castración la hace entrar en el complejo de Edipo; en su caso, éste será más difícil, acaso imposible de resolver. Según Freud, el conocimiento de la vagina sólo se produce en la pubertad. Antes, la única zona erógena es el clítoris, órgano masculino cuya comparación con el pene revela la inferioridad real. ¿Existe verdaderamente la «niñita»? En rigor, el varoncito del principio se entera de que es niña, lo que significa varón defectuoso o castrado; después de esa «humillación narcisista», no cesará de querer (volver a) ser fálica. La envidia del pene es entonces el motor esencial de la evolución edípica de la niña, y explica sus avatares específicos. La niña se aparta de la madre porque la odia debido a que no la proveyó del pene, y la desprecia por estar también ella castrada. Si se vuelve hacia el padre, lo hace para que le dé ese pene tan envidiado que finalmente la convertirá en semejante a él. Y, cuando termina por desear un hijo del padre, ese niño no es más que un equivalente del pene. Edipo negativo y Edipo positivo tienen muy poco que ver con lo que se juega en el varón: la imposibilidad de un verdadero deseo genital femenino proscribe todo paralelo entre los dos sexos. En la mujer, el conflicto edípico tiende a eternizarse. Quizás incluso no se resuelva verdaderamente nunca. Pues, si su única esperanza de realización sexual y personal consiste en ser algún día la madre de un varón que finalmente sosiegue la terrible herida narcisista de su infancia, su destino está sellado: es convertirse en una Yocasta, es decir, en la madre horrorosa -incestuosa, seductora y castradora- que tan a menudo describe la literatura psicoanalítica, esa madre cuyo suicidio no es más que justo castigo del crimen y necesidad absoluta para la instauración de la ley. Todo esto es tan oscuro que, a pesar «de las penosas investigaciones» realizadas, la comprensión de lo que es convertirse en mujer sigue siendo caótica y fragmentaria, en comparación con la coherencia teórica de la explicación sobre lo que es convertirse en hombre. Sólo cabe una verificación: el descubrimiento de la realidad de la castración causa estragos casi irreparables en el psiquismo femenino. En primer lugar, malogra la actividad psicosexual, la relación con la madre-y la representación narcisista de los tiempos anteriores: la prehistoria de la mujer se hunde en un olvido inexorable; con ella se pierde también toda posibilidad de elaborar una identificación materna positiva, capaz de sostener una identidad de sujeto deseante. Después, instituye una relación exclusiva con el padre, que pasa a ser a la vez temido, envidiado y deseado: la dependencia respecto del otro sexo es una característica de la feminidad. Finalmente, hace inoperante la ley prohibidora del Edipo, al suprimir la angustia de castración que lleva a evolucionar al varón; la formación del superyó es entonces aleatoria, débil y frágil, y la mujer manifiesta poco interés por los valores morales, sociales y culturales. Para ella, «la anatomía es el destino», un destino al que ninguna palabra mítica viene a dar un sentido verdadero. La única función normativa del Edipo femenino consiste en transformar la ley biológica (supuesta) de la pasividad sexual, en regla cultural según la cual la mujer debe hacerse el objeto del deseo del otro. En su conferencia sobre la feminidad (Nuevas conferencias de introducción al psicoanálisis, 1932), Freud no oculta que el precio que ella paga por la civilización es terrible: a diferencia del hombre, no obtiene en el marco de la cultura ninguna realización personal, aunque, como Freud tiende a recordarlo, «la mujer individual ha de ser además (del influjo de la función sexual) un ser humano». Al construir el complejo de Edipo alrededor de la figura paterna y del concepto de castración, Freud constituye lo femenino como «continente negro»; la mujer es «enigma» y escollo del psicoanálisis. En vida de Freud muchos discípulos intentaron aportar elementos nuevos al debate, pero él rechazó todo lo que a su juicio amenazaba la doctrina que estaba edificando: la noción junguiana de «complejo de Electra», que impedía hacer del Edipo una norma única; la importancia atribuida al trauma del nacimiento y a la relación, incluso identificatoria, con la madre (Rank, Ferenczi), que ponía en peligro la supremacía del padre, y, sobre todo, la puesta en cuestión de la ignorancia de la vagina y del carácter primario del complejo de castración en la niña (Karen Horney, Melanie Klein), que podía malograr su concepción de la diferencia de los sexos. En cambio, aceptó los descubrimientos clínicos de las psicoanalistas mujeres que ponían de manifiesto la persistencia en la mujer de la relación primaria con la madre, su importancia y su complejidad, aun si esto lo llevó por un momento a dudar de que el Edipo fuera «el complejo nuclear de las neurosis». Toleró entonces la noción de un pre-Edipo concentrado en la figura materna, en tanto se reconociera su subordinación al complejo de Edipo, que era el único que podía darle su verdadera significación. La cuestión del Edipo es entonces la piedra angular de la ortodoxia Freudiana: toda teoría divergente conduce a la exclusión o a la marginalización.

EI «Edipo precoz» de Melanie Klein Melanie Klein es la verdadera fundadora del psicoanálisis de niños, incluso de lactantes, y a partir de esa experiencia clínica nueva participó, desde 1921, en la teorización sobre la formación de la personalidad en su devenir psicosexual. No cuestiona la importancia del complejo de Edipo, ni su definición de base, pero discute la teoría Freudiana en dos puntos: el corte entre los tiempos arcaicos de la madre y los tiempos edípicos del padre, y el conocimiento del pene como único órgano sexual, con la consiguiente ignorancia de la vagina, antes de la adolescencia. Para Klein, el complejo de Edipo actúa durante toda la primera infancia, antes de culminar y resolverse a partir del estado genital, entre los tres y los cinco años: de ahí la noción de "Edipo precoz" o de "estadios precoces del complejo de Edipo". Klein veía ya en el infans a un ser humano potencial y no un animal para ser civilizado: a partir de su descubrimiento, adapta el método de la escucha psicoanalítica, en lugar de aceptarlo como una normativa. Y asume como hipótesis fundamental de trabajo la oposición entre pulsión de vida y pulsión de muerte (Eros y Tánatos) propuesta por Freud en Más allá del principio de placer (1920), pues la considera operatoria: esa oposición, en la que se anudan coacción biológica y devenir humano, le permite leer la historia de nuestros comienzos. Entre angustia y placer, frustración y satisfacción, agresividad y amor, se despliega el drama del infans que, gracias al emplazamiento de procesos defensivos (escisión, proyección, introyección, introyección proyectiva), constituye relaciones de objeto al mismo tiempo que el yo. La maduración biológica e, inseparablemente, la experiencia relacional, favorecen la integración progresiva de los primeros procesos en un sistema más elaborado. En cuanto a la pulsión libidinal, indiferenciada en los niveles oral y anal, contiene no obstante aspectos genitales diferenciados que poco a poco irán organizando el conjunto. No sólo hay en la niña sensaciones vaginales precoces, sino que los niños de ambos sexos adquieren muy pronto un conocimiento embrionario (una presciencia) de la existencia de dos sexos. Asistimos entonces a la elaboración de una teoría original de la evolución general del niño en la que el complejo de Edipo ocupa su lugar pero sufre una importante modificación. Por una parte, se trata eminentemente de un complejo parental. Por la otra, es por el lado de la relación con el objeto que la experiencia real se combina con el conflicto pulsional interno para producir ¡magos parentales que organizan la fantasmática del sujeto. Klein advierte la aparición del complejo hacia los seis meses, cuando el infans pasa del objeto parcial (pecho y después pene) al objeto total (madre, padre), que moviliza a la vez los afectos del amor y el odio. La ambivalencia, característica de esta posición depresiva, apunta primero a figuras aún mal diferenciadas: el fantasma de los padres acoplados -que surge cuando el niño comienza a distinguir a las personas en su ambiente- representa la angustia de la criatura ante la relación que une a la pareja parental que él quiere al mismo tiempo destruir y conservar. Así, en la triangulación edípica, la relación con la relación entre los padres es tan importante como las relaciones que se anudan con cada uno de ellos. De la ambivalencia nacen la culpa y el deseo de reparación: el superyó aparece tempranamente, al mismo tiempo que las primeras actividades de simbolización, fuentes de la creatividad cultural y no del ocaso del complejo. El complejo sigue un curso en el cual las relaciones con el objeto están entramadas con la dinámica pulsional: gracias a la victoria de Eros sobre Tánatos, la dialectización de las figuras parentales y el reconocimiento del vínculo que las une constituyen idealmente -más allá de la idealización o desvalorización de una u otra las identidades sexuadas en la diferencia de las generaciones. El complejo de Edipo es igualmente llamado a organizar las pulsiones genitales precoces de los dos sexos; la triangulación edípica, según Klein, se juega en tomo a cuatro figuras -madre, padre, niño, niña- y los trabajos de esta autora a menudo relacionan estrechamente los desarrollos masculine y femenino. Las primeras introyecciones del objeto materno suscitan de entrada el Edipo negativo en el varón y el Edipo positivo en la niña, pero es de hecho la oscilación entre estas dos formas del complejo lo que estructura al yo. En cuanto a la noción Freudiana de «fase fálica», Klein prefiere otra, anterior, la de «estadio genital», pues la creencia en que existe un sexo único a sus ojos es sólo una «teoría infantil» (Freud) provisoria, que corresponde a una posición defensiva ante las angustias más primitivas. La envidia forma parte del psiquismo infantil, y sólo puede contrarrestarla la gratitud. El miedo a la castración, esencial en el varón, le permite superar la envidia que subtiende sus primeras identificaciones con la madre, así como regular su envidia arcaica del pene paterno. La envidia del pene protege a la niña de su miedo fundamental -el de que la madre destruya en represalia el interior de su cuerpo-, gracias a la identificación con el padre, pero, para llevar el periplo edípico a su término, en su asimetría, se necesita el reconocimiento del deseo reciproco que une a los progenitores, que, al mismo tiempo, deben ser experimentados por el niño como suficientemente amantes: esta relación parental tiene función de interdicto que confirma a cada uno y cada una en su autonomía de sujeto deseante. Para Klein, la terra incognita («el continente negro») no es la mujer, ni siquiera la madre, sino el infans desvalido que todos hemos sido y que sigue viviendo en nuestro inconsciente. Su historia está llena de ruido y furia, y en ella encuentran lugar por igual el infanticidio paterno y el matricidio. Es también la historia del triunfo de Eros sobre Tánatos, lo que a menudo se olvida: el complejo de Edipo, en su evolución favorable, refuerza las pulsiones libidinales, que po