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Estudio del psicoanálisis y psicología

Diccionario de Psicología, letra E, Envidia del pene


Diccionario de Psicología, letra E, Envidia del pene.

[También «ganas del pene», en función del doble sentido del «Neid» alemán: envidia y ganas, el que se reproduce en el «envie» francés, y no en el término en castellano equivalente.] Elemento constitutivo de la sexualidad femenina, que puede presentarse bajo diversas formas, yendo desde el deseo a menudo inconciente de poseer un pene hasta las ganas de gozar del pene en el coito, o todavía, por sustitución, hasta el deseo de tener un hijo. La teoría psicoanalítica de la «envidia del pene» es una de las que más críticas ha suscitado. Sin duda se ha querido ver en ella una presentación ideológica de la relación entre los sexos, como si los psicoanalistas quisieran demostrar alguna inferioridad de las mujeres que se manifestaría en su insatisfacción, en su deseo de apropiarse del órgano masculino. Sin embargo está claro que, si se relaciona esta cuestión con la cuestión más decisiva de la castración, sería muy reduccionista oponer de un lado a los poseedores del órgano viril, y del otro a los seres que están desprovistos de él. Si las mujeres son situadas fácilmente del lado de la reivindicación, los hombres a su vez hacen sentir muy a menudo que el riesgo de la pérdida está de su lado, por una ostentación de la virilidad proporcional a su inquietud. Por otra parte, si bien pueden considerarse poseedores de algo que tiene valor de símbolo, el falo mucho más que el pene, lo tienen más bien por procuración: por ejemplo, en tanto reivindican a un padre, o a un héroe cuya virilidad es reconocida y con el cual pueden identificarse. Pero para eso han debido renunciar a ser ellos mismos objetos del deseo materno, a ser falos. ¿Qué es entonces la envidia del pene? Según Freud puede presentarse bajo diversas formas, aparentemente extrañas entre sí, y que sólo la práctica de la cura muestra que están ligadas, que pueden sustituirse mutuamente. A partir de 1908, Freud expone la insatisfacción de la niña, que se estima mucho menos equipada que su camarada; después, en 1917, en Sobre las trasposiciones de la pulsión, en particular del erotismo anal, indica los deseos que pueden sustituir a la envidia del pene: el de tener un niño o el del hombre «como apéndice del pene». Pero también relata que más de una vez algunas mujeres le habían traído sueños posteriores a sus primeras relaciones que «revelaban indiscutiblemente el deseo de guardar para sí el pene que habían sentido». La teoría de la envidia del pene resulta importante para captar en su conjunto la posición femenina, en especial, las particularidades que presenta en una mujer el complejo de Edipo. A partir de allí se puede captar el resentimiento que podrá tener hacia una madre que no la ha provisto de un pene; la desvalorización de esa madre, ella misma privada de pene-, y sólo después la renuncia a la masturbación clitorisina, la asunción de una posición sexual «pasiva» en la que el pene es dado por el hombre, y el deseo sustitutivo de un hijo. Notemos por otra parte que la envidia del pene constituye para Freud un escollo en la cura, siéndole muy costoso a una mujer superarlo al término de su recorrido analítico; pero también aquí Freud destaca en contrapartida lo que hace de escollo en el hombre, a saber, su dificultad para aceptar reconocer y superar en él mismo lo que puede configurar una actitud de pasividad hacia otro hombre. Podría parecer que el abordaje lacaniano de la cuestión de la sexuación relativiza esta noción de envidia del pene. Lacan, en efecto, acentúa la dimensión de símbolo del falo. Destaca que, si un hombre «no es sin tenerlo» [n'est pas sans l'avoir: juego de palabras entre ser y tener, con el agregado de la expresión francesa «n'est pas sans...»: no deja de... Es decir, un juego con tres auxiliares de negación (ne, pas, sans) que desembocan en una afirmación restringida, concesiva, del falo] -se entiende que para él la falta está del lado del ser-, una mujer «es sin tenerlo» (lo que indica suficientemente que, por lo mismo que no lo tiene, puede sin duda ejercer la función de significante del deseo, «ser el falo» para un hombre). En una etapa posterior, Lacan subraya que el horizonte de una mujer es «no todo» fálico, que las mujeres tienen menos necesidad que los hombres de reunirse alrededor de un universal fálico que es también una sumisión común a la castración. Pero quizá todo esto no suprime su deseo de apropiarse del falo; quizás incluso esta elaboración nos conduce a situarlo mejor. Para hablar del erotismo femenino, Lacan no teme referirse a un filme de Oshima, El imperio de los sentidos (1976). Se trata de un filme en el que la heroína, luego de haber subyugado a su amante en función de su goce sexual, luego de haberse regocijado sintiendo el pene de este hombre moverse «solo» en ella mientras lo estrangulaba parcialmente, termina por matarlo y cortar este pene, con el que vagabundea cuatro días por las calles. Se trata de una forma extrema del fantasma femenino, pero que puede constituir su horizonte inconciente. Envidia del pene

Elemento fundamental de la sexualidad femenina y móvil de su dialéctica. La envidia del pene surge del descubrimiento de la diferencia anatómica de los sexos: la niña se siente lesionada en comparación con el niño y desea poseer, como éste, un pene (complejo de castración); más tarde, en el transcurso del Edipo, esta envidia del pene adopta dos formas derivadas: deseo de poseer un pene dentro de sí (principalmente en forma de deseo de tener un hijo); deseo de gozar del pene en el coito. La envidia del pene puede abocar a numerosas formas patológicas o sublimadas. El concepto de envidia del pene adquirió cada vez mayor importancia en la teoría de Freud, a medida que éste se vio inducido a definir la sexualidad femenina, que en un principio se consideró simétrica de la del niño. Los Tres ensayos sobre la teoría de la sexualidad (Drei Abhandlungen zur Sexualtheorie, 1905), centrados sobre la evolución de la sexualidad del niño, no contienen, en su primera edición, referencia alguna a la envidia del pene. La primera alusión aparece en 1908, en el artículo sobre Las teorías sexuales infantiles (über infantile Sexualtheorien); Freud indica en él el interés que la niña muestra por el pene del niño, interés que «[...] se halla regido por la envidia (Neid) [...] . Cuando expresa este deseo: «preferiría ser un niño», sabemos cuál es la carencia que intenta reparar este deseo». El término «envidia del pene» parece admitido ya en el uso analítico cuando Freud lo menciona en 1914 para designar la manifestación del complejo de castración en la niña. En Sobre las transmutaciones de las pulsiones y especialmente del erotismo anal (Über Triebumsetzungen, insbesondere der Analerotik, 1917), Freud ya no designa como envidia del pene únicamente el deseo femenino de tener un pene como el niño, sino que indica sus principales avatares: deseo de un hijo, según la equivalencia simbólica pene-niño; deseo del hombre como «apéndice del pene». La concepción Freudiana de la sexualidad femenina concede un puesto fundamental a la envidia del pene en la evolución psicosexual hacia la feminidad, que supone un cambio de zona erógena (desde el clítoris a la vagina) y un cambio de objeto (la inclinación preedípica hacia la madre cede su lugar al amor edípico por el padre). En este cambio, desempeñan una función «axial», a distintos niveles, el complejo de castración y la envidia del pene: a) resentimiento hacia la madre, que no ha dotado a la niña de un pene; b) menosprecio de la madre, que aparece así como castrada; c) renuncia a la actividad fálica (masturbación clitorídea), adquiriendo preponderancia la pasividad; d) equivalencia simbólica del pene y el niño. «El deseo [Wunsch] con el que la niña se vuelve hacia el padre es, sin duda, en su origen el deseo del pene que la madre le ha rehusado y que ella espera ahora obtener de su padre. Con todo, la situación femenina no se establece hasta que el deseo del pene se substituye por el deseo del hijo y éste, según la antigua equivalencia simbólica, pasa a ocupar el lugar del pene» . En repetidas ocasiones Freud ha indicado lo que podía quedar de la envidia del pene en el carácter (por ejemplo, «complejo de masculinidad»), o en los síntomas neuróticos de la mujer. Por lo demás, generalmente, cuando se habla de envidia del pene, se hace alusión a los residuos adultos, que el psicoanálisis encuentra en las formas más disfrazadas. Finalmente, Freud, que siempre subrayó la persistencia en el inconsciente de la envidia del pene, bajo las aparentes renuncias, indicó, en uno de sus últimos trabajos, lo que podía ofrecer de irreductible el análisis. Como puede verse, la expresión «envidia del pene» presenta una ambigüedad, que Jones ha subrayado e intentado suprimir distinguiendo en ella tres sentidos: «a) el deseo de adquirir un pene, habitualmente engulléndolo, y retenerlo dentro del cuerpo, a menudo transformándolo en un niño; »b) el deseo de poseer un pene en la región clitorídea [...]; »c) el deseo adulto de gozar de un pene en el coito». Esta distinción, por útil que sea, no debe inducir, sin embargo, a considerar como ajenas entre sí estas tres modalidades de la envidia del pene. En efecto, la concepción psicoanalítica de la sexualidad femenina tiende precisamente a describir las vías y equivalencias que las unen. Varios autores (K. Horney, H. Deutsch, E. Jones, M. Klein) han discutido la tesis Freudiana que hace de la envidia del pene un dato primario y no una formación construida o utilizada secundariamente para apartar deseos más primitivos. Sin intentar resumir esta importante discusión, señalaremos que el mantenimiento por Freud de su tesis obedece a la función, central para ambos sexos, que él asigna al falo (véase: Fase fálica; Falo).