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Estudio del psicoanálisis y psicología

Diccionario de Psicología, letra H, Historiografía


Diccionario de Psicología, letra H, Historiografía

Los primeros trabajos históricos sobre el psicoanálisis fueron redactados por el propio Sigmund Freud, primero en 1914, con la forma de un largo artículo titulado "Contribución a la historia del movimiento psicoanalítico", y en 1925 a través de una autobiografía, la Presentación autobiográfica.
Estos dos textos, de una gran calidad literaria, demuestran que Freud, aunque muy atento a la
ciencia histórica, no logró desprenderse, para narrar su propio destino y el de su movimiento, de
un modelo historiográfico arcaico, basado en el mito del auto-engendramiento del psicoanálisis
por su valeroso fundador: la doctrina habría nacido de su propio cerebro, lejos de las ideas
pre-científicas características de la época anterior. En el primer escrito, Freud, dando batalla
contra dos disidentes (Alfred Adler y Carl Gustav Jung), se presenta como el padre de una
doctrina que pretende regentear. En el segundo, redacta una Bildung en la más pura tradición
alemana, en la cual el autor rememora su itinerario intelectual.
Esta voluntad de dominar la historia es constante en Freud. Nunca intenta disimularla, y jamás miente conscientemente sobre sí mismo. Por ello, cuando alguien intenta narrar su vida, como lo hizo Fritz Wittels, por ejemplo, Freud se preocupa por el respeto a la estricta exactitud de los hechos. Pero experimenta un cierto goce ante la idea de que sus biógrafos futuros puedan
embrollarse. Así, intentó (en vano) convencer a Marie Bonaparte de que no conservara su
correspondencia con Wilhelm Fliess. En cuanto a la idea del largo plazo, propia de la
historiografía experta del siglo XX, no la tuvo muy en cuenta cuando, en 1931, leyó la obra de
Stefan Zweig titulada La curación por el espíritu, en la que el autor relacionaba el método de
Franz Anton Mesmer con el psicoanálisis. Freud trató sobre todo de corregir lo que le concernía,
sin interesarse verdaderamente por la tesis enunciada.
La historiografía psicoanalítica nació verdaderamente después de la Segunda Guerra Mundial,
por impulso de Ernest Jones, primer gran biógrafo de Freud. Su obra magistral en tres
volúmenes, publicada entre 1952 y 1957, basada en archivos inéditos y pacientemente reunidos
por él, Siegfried Bernfeld y Kurt Eissler, permitió comenzar a retrazar la historia del freudismo.
En efecto, a través de Jones la diáspora freudiana pudo en adelante representarse su origen y
su movimiento, no bajo la forma de una hagiografía (como se ha dicho con demasiada
frecuencia), sino de una historia oficial. El modelo jonesiano no se inspiró en una concepción
religiosa o piadosa de la historia. Es pragmático, racionalista, positivista. Privilegia la idea de que
Freud, gracias al poder de su genio solitario y al precio de un heroísmo intransigente, logró sustraerse a las falsas ciencias de su época, para revelarle al mundo la existencia del inconsciente.
El verdadero problema de esta biografía consiste en que fue escrita por un hombre que era a la
vez cronista al servicio de un rey, jefe de un movimiento político y adversario de la mayoría de
los actores cuya saga narraba. Jones quiso ser Saint-Simon después de haber desempeñado
sucesivamente los papeles de Joinville, Richelieu y Fotiché. Y si bien trazó un retrato
convincente de Freud, no fue objetivo con los discípulos. No sólo demostró una injusticia
flagrante con Otto Rank, Sandor Ferenczi o Wilhelm Reich, sino que tampoco calibró
adecuadamente la importancia de Wilhelm Fliess y de sus teorías en la historia de los orígenes
inmediatos del freudismo. Además, como buen estratega político, disimuló los acontecimientos
capaces a su juicio de empañar la imagen del movimiento psicoanalítico: los suicidios, los
vagabundeos, las locuras, las transgresiones. Finalmente, enmascaró o no reconoció los
terribles errores que él mismo, Jones, había cometido, sobre todo frente al nazismo, cuando
puso en práctica una política de supuesto "salvamento" del psicoanálisis.
De modo que la obra de Jones es a la vez un libro espléndido, un acontecimiento fundador, y un
monumento de historia oficial. Vemos allí al personaje central en su evolución desde la infancia,
como un héroe de leyenda siempre consciente de su genio, que inventa su doctrina a partir de la
nada de las "ciencias falsas", y después se separa dolorosamente de sus malos discípulos, a
veces "renegados", a veces "desviados", pero nunca del más fiel de todos: el propio Jones.
Durante diez años, entre 1960 y 1970, la historiografía freudiana siguió siendo el coto cerrado
del legitimismo psicoanalítico, sobre todo en razón de la política de Kurt Eissler, responsable de
los archivos depositados en la Library of Congress. En 1972, Max Schur, en su obra Sigmund
Freud, corrigió la versión de Jones, proporcionando una imagen más vienesa del maestro, el cual
comenzó entonces a emerger con el aspecto de un científico ambivalente, angustiado por la
muerte y vacilando entre el error y la verdad. Schur reveló la existencia de Emma Eckstein.
A partir de 1970, el idioma inglés prevaleció en los trabajos historiográficos. Al modelo de Jones
siguieron, por un lado, una mirada disidente, y por el otro, un enfoque científico. Inaugurada por
Ola Andersson en 1962, la historiografía experta alcanzó su pleno desarrollo en 1970 con el
trabajo innovador de Henri F. Ellenberger. En efecto, su Historia del descubrimiento del
inconsciente fue la primera que introdujo el largo plazo en la aventura freudiana, y la que
sumergió el psicoanálisis en la historia de la psiquiatría dinámica. De esa inmersión Freud sale desoxidado, y aparece con los rasgos de un sabio fáustico, dividido entre la duda y la
certidumbre, entre la raz6n y la divagación, entre la aspiración al progreso y la atracción por el
ocultismo. Ellenberger hizo escuela y dio origen, sin pretenderlo, a una historiografía revisionista.
Paralelamente, los trabajos de los historiadores norteamericanos (o ingleses) sobre la Viena de
fin de siglo (Carl Schorske, William Johnston, etcétera) transformaron la mirada posada sobre las
circunstancias sociales y políticas que rodearon el descubrimiento freudiano. Al Freud de Jones
de la imaginería oficial lo sucedió un hombre inmerso en el movimiento de ideas que conmovía al
Imperio Austro-Húngaro desde la década de 1880. Ese Freud encarnaba de algún modo todas
las aspiraciones de una generación de intelectuales vieneses obsesionados por la judeidad, la
sexualidad, la decadencia del patriarcado, la feminización de la sociedad y, finalmente, por una
voluntad común de explorar las fuentes profundas de la psique humana.
En cuanto a la historiografía disidente, surgió en 1971, con la publicación por Paul Roazen de La
Sagafreudienne. Nacido en 1936, el autor abandona la historia oficial para convertirse en el
cronista de la memoria oral del movimiento. Con la ayuda de testimonios de supervivientes,
construye una prosopografía del ambiente analítico: redes de poder, filiaciones, etcétera. Sobre
todo, Roazen fue el primero en hacer lugar a los discípulos cuyo destino había sido ocultado por
la historia oficial: Hermine von Hug-Hellmuth, Viktor Tausk, Ruth Mack-Brunswick.
A partir de 1975-1980, en Francia, Alemania, los Estados Unidos, Gran Bretaña, se dan las
condiciones para que eclosione una verdadera escuela histórica del freudismo. En todos estos
países los investigadores reúnen archivos, dentro o fuera de la International Psychoanalytical
Association (IPA), haciendo posible la elaboración de obras narrativas derivadas de la historia
experta, sobre todo los aspectos del freudismo: los orígenes, el movimiento, los actores, las
redes, los conceptos, las ideas, las biografías, etcétera. En adelante, los representantes de la
legitimidad freudiana (IPA) pierden terreno, y no pueden ya impedir que los historiadores
produzcan obras que se sustraen a la imaginería oficial. No conservan mas que un único
monopolio: la gestión y el control de los famosos archivos depositados en la Library of
Congress.
Ahora bien, la política de retención aplicada por Eissler, con el acuerdo de Anna Freud, se iba a
revelar como catastrófica, según lo subraya el historiador Peter Gay: "La opción por el secreto,
a la cual Eissler se apego y sigue tan firmemente apegado, no puede sino alentar la proliferación
de los rumores más extravagantes sobre el hombre (Freud) cuya reputación se pretende
proteger".
A partir de 1980, la política de preservación de la imagen del padre fundador contribuyó al
florecimiento de una historiografía revisionista en el momento mismo en que el movimiento
psicoanalítico sufría en todo el mundo los ataques de un nuevo organicismo basado en la
farmacología. En lugar de abrir los archivos a los historiadores profesionales, Eissler y Anna
Freud decidieron confiarle a Jeffrey Moussaieff Masson, alumno brillante debidamente analizado
en el redil, el establecimiento de la correspondencia entre Fliess y Freud. Ahora bien, en medio
de sus investigaciones, el feliz elegido se convirtió en un contestatario radical, no sólo de la
legitimidad oficial, sino de la propia doctrina freudiana. Imaginándose profeta de un freudismo
"revisado", se persuadió de que los Estados Unidos habían sido pervertidos por una mentira
freudiana original. Afirmó entonces que las cartas de Sigmund Freud revelaban que había
abandonado la teoría de la seducción por pura cobardía. No atreviéndose a revelar al mundo las
atrocidades cometidas por los adultos con niños inocentes (violaciones, abusos, incestos
forzados, etcétera), habría inventado la teoría del fantasma, siendo por lo tanto un falsario.
En esa época, la corriente revisionista debía su éxito al hecho de que era contemporánea de un
vasto cuestionamiento, en la universidad norteamericana, de la civilización llamada occidental. Se
apuntaba a rehabilitar a sus víctimas. En ese espíritu, la escuela revisionista asimiló el freudismo
a una opresión: colonización abusiva de los ninos por los adultos, dominación de las mujeres por
los hombres, etcétera.
Más tarde se asistió al retorno de la tradición biográfica, y después a una explosión de
diferentes corrientes interpretativas. De allí la importante producción de trabajos historiográficos
a fines del siglo XX.