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Estudio del psicoanálisis y psicología

Diccionario de Psicología, letra H, Huella


Diccionario de Psicología, letra H, Huella

Una «huella mnémica» (Erinnerungsspur) es en primer lugar un resto o residuo de percepción. A continuación de sus trabajos sobre las afasias (1891) y de las indicaciones de Breuer en Estudios sobre la histeria (1895), Freud se forma una concepción de la memoria que presenta en 1896 en su «Proyecto de psicología» y en la carta 52 a Fliess, antes de desarrollarla en La interpretación de los sueños en 1900. La memoria es allí concebida en términos de «facilitaciones» (Balinungen) y de «signos de percepción» (Wahrnemungszeichen) que dan lugar a varias inscripciones. Entre la percepción y la acción motriz existiría entonces una serie de sistemas mnémicos estratificados. No obstante, si la acumulación de impresiones fuera consciente, el psiquismo quedaría pronto saturado y sería incapaz de recibir nuevas excitaciones, de modo que, según Freud, la memoria y la conciencia se excluyen entre sí. En consecuencia, una huella -es decir, una modificación del sistema mnérnico- sólo es durable e incluso inalterable en tanto que inconsciente. Pero ¿qué sucede cuando se toma consciente? A la hipótesis funcional o dinámica de un cambio de estado, Freud preferirá, en sus ensayos metapsicológicos de 1915, el punto de vista tópico, según el cual se trata de investiduras que se realizan en otros lugares psíquicos. Después, en Más allá del principio de placer, en 1920, Freud dice que hay percepción acompañada de conciencia cuando esta última «aparece en lugar de la huella mnémica». Y en 1925, en su «Nota sobre la "pizarra mágica"», propone, a la inversa, que la conciencia desaparece cuando a la percepción le es retirada la investidura, y que las huellas duraderas se inscriben en el inconsciente. Así se constituye el tesoro de los recuerdos, el almacén de la memoria, depósito de sedimentos en el que hacen huella acontecimientos, escenas y sensaciones, cosas vistas y oídas, experiencias de satisfacción así como de dolor o de terror, pero también los representantes de la actividad pulsional, los efectos de la percepción de la falta (desamparo ligado a la ausencia de la presencia auxiliadora, angustia del encuentro con la ausencia del falo) e incluso los elementos originarios heredados de las generaciones anteriores o aun, según Freud, de la prehistoria humana (cf. en particular Moisés y la religión monoteísta). En todo caso, sean ellas accesibles o subsistan en estado reprimido, estas huellas -principalmente visuales y auditivas- pueden ser reactivadas. Así, en la lengua figurada del sueño, con la ayuda de las huellas se realiza la representación y transposición de los restos diurnos y de los pensamientos de deseo. En la rememoración, es el punto de contacto entre la huella mnémica y el contenido del fantasma lo que permite el desplazamiento de los acontecimientos o los pensamientos que datan de épocas anteriores o ulteriores sobre los «recuerdos-pantalla» (Freud, 1899). Recuerdos deformados o fantasmas disfrazados, estas formaciones del inconsciente corresponden a un empuje de lo reprimido hacia la conciencia. Freud también sitúa allí el fenómeno de la creencia: en efecto, la actualización de lo reprimido por el sesgo del retorno a la percepción de las huellas mnémicas es lo que hace que se imponga una convicción, e incluso que se crea en una ilusión. Finalmente, hay que subrayar con Freud (El yo y el ello, 1923) que las palabras son los restos mnémicos de vocablos oídos, y que «por su intermedio, los procesos internos de pensamiento se transforman en percepciones», lo que hace posible reconocerlos. Pues la articulación lenguajera que se produce en el nivel de las huellas mnémicas y condiciona el pasaje de la palabra a la escena de la transferencia, no es nada menos que lo que justifica la existencia de análisis.