Obras de S. Freud: Dostoievski y el parricido (1928)

Dostoievski y el parricidio. (1928 [1927])

Nota introductoria:

Dostoievski y el parricidio. (1928 [1927])

Nota introductoria:

A partir de 1925, los editores Fülóp-Miller y Eckstein, de Munich, comenzaron a publicar una serie de volúmenes suplementarios de la gran edición alemana de las obras de Dostoievski dirigida por Moeller van den Bruck, que se había completado pocos años antes. Los nuevos volúmenes, de igual formato que los de aquella edición, contenían escritos póstumos, manuscritos inconclusos y material de varias fuentes que arrojaban luz sobre el carácter y la obra del escritor ruso. Uno de ellos estaba destinado a reunir bocetos y borradores relacionados con Los hermanos Karamazov, así como un análisis de los orígenes de este libro; y los editores estaban ansiosos por persuadir a Freud de que redactase una introducción acerca de la psicología tanto del libro como de su autor. Aparentemente, tomaron contacto con él a comienzos de 1926, y Freud empezó a escribir su ensayo a fines de junio de ese año. Sin embargo, la urgente necesidad de dar a conocer su folleto sobre el análisis ejercido por legos (1926e), en vista del proceso judicial iniciado contra Theodor Reik, lo apartó de la tarea (cf. AE, 20, págs. 168-9). De ahí en más parece haber perdido interés por ese ensayo, sobre todo, como nos relata Ernest Jones (1957), luego de haber encontrado un libro de Neufeldisobre el mismo tema, el cual, según apuntó Freud en una nota al pie (pág. 191) -con notable modestia, destaquémoslo-, contenía la mayoría de las ideas que él estaba expresando. No está claro en qué momento retomó la redacción del ensayo. Jones (loc. cit.) sugiere que lo había concluido ya a comienzos de 1927; pero esto no parece muy probable, pues la novela de Stefan Zweig de la que se ocupa la parte final del ensayo apareció en 1927. El volumen en el que se incluyó como introducción el ensayo de Freud (titulado La versión original de «Los hermanos Karamazov») sólo se publicó en el otoño de 1928.

El ensayo consta de dos partes bien definidas. La primera trata del carácter de Dostoievski en general, su masoquismo, su sentimiento de culpa, sus ataques «epileptoides» y su actitud dual en lo atinente al complejo de Edipo. La segunda analiza en especial su pasión por el juego e incluye el relato de una novela breve de Stefan Zweig que esclarece la génesis de esa afición. Como se puede apreciar en la carta posterior de Freud a Theodor Reik que publicamos en el apéndice de este trabajo, esas dos partes del ensayo están más íntimamente vinculadas de lo que parece a primera vista.

Tal vez el ensayo muestre señales de un trabajo «circunstancial» hecho a pedido, pero contiene mucho de interés; por ejemplo, las primeras consideraciones sobre los ataques histéricos desde que escribiera su temprano trabajo acerca de este tema veinte años atrás (1909a), así como una reformulación de sus últimas concepciones sobre el complejo de Edipo y el sentimiento de culpa, y un esclarecimiento colateral del problema de la masturbación que no ha de hallarse en su anterior examen de este (1912f). Pero, por sobre todas las cosas, tuvo aquí oportunidad de expresar sus puntos de vista acerca de un escritor a quien él ubicó en primerísima línea.

James Strachey

En la rica personalidad de Dostoievski, uno distinguiría cuatro fachadas: el literato, el
neurótico, el pensador ético y el pecador. ¿Cómo orientarse en medio de esa desconcertante
complicación?
Lo menos dudoso es el literato; él tiene su sitial no muy atrás de Shakespeare. Los hermanos
Karamazov es la novela más grandiosa que se haya escrito, y nunca se estimará bastante el
episodio del Gran Inquisidor, una de las cumbres de la literatura universal. Por desdicha, el
análisis debe rendir las armas ante el problema del creador literario.
Lo más atacable en Dostoievski es el pensador ético. Si se pretendiera tenerlo en alta estima como hombre ético con el argumento de que sólo alcanza el grado supremo de la eticidad quien ha llegado hasta la pecaminosidad más profunda, se pasaría por alto un reparo. Etico es quien reacciona ya frente a la tentación interiormente sentida, sin ceder a ella. Pero quien
alternativamente peca, y luego, en su arrepentimiento, formula elevados reclamos éticos, se
expone al reproche de que arregla las cosas de manera harto cómoda. No ha realizado lo
esencial de la eticidad, la renuncia, pues la vida ética es un interés práctico de la humanidad. Se
parecería a los bárbaros del tiempo de las invasiones, que asesinaban y como penitencia
pagaban una multa, con lo cual esta última era directamente una técnica para posibilitar el
asesinato. Iván el Terrible no se comportaba de otro modo; y aun esa componenda con la
eticidad es un característico rasgo ruso. Tampoco es glorioso el resultado final de la brega ética de Dostoievski. Tras las más violentas luchas por reconciliar las exigencias pulsionales del individuo con los reclamos de la comunidad humana, aterrizó en sentido retrógrado en el
sometimiento a la autoridad así secular como espiritual, en el temor reverencial a los zares y al
Dios cristiano, y en un nacionalismo ruso de estrechas miras, estación esta que inteligencias
ordinarias habían alcanzado con menor trabajo. Ahí se sitúa el punto débil de esa gran
personalidad. Dostoievski falló en ser un maestro y libertador de los seres humanos, se asoció a sus carceleros; el futuro cultural de los hombres tendrá poco que agradecerle. Probablemente pueda demostrarse que su neurosis lo condenaba a ese fracaso. De acuerdo con la altura de su inteligencia y la intensidad de su amor por los hombres, habría tenido ante sí otra senda de vida, la senda apostólica.
Considerar a Dostoievski como pecador o criminal provoca una violenta protesta, no
necesariamente fundada en el juicio filisteo sobre los criminales. Uno se percata pronto del verdadero motivo; en el criminal hay dos rasgos esenciales: el egoísmo sin límites y la intensa
tendencia destructiva; común a ambos rasgos, y premisa de sus exteriorizaciones, es el
desamor, la falta de valoración afectiva de los objetos (humanos). Y de inmediato uno se
acuerda de lo opuesto en Dostoievski: su gran necesidad de amor y su enorme capacidad de
amar, exteriorizada esta en manifestaciones de extrema bondad, que le valen ser amado y
socorrido donde habría merecido el odio y la venganza; por ejemplo, en la relación con su
primera mujer y con su amada. Entonces uno no puede menos que preguntarse de dónde viene la tentación de incluir a Dostoievski entre los criminales. Respuesta: es la elección temática del creador literario, los caracteres que descuellan por sus rasgos violentos, asesinos, egoístas, lo que indica la existencia de tales inclinaciones en su interior; además, algún elemento fáctico de su vida, como su manía del juego, y acaso también el abuso sexual cometido contra una niña inmadura (1). La contradicción se resuelve inteligiendo que la fortísima pulsión
destructiva de Dostoievski, que fácilmente lo habría convertido en un criminal, en el curso de su vida se dirigió sobre todo hacia su propia persona (hacia adentro, en lugar de hacia afuera) y así se expresó como masoquismo y sentimiento de culpa. Empero, le restaban a su persona
sobrados rasgos sádicos, que se exteriorizaban en su irritabilidad, manía martirizadora,
intolerancia aun hacia las personas amadas, y también salían a la luz en la manera en que
trataba a sus lectores como autor. Vale decir, en las pequeñas cosas era sádico hacia afuera;
en las cosas mayores, sádico hacía adentro, y por tanto masoquista, o sea el más blando,
manso y solícito de los hombres.
De la complicación de la persona de Dostoievski hemos espigado tres factores, uno
cuantitativo y dos cualitativos: la extraordinaria altitud de su afectividad, la disposición pulsional perversa que debía moverlo a ser un sadomasoquista o un delincuente, y el talento artístico, no analizable. La existencia de este conjunto sería perfectamente viable sin neurosis; hay, en efecto, masoquistas plenos no neuróticos. De todos modos, de acuerdo con la relación de
fuerzas entre las exigencias pulsionales y las inhibiciones que las contrarrestan (más las vías
de sublimación disponibles), habría que clasificar a Dostoievski como uno de esos caracteres llamados «apasionados» {«triebhaft»}. Pero la situación es perturbada por la copresencia de la neurosis, que, según dijimos, no sería indispensable bajo esas condiciones, pero se produce tanto más fácilmente cuanto más rica es la complejidad que el yo debe dominar. Ahora bien, la neurosis no es más que un signo de que el yo no consiguió esa síntesis, de que perdió su unicidad en el intento.
Pero, ¿cuál es la prueba de la neurosis en sentido estricto? Sobre la base de sus graves
ataques, acompañados de pérdida de conciencia, convulsiones musculares y la desazón
subsiguiente, Dostoievski se calificó de epiléptico, y por tal lo tuvieron los demás. Ahora bien, es en un todo probable que esta llamada epilepsia sólo fuera un síntoma de su neurosis, que, por
tanto, debería clasificarse como histeroepilepsia, vale decir, histeria grave. Hay dos razones que
impiden lograr certeza plena: la primera, que los datos anamnésicos sobre la llamada epilepsia
de Dostoievski son deficientes y no confiables; la segunda, que no es clara la concepción de los
cuadros clínicos ligados con ataques epileptoides.
Abordemos primero el segundo punto: Huelga repetir aquí toda la patología de la epilepsia, que
no aporta nada decisivo; empero, se puede decir que a pesar de ello se sigue destacando como
aparente unidad clínica el viejo morbus sacer, la ominosa {unheimlich} enfermedad con sus
impredecibles ataques convulsivos, en apariencia no provocados, su alteración del carácter,
que se vuelve irritable y agresivo, y el progresivo desfallecimiento de todas las operaciones
intelectuales. Pero hacia cada uno de sus extremos ese estado se volatiliza en lo
indeterminado. Los ataques que se presentan brutalmente, con mordedura de la lengua y
vaciamiento vesical, repetidos con riesgo mortal en el status epilepticus, en cuyo trascurso el
paciente mismo se infiere graves daños, pueden atemperarse y ser sólo ausencias breves,
meros estados de vértigo muy pasajeros, pueden sustituirse por cortos períodos en que el
enfermo hace cosas que le son ajenas, como bajo el imperio de lo inconciente. De ordinario
condicionados por lo corporal de una manera que nos resulta inasible, su génesis primera
puede deberse a un influjo puramente anímico (terror) o reaccionar en lo sucesivo frente a
excitaciones anímicas. Por característica que sea la disminución intelectual en la inmensa
mayoría de los casos, se conoce por lo menos uno en que esa afección no perturbó un elevado
rendimiento en ese terreno (HeImholtz). (Otros casos respecto de los cuales se sostuvo esto mismo son inciertos o están expuestos a idéntico reparo que el del propio Dostoievski.) Las personas aquejadas de epilepsia pueden provocar la impresión de estupidez, de desarrollo detenido, en un todo de acuerdo con el hecho de que la afección suele ir acompañada a menudo de la imbecilidad más notable y de las mayores deficiencias cerebrales, si bien este no es un componente necesario del cuadro clínico; pero esos mismos ataques, con todas sus variaciones, se encuentran también en otras personas que testimonian un pleno desarrollo anímico y una afectividad hipertrófica, casi nunca gobernada satisfactoriamente. No asombra que en estas circunstancias se encuentre imposible establecer la unidad de la «epilepsia» como afección clínica. Lo que sale a la luz en la homogeneidad de los síntomas exteriorizados parece requerir una concepción funcional, como si la descarga pulsional anormal tuviese un mecanismo orgánicamente preformado, puesto en acción por las más diversas constelaciones: tanto perturbaciones de la actividad encefálica, producidas por graves enfermedades tisulares y tóxicas, como un insuficiente gobierno sobre la economía anímica, un tráfico sujeto a crisis de la energía actuante en el interior del alma. Tras esta bipartición uno vislumbra la identidad del mecanismo de la descarga pulsional que estaría en su base. Este no puede encontrarse muy lejos de los procesos sexuales, que en el fondo son de causación tóxica. Ya los médicos más antiguos llamaban pequeña epilepsia al coito, vale decir que discernían en el acto sexual la aminoración y adaptación de la descarga epiléptica de estímulos (2).
La «reacción epiléptica», como puede llamarse a este conjunto, se pone sin duda también a
disposición de la neurosis, cuya esencia consiste en tramitar por vía somática masas de
excitación que ella no puede liquidar psíquicamente. El ataque epiléptico deviene así un síntoma
de la histeria, que lo adapta y modifica, tal como lo hace el decurso sexual normal. Por eso es
enteramente correcto distinguir una epilepsia orgánica de una «afectiva». He aquí el valor
práctico de ello: quien sufre la una, es un enfermo del encéfalo; quien tiene la otra, un neurótico.
En el primer caso, la vida anímica padece de una perturbación de afuera, ajena a ella; en el otro,
la perturbación es expresión de la vida anímica misma.
Es sumamente probable que la epilepsia de Dostoievski fuera del segundo tipo. No se lo puede probar de modo riguroso; en efecto, para ello habría que estar en condiciones de establecer una coordinación serial entre su vida anímica y la primera aparición de los ataques, así como sus posteriores oscilaciones, y es demasiado poco lo que sabemos. Las descripciones de los ataques mismos no enseñan nada; las noticias sobre nexos entre ataques y vivencias son
deficientes y a menudo contradictorias. La hipótesis más probable es que aquellos se
remontarían muy atrás en la niñez de Dostoievski y primero estuvieron subrogados por
síntomas más benignos, cobrando la forma epiléptica sólo después, en el octavo año, tras
aquella vivencia amedrentadora, el asesinato del padre (3). Armonizaría bien con
ello si quedase comprobado que se suspendieron por completo durante el período de castigo en
Siberia, pero otros indicios lo contradicen (4). El inequívoco nexo entre el parricidio
de Los hermanos Karamazov y el destino del padre de Dostoievski ha llamado la atención a más de un biógrafo, moviéndolos a mencionar «cierta orientación psicológica moderna». El abordaje psicoanalítico -pues a él se refieren- está tentado de discernir en ese suceso el trauma más grave, y en la reacción de Dostoievski, el punto axial de su neurosis. Pero si ahora paso a fundamentar psicoanalíticamente esa tesis, no puedo menos que temer que se queden sin entender nada los no familiarizados con la terminología y las doctrinas del psicoanálisis.
Tenemos un punto de partida cierto. Conocemos el sentido de los primeros ataques de
Dostoievski en su juventud, mucho antes que emergiera la «epilepsia». Tenían una
intencionalidad de muerte: eran introducidos por una angustia de muerte y consistían en
estados de dormir letárgico. Como un desconsuelo inmotivado y repentino se abatió ella (la
enfermedad) sobre él la vez primera, cuando todavía era un muchacho; un sentimiento -así lo
refirió más tarde a su amigo Soloviov- como si debiera morir enseguida, y de hecho siguió un
estado que se parecía en todo a la muerte efectiva… Su hermano Andrei informa que Fedor ya
en su juventud solía dejar notitas diciendo que temía dormirse de noche y caer en un estado de
muerte aparente, por lo cual rogaba se esperasen cinco días antes de inhumarlo. (Fülop-Miller y
Eckstein, 1925, pág. Ix.)
Conocemos el sentido y el propósito de esos ataques de muerte (5). Significan
una identificación con un muerto, una persona que efectivamente falleció o que todavía vive y
cuya muerte se desea. Este último caso es el más significativo. El ataque tiene así el valor de
una punición. Uno ha deseado la muerte de otro, y ahora uno mismo es ese otro y está muerto.
En este punto la doctrina psicoanalítica introduce la tesis de que, en el caso de los muchachos,
ese otro es por regla general el padre, y el ataque (que se denomina histérico) es entonces un
autocastigo por haber deseado la muerte del padre odiado.
Según una conocida concepción, el parricidio es el crimen principal y primordial tanto de la
humanidad como del índividuo (6). En todo caso, es la principal fuente del
sentimiento de culpa; no sabemos si la única, pues las indagaciones no han podido todavía
establecer con certeza el origen anímico de la culpa y de la necesidad de expiación. Pero no
hace falta que sea la única. La situación psicológica es complicada y requiere elucidación. La
relación del muchacho con el padre es, como nosotros decimos, ambivalente. junto al odio, que
querría eliminar al padre como rival, ha estado presente por lo común cierto grado de ternura.
Ambas actitudes se conjugan en la identificación-padre; uno querría estar en el lugar del padre
porque lo admira (le gustaría ser como él) y porque quiere eliminarlo. Ahora bien, todo este
desarrollo tropieza con un poderoso obstáculo. En cierto momento el niño comprende que el
intento de eliminar al padre como rival sería castigado por él mediante la castración. Por
angustia de castración, vale decir, en interés de la conservación de su virilidad, resigna
entonces el deseo de poseer a la madre y de eliminar al padre. Y es este deseo, en la medida
en que se conserva en lo inconciente, el que forma la base del sentimiento de culpa. Creemos
haber descrito con ello procesos normales, el destino normal del llamado complejo de Edipo;
todavía habremos de agregar un importante complemento.
Otra complicación sobreviene cuando en el niño se ha plasmado con intensidad mayor aquel
factor constitucional que llamamos bisexualidad. Amenazada la virilidad por la castración, se
vigorizará en tal caso la inclinación a buscar escapatoria por el lado de la feminidad, a ponerse
más bien en el lugar de la madre y adoptar su papel de objeto de amor ante el padre. Sólo que la
angustia de castración imposibilita también esta solución. Uno comprende que sería preciso
admitir la castración si quisiera ser amado por el padre como una mujer. Así caen bajo la
represión ambas mociones, odio al padre y enamoramiento de él. Hay una cierta diferencia
psicológica, consistente en que el odio al padre es resignado a consecuencia de la angustia
frente a un peligro exterior (la castración); en cambio, el enamoramiento del padre es tratado
como un peligro pulsional interior, que, empero, se remonta en el fondo también a idéntico
peligro exterior.
La angustia frente al padre es lo que vuelve inadmisible el odio a él; la castración es terrorífica,
tanto en su condición de castigo como en la de precio del amor. De los dos factores que
reprimen {desalojan} el odio al padre, el primero, la angustia directa frente al castigo y la
castración, ha de llamarse normal; el refuerzo patógeno parece venir sólo del otro factor: la
angustia ante la actitud femenina. Por tanto, una fuerte disposición bisexual se convierte en una
de las condiciones o refuerzos de la neurosis. Puede suponérsela con certeza en Dostoievski, y una de sus formas posibles de existencia (homosexualidad latente) se muestra en el valor que tuvieron para su vida sus amistades con hombres, en su conducta raramente tierna hacía sus rivales en el amor, y en su notable comprensión para situaciones sólo explicables por una homosexualidad reprimida, como lo atestiguan muchos ejemplos de sus novelas.

Continúa en ¨Dostoievski y el parricido (1928), segunda parte¨

Notas:
1- Véase el examen de esto en Fulóp-Miller y Eckstein (1926). Stefan Zweig (1920) escribe: «No lo detienen los frenos de la moral burguesa y nadie sabe decir con exactitud cuánto trasgredió en su vida las barreras jurídicas, cuánto de los instintos criminales de sus héroes se tradujeron en sus propios actos». Acerca de los íntimos vínculos entre los personajes de Dostoievski y sus propias vivencias, véanselas puntualizaciones de René Fülop-Miller en la sección introductoria de Fulóp-Miller y Eckstein (1925), basadas en N. Strajov [1921].  [El tema del abuso sexual cometido contra una niña inmadura aparece varias veces en las obras de Dostoievski, especialmente en La confesión de Stavrogin y La vida de un pecador.]
2- [Cf. «Apreciaciones generales sobre el ataque histérico» (Freud, 1909a), AE, 9, pág, 211.]
3- Cf. René Fülop-Miller (1924). [Véase, asimismo, el relato de Aimée Dostoievski (1921), en la biografía que escribió de su padre.] Particular interés despierta la comunicación de que en la infancia del novelista ocurrió «algo temible, inolvidable y torturante», a lo cual se remontarían los primeros indicios de su enfermedad (de un artículo de Suvorin en el periódico Novoe Vremya, 1881, citado en la introducción de Fülop-Miller y Eckstein, 1925, pág. xiv). Cf. también Orest Miller (1921, pág. 140): «Acerca de la enfermedad de Fedor Mijailóvich, por lo demás, existe un testimonio que se refiere a su más temprana juventud y la conecta con un episodio trágico ocurrido en la vida familiar de sus padres. Si bien ese testimonio me fue comunicado oralmente por un hombre muy próximo a Fedor Mijailóvich, no puedo decidirme a reproducirlo con detalle y exactitud porque no he recibido otra confirmación de ese rumor». Ni el biógrafo ni el investigador de las neurosis sentirán agradecimiento por esta discreción.
4- La mayoría de los documentos, entre ellos el informe del propio Dostoievski, afirman por el contrario que la enfermedad sólo cobró su carácter definitivo, epiléptico, durante la deportación en Siberia. Por desdicha, hay razones para desconfiar de las comunicaciones autobiográficas de los neuróticos. La experiencia enseña que su recuerdo introduce falsificaciones destinadas a desgarrar una trama causal desagradable. De todos modos, parece seguro que la permanencia en el presidio siberiano produjo una alteración profunda en el estado patológico de Dostoievski. Cf. Fülop-Miller (1924, pág. 1186).
5- [Ya habían sido explicados por Freud en una carta a Fliess del 8 de febrero de 1897 (Freud, 1950a, Carta 58).]
6- Véase mi obra Tótem y tabú (1912-13).

Autor: psicopsi

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