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Estudio del psicoanálisis y psicología

Drogadicción y Adolescentes: ¿qué se modifica en el psiquismo del joven que llega a la adolescencia?



¿qué se modifica en el psiquismo del joven que llega a la adolescencia?
1) Los impulsos instintivos.- La pubertad, con el desarrollo de la capacidad reproductiva y orgásmica, trae aparejada una eclosión de la sexualidad que muchas veces toma por sorpresa al adolescente aun no habituado a satisfacer sus deseos sexuales.
Esta irrupción incipiente de la sexualidad genital se pone de manifiesto tanto en sensaciones físicas,
-sus preocupaciones románticas, su masturbación, sus escrúpulos morales y sus obsesiones
sexuales- como en las costumbres grupales o la vestimenta, tendiente a seducir al sexo opuesto.
Ahora bien, en la mayoría de las concepciones psicológicas tradicionales, se ha tendido a centrar el
proceso de transformación adolescente en el desarrollo de su sexualidad. Sin duda este es un aspecto
fundamental, pero por cierto que no el único. A las otras transformaciones nos referimos a continuación.
2) El YO, o sea el agente encargado del gobierno y distribución de los impulsos. Todo el sistema
defensivo, los mecanismos que utiliza el YO para protegerse, están sometidos a una mayor presión y el
YO tiene que modificarse para afrontarla. Pero los cambios del YO, no se reducen a sus funciones en
relación con los impulsos instintivos; también se consolida, en el comienzo de la adolescencia, la
transición del pensamiento concreto a otro de mayor nivel de abstracción, simbólico. Meltzer menciona,
como se suele creer y realmente así parece ser, en muchos casos, que el adolescente esta
fundamentalmente interesado en la sexualidad, pero en realidad él esta preocupado por el conocimiento
y el comprender. 3) Surgen nuevos objetos de amor.- Se produce una desidealización de las figuras
parentales que priva al joven de la protección omnipotente que le significaban sus padres cuando él era
pequeño. Asimismo, existen fuertes contradicciones entre la tendencia del joven a alejarse de sus
objetos infantiles de amor, asimilando previamente en su personalidad características de sus figuras
parentales, y el hecho de que estas identificaciones se vuelvan más y más prescindibles. Hay
oscilaciones erráticas del humor, vaivenes emocionales en el transcurso de los cuales se suelen
restablecer antiguas formas de relación objetal. Inconscientemente se reaniman fantasías de fusión con
los objetos, merced a las cuales el joven intenta fortalecerse y protegerse de la sensación de fragilidad
que le produce la perdida de la imagen de sus padres vistos como todopoderosos en sus primeros
años. Esto se pone de manifiesto en la búsqueda de ídolos y líderes que satisfagan estas necesidades
primitivas de idealización, al tiempo que le permitan tomar distancia de sus antiguos amores familiares.
También aparecen las llamadas vivencias del vacío. El adolescente atraviesa necesariamente por
momentos en los que se siente vacío y teme esa sensación desagradable que se reitera sin que el
pueda gobernar su aparición.
A veces la sensación de vacío se liga a alguna razón conocida: la perdida
de algún amigo/a, o un novio/a, la muerte de algún ser querido, un fracaso escolar. La vivencia de vacío
consiste en una experiencia dolorosa y perturbadora que los jóvenes a veces llaman depresión. No es
tristeza, mas bien es hastío, desinterés, sensación de futilidad ante la vida, así como pérdida de la
normal capacidad para enfrentar la sociedad y sobreponerse a ella. Las vivencias de vacío, tal como los
sentimientos de vergüenza, inferioridad y los procesos de idealización y desidealización son resultado
de fenómenos de desequilibrio narcisista, perturbaciones en los sectores de la personalidad que regulan
el estado del si-mismo (self) y la valoración que el individuo hace de si mismo, su autoestima. Ahora
bien, desde la timidez vergonzante hasta la desfachatez y los aires grandiosos de superioridad, desde
la introversión inhibida hasta la arrogancia, podemos adscribir sin dificultad estas características de los
fenómenos de desequilibrio narcisista a un joven que esta atravesando una adolescencia normal
,
siempre y cuando no constituyan pautas rígidas y estereotipadas de funcionamiento y en tanto se
alternen con momentos de alegría, entusiasmo e ilusiones esperanzadas.
La adolescencia es la etapa más suceptible para desarrollar una drogadicción, pues es el período de
resolución del proceso simbiótico. Es cuando se produce la separación-individuación, la separación del
grupo familiar, el duelo por la exogamia y el enfrentamiento con el mundo externo. Si el adolescente
tiene un YO débil,
producto de todos los factores expuestos anteriormente, entonces va a necesitar una
fuerza extra para poder cumplir con este desafío, y si tanto la familia como la sociedad le muestran que
las drogas son el combustible adecuado para afrontar las exigencias de la vida, él podrá poner en
marcha la experiencia tóxica". Una de las patologías más suceptibles de ser vulnerable, es la de los
trastornos de la personalidad, en especial en los casos de personalidad fronteriza, porque son seres
deficitarios en su personificación.
En síntesis, si nos colocamos ante las realidades que debe enfrentar el adolescente de nuestra época,
y si le sumamos la estresante tarea de asimilar los cambios propios de su crecimiento, tanto
corporales como psicosociales, se hace aún más claro comprender por qué los adolescentes son una
población de alto riesgo.

La búsqueda de riesgos: En la adolescencia, las emociones y riesgos son buscados porque consolidan
el sentimiento del sí-mismo.
Un joven lo explicaba mejor: solo se tiene la máxima seguridad de estar
vivo, y bien vivo, cuando un escalofrío te recorre la espalda. Lichtenberg, un autor que ha estudiado
profundamente la búsqueda de emociones y riesgos, dice que por ello, es parte de este desafío
regulatorio para los padres ver como sus hijos se exponen a emociones ante las cuales el sí-mismo del
chico se refuerza, y el riesgo es controlado. Un antecedente y prototipo infantil de ello es la sensación
de ser arrojado al aire y caer en los brazos fuertes y seguros del padre. El adolescente busca emoción
y riesgo en un intento de expandir y consolidar su sí-mismo, mientras mantiene estas experiencias bajo
su control, con cierto grado de autorregulación. Quiere ser él mismo quien elija cual riesgo asumirá y
cual no. Quiere él decidir cuales serán sus modelos, cuales sus rivales en estos desafíos. El también
deseará elegir en que brazos confiar para que lo sostengan; un líder político, su entrenador deportivo,
una novia o un novio, o el amigo más influyente de su grupo, que ahora ha conocido el excitante mundo
que le provee la marihuana. Toda esta actividad del adolescente transita el terreno de la normalidad, y
mas allá del éxito o fracaso de los intentos, usualmente es beneficiosa para su desarrollo. El joven
aprende de los demás y de si mismo. Pero, he aquí una de las injurias que nuestro tiempo produce en
la juventud, esa demanda de emociones y riesgos puede hallar la oferta de la droga, provista muchas
veces por el grupo, al que el adolescente necesita como marco de referencia. Es cierto que las
distorsiones sensoperceptivas que producen las drogas adictivas suelen provocar una perturbación del
sentido del sí-mismo mas que esa consolidación que el joven busca. Pero no es menos cierto que
merced a las drogas se viven emociones hipertensas y las modificaciones del esquema corporal crean
la ilusión de una expansión del self. Por otra parte, el solo hecho de consumir algo prohibido entraña un
desafío personal que, para colmo, a veces es compartido por otros amigos o ídolos especialmente
valorados por el adolescente. El proceso de transformación adolescente es naturalmente más complejo
que esta apretada síntesis, pero a nuestros fines lo importante es que en todas las características
mencionadas podemos encontrar motivos internos de peso, para acercarse a la droga. No es menos
cierto también que de igual modo hallamos en los jóvenes fuertes razones para combatirla, sustentadas
en poderosos ideales y valores éticos. En términos generales podemos decir que la perturbación del
equilibrio ya mencionada acarrea sentimientos tanto placenteros como displacenteros. Los placenteros
van desde la sana alegría y frescura juvenil hasta estados de franca exaltación del YO. Los
sentimientos displacenteros oscilan entre la inferioridad, la vergüenza y culpa ya nombradas, hasta
estados de tristeza, de esa vasta, difusa y a veces profunda melancolía adolescente tan bien descrita
por muchos poetas. Ahora bien, con frecuencia los adolescentes perciben que muchas sustancias
psicoactivas permiten un alivio transitorio a esos estados disforicos y también una huida temporaria de
otras circunstancias vitales externas desagradables, de orden familiar o social.
La droga constituye, en este sentido, el intento de restablecer el equilibrio perturbado por estos
procesos de reacomodacion psíquica.
Aquellos jóvenes que por factores constitucionales o ambientales
presentan un umbral bajo, la tolerancia a la frustración y poca capacidad de soportar el sufrimiento y
esperar su recuperación espontanea, padecen más intensamente la desarmonía emocional de su edad
y caen con mas facilidad en esta seudosolución química.