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Estudio del psicoanálisis y psicología

EL DESARROLLO TEMPRANO DE LA CONCIENCIA EN EL NIÑO (1933)


EL DESARROLLO TEMPRANO DE LA CONCIENCIA EN EL NIÑO (1933)

 

Una de las más importantes contribuciones de la investigación
psicoanalítica ha sido el descubrimiento de los procesos mentales que
subyacen al desarrollo de la conciencia del individuo. En su tarea de sacar a
la superficie las tendencias instintivas inconscientes, Freud ha reconocido
también la existencia de las fuerzas que sirven de defensa contra ellas.
Según sus hallazgos, que la práctica psicoanalítica ha confirmado en cada
caso, la conciencia de la persona es un precipitado o representante de sus
primeras relaciones con los padres. En cierto modo, ha incorporado sus
padres así, los ha puesto en su interior. Y entonces ellos se convierten en
una parte diferenciada de su yo -su superyó-, en un agente que presenta,
contra el resto del yo, ciertas exigencias, reproches y admoniciones, y que
se opone a sus impulsos instintivos.
Freud ha demostrado que el funcionamiento de ese superyó no se
limita a la mente consciente, no es sólo lo que se entiende por conciencia,
sino que ejerce también una influencia inconsciente y a menudo sumamente
opresiva, influencia que constituye un importante factor, tanto en las
enfermedades mentales como en el desarrollo de la personalidad normal.
Este nuevo descubrimiento ha hecho que la investigación psicoanalítica
enfoque cada vez más el estudio del superyó y de sus orígenes.
En el curso de mis análisis de niños pequeños, mientras comenzaba a
adquirir conocimiento directo de los cimientos sobre los que estaba
construida su personalidad, me topé con ciertos hechos que parecían
admitir una ampliación, en determinadas direcciones, de la teoría de Freud
al respecto. No podía caber duda alguna de que un superyó había estado en
plena actividad, durante cierto tiempo, en mis pequeños pacientes de entre
dos años y nueve meses, y cuatro años de edad, en tanto que, según la
concepción aceptada, el superyó no comenzaba a funcionar hasta que había
desaparecido el complejo de Edipo, es decir, aproximadamente en el quinto
año de vida. Más aun, mis datos demostraban que este primer superyó era
inconmensurablemente más riguroso y cruel que el del niño mayor o el del
adulto, y que, literalmente, aplastaba el débil yo del niño pequeño.
Es verdad que en el adulto encontramos en funciones un superyó más
severo de lo que fueron en realidad los padres del sujeto, y que en modo
alguno es idéntico a éstos 1 . Esto no obstante, se les aproxima más o menos.
Pero en el niño pequeño encontramos un superyó de características
altamente increíbles y fantásticas. Y cuanto más pequeño es el niño, o
cuanto más profundo el plano mental en que penetramos, tanto más sucede
eso. Llegamos a considerar que el temor del niño a ser devorado, o cortado
o despedazado, o su terror a ser rodeado y perseguido por figuras
amenazadoras, es un componente regular de su vida mental; y sabemos que
el lobo comedor de hombres, el dragón vomitador de fuego y todos los
monstruos malignos surgidos de los mitos y los cuentos de hadas florecen
y ejercen su influencia inconsciente en la fantasía de cada niño, que se siente
perseguido y amenazado por esas formas adversas. No me queda ninguna
duda, gracias a mis observaciones analíticas, de que las identidades que se
ocultan detrás de esas figuras imaginarias, aterradoras, son las de los padres
del propio niño, ni de que, de uno u otro modo, esas terroríficas formas
reflejan características del padre y la madre del chiquillo, por deformada y
fantástica que pueda parecer la semejanza.
Si aceptamos estos hechos de las primeras observaciones analíticas y
admitimos que las cosas que el niño teme son esos monstruos y animales
salvajes que ha internalizado en sí y que iguala a sus padres, nos vemos
arrastrados a las siguientes conclusiones: 1) El superyó del niño no coincide
con el cuadro presentado por sus padres reales, sino que es creado con
elementos imaginarios de ellos, o imagos, que ha incorporado así. 2) Su
temor a los objetos reales -su ansiedad fóbica- se basa en su temor a su yo
irrealista y a los objetos que son reales en sí mismos, pero que él contempla
bajo una luz fantástica debido a la influencia de su superyó.
Esto nos trae al problema que para mí es el central en toda la cuestión de la
formación del superyó. ¿Cómo se lleva a cabo la creación, por parte del
niño, de una imagen tan fantástica de sus padres, una imagen tan alejada de
la realidad? La respuesta se encontrará en los hechos descubiertos en los
análisis infantiles. Al penetrar en las capas más profundas de la mente del
niño y descubrir esas enormes cantidades de ansiedad -esos temores hacia
objetos imaginarios y esos terrores a ser atacado de todos los modos
posibles-, dejamos también al desnudo una cantidad correspondiente de
impulsos de agresión reprimidos, y podemos observar la relación causal
que existe entre los temores del niño y sus tendencias agresivas.
En su libro Más allá del principio del placer, Freud formuló una teoría
según la cual, al comienzo de la vida en el organismo humano, el instinto de
agresión, o instinto de muerte, es opuesto y contenido por la libido o
instinto de vida, el Eros. A continuación se produce una fusión de los dos
instintos, que da nacimiento al sadismo. A fin de evitar ser destruido por su
propio instinto de muerte, el organismo emplea su libido narcisista o de
autoconservación para expulsar a aquél hacia afuera y dirigirlo contra sus
objetos. Freud considera que este proceso es fundamental para las
relaciones sádicas de la persona con sus objetos. Y yo diría, más aun, que
paralelamente a esa desviación hacia afuera del instinto de muerte, contra los
objetos, se produce una reacción intrapsíquica de defensa contra la parte
del instinto que no ha podido ser exteriorizada de tal modo. Porque el
peligro de ser destruido por ese instinto de agresión provoca, creo, una
excesiva tensión en el yo, que es sentida por éste como una ansiedad 2 , de
modo que se ve, en el comienzo mismo de su desarrollo, ante la tarea de
movilizar la libido contra su instinto de muerte. Sin embargo, sólo puede
llevar a cabo en forma imperfecta esa misión, ya que, debido a la fusión de
los dos instintos, no puede ya, como lo sabemos, efectuar una separación
entre los mismos. Se produce una división en el ello, o en los planos
instintivos de la psique, debido a la cual una parte de los impulsos
instintivos es dirigida contra la otra.
Esta medida defensiva por parte del yo, aparentemente la primera,
constituye, creo, la piedra fundamental del desarrollo del superyó, cuya
excesiva violencia en esa primera etapa quedaría así explicada por el hecho
de que es un producto de intensísimos instintos destructivos y de que
contiene, juntamente con cierta proporción de impulsos libidinales,
cantidades sumamente grandes de impulsos agresivos 3 .Este punto de vista
hace que resulte menos difícil entender por qué el niño forma imágenes
monstruosas y fantásticas de sus padres. Porque percibe que su ansiedad
surge de sus instintos agresivos, como temor hacía un objeto externo,
porque ha hecho de dicho objeto su meta, de tal modo que parecen
iniciarse contra él mismo desde ese terreno 4 .De esa manera, desplaza la
fuente de su ansiedad hacia afuera y convierte sus objetos en objetos
peligrosos; pero, en definitiva, ese peligro pertenece a sus propios instintos
agresivos. Por ese motivo, su temor hacia los objetos será siempre
proporcionado al grado de sus impulsos sádicos. Sin embargo, no se trata
simplemente de una cuestión de convertir una cantidad dada de sadismo en
una cantidad correspondiente de ansiedad. La relación es también una
relación de contenido. El temor del niño hacia su objeto y hacia los ataques
imaginarios que sufrirá de éste se ajusta en todos los detalles a los
particulares impulsos agresivos y fantasías que experimenta con respecto a
su ambiente. De ese modo, cad a niño crea imagos de sus padres que le son
peculiares; aunque en cada caso esas imagos serán de un carácter irreal y
terrorífico.
Según mis observaciones, la formación del superyó comienza al
mismo tiempo que el niño efectúa la primera introyección oral de sus
objetos 5 . Puesto que las primeras imagos que de tal modo forma son
dotadas de todos los atributos del intenso sadismo correspondiente a este
estadío de su desarrollo, y puesto que serán proyectadas una vez más sobre
objetos del mundo exterior, el chiquillo es dominado por el temor de sufrir
ataques inimaginablemente crueles, tanto de sus objetos reales como de su
superyó. Su ansiedad sirve para aumentar sus impulsos sádicos, al
acicatearle a destruir dichos objetos hostiles a fin de escapar a sus
embestidas. El circulo vicioso que de tal modo queda establecido y en el
que la ansiedad del niño le impulsa a destruir su objeto, produce un
aumento de su propia ansiedad, cosa que, a su vez, le lanza contra su
objeto y constituye un mecanismo psicológico que, en mi opinión, se
encuentra en el fondo de las tendencias asociales y criminales del individuo.
Así, debemos suponer que la responsable de la conducta de las personas
asociales y criminales es la excesiva severidad y la aplastante crueldad del
superyó, y no la debilidad o la falta de dicha severidad, como se cree
habitualmente.
En una etapa un tanto posterior del desarrollo, el temor al superyó
hará que el yo se aparte del objeto provocador de la ansiedad. Este
mecanismo de defensa puede crear una defectuosa o menoscabada relación
del niño con los objetos.
Como lo sabemos, cuando aparece la etapa genital, los instintos
sádicos del niño han sido normalmente superados, y sus relaciones con los
objetos han adquirido un carácter positivo. Tal avance en su desarrollo
acompaña a alteraciones producidas en la naturaleza de su superyó e
interactúa con ellas. Porque cuanto más se aminora el sadismo del niño,
tanto más se retira hacia el fondo la influencia de sus irreales y terroríficas
imagos, puesto que éstas son producto de sus propias tendencias
agresivas. Y a medida que sus impulsos genitales crecen en energía, surgen
imagos benéficas y útiles, basadas en sus fijaciones -en la etapa oral de
succión- en su generosa y bondadosa madre, que se aproximan más
estrechamente a los objetos reales; y su superyó, que era una fuerza
amenazadora, despótica, que emitía órdenes insensatas y contradictorias
que el yo era totalmente incapaz de cumplir, comienza a ejercer un gobierno
más suave y más persuasivo y a presentar exigencias posibles de cumplir.
En rigor, se transforma gradualmente en conciencia moral, en el verdadero
sentido de la palabra.
Más aun: a medida que varía el carácter del superyó, del mismo
modo varía su efecto sobre el yo y sobre el mecanismo defensivo que éste
pone en movimiento. Sabemos, por Freud, que la piedad es una reacción a
la crueldad. Pero las reacciones de esa especie no se establecen hasta que el
niño ha adquirido cierto grado de relaciones positivas con los objetos; hasta
que, en otras palabras, su organización genital pasa al frente. Si colocamos
este hecho junto a los concernientes a la formación del superyó, tales como
yo los veo, podremos llegar a las siguientes conclusiones: mientras la
función del superyó sea principalmente la de provocar ansiedad, estimulará
los violentos mecanismos defensivos que hemos descrito antes y cuya
naturaleza es aética y asocial. Pero en cuanto disminuye el sadismo del niño,
y cambian las funciones y el carácter del superyó, provocando menos
ansiedad y más sentimiento de culpabilidad, son activados los mecanismos
defensivos que forman la base de una actitud moral y ética y el niño
comienza a sentir consideración hacia sus objetos y a responder a los
sentimientos sociales 6 . Numerosos análisis de niños de todas las edades han
confirmado esta opinión. En el análisis de los juegos podemos seguir el
curso de las fantasías de nuestros pacientes, tales como están representadas
por sus juegos y pasatiempos, y establecer una conexión entre dichas
fantasías y su ansiedad. Cuando analizamos el contenido de la ansiedad,
vemos que las tendencias agresivas y las fantasías que dan nacimiento a
aquélla surgen a la superficie cada vez más y crecen hasta alcanzar enormes
proporciones, tanto en cantidad como en intensidad. El yo del niño corre
peligro de ser aplastado por la fuerza elemental de esas tendencias y
fantasías, y por la gigantesca extensión de las mismas, y sostiene una
perpetua lucha para mantenerse contra ellas, con la ayuda de sus impulsos
libidinales, ya sea conteniéndolas o tornándolas inocuas.
Este cuadro ejemplifica la tesis de Freud sobre los instintos de vida
(Eros) en combate contra los instintos de muerte, o instintos de agresión.
Pero también reconocemos que existe la más íntima unión e interacción
entre las dos fuerzas, en todo momento, de modo que el análisis podrá
descubrir en todos sus detalles las fantasías agresivas del niño -para así
disminuir el efecto de las mismas-, sólo en la medida en que pueda seguir
también el curso de las fantasías libidinales y descubrir sus primeras
fuentes, y viceversa.
En relación con el contenido y los objetivos reales de esas fantasías,
sabemos, por Freud y Abraham, que en etapas primeras, pregenitales, de la
organización libidinal, en las que tiene lugar esa fusión de libido e instintos
destructivos, los impulsos sádicos del niño tienen primerísima importancia.
Como lo demuestra el análisis de toda persona mayor, en la etapa oralsádica
que sigue a la oral de succión, el niño pasa por una fase canibalística
a la que está asociada una plétora de fantasías canibalistas. Estas fantasías,
aunque todavía se concentran en torno al hecho de devorar el pecho de la
madre, o la madre entera, no están interesadas solamente en la satisfacción
de un deseo primitivo de alimentación. Sirven también para satisfacer los
impulsos destructores del niño. La fase sádica que sigue a ésta -la fase analsádica-
se caracteriza por un interés dominante en los procesos excretores,
en las heces y el ano; y también este interés está estrechamente aliado a
tendencias destructivas extraordinariamente fuertes 7 . Sabemos que la
eyección de las heces simboliza una enérgica expulsión del objeto
incorporado, y que es acompañada de sentimientos de hostilidad y crueldad
y de deseos destructivos de distintas clases, en los que se asigna
importancia a las asentaderas como objeto de esas actividades. Sin
embargo, en mi opinión, las tendencias anal-sádicas tienen fines y objetos
aun más profundos y hondamente reprimidos. Los datos que me ha sido
posible reunir en primeros análisis demuestran que entre las tendencias oralsádicas
se inserta una etapa en que se hacen sentir tendencias uretralsádicas,
y que las tendencias anal y uretral son una continuación directa de
las oral-sádicas, en cuanto a fin específico y objeto de ataque. En sus
fantasías oral-sádicas, el niño ataca el pecho de su madre, y los medios que
emplea son los dientes y las mandíbulas. En sus fantasías uretral y anal trata
de destruir el interior del cuerpo de su madre, y para este propósito emplea
la orina y las heces. En este segundo grupo de fantasías, los excrementos
son considerados como sustancias ardientes y corrosivas, como animales
salvajes, armas de toda clase, etc.; y el niño entra en una fase en que dirige
todos los instrumentos de su sadismo hacia el único fin de destruir el
cuerpo de su madre y lo que ese cuerpo contiene.
En lo que atañe a su elección objetal, los impulsos oral-sádicos del
niño son aún el factor subyacente, de tal manera que piensa en succionar y
devorar el interior del cuerpo de su madre como si se tratase de un pecho.
Pero esos impulsos son ampliados por las primeras teorías sexuales del
niño, que se desarrollan durante esa fase. Ya sabemos que cuando
despertaron sus instintos genitales comenzó a tener teorías inconscientes
sobre la copulación entre sus padres, el nacimiento de los niños, etc. Pero
el análisis temprano ha demostrado que desarrolla tales teorías mucho antes,
en momentos en que sus impulsos genitales, aún ocultos, tienen mucho que
decir en la cuestión. Esas teorías dicen que, en la copulación, la madre se
incorpora continuamente el pene del padre por vía bucal, de manera que su
cuerpo está colmado de muchísimos penes y niños. Y el niño desea comer
y destruir todo eso.
En consecuencia, al atacar el interior del cuerpo de su madre, el niño
ataca una gran cantidad de objetos y se embarca en una conducta preñada
de sucesos. Primeramente, la matriz representa al mundo; y al comienzo el
niño se aproxima a ese mundo con deseos de atacarlo y destruirlo; por lo
tanto, está preparado desde un principio para ver el mundo real, externo,
como más o menos hostil hacia él y poblado de objetos listos para
atacarlo 8 . Su convicción de que al atacar de tal modo el cuerpo de su madre
ha atacado también el cuerpo de su padre y el de sus hermanos y hermanas,
y, en un sentido más amplio, a todo el mundo, constituye, en mi
experiencia, una de las causas subyacentes de su sentimiento de culpa y del
desarrollo de sus sentimientos sociales y morales en general 9 . Porque
cuando la excesiva severidad del superyó ha aminorado un tanto, sus
apariciones en el yo, debido a aquellos ataques imaginarios, producen
sentimientos de culpa que provocan fuertes tendencias, en el niño, a poner
en práctica el daño imaginario que ha inferido a sus objetos. Y entonces el
contenido individual y los detalles de sus fantasías destructoras ayudan a
determinar el desarrollo de sus sublimaciones, que, indirectamente, sirven a
sus tendencias sustitutivas 10 , o para producir deseos aun más directos de
ayudar a otras personas. El análisis de los juegos demuestra que cuando los
instintos agresivos del niño se encuentran en su apogeo, éste jamás se cansa
de rasgar o cortar, de romper, mojar y quemar toda clase de cosas, como
papel, fósforos, cajas, juguetes, todo lo cual representa a sus padres,
hermanos y hermanas y el cuerpo y los pechos de su madre, y que esta
furia de destrucción alterna con accesos de ansiedad y un sentimiento de
culpabilidad. Pero cuando, en el curso del análisis, la ansiedad va
disminuyendo lentamente, sus tendencias constructivas comienzan a
adquirir predominio 11 . Por ejemplo, un niño que antes no hacía otra cosa
que romper en pedazos trozos de madera, comienza a intentar convertir
esos pedazos en un lápiz. Toma porciones de mina sacadas de lápices que
ha cortado, las inserta en una hendidura de la madera y luego cose un trozo
de tela en torno de la tosca madera para darle un aspecto más bonito. Que
este lápiz de fabricación casera representa al pene de su padre, que él ha
destruido en su fantasía, y el suyo propio, cuya destrucción teme como
medida retaliatoria, se torna más evidente por el contexto general del
material que el chiquillo presenta y por las asociaciones que le asigna.
Cuando en el curso del análisis, el niño empieza a mostrar tendencias
constructivas más enérgicas, en todas las formas posibles, en sus juegos y
sublimaciones -cuando pinta o escribe o dibuja cosas, en lugar de
mancharlo todo con cenizas; cuando cose o diseña, en tanto que antes
cortaba o desgarraba-, exhibe también cambios en sus relaciones con su
padre o su madre, o con sus hermanos y hermanas; y estos cambios
marcan el comienzo de una relación mejorada con los objetos en general y
un crecimiento del sentimiento social. Qué vías de sublimación se abrirán
para el niño, cuán potentes serán sus impulsos a ofrecer compensaciones y
qué formas asumirán éstas, todo esto queda determinado, no sólo por el
grado de tendencias agresivas primarias, sino por la interacción de una
cantidad de otros factores que no tenemos espacio para analizar en estas
páginas. Pero nuestro conocimiento del análisis infantil nos permite decir lo
siguiente: que el análisis de las capas más profundas del superyó conduce
invariablemente a un considerable mejoramiento de las relaciones del niño
con los objetos, de su capacidad para la sublimación y de sus poderes de
adaptación social. Mejoramiento que hace que el niño no sólo sea mucho
mas feliz y más sano en sí, sino también más capaz de sentimientos sociales
y éticos.
Esto nos lleva a considerar una objeción sumamente notoria que
puede ser presentada contra el análisis infantil. Podría preguntarse: ¿una
reducción demasiado grande de la severidad del superyó -una reducción
por debajo de cierto nivel favorable-, no daría un resultado opuesto,
conduciendo a la abolición, en el niño, de los sentimientos éticos y
sociales? La respuesta a esto es, en primer lugar, que, hasta donde yo sé,
jamás se ha dado en los hechos una disminución tan grande; y un segundo
lugar, que existen razones teóricas para creer que jamás podrá ocurrir. Por
lo que hace a la experiencia real, sabemos que, al analizar las fijaciones
libidinales pregenitales, sólo podemos convertir en libido genital cierta
proporción de las cantidades libidinales involucradas, aún en circunstancias
favorables, y que el resto -un resto no poco importante- continúa
funcionando como libido pregenital y como sadismo; aunque, ya que el
plano genital ha establecido más firmemente su supremacía, puede ser
manejado por el yo, ora recibiendo satisfacción, ora siendo contenido, ora
sufriendo modificaciones o siendo sublimado. Del mismo modo, el análisis
no puede nunca eliminar el núcleo de sadismo que se ha formado bajo la
primacía de los planos genitales; pero puede mitigarlos aumentando la
fuerza del plano genital, de modo que el yo, entonces más potente, puede
enfrentar al superyó, como lo hace con sus impulsos instintivos, en una
forma más satisfactoria para el individuo mismo y para el mundo que lo
rodea.
Hasta este momento nos hemos ocupado de establecer el hecho de
que los sentimientos sociales y morales de una persona se desarrollan a
partir de un superyó de características más suaves, gobernado por el plano
genital. Ahora debemos considerar lo que se puede inferir de esto. Cuanto
más profundamente penetra el análisis en los planos inferiores de la mente
del niño, tanto más éxito tendrá en suavizar la severidad del superyó al
disminuir el funcionamiento de sus constituyentes sádicos, que surgen en
las primeras etapas del desarrollo. Al hacerlo, el análisis prepara el terreno,
no sólo para la consecución de la adaptabilidad social del niño, sino
también para el desarrollo de normas morales y éticas en el adulto. Porque
un desarrollo de esa clase depende de que el superyó y la sexualidad lleguen
satisfactoriamente a un plano genital, al comienzo de la expansión de la vida
sexual del niño 12 , de manera que el superyó haya alcanzado el carácter y
función de los que se deriva el sentimiento de culpabilidad de la persona -es
decir, su conciencia-, en la medida en que la persona sea socialmente
valiosa. La experiencia ha dejado demostrado ya, desde hace algún tiempo,
que el psicoanálisis, aunque originariamente proyectado por Freud como un
método para curar enfermedades mentales, cumple asimismo con un
segundo propósito. Elimina las perturbaciones de la formación del carácter,
especialmente en los niños y adolescentes, en los que logra efectuar
considerables alteraciones. En rigor, podemos decir que, después de que
han sido analizados, todos los niños muestran radicales cambios de
carácter; tampoco podemos evitar la convicción, basada en la observación
de hechos, de que el análisis del carácter no es menos importante como
medida terapéutica que el análisis de la neurosis.
En vista de estos hechos, no puede uno dejar de preguntarse si el
psicoanálisis no estará destinado a ir más allá del individuo en su esfera de
operaciones, para influir sobre la vida de la humanidad en su conjunto. Los
repetidos intentos que se han hecho para mejorar a la humanidad -en
especial para hacerla más pacífica- fracasaron porque nadie entendió toda la
profundidad y el vigor de los instintos de agresión innatos en cada
individuo. Tales esfuerzos no buscan otra cosa que estimular los impulsos
positivos, los deseos bondadosos de cada persona, negando o suprimiendo
los impulsos agresivos. Y, de tal modo, estuvieron condenados al fracaso
desde el comienzo. Pero el psicoanálisis tiene a su disposición distintos
medios para encarar una tarea de esa clase. No puede, es verdad, borrar por
completo el instinto agresivo del hombre, en cuanto tal instinto; pero sí
puede, disminuyendo la ansiedad que acentúa a ese instinto, quebrar el
refuerzo mutuo que se produce continuamente entre su odio y su temor.
Cuando en nuestro trabajo analítico, vemos a cada rato cómo la
descomposición de la ansiedad infantil prematura no sólo aminora los
impulsos agresivos del niño, sino que conduce a un empleo y satisfacción
más valiosos de ellos, desde el punto de vista social; cómo el niño muestra
un deseo continuamente creciente, profundamente arraigado, de ser amado
y de amar, y de estar en paz con el mundo que lo rodea; y cuánto más
placer y beneficios, y qué disminución de la ansiedad, extrae de la
satisfacción de ese deseo, cuando vemos todo esto, estarnos dispuestos a
creer que lo que ahora podría parecer un estado de cosas utópico, llegará a
darse en la realidad, en los días todavía lejanos en que -así lo espero- el
análisis infantil llegue a constituir una parte de la educación de cada persona,
como lo es ahora la educación escolar. Y quizás entonces la actitud hostil
que surge del temor y la suspicacia, que se encuentra en estado latente, con
mayor o menor fuerza, en todos los seres humanos, y que intensifica en
ellos, multiplicándolos por cien, todos los impulsos de destrucción, cederá
su lugar a sentimientos más bondadosos y confiados, y los hombres
podrán habitar el mundo, todos juntos, más pacíficamente, y con mejor
buena voluntad recíproca de lo que pueden hacerlo ahora.