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Estudio del psicoanálisis y psicología

Obras de S. Freud: El malestar en la cultura (1930). Capítulo V

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El malestar en la cultura

V

El trabajo psicoanalítico nos ha enseñado que son justamente estas frustraciones
{denegaciones} de la vida sexual lo que los individuos llamados neuróticos no toleran. Ellos se crean, en sus síntomas, satisfacciones sustitutivas, que, empero, los hacen padecer por sí mismas o devienen fuentes de sufrimiento por depararles dificultades con el medio circundante
y la sociedad. Lo segundo se comprende con facilidad; lo primero nos pone frente a un nuevo
enigma. Ahora bien, la cultura exige otros sacrificios, además del de la satisfacción sexual.
Hemos concebido la dificultad del desarrollo cultural como una dificultad universal del
desarrollo; la recondujimos, en efecto, a la inercia de la libido, a su renuencia a abandonar una
posición antigua por una nueva (1). Decimos más o menos lo mismo si derivamos la
oposición entre cultura y sexualidad del hecho de que el amor sexual es una relación entre dos personas en que los terceros huelgan o estorban, mientras que la cultura reposa en vínculos
entre un gran número de seres humanos. En el ápice de una relación amorosa, no subsiste
interés alguno por el mundo circundante; la pareja se basta a sí misma, y ni siquiera precisa del
hijo común para ser dichosa. En ningún otro caso el Eros deja traslucir tan nítidamente el núcleo
de su esencia: el propósito de convertir lo múltiple en uno; pero tan pronto lo ha logrado en el
enamoramiento de dos seres humanos, como lo consigna una frase hecha, no quiere avanzar
más allá.
Muy bien podríamos imaginar una comunidad culta compuesta de tales individuos dobles, que,
libidinalmente saciados en sí mismos, se enlazaran entre ellos a través de la comunidad de
intereses y de trabajo. En tal caso, la cultura no necesitaría sustraer energías a la sexualidad. Pero ese deseable estado no existe ni ha existido nunca; la realidad efectiva nos muestra que la cultura nunca se conforma con las ligazones que se le han concedido hasta un momento dado, que pretende ligar entre sí a los miembros de la comunidad también libidinalmente, que se vale de todos los medios y promueve todos los caminos para establecer fuertes identificaciones entre ellos, moviliza en la máxima proporción una libido de meta inhibida a fin de fortalecer los lazos comunitarios mediante vínculos de amistad. Para cumplir estos propósitos es inevitable limitar la vida sexual. Pero aún no inteligimos la necesidad objetiva que esfuerza a la cultura por este camino y funda su oposición a la sexualidad. Ha de tratarse de un factor perturbador que todavía no hemos descubierto.
Uno de los reclamos ideales (como los hemos llamado) (2) de la sociedad culta
puede ponernos sobre la pista. Dice: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo»; es de difusión
universal, y es por cierto más antiguo que el cristianismo, que lo presenta como su mayor título
de orgullo; pero seguramente no es muy viejo: los seres humanos lo desconocían aun en
épocas históricas. Adoptemos frente a él una actitud ingenua, como si lo escuchásemos por
primera vez. En tal caso, no podremos sofocar un sentimiento de asombro y extrañeza. ¿Por
qué deberíamos hacer eso? ¿De qué nos valdría? Pero, sobre todo, ¿cómo llevarlo a cabo?
¿Cómo sería posible? Mi amor es algo valioso para mí, no puedo desperdiciarlo sin pedir
cuentas. Me impone deberes que tengo que disponerme a cumplir con sacrificios. Si amo a
otro, él debe merecerlo de alguna manera. (Prescindo de los beneficios que pueda brindarme,
así como de su posible valor como objeto sexual para mí; estas dos clases de vínculo no
cuentan para el precepto del amor al prójimo.) Y lo merece sí en aspectos importantes se me
parece tanto que puedo amarme a mí mismo en él; lo merece si sus perfecciones son tanto
mayores que las mías que puedo amarlo como al ideal de mi propia persona; tengo que amarlo
sí es el hijo de mi amigo, pues el dolor del amigo, si a aquel le ocurriese una desgracia, sería
también mí dolor, forzosamente participaría de él. Pero si es un extraño para mí, y no puede
atraerme por algún valor suyo o alguna signficación que haya adquirido para mi vida afectiva,
me será difícil amarlo. Y hasta cometería una injusticia haciéndolo, pues mi amor se aquilata en
la predilección por los míos, a quienes infiero una injusticia si pongo al extraño en un pie de
igualdad con ellos. Pero si debo amarlo con ese amor universal de que hablábamos,
meramente porque también él es un ser de esta Tierra, como el insecto, como la lombriz, como
la víbora, entonces me temo que le corresponderá un pequeño monto de amor, un monto que
no puede ser tan grande como el que el juicio de la razón me autoriza a reservarme a mí
mismo. ¿Por qué, pues, se rodea de tanta solemnidad un precepto cuyo cumplimiento no puede
recomendarse como racional?
Y si considero mejor las cosas, hallo todavía otras dificultades. No es sólo que ese extraño
es, en general, indigno de amor; tengo que confesar honradamente que se hace más acreedor
a mí hostilidad, y aun a mi odio. No parece albergar el mínimo amor hacia mí, no me tiene el
menor miramiento. Si puede extraer una ventaja, no tiene reparo alguno en perjudicarme, y ni
siquiera se pregunta si la magnitud de su beneficio guarda proporción con el daño que me
infiere. Más todavía: ni hace falta que ello le reporte utilidad; con que sólo satisfaga su placer, no
se priva de burlarse de mí, de ultrajarme, calumniarme, exhibirme su poder; y mientras más
seguro se siente él y más desvalido me encuentre yo, con certeza tanto mayor puedo esperar
ese comportamiento suyo hacía mí. Y si se comporta de otro modo; si, siendo un extraño, me
demuestra consideración y respeto, yo estoy dispuesto sin más, sin necesidad de precepto
alguno, a retribuirle con la misma moneda. En efecto; yo no contradiría aquel grandioso
mandamiento si rezara: «Ama a tu prójimo como tu prójimo te ama a ti». Hay un segundo
mandamiento que me parece todavía menos entendible y desata en mí una revuelta mayor.
Dice: «Ama a tus enemigos». Pero si lo pienso bien, no tengo razón para rechazarlo como si
fuera una exigencia más, grave. En el fondo, es lo mismo (3).
En este punto creo escuchar, de una voz grave y digna, la admonición: «Justamente porque
el prójimo no es digno de amor, sino tu enemigo, debes amarlo como a ti mismo».
Comprendo ahora; es un caso semejante al de «Credo quia absurdum (4)» .
Ahora bien, es muy probable que el prójimo, si se lo exhortara a amarme como se ama a sí
mismo, diera idéntica respuesta que yo y me rechazara con iguales fundamentos. No con
idéntico derecho objetivo, según creo yo; pero lo mismo opinará él. Es verdad que entre las
conductas de los seres humanos hay diferencias; la ética las califica de «buenas» y «malas»
con prescindencia de las condiciones en que se produjeron. Hasta tanto no se supriman esas
innegables diferencias, obedecer a los elevados reclamos de la ética importará un perjuicio a los propósitos de la cultura, puesto que lisa y llanamente discierne premios a la maldad. Uno no puede apartar de sí, en este punto, el recuerdo de lo acontecido en el Parlamento francés cuando se trataba la pena de muerte; un orador acababa de abogar apasionadamente en favor de su abolición: una tormenta de aplausos apoyó su discurso, hasta que desde la sala una voz prorrumpió en estas palabras: «Que messieurs les assassins commencent! (5)».
Tras todo esto, es un fragmento de realidad efectiva lo que se pretende desmentir; el ser
humano no es un ser manso, amable, a lo sumo capaz de defenderse si lo atacan, sino que es
lícito atribuir a su dotación pulsional una buena cuota de agresividad. En consecuencia, el
prójimo no es solamente un posible auxiliar y objeto sexual, sino una tentación para satisfacer
en él la agresión, explotar su fuerza de trabajo sin resarcirlo, usarlo sexualmente sin su
consentimiento, desposeerlo de su patrimonio, humillarlo, infligirle dolores, martirizarlo y
asesinarlo. «Homo homini lupus (6)»: ¿quién, en vista de las experiencias de la vida y de la
historia, osaría poner en entredicho tal apotegma? Esa agresión cruel aguarda por lo general
una provocación, o sirve a un propósito diverso cuya meta también habría podido alcanzarse
con métodos más benignos. Bajo circunstancias propicias, cuando están ausentes las fuerzas
anímicas contrarias que suelen inhibirla, se exterioriza también espontáneamente,
desenmascara a los seres humanos como bestias salvajes que ni siquiera respetan a los
miembros de su propia especie. Quien evoque en su recuerdo el espanto de las invasiones
bárbaras, las incursiones de los hunos, de los llamados mongoles bajo Gengis Khan y
Tamerlán, la conquista de Jerusalén por los piadosos cruzados, y, ayer apenas, los horrores de
la última Guerra Mundial, no podrá menos que inclinarse, desanimado, ante la verdad objetiva de
esta concepción.
La existencia de esta inclinación agresiva que podemos registrar en nosotros mismos y con
derecho presuponemos en los demás es el factor que perturba nuestros vínculos con el prójimo
y que compele a la cultura a realizar su gasto [de energía]. A raíz de esta hostilidad primaria y recíproca de los seres humanos, la sociedad culta se encuentra bajo una permanente amenaza
de disolución. El interés de la comunidad de trabajo no la mantendría cohesionada; en efecto,
las pasiones que vienen de lo pulsional son más fuertes que unos intereses racionales. La
cultura tiene que movilizarlo todo para poner límites a las pulsiones agresivas de los seres humanos, para sofrenar mediante formaciones psíquicas reactivas sus exteriorizaciones. De ahí el recurso a métodos destinados a impulsarlos hacia identificaciones y vínculos amorosos de meta inhibida; de ahí la limitación de la vida sexual y de ahí, también, el mandamiento ideal de amar al prójimo como a sí mismo, que en la realidad efectiva sólo se justifica por el hecho de que nada contraría más a la naturaleza humana originaría. Pero con todos sus empeños, este afán cultural no ha conseguido gran cosa hasta ahora. La cultura espera prevenir los excesos más groseros de la fuerza bruta arrogándose el derecho de ejercer ella misma una violencia sobre los criminales, pero la ley no alcanza a las exteriorizaciones más cautelosas y refinadas de la agresión humana. Cada uno de nosotros termina por aventar como ilusiones las expectativas que alentó en su juventud respecto de los prójimos, y sabe por experiencia propia cuánto más difícil y dolorosa se le volvió la vida por la malevolencia de estos. Por consiguiente, sería injusto reprochar a la cultura su propósito de excluir la lucha y la competencia del quehacer humano. Ellas son sin duda indispensables, pero la condición de oponente no coincide necesariamente con la de enemigo; sólo deviene tal cuando se la toma como pretexto y se hace abuso de ella.
Los comunistas creen haber hallado el camino para la redención del mal. El ser humano es
íntegramente bueno, rebosa de benevolencia hacía sus prójimos, pero la institución de la
propiedad privada ha corrompido su naturaleza. La posesión de bienes privados confiere al
individuo el poder, y con él la tentación, de maltratar a sus semejantes; los desposeídos no
pueden menos que rebelarse contra sus opresores, sus enemigos. Si se cancela la propiedad
privada, si todos los bienes se declaran comunes y se permite participar en su goce a todos los
seres humanos, desaparecerán la malevolencia y la enemistad entre los hombres. Satisfechas
todas las necesidades, nadie tendrá motivos para ver en el otro su enemigo; todos se
someterán de buena voluntad al trabajo necesario. No es de mi incumbencia la crítica
económica al sistema comunista; no puedo indagar si la abolición de la propiedad privada es
oportuna y ventajosa (7). Pero puedo discernir su premisa psicológica como una
vana ilusión. Si se cancela la propiedad privada, se sustrae al humano gusto por la agresión uno
de sus instrumentos; poderoso sin duda, pero no el más poderoso. Es que nada se habrá
modificado en las desigualdades de poder e influencia de que la agresión abusa para cumplir
sus propósitos; y menos aún en su naturaleza misma. La agresión no ha sido creada por la
institución de la propiedad; reinó casi sin limitaciones en épocas primordiales cuando esta era
todavía muy escasa, se la advierte ya en la crianza de los niños cuando la propiedad ni siquiera
ha terminado de abandonar su forma anal primordial, constituye el trasfondo de todos los
vínculos de amor y ternura entre los seres humanos, acaso con la única excepción del que une
a una madre con su hijo varón (8). Si se remueve el título personal sobre los bienes
materiales, resta todavía el privilegio que dimana de las relaciones sexuales, privilegio que por
fuerza será la fuente de la más intensa malquerencia y la hostilidad más violenta entre seres
humanos de iguales derechos en todo lo demás. Y sí también se lo suprimiera por medio de la
total liberación de la vida sexual, eliminando en consecuencia a la familia, célula germinal de la
cultura, ciertamente serían imprevisibles los nuevos caminos que el desarrollo cultural
emprendería; pero hay algo que es lícito esperar: ese rasgo indestructible de la naturaleza
humana lo seguiría adonde fuese.
No es fácil para los seres humanos, evidentemente, renunciar a satisfacer esta su inclinación
agresiva; no se sienten bien en esa renuncia. No debe menospreciarse la ventaja que brinda un
círculo cultural más pequeño: ofrecer un escape a la pulsión en la hostilización a los extraños.
Siempre es posible ligar en el amor a una multitud mayor de seres humanos, con tal que otros
queden fuera para manifestarles la agresión. En una ocasión me ocupé del fenómeno de que
justamente comunidades vecinas, y aun muy próximas en todos los aspectos, se hostilizan y
escarnecen: así, españoles y portugueses, alemanes del Norte y del Sur, ingleses y escoceses,
etc. (9). Le di el nombre de «narcisismo de las pequeñas diferencias», que no aclara
mucho las cosas. Pues bien; ahí se discierne una satisfacción relativamente cómoda e
inofensiva de la inclinación agresiva, por cuyo intermedio se facilita la cohesión de los miembros
de la comunidad. Así, el pueblo judío, disperso por todo el orbe, tiene ganados loables méritos
frente a las culturas de los pueblos que los hospedaron; lástima que todas las matanza, de judíos en la Edad Media no consiguieron hacer gozar a sus compatriotas cristianos de una paz
y una seguridad mayores en esa época. Después que el apóstol Pablo hizo del amor universal
por los hombres el fundamento de su comunidad cristiana, una consecuencia inevitable fue la
intolerancia más extrema del cristianismo hacía quienes permanecían fuera; los romanos, que
no habían fundado sobre el amor su régimen estatal, desconocían la intolerancia religiosa, y eso
que entre ellos la religión era asunto del Estado, a su vez traspasado de religión. Tampoco fue
un azar incomprensible que el sueño de un imperio germánico universal pidiera como
complemento el antisemitismo, y parece explicable que el ensayo de instituir en Rusia una
cultura comunista nueva halle su respaldo psicológico en la persecución al burgués. Uno no
puede menos que preguntarse, con preocupación, qué harán los soviets después que hayan
liquidado a sus burgueses.
Puesto que la cultura impone tantos sacrificios no sólo a la sexualidad, sino a la inclinación agresiva del ser humano, comprendemos mejor que los hombres difícilmente se sientan dichosos dentro de ella. De hecho, al hombre primordial las cosas le iban mejor, pues no conocía limitación alguna de lo pulsional. En compensación, era ínfima su seguridad de gozar mucho tiempo de semejante dicha. El hombre culto ha cambiado un trozo de posibilidad de dicha por un trozo de seguridad. Mas no olvidemos que en la familia primordial sólo el jefe gozaba de esa libertad pulsional; los otros vivían oprimidos como esclavos. Por tanto, en esa
época primordial de la cultura era extrema la oposición entre una minoría que gozaba de sus
ventajas y una mayoría despojada de ellas . En cuanto a los pueblos primitivos que hoy viven, la
averiguación más cuidadosa nos ha enseñado que no es lícito envidiarlos por la libertad de su
vida pulsional; está sometida a limitaciones de otra índole, pero acaso de mayor severidad que
la del hombre culto moderno.
Cuando, con razón, objetamos al estado actual de nuestra cultura lo poco que satisface
nuestras demandas de un régimen de vida que propicie la dicha; cuando, mediante una crítica
despiadada, nos empeñamos en descubrir las raíces de su imperfección, ejercemos nuestro
legítimo derecho y no por ello nos mostramos enemigos de la cultura. Nos es lícito esperar que
poco a poco le introduciremos variantes que satisfagan mejor nuestras necesidades y tomen en
cuenta aquella crítica. Pero acaso llegaremos a familiarizarnos con la idea de que hay
dificultades inherentes a la esencia de la cultura y que ningún ensayo de reforma podrá salvar.
Además de las tareas de la limitación de las pulsiones, para la cual estamos preparados, nos
acecha el peligro de un estado que podríamos denominar «miseria psicológica de la
masa (10)».' Ese peligro amenaza sobre todo donde la ligazón social se establece
principalmente por identificación recíproca entre los participantes, al par que individualidades
conductoras no alcanzan la significación que les correspondería en la formación de masa (11). La actual situación de la cultura de Estados Unidos proporcionaría una buena
oportunidad para estudiar ese perjuicio cultural temido. Pero resisto a la tentación de emprender la crítica de la cultura de ese país; no quiero dar la impresión de que yo mismo querría servirme de métodos norteamericanos.

Continúa en ¨Obras de S. Freud: El malestar en la cultura (1930). Capítulo VI¨

Notas:
1- [He hecho algunas consideraciones sobre el uso por parte de Freud del concepto de «inercia psíquica», en general, en una nota al pie de «Un caso de paranoia que contradice la teoría psicoanalítica» (1915f), AE, 14, págs. 271-2.]
2- [Cf. cap. III de este trabajo, y también «La moral sexual "cultural" y la nerviosidad moderna» (1908d), AE, 9, pág, 178.]
3- Un gran poeta puede permitirse expresar, al menos en broma, verdades psicológicas muy mal vistas. Así, Heine confiesa: «Yo tengo las intenciones más pacíficas. Mis deseos son: una modesta choza con techo de paja, pero un buen lecho, buena comida, leche y pan muy frescos; frente a la ventana, flores, y algunos hermosos árboles a mí puerta; y si el buen Dios quiere hacerme completamente dichoso, que me dé la alegría de que de esos árboles cuelguen seis o siete de mis enemigos. De todo corazón les perdonaré, muertos, todas las iniquidades que me hicieron en vida... Sí: uno debe perdonar a sus enemigos, pero no antes de que sean ahorcados». (Heine, Gedarken und Einfälle [sección I].)
4- [Cf. El porvenir de una ilusión (1927c), AE, 21, pág. 28. Freud vuelve a ocuparse del mandamiento «Amarás a tu prójimo como a ti mismo»  AE, 21, pág. 138.]
5-  {«¡Que empiecen por hacerlo los señores asesinos!».}
6- [{«El hombre es el lobo del hombre».} Tomado de Plauto, Asinaria, II, IV, 88.]
7- Quien en su juventud conoció por experiencia propia la amarga pobreza, así como la indiferencia y arrogancia de los acaudalados, debiera estar a salvo de la sospecha de ser incomprensivo y no mostrar buena voluntad ante la lucha por establecer la igualdad de riqueza entre los hombres, y lo que de esta deriva. Pero si esa lucha quiere invocar la igualdad de todos los hombres como exigencia abstracta de justicia, está expuesta a la objeción de que la naturaleza, al dotar a los individuos de aptitudes físicas y talentos intelectuales desiguales en extremo, ha establecido injusticias contra las cuales no hay salvación.
8- [Cf. Psicopatología de las masas y análisis del yo (1921c), AE, 18, pág. 96, n. 2. Freud hace un examen un poco más detenido de esto en la 33ª de las Nuevas conferencias de introducción al psicoanálisis (1933a), AE, 22, pág, 124]
9- [Cf. Psicología de las masas y análisis del yo (1921c), AE, 18, pág. 96, y «El tabú de la virginidad» (1918a), AE, 11, pág. 195.]
10- [La expresión alemana «psychologisches Elend» parece estar vertiendo la de Janet, «misere psychologique», utilizada por este último para describir la ineptitud para la síntesis mental, ineptitud que según Janet era propia de los neuróticos.]
11- Cf. Psicología de las masas y análisis del yo (1921c).

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