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Estudio del psicoanálisis y psicología

Obras de S. Freud: El porvenir de una ilusión (1927) Capítulo V



 El porvenir de una ilusión V

Retornemos ahora los hilos de nuestra indagación: ¿Cuál es entonces el significado
psicológico de las representaciones religiosas, dentro de qué categoría podemos clasificarlas?
No es fácil responder de primera intención a esta pregunta. Tras rechazar diversas
formulaciones, nos atendremos a esta: Son enseñanzas, enunciados sobre hechos y
constelaciones de la realidad exterior (o interior), que comunican algo que uno mismo no ha
descubierto y demandan creencia. Puesto que nos dan información sobre lo que más nos
importa e interesa en la vida, se les tiene muy alto aprecio. Quien no sabe nada de ellas es
harto ignorante; quien las ha recibido en su saber puede considerarse muy enriquecido.
Desde luego, hay muchas de tales enseñanzas acerca de las cosas más variadas de este
mundo. Cada clase escolar rebosa de ellas. Escojamos la de geografía. Nos dicen que
Constanza está situada en el Bodensee (1). Una canción de estudiantes agrega: «Quien no lo
crea, que vaya y lo vea». Por azar yo estuve allí y pude confirmar que la bella ciudad está
emplazada en el valle de un ancho curso de agua que todos los habitantes de las cercanías
llaman Bodensee. Ahora yo también estoy plenamente convencido de la corrección de ese
enunciado geográfico. Esto me trae a la memoria otra vivencia, muy curiosa. Siendo ya un
hombre maduro, visité por primera vez la colina de la Acrópolis de Atenas. Me encontraba entre
las ruinas del templo, la mirada perdida en el mar azul. En mi embeleso se mezclaba un
sentimiento de asombro, que me sugirió esta interpretación: «¡Entonces todo es efectivamente
tal cual lo aprendimos en la escuela! ¡Cuán superficial y débil debió de ser en aquel tiempo mi
creencia en la verdad objetiva de lo escuchado, puesto que ahora me asombra tanto!». Pero no
quiero destacar demasiado el valor de esta vivencia; mi asombro es susceptible de otra
explicación que en ese momento no se me ocurrió; ella es de naturaleza enteramente subjetiva
y tiene que ver con la particularidad del lugar (2).
Todas esas enseñanzas, pues, demandan creencia para sus contenidos, pero no sin
fundamentar su pretensión. Se presentan como el resultado compendiado de un largo proceso
de pensamiento que se basa en la observación, pero sin duda también en el razonamiento;
enseñan el camino a quien tenga el propósito de rehacer por sí mismo ese proceso, en vez de
aceptar su resultado. Además, quien proclame la enseñanza consignará de dónde obtuvo el
conocimiento toda vez que, como en el caso de los enunciados geográficos, no sea evidente
por sí mismo. Por ejemplo, la Tierra tiene la forma de una esfera; como prueba de ello se
citarán el experimento del péndulo de Foucault, el modo en que se comporta el horizonte, la
posibilidad de circunnavegar la Tierra. Y puesto que, como bien lo ven todos los participantes,
es impracticable enviar a cada escolar a un viaje de circunvalación, uno se limita a hacer que
las doctrinas de la escuela se acepten «bajo palabra», pero sabe que el camino para obtener el
convencimiento personal permanece abierto.
Intentemos medir por el mismo rasero las enseñanzas religiosas. Si preguntamos en qué se funda su pretensión de que se las crea, recibimos tres respuestas que se encuentran en
asombrosa discordancia recíproca. En primer lugar, merecen fe porque ya nuestros
antepasados creyeron en ellas; en segundo, poseemos pruebas que justamente nos son
trasmitidas desde esa época antigua, y, en tercero, está completamente prohibido cuestionar
tales dogmas. En otros tiempos, semejante osadía aparejaba severísimos castigos, y todavía
hoy la sociedad no ve con buenos ojos que se la renueve.
Este tercer punto tiene que suscitarnos por fuerza los más serios reparos. Ahora bien, una
prohibición tal no puede tener otra motivación que esta: la sociedad conoce muy bien la
fragilidad de los títulos que demanda para sus doctrinas religiosas. Si fuera de otro modo, se apresuraría a ofrecer el material requerido a todo el que quisiese convencerse por sí mismo.
Por eso, con una desconfianza difícil de acallar, pasaremos a examinar los otros dos
argumentos. Debemos creer porque nuestros antepasados lo hicieron. Pero ellos eran mucho
más ignorantes que nosotros, y creían en cosas que a nosotros nos resultaría imposible admitir
hoy. Se insinúa la posibilidad de que las doctrinas religiosas fueran también de esa índole. Las pruebas que nos han legado se consignan en escrituras que a su vez presentan todos los caracteres de lo dudoso. Son contradictorias, han sido retocadas, falseadas; cuando refieren testimonios acerca de hechos, no aportan testimonio alguno sobre ellas mismas. Y de nada vale aseverar que su propio texto, o aun sólo su contenido, provienen de una revelación divina; en efecto, tal aseveración es ya una pieza de las doctrinas que debieran indagarse en cuanto a su credibilidad, y ningún enunciado puede probarse a sí mismo.
Llegamos así a este curioso resultado: justamente las comunicaciones de nuestro patrimonio cultural que podrían tener para nosotros el máximo valor, pues su misión es esclarecernos los enigmas del universo y reconciliarnos con las penas de la vida, justamente ellas, decimos, no pueden aducir sino los más débiles testimonios en su favor. No Podríamos resolvernos a admitir ni siquiera un hecho tan indiferente como el de que la ballena pare crías en lugar de poner huevos, si no fuera susceptible de mejor demostración.
Ese estado de cosas constituye en sí mismo un problema psicológico muy notable. Y que
nadie piense que las anteriores puntualizaciones acerca del carácter indemostrable de las doctrinas religiosas contienen algo nuevo. En todo tiempo se lo notó, aun en el de los lejanos antepasados que nos legaron esa herencia. Es probable que muchos de ellos alimentaran la misma dada que nosotros, pero se encontraban bajo una presión tan intensa que no habrían
osado exteriorizarla. Y desde entonces, innumerables individuos se han torturado con la misma
duda, que querían sofocar porque se consideraban obligados a creer; muchos intelectos
brillantes naufragaron en este conflicto, y muchos caracteres resultaron dañados por los
compromisos en que buscaban una salida.
Si todas las pruebas que se aducen en favor de la credibilidad de las enseñanzas religiosas provienen del pasado, es natural que se escrute en el presente, sobre el cual es más fácil formular juicios, para ver si puede ofrecernos alguna prueba de esa índole. Si de tal suerte se consiguiera dejar a salvo de dudas aunque sólo fuera una pieza del sistema religioso, el todo ganaría extraordinariamente en cuanto a credibilidad. En este punto se sitúa la actividad de los espiritistas, que están convencidos de la perduración del alma individual y pretenden
demostrarnos concluyentemente este punto de la doctrina religiosa. Por desdicha, no consiguen refutar que las apariciones y manifestaciones de sus espíritus no son más que productos de su propia actividad anímica. Han convocado a los espíritus de los grandes hombres, de los pensadores más destacados, pero todas las manifestaciones y noticias que de ellos recibieron fueron unas majaderías tales, unas vaciedades tan irremediables, que lo único que puede hallarse de creíble ahí es la aptitud de los espíritus para adaptarse al círculo de personas que los conjuran.
Ahora es preciso considerar dos intentos que impresionan como un empeño convulsivo por
escapar a este problema. Uno, de naturaleza violenta, es antiguo; el otro, sutil y moderno. El
primero es el «Credo quia absurdum (3)» del Padre de la Iglesia. Quiere significar que las
doctrinas religiosas se sustraen de las exigencias de la razón, están por encima de ella. Es preciso sentir interiormente su verdad, no hace falta aprehenderlas mediante conceptos. Ahora
bien, ese Credo tiene interés, pero sólo como confesión personal; para ser fallo inapelable le
falta fuerza obligatoria. ¿Acaso estaré obligado a creer en cualquier absurdo? Y si no es así,
¿por qué justamente en este? No hay instancia alguna que se encuentre por encima de la
razón. Si la verdad de las doctrinas religiosas depende de una vivencia interior que la atestigua, ¿qué hacer con los numerosos seres humanos que nunca han tenido una vivencia tan rara?
Cabe exigir a todos los hombres que empleen las dotes de la razón que poseen, pero no puede
erigirse una obligación universalmente válida sobre un motivo que sólo existe en poquísimos.
Admitamos que alguien, en virtud de un éxtasis que lo conmovió profundamente, haya adquirido
el absoluto convencimiento en la realidad objetiva de las doctrinas religiosas. Bien; pero, ¿qué significa esto para otro?
El segundo intento es el de la filosofía del «como si». Señala que en nuestra actividad de
pensamiento abundan los supuestos cuyo carácter infundado y aun absurdo discernimos
claramente. Se les llama ficciones, pero por múltiples motivos prácticos tenemos que
comportarnos «como si» creyéramos en ellas. Esto es válido para las doctrinas religiosas a
causa de su incomparable importancia para la conservación de la sociedad humana (4). Semejante argumenta ción no dista mucho del «Credo quia absurdum (5)». Pero opino que el reclamo del «como si» es de tal índole que sólo un filósofo puede postularlo. Quien
no esté influido en su pensamiento por los artificios de la filosofía nunca podrá aceptarlo; para él,
todo queda dicho con la admisión del carácter absurdo, contrario a la razón. Es imposible
moverlo a que renuncie, nada menos que en el tratamiento de sus intereses más importantes, a
las certezas que suele pedir en todas sus actividades habituales. Me acuerdo de uno de mis
hijos que se distinguió desde muy temprano por una particular insistencia en lo fáctico, positivo.
Toda vez que se relataba a los niños un cuento que escuchaban con recogimiento, él venía y
preguntaba: «¿Es una historia verdadera?». Habiéndosele respondido que no, se alejaba con
ademán de menosprecio. Es de esperar que pronto los seres humanos adopten parecido
comportamiento frente a los cuentos religiosos, a despecho de la recomendación del «como
si».
Mas por ahora siguen comportándose de muy otra manera, y en épocas pasadas las
representaciones religiosas ejercieron el más intenso influjo sobre la humanidad, a pesar de su indiscutible falta de evidencia. He ahí un nuevo problema psicológico. Es preciso preguntar: ¿en dónde radica la fuerza interna de estas doctrinas, a qué circunstancias deben su eficacia independiente de la aceptación racional?

Notas:
1- {El nombre alemán del Lago de Constanza.}
2- [Este episodio tuvo lugar en 1904, cuando Freud contaba cerca de cincuenta años. Lo describió con sumo detalle en su carta abierta a Romain Rolland (1936a), escrita casi diez años después que la presente obra.]
3- {«Lo creo porque es absurdo», sentencia que se atribuye a Tertuliano.}
4- Espero no cometer una injusticia si adjudico a los filósofos del «como si» una opinión que tampoco es ajena a otros pensadores: «Incluimos en el círculo de la ficción, no solamente operaciones teóricas indiferentes, sino productos conceptuales excogitados por los hombres más nobles, que la parte más noble de la humanidad mantiene en su corazón y no puede arrancarse. Ni pretendemos hacerlo: como ficción práctica dejamos subsistir todo eso; como verdad teórica, muere ahí mismo». (H. Vaihinger, 1922. pág. 68.)
5- {«Lo creo porque es absurdo», sentencia que se atribuye a Tertuliano.}

Continúa en ¨El porvenir de una ilusión (1927) Capítulo VI¨

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