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Estudio del psicoanálisis y psicología

El circuito 19 de Enero de 1955


El circuito 19 de Enero de 1955

Maurice Merleau-Ponty y la comprensión. Conservación, entropía, información. Principio de placer y principio de realidad. El aprendizaje de Gribouille. Reminiscencia y repetición.

V
amos a interrogarnos sobre la conferencia extraordinaria de anoche. ¿La
tienen presente? Fue notable la escasa discrepancia mostrada en la
discusión, quedé muy satisfecho con ella. Pero, ¿localizan ustedes el
núcleo del problema, y la distancia en que irreductiblemente se
mantiene Merleau-Ponty respecto de la experiencia analítica?

Hay
un término al cual habría podido referirse la discusión si hubiésemos
tenido más tiempo a nuestra disposición, a saber, el guestaltismo. No
sé si lo habrán observado al pasar, pero en determinado momento del
discurso de Maurice Merleau-Ponty el guestaltismo surgió como algo que
para él es realmente la medida, el patrón del encuentro con el otro y
la realidad. Y, efectivamente, lo que hallamos en el fondo de su
enseñanza es la comprensión. A pesar de la distancia que procura tomar
con respecto a lo que él llama la posición liberal tradicional, pues
bien, como se le hizo notar acertadamente, no se separa mucho de ella.
Porque a fin de cuentas, su único paso hacia adelante radica en
comprobar que hay cosas que son difíciles de comprender, duras de
tragar.

No es casual que haya tomado su término de
referencia de la experiencia política contemporánea. Ustedes saben que
la ruptura del diálogo con el comunismo le preocupa muchísimo. Para él
se trata de una crisis histórica que atraviesa de un extremo al otro la
experiencia humana. Merleau-Ponty confirma a la vez, que no nos
comprendemos, y reafirma que es preciso comprender. Como enunciaba el
título de uno de sus recientes artículos, publicado en un semanario:
Hay que comprender al comunismo.

Título muy
paradójico, puesto que comprueba precisamente que, desde su punto de
vista, no puede comprender. Anoche fue igual. Es lamentable que
Merleau-Ponty no haya examinado con más detenimiento, seguramente por
no estar lo bastante familiarizado con este dominio, si la comprensión
tiene cabida en el campo del análisis. En otras palabras, ¿puede el
campo del análisis llegar a lo homogéneo? ¿Todo puede ser en él
comprendido? Es la pregunta que formulabaJean Hyppolite: el Freudismo
¿es un humanismo, sí o no? La posición de Merleau-Ponty es, por su
parte, esencialmente humanista. Y vemos a dónde lo lleva. En efecto, él
se aferra a las nociones de totalidad, de funcionamiento unitario,
supone siempre una unidad dada que sería accesible a una captación en
definitiva instantánea, teórica, contemplativa, a la que la experiencia
de la buena forma, tan ambigüa en el guestaltismo, da una apariencia de
apoyo. No es que esta noción no responda a hechos mensurables, a cierta
riqueza experimental. Pero la ambigüedad estriba en una teorización
donde la física se confunde con la fenomenología, donde la gota de
agua, en la medida en que cobra forma esférica, se halla en el mismo
plano que aquello que hace que invariablemente tendamos a llevar hacia
lo circular la forma aproximativa que vemos. Hay allí una
correspondencia que seguramente hace imagen, pero que elide el problema
esencial. Algo sin duda tiende a producir en el fondo de la retina esa
buena forma, algo en el mundo físico tiende a realizar ciertas formas
análogas, pero poner en relación estos dos hechos no es la manera de
resolver la experiencia en toda su riqueza. Si se lo hace, en todo
caso, ya no es posible mantener, como querría Merleau-Ponty, la
primacía de la conciencia. La conciencia misma, al fin y al cabo, se
vuelve mecanismo. Y juega, sin que él se dé cuenta, la función que aquí
promuevo como primer tiempo de la dialéctica del yo.

Sólo
que para Merleau-Ponty todo está ahí, en la conciencia. Una conciencia
contemplativa constituye el mundo por una serie de síntesis, de
intercambios, y lo sitúa a cada instante en una totalidad renovada, más
envolvente, pero que siempre tiene su origen en el sujeto. (Al Sr.
Hyppolite) ¿No está usted de acuerdo ? HYPPOLITE:-Estoy escuchando el
movimiento que usted desarrolla a partir de la Gestalt.

A
fin de cuentas, se trata de una fenomenología de lo imaginario, en el
sentido en que empleamos este término. O. MANNONI:-Puedo sin embargo,
sobrepasar el plano de lo imaginario. Yo veo el germen del pensamiento
guestaltista en el pensamiento de Darwin. Cuando éste reemplaza la
variación por la mutación, descubre una naturaleza que produce buenas
formas. Pero la existencia de formas que no son simplemente mecánicas
plantea entonces un problema.

Me parece que la Gestalt es una tentativa de resolverlo.

Por
supuesto. Lo que usted dice es un paso más, que yo no doy porque no
quiero ir más allá del plano en que permanece Merleau Ponty. Pero, de
hecho, si le siguiéramos, si tomáramos la palabra forma en su acepción
más amplia, volveríamos a un vitalismo, a los misterios de la fuerza
creadora.

La idea de una evolución vital, la noción
de que la naturaleza produce formas siempre superiores, organismos cada
vez más elaborados, más integrados, mejor construidos, la creencia en
un progreso inmanente al movimiento de la vida, todo esto le es ajeno,
y él lo repudia expresamente. Como Freud es un sujeto poco inclinado en
sus elecciónes a partir de posiciones de principio, creo que lo que le
orienta es su experiencia del hombre. Es una experiencia médica. Ella
le permitió situar el registro de cierto tipo de sufrimiento y de
enfermedad en el hombre, de un conflicto fundamental.

Explicar
el mundo por una tendencia natural a crear formas superiores es lo
opuesto al conflicto esencial tal como él lo ve obrar en el ser humano.
Pero este conflicto supera al ser humano. Es como si proyectara a Freud
al Más allá del principio del placer, que es una categoría
indiscutiblemente metafísica sale de los límites del campo de lo
humano, en el sentido orgánico del término. ¿Se trata de una concepción
del mundo? No, se trata de una categoría del pensamiento, a la cual no
puede dejar de referirse toda experiencia del sujeto concreto.

Sr.
HYPPOLITE:-No discuto en absoluto la crisis descrita por Freud. Pero al
instinto de muerte él opone la libido, y la define como la tendencia de
un organismo a agruparse con otros organismos, como si hubiera ahí un
progreso, una integración. Por lo tanto, independientemente de ese
conflicto innegable que usted menciona y que no lo vuelve optimista
desde el punto de vista humano, hay en él a pesar de todo una
concepción de la libido, no bien definida por cierto, que afirma la
integración cada vez mayor de los organismos. Freud lo dice con toda
claridad en el propio texto.

Entiendo. Pero observe
que la tendencia a la unión-Eros tiende a unir-nunca es captada sino en
su relación con la tendencia contraria, que lleva a la división, a la
ruptura, a la redispersión, y muy especialmente de la materia
inanimada. Estas dos tendencias son estrictamente inseparables. No hay
noción que sea menos unitaria. Retomemos esto paso por paso.

¿A
qué atolladero llegamos la vez pasada? El organismo, concebido ya por
Freud como una máquina, tiende a retornar a su estado de equilibrio:
esto es lo que formula el principio del placer. A primera vista,
empero, esa tendencia restitutiva se distingue mal, en el texto de
Freud, de la tendencia repetitiva que él aisla y que constituye su
aportación original. Nos planteamos, pues, la siguiente pregunta: ¿en
qué se distinguen las dos tendencias? Los medios son muy curiosos en
este texto, porque son de dialéctica circular. Freud vuelve
perpetuamente a una noción que parece estar escapándosele
constantemente. Ella resiste pero él no se detiene, a todo precio
procura mantener la originalidad de la tendencia repetitiva.
Seguramente le faltó algo, en el orden de las categorías o de las
imagenes, que nos la hiciera suficientemente perceptible.

Desde
el comienzo hasta el final de la obra de Freud, el principio del placer
se explica de este modo: ante un estímulo que llega al aparato
viviente, el sistema nervioso es en cierto modo el delegado esencial
del homeostato, del regulador esencial gracias al cual el ser vivo
persiste, y al cual va a corresponder una tendencia a retrotraer la
excitación a lo más bajo. A lo más bajo, ¿qué quiere decir esto?
Tenemos aquí una ambigüedad que deja perplejos a los autores
analíticos. Léanlos, los verán resbalar por la pendiente que abre ante
ellos la forma en que Freud dialectiza la cuestión.

Freud les ofrece así la ocasión de un malentendido más, y la alarma es tal que todos a coro se precipitan en él.

Lo
más bajo de la tensión puede querer decir dos cosas- todos los biólogos
estarán de acuerdo-según se trate de lo más bajo en función de cierta
definición del equilibrio del sistema, o de lo más bajo puro y simple,
es decir, en lo tocante al ser vivo, la muerte.

En
efecto, se puede considerar que con la muerte todas las tensiones son
llevadas otra vez, desde el punto de vista del ser vivo, a cero. Pero
también se pueden tomar en consideración los procesos de descomposición
que siguen a la muerte. Entonces se acaba definiendo el fin del
principio del placer por la disolución concreta del cadáver. Hay aquí
algo cuyo carácter abusivo es imposible pasar por alto.

No
obstante, puedo citarles a varios autores para quienes reducir el
estímulo a lo más bajo designa sencillamente la muerte del ser
viviente. Esto implica suponer resuelto el problema, confundir el
principio del placer con lo que se cree que Freud nos designó bajo el
nombre de instinto de muerte. Digo lo que se cree, porque cuando Freud
habla de instinto de muerte designa, felizmente, algo menos absurdo,
menos antibiológico y anticientífico.

Hay algo que es
distinto del principio del placer y que tiende a devolver todo lo
animado a lo inanimado: así se expresa Freud. ¿Qué quiere decir con
esto? ¿Qué lo fuerza a pensar en esto? No la muerte de los seres
vivientes. Sí la vivencia humana, el intercambio humano, la
intersubjetividad. En lo que observa del hombre hay algo que le obliga
a salir de los límites de la vida.

Existe, sin duda,
un principio que lleva la libido a la muerte, pero no lo hace de un
modo cualquiera. Si lo hiciera por los caminos más cortos, el problema
estaría resuelto. Pero no lo hace sino por los caminos de la vida,
justamente.

Tras esta necesidad del ser vivo de pasar
por los caminos de la vida-y no puede pasar sino por ellos-se sitúa y
es localizado el principio que lo lleva a la muerte. No puede ir a la
muerte por cualquier camino.

En otros términos, la
máquina se mantiene, traza cierta curva, cierta persistencia. Y
precisamente por la vía de esta subsistencia algo diferente se
manifiesta, sostenido por esa existencia que está ahí y le indica su
paso.

Debemos afirmar sin tardanza una articulación
esencial: cuando se saca un conejo de un sombrero, es porque antes se
le puso dentro. Esta formulación tiene un nombre para los físicos, es
el primer principio de la termodinámica, el de la conservación de la e
nergía: para que haya algo al final, es preciso que haya habido por lo
menos otro tanto al comienzo El segundo principio-trataré de hacerlo
perceptible de una manera gráfica-estipula que en la manifestación de
esta energía hay modos nobles y otros que no lo son. Dicho con otras
palabras, no se puede remontar la corriente. Cuando se hace un trabajo
se gasta una parte, en calor por ejemplo, hay pérdida. Esto se llama
entropía.

No hay misterio en la entropía: es un
símbolo, una cosa que se escribe en la pizarra, y mucho se equivocarían
si creyeran que existe. La entropía es una E mayúscula absolutamente
indispensable para nuestro pensamiento. Y aunque esa E mayúscula a
ustedes les importe un comino-debido a que un señor llamado Karlus
Mayer, médico de marina, la fundó-es actualmente el principio de todo:
un principio que no se puede dejar de tener en cuenta al organizar una
fábrica, atómica o no, o un país. Karlus Mayer comenzó a pensar
vivamente en él mientras les hacía sangrías a sus enfermos: a veces los
senderos del pensamiento son oscuros, los del Señor son insondables.
Resulta muy llamativo que por haber parido esto, que seguramente
constituye una de las grandes emergencias del pensamiento, haya quedado
extremadamente disminuido: como si el parto de la E mayúscula hubiera
podido inscribirse en el sistema nervioso.

Errarían
si creyeran que cuando tomo posiciones que comúnmente se supone
antiorganicistas, lo hago porque-como dijo una vez alguien a quien
aprecio mucho-el sistema nervioso me resulta un fastidio. No son
razones sentimentales las que me guían. Creo que el organicismo común
es una estupidez, pero que hay otro, y éste no descuida en absoluto los
fenómenos materiales. Lo cual me lleva a expresarles-con la mayor buena
fe, ya que no con la mayor verdad, pues la verdad exigiría buscar sus
huellas en la experiencia-mi opinión de que para un desdichado
individuo, el haber sido encargado por vaya a saber qué cosa, el santo
lenguaje, como decía Valéry, de ser quien dio vida a la E mayúscula,
esto tal vez no se produce sin ocasionar perjuicios. Karlus Mayer tuvo
ciertamente dos partes en su vida, la de antes y la de después, donde
ya no se produjo nada: había dicho lo que tenía que decir.

Pues
bien, Freud encuentra esa entropía, y ya al final del Hombre de los
lobos. Siente perfectamente que guarda alguna relación con su instinto
de muerte, pero sin poder, tampoco aquí, hallar su fundamento; y sigue
durante todo el artículo esa rondita infernal, como Diógenes buscando
un hombre con su linterna. Le faltaba algo. Sería demasiado simple
decirles-lo voy a decir-que bastaría con añadir una F mayúscula o una I
mayúscula a la E mayúscula. No se trata de eso ciertamente, pues
todavía no está del todo elucidado. El pensamiento moderno está
intentando atraparlo por vías frecuentemente ambigüas y hasta
confusionales, y no pueden ustedes desconocer que son contemporáneos de
su alumbramiento. Diré más: en la medida en que están aquí, siguiendo
mi seminario, están cayendo en ese alumbramiento. Entran ustedes en la
dimensión donde el pensamiento trata de ordenarse y hallar su símbolo
correcto, que su F mayúscula suceda a la E mayúscula. En el actual
estado de cosas, se trata de la cantidad de información. Los hay que no
se sorprenden por esto. A otros parece dejarlos patitiesos. La gran
aventura de las investigaciones en torno a la comunicación comenzó a
cierta distancia, al menos aparente, de lo que nos interesa. Más bien
digamos, cómo saber dónde empieza esto, que encontró uno de sus
momentos significativos a nivel de los ingenieros de teléfonos.

La
Bell Telephone Company tenía que hacer economías, es decir, hacer pasar
el mayor número posible de comunicaciones por un sólo hilo. En un país
tan extenso como los Estados Unidos es muy importante economizar
algunos hilos, y hacer pasar las sandeces que por lo general se
vehiculizan a través de esos tipos de aparatos de transmisión, por la
menor cantidad de hilos posible. Así fue como se empezó a cuantificar
la comunicación.

Se empezó, pues, como ven, por algo
que está muy lejos de lo que nosotros llamamos la palabra. De ningún
modo era cuestión de saber si lo que la gente se cuenta tiene sentido.

Además,
lo que se dice por teléfono, lo han notado ustedes por experiencia,
nunca tiene sentido alguno. Pero uno se comunica, reconoce la
modulación de una voz humana y así dispone de esa apariencia de
comprensión resultante del hecho de reconocer palabras ya conocidas. Se
trata de averiguar cuáles son las condiciones más económicas para
transmitir palabras que la gente reconoce. Del sentido no se ocupa
nadie. Esto pone bien de relieve un hecho sobre el que hago hincapié y
que siempre se olvida: el lenguaje, ese lenguaje que es el instrumento
de la palabra, es algo material.

Se cayó, pues, en
cuenta de lo poco que se necesitaba todo eso que se registra en la
hojita de un aparato más o menos perfecciónado, que en el intervalo se
ha hecho electrónico, pero que sigue siendo, a fin de cuentas, un
aparato de Marey, que oscila y representa la modulación de la voz. Para
obtener el mismo resultado basta con tomar una pequeña serie, que
reduce en mucho el conjunto de la oscilación: del orden de 1 a 10. Y no
sólo se oye, sino que se reconoce la voz del querido bienamado o de la
querida Fulana, que está en la otra punta. La parte del corazón, la
convicción eficaz de individuo a individuo, pasa íntegramente.

Se
empezó entonces a codificar la cantidad de información. Esto no
significa que sucedan cosas fundamentales entre seres humanos. Se trata
de lo que corre por los hilos y de lo que se puede medir. Sólo que así
empieza la cuestión de si pasa o no pasa, en qué momento se degrada, en
qué momento ya no es comunicación. En psicología se llama-la palabra es
americana jam. Es la primera vez que aparece, con el carácter de
concepto fundamental, la confusión como tal, esa tendencia que hay en
la comunicación a dejar de ser comunicación, es decir, a no comunicar
ya nada en absoluto. Ya está agregado un símbolo nuevo.

Es
preciso iniciarlos a este sistema simbólico si quieren ustedes abordar
órdenes enteros de una realidad que nos toca di rectamente. Quien no
tenga idea del manejo correcto de esas E y esas F mayúsculas, puede no
estar calificado para hablar de las relaciones interhumanas. Y ésta sí
es una objeción que le hubiéramos podido hacer, anoche, a
Merleau-Ponty. En determinado punto de desarrollo del sistema
simbólico, no todo el mundo puede hablar con todo el mundo. Cuando se
le habló de subjetividad cerrada, él dijo: Si no se puede hablar con
los comunistas, el fondo del lenguaje se desvanece, porque el fondo del
lenguaje está en ser universal. Por supuesto. Aunque hace falta estar
introducido en ese circuito del lenguaje y saber de qué se habla cuando
se habla de comunicación. Ya verán que esto es esencial a propósito del
instinto de muerte, que parece opuesto.

Los
matemáticos calificados para manejar estos símbolos sitúan la
información como aquello que va en dirección opuesta a la entropía.
Cuando los hombres abordaron la termodinámica y se preguntaron de qué
modo iba a pagarse su máquina, se omitieron a sí mismos. Tomaron la
máquina como el amo toma al esclavo: la máquina está ahí, a distancia y
trabaja. Olvidaron sólo una cosa: que eran ellos los que habían firmado
la orden de pedido. Pues bien, este hecho revela tener una importancia
considerable en el dominio de la energía. Porque la información, si se
introduce en el circuito de la degradación de la energía, puede hacer
milagros. Si el demonio de Maxwell puede detener los átomos que se
agitan con excesiva lentitud, y conservar sólo los que muestran una
tendencia mínimamente frenética, hará remontar la pendiente general de
la energía y volverá a cumplir, con lo que estaría degradado en calor,
un trabajo equivalente al que se había perdido.

Esto
parece alejado de nuestro tema. Ya verán cómo lo reencontraremos.
Partamos otra vez de nuestro principio del placer, y tornemos a
sumirnos en las ambigüedades.

A nivel del sistema
nervioso, cuando hay estimulación, todo opera, todo entra en juego, los
eferentes y los aferentes, para que el ser vivo vuelva a encontrar el
reposo. Es el principio del placer según Freud.

En el
plano de la intuición hay, ¿no les parece?, cierta discordancia entre
el principio del placer así definido y las travesuras que evoca el
placer. Cada oveja corre tras su pareja, hasta ahora se lo veía así. En
Lucrecio estaba claro, y era más bien alegre. Y de cuando en cuando los
analistas, desesperados al fin y al cabo por tener que emplear
categorías que les parecen tan contrarias al sentimiento, nos recuerdan
que existe indudablemente un placer de la actividad, un gusto por la
estimulación. Buscamos divertirnos, el juego nos cautiva. Después de
todo, ¿Freud no introdujo en el comportamiento humano la función de la
libido? ¿Esta libido, no sería algo bastante libidinoso? La gente busca
su placer.

Entonces, ¿por qué se traduce esto
teóricamente en un principio que enuncia: lo que se busca, a fin de
cuentas, es la cesación del placer? De cualquier modo todos lo
sospechaban, pues se conoce la curva del placer. Pero, como puede
verse, la vertiente de

la teoría sigue aquí un
sentido estrictamente contrario a la intuición subjetiva: en el
principio del placer, el placer, por definición, tiende a su fin. El
principio del placer es que el placer cese.

¿Qué
sucede, en esta perspectiva, con el principio de realidad? Por lo
general se introduce el principio de realidad señalando, sencillamente,
que por buscar excesivamente el placer sobrevienen toda clase de
accidentes: nos quemamos los dedos, pescamos una blenorragia, damos con
nuestros huesos en el suelo. Así se nos describe la génesis de lo que
llaman el aprendizaje humano Y se nos dice que el principio del placer
se opone al principio de realidad. En la perspectiva que hemos hecho
nuestra, la cosa cobra, por supuesto, un sentido muy distinto. El
principio de realidad consiste en que el juego dure, 0 sea en que el
placer se renueve, en que el combate no acabe por falta de
combatientes. El principio de realidad consiste en que preservemos
nuestros placeres, esos placeres cuya tendencia es, precisamente,
llegar a la cesación.

No crean que los psicoanalistas
están satisfechos con esta forma de pensar el principio del placer,
absolutamente esencial sin embargo en la teoría, y de cabo a rabo: si
ustedes no piensan el principio del placer en este registro, es inútil
introducirlos e n Freud. La noción de que hay una especie de placer
propio de la actividad, el placer lúdico, por ejemplo, echa por tierra
las categorías mismas de nuestro pensamiento. ¿Qué tendríamos que hacer
entonces con nuestra técnica? Se trataría, simplemente, de enseñarle a
la gente gimnasia, música y cuanto se les ocurra. Los procedimientos
pedagógicos pertenecen a un registro absolutamente ajeno a la
experiencia analítica. No digo que no tengan su valor, y que no se les
pueda hacer cumplir un papel esencial en la República: basta con
remitirse a Platón. Se puede querer devolver al hombre a un feliz
funcionamiento natural, hacerle alcanzar las etapas de su desarrollo,
proporcionarle el libre florecimiento de aquello que, de su organismo,
llega oportunamente a la madurez, y conceder a cada una de estas etapas
su tiempo de juego, luego su tiempo de adaptación, de estabilización,
hasta que sobrevenga la nueva emergencia vital. Alrededor de esto puede
organizarse toda una antropología. Pero, ¿es la misma que justifica los
análisis, o sea echar a la gente sobre un diván para que nos cuente
imbecilidades? ¿Qué relación hay entre esto y la gimnasia o la música?
¿Habría entendido Platón lo que era el psicoanálisis? No, no lo habría
entendido, pese a las apariencias, porque existe ahí un abismo, una
grieta, y esto es lo que estamos buscando con Más allá del principio
del placer. No digo que los analizados sean incapaces de aprendizaje. A
la gente se le puede enseñar a tocar piano-siempre y cuando éste
exista-, y por ejemplo sé que habiendo aprendido a tocar en pianos de
teclas grandes, saben tocar pianos con teclas pequeñas, clavecín, etc.
Pero se trata sólo de segmentos determinados de comportamiento humano,
y no, como en el análisis, del destino del hombre, de su conducta
cuando se acabó la lección de piano y se fue a ver a su amiguita.
Entonces su aprendizaje es poco más o menos el de Gribouille(7)

Conocen
la historia de Gribouille. Va a un entierro y dice: ¡Felicidades! Lo
llenan de insultos, lo aporrean, y cuando vuelve a su casa: Pero es que
no se dice felicidades en un entierro, se dice Dios lo tenga en su
gloria. Sale otra vez y pasa una boda: ¡Dios lo tenga en su gloria! Y
vuelve a tener problemas.

Pues bien, el aprendizaje,
tal como lo demuestra el análisis, es eso, y ante eso nos hallamos con
los primeros descubrimientos analíticos: el trauma, la fijación, la
reproducción, la transferencia. Lo que en la experiencia analítica
denominamos intrusión del pasado en el presente pertenece a este orden.
Es siempre el aprendizaje de alguien que lo hará mejor la próxima vez.
Y cuando digo que lo hará mejor la próxima vez, es que tendrá que hacer
algo completamente distinto.

Cuando se nos dice,
utilizando la noción de manera metafórica, que el análisis es un
aprendizaje de la libertad, confiesen que suena extraño. Porque aunque
sea, en nuestra época histórica, como decía ayer Merleau-Ponty, es
bueno andar con cuidado. ¿Qué revela el análisis si no la discordancia
profunda, radical, de las conductas esenciales para el hombre, con
respecto a todo lo que vive? La dimensión descubierta por el análisis
es lo contrario de algo que progresa por adaptación, por aproximación,
por perfecciónamiento. Es algo que marcha a saltos, a brincos. Es
siempre la aplicación estrictamente inadecuada de ciertas relaciones
simbólicas totales, y ello implica varias tonalidades, por ejemplo la
intromisión de lo imaginario en lo simbólico, o inversamente.

Hay
una diferencia radical entre toda investigación del ser humano, incluso
a nivel del laboratorio, y lo que sucede a nivel animal. Del lado del
animal, hay una ambigüedad fundamental en la que nos desplazamos entre
el instinto y el aprendizaje, en cuanto se intenta, como sucede
actualmente, ceñirse un poco más a los hechos. En el animal, las
llamadas preformaciones del instinto no son en absoluto excluyentes del
aprendizaje.

Además, sin cesar se manifiestan en él
posibilidades de aprendizaje dentro de los marcos del instinto. Más
aún, se descubre que las emergencias del instinto no podrían tener
lugar sin una llamada del entorno, como se dice, que estimule y
provoque la cristalización de las formas, los comportamientos y las
conductas.

Hay aquí una convergencia, una
cristalización que da la sensación, por escépticos que seamos, de una
armonía preestablecida, susceptible desde luego de toda clase de
tropiezos. La noción de aprendizaje es en cierto modo indiscernible de
la maduración del instinto. En este campo surgen naturalmente, como
puntos de referencia, categorías guestaltistas. El animal reconoce a su
hermano, su semejante, su pareja sexual. Encuentra su sitio en el
paraíso, su medio, y lo modela también, se imprime allí él mismo. El
picón hace una cantidad de agujeritos que parecen gratuitos, pero bien
se percibe que lo que marca es su salto, salto cuyo sostén es todo su
cuerpo. El animal se encaja en el medio.

Hay
adaptación, y justamente una adaptación que tiene su fin, su término,
su límite. El aprendizaje animal presenta, pues, los carácteres de un
perfecciónamiento organizado y finito. ¡Qué diferencia con lo que las
mismas investigaciones-eso creen-nos descubren sobre el aprendizaje en
el hombre! Ponen en evidencia la función del deseo de insistir, el
privilegio de las tareas inconclusas. Se invoca al señor Zeigarnik sin
saber bien lo que dice: que una tarea será tanto mejor memorizada
cuanto que en condiciones determinadas haya salido mal. ¿No se dan
cuenta de que esto se opone totalmente a la psicología animal, e
incluso a la noción que podemos hacernos de la memoria como apilamiento
de engramas, de impresiones, donde el ser se forma? En el hombre, la
mala forma es lo prevalente. El

sujeto vuelve a una
tarea en la medida en que quedó inconclusa. El sujeto recuerda mejor un
fracaso en la medida en que fue doloroso.

No nos
colocamos aquí a nivel del ser y del destino: la cosa fue medida en los
límites de un laboratorio. Pero no basta con medir, también hay que
tratar de comprender.

Sé bien que el espíritu es
siempre fecundo en modos de comprender. Suelo decírselo a las personas
que controlo: cuiden, sobre todo, de no comprender al enfermo, nada los
pierde tanto. El enfermo dice una cosa que no tiene pie ni cabeza, y,
al contármelo: Pues bien, comprendí-me dicen-que quería decir tal cosa.
O sea que en nombre de la inteligencia simplemente hay elusión de
aquello que debe detenernos, y que no es comprensible.

El
efecto Zeigarnik, el fracaso doloroso o la tarea inconclusa: todo el
mundo comprende esto. Nos acordamos de Mozart: bebió la taza de
chocolate y volvió pará pulsar el último acorde. Pero no se comprende
que no es una explicación. O que si lo es, significa que no somos
animales. No se es músico a la manera de mi perrito, que se pone
soñador cuando alguien pone ciertos discos. Un músico es siempre músico
de su propia música. Y, fuera de las personas que componen ellas mismas
su música, es decir, que tienen su distancia respecto de esa música,
hay pocas que vuelvan para pulsar su último acorde. Quisiera hacerles
entender en qué nivel se sitúa la necesidad de repetición. Y, una vez
más, vamos a encontrar nuestra referencia a cierta distancia.

Kierkegaard,
que como saben era un humorista, habló de la diferencia entre el mundo
pagano y el mundo de la gracia, introducido por el cristianismo. De la
capacidad para reconocer su objeto natural, clara en el animal, hay
algo en el hombre. Hay la captura en la forma, la aprehensión en el
juego, el àpresamiento en el espejismo de la vida. A esto se refiere un
pensamiento teórico, o teorial, o contemplativo, o platónico, y no en
balde pone Platón la reminiscencia en el centro de toda su teoría del
conocimiento. Si el objeto natural, el correspondiente armónico del
viviente, es reconocible, esto se debe a que ya se dibuja su figura. Y
para que se dibuje, es preciso que ya haya estado en aquel que va a
unirse a ella. Es la relación de la diado. Toda la teoría del
conocimiento en PlatónJean Hyppolite no me va a contradecir-es diádica.

Pero, por ciertas razones, tuvo lugar un vuelco. Ahora
está el pecado como tercer término, y el hombre encuentra su camino ya
no por la vía de la reminiscencia sino por la de la repetición. Esto es
lo que precisamente pone a Kierkegaard en la vía de nuestras
intuiciones Freudianas, en un pequeño libro llamado La Repetición.
Aconsejo su lectura a los que están ya algo adelantados. Los que no
tienen mucho tiempo lean al menos la primera parte.

Kierkegaard
quiere escapar a unos problemas que son precisamente los de su acceso a
un orden nuevo, y encuentra la barrera de sus reminiscencias, de lo que
él cree ser y lo que sabe que no podrá llegar a ser. Trata entonces de
cumplir la experiencia de la repetición. Vuelve a Berlín, donde en
ocasión de su última estadía había sentido un infinito placer, y vuelve
sobre sus propios pasos. Verán lo que le sucede, por buscar su bien en
la sombra de su placer. La experiencia fracasa por completo. Pero a
consecuencia de ello nos guía por el camino de nuestro problema, a
saber, cómo y por qué todo lo que significa un progreso esencial para
el ser humano tiene que pasar por la vía de una repetición obstinada.

Llego
así al modelo ante el cual quiero dejarlos hoy, de modo que puedan
vislumbrar qué quiere decir en el hombre la necesidad de repetición.
Todo está en la intrusión del registro simbólico. Pero voy a
ilustrarlo. Los modelos son cosa muy importante. No es que quieran
decir algo: no quieren decir nada. Pero así somos-es nuestra debilidad
animal-, necesitamos imagenes. Y, a falta de imagenes, ocurre que
algunos símbolos no salen a luz. En general, lo grave es más bien la
deficiencia simbólica. La imagen nos viene de una creación
esencialmente simbólica, es decir, de una máquina, la más moderna de
las máquinas, mucho más peligrosa para el hombre que la bomba atómica:
la máquina de calcular.

Es algo que se dice, ustedes
lo oyen y no lo creen: la máquina de calcular tiene una memoria. Les
divierte decirlo, pero no lo creen. Desengáñense. Tiene una forma de
memoria que está destinada a poner en tela de juicio todas las imagenes
que hasta entonces nos habíamos hecho de la memoria. Lo mejor que se
había encontrado para imaginar el fenómeno de la memoria es el sello de
cera babilónico, una cosa con unos relieves pequeños y unas rayas, que
se hace rodar sobre una plancha de cera, lo que llaman un engrama. El
sello también es una máquina, sólo que no nos damos cuenta.

Para
que la máquina se acuerde, con cada pregunta, cosa a veces necesaria,
de las preguntas que se le propusieron antes, se encontró algo más
ingenioso: la primera experiencia de la máquina circula en ella en
estado de mensaje. Supongan que envío un telegrama de aquí a Le Mans,
con cargo a Le Mans de remitirlo a Tours, de allí a Sens, de allí a
Fontainebleau, y de allí a París, y así indefinidamente. Es preciso que
cuando yo llegue a la cola de mi mensaje, la cabeza aún no le haya dado
alcance. Es preciso que el mensaje tenga tiempo de dar vueltas. Gira
velozmente, no cesa de girar, gira en redondo.

Es
curioso, una máquina que vuelve sobre sí misma. Hace pensar en el
feed-back, y tiene relación con el homeostato. Ustedes saben que así se
regula la admisión del vapor en una máquina de vapor. Si zumba
demasiado aprisa, un torniquete lo registra, dos cosas se separan con
la fuerza centrífuga, y la admisión del vapor queda regulada. Esto es
lo que gobierna la marcha homeostática de la máquina de vapor. Hay
oscilación sobre un punto de equilibrio.

En este caso
es más complicado. Se lo llama mensaje. Es muy ambigüo. ¿Qué es un
mensaje en el interior de una máquina? Es algo que procede por apertura
o no apertura, como una lámpara electrónica por sí o no. Es algo
articulado, del mismo orden que las oposiciones fundamentales del
registro simbólico. En un momento dado, este algo que da vueltas debe,
o no, entrar en el juego. Está siempre dispuesto a dar una respuesta, y
a completarse en el acto mismo de responder, es decir, a dejar de
funcionar como circuito aislado y giratorio y entrar en un juego
general. Esto se asemeja en todo a lo que podemos concebir como la
Zwang, la compulsión de repetición.

Al disponer de
este pequeño modelo uno se percata de que en la propia anatomía del
aparato cerebral hay cosas que vuelven sobre sí mismas. Gracias a
Riguet, por cuya indicación leí el trabajo de un neurólogo inglés, me
interesé mucho en cierto pulpo. Parece que su sistema nervioso es lo
bastante reducido para tener un nervio aislado que preside lo que
llaman el chorro, o la propulsión de líquido, gracias a lo cual el
pulpo tiene esa graciosa manera de progresar. Así, se creería que su
aparato de memoria está reducido poco más o menos a ese mensaje que
circula entre París y París, por pequeñísimos puntos del sistema
nervioso.

Recuerden lo que decíamos en años
anteriores, sobre las llamativas coincidencias que Freud apunta en el
orden de lo que él llama telepatía. Cosas muy importantes, dentro del
orden de la transferencia, se cumplen correlativamente en dos
pacientes, estando uno en análisis y el otro apenas en contacto o
estando ambos en análisis. En su momento les mostré que por ser agentes
integrados, eslabones, soportes, anillos de un mismo círculo de
discurso, es que los sujetos ven surgir al mismo tiempo tal acto
sintomático, o revelarse tal recuerdo.

En el punto al
que hemos llegado les sugiero, en perspectiva, concebir la necesidad de
repetición, tal como se manifiesta concretamente en el sujeto, por
ejemplo en análisis, bajo la forma de un comportamiento montado en el
pasado y reproducido en el presente de manera poco conforme con la
adaptación vital. Aquí reaparece lo que ya les señalé, a saber, que el
inconsciente es el discurso del otro. Este discurso del otro no es el
discurso del otro abstracto, del otro en la díada, de mi
correspondiente, ni siquiera simplemente de mi esclavo: es el discurso
del circuito en el cual estoy integrado. Soy uno de sus eslabones. Es
el discurso de mi padre, por ejemplo, en tanto que mi padre ha cometido
faltas que estoy absolutamente condenado a reproducir: lo que llaman super-ego .
Estoy condenado a reproducirlas porque es preciso que retome el
discurso que él me legó, no simplemente porque soy su hijo, sino porque
la cadena del discurso no es cosa que alguien pueda detener, y yo estoy
precisamente encargado de transmitirlo en su forma aberrante a algún
otro. Tengo que plantearle a algún otro el problema de una situación
vital con la que muy posiblemente él también va a toparse, de tal
suerte que este discurso forma un pequeño circuito en el que quedan
asidos toda una familia, toda una camarilla, todo un bando, toda una
nación o la mitad del globo. Forma circular de una palabra que está
justo en el límite del sentido y el sin sentido, que es problemática.

Esto
es la necesidad de repetición tal como la vemos surgir más allá del
principio del placer. Vacila más allá de todos los mecanismos de
equilibración, de armonización y de acuerdo en el plano biológico. Sólo
es introducida por el registro del lenguaje, por la función del
símbolo, por la problemática de la pregunta en el orden humano. ¿De qué
modo resulta esto literalmente proyectado por Freud sobre un plano que
en apariencia es de orden biológico? Tendremos que volver a la cuestión
las próximas veces.

Sólo fragmentada, descompuesta
queda prendida la vida en lo simbólico. El propio ser humano está en
parte fuera de la vida, participa del instinto de muerte. Sólo desde
ahí puede abordar el registro de la vida.