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Estudio del psicoanálisis y psicología

El desliz en la lectura y en la escritura


El desliz en la lectura y en la escritura

 

El hecho de que para las equivocaciones en la lectura y la escritura valgan los mismos puntos
de vista y argumentos aplicados a las equivocaciones en el habla no es asombroso, dado el
parentesco íntimo entre estas funciones. Me limitaré a comunicar aquí algunos ejemplos
cuidadosamente analizados, sin tratar de abarcar el conjunto de los fenómenos.
Deslices en la lectura
1. Hojeo en el café un número de Leipziger Illustrierte {un semanario ilustrado}, que sostengo
inclinado ante mí, y leo como explicación de una imagen que abarca toda la página: «Una boda
en la Odyssee {Odisea}». Alertado y asombrado, enderezo la hoja y ahora corrijo: «Una boda en
el Ostsee {Báltico}». ¿Cómo he llegado a esta disparatada equivocación de lectura? Mis
pensamientos se orientan enseguida a un libro de Ruths que me ha ocupado mucho en los
últimos tiempos porque roza de cerca los problemas psicológicos por mí tratados. El autor
promete para dentro de poco una obra que se llamará «Análisis y leyes fundamentales de los
fenómenos oníricos». No es maravilla que yo, que acabo de publicar La interpretación de los
sueños, aguarde con la mayor tensión este libro. En ese escrito de Ruths sobre los fantasmas
musicales hallé, al comienzo del índice de temas, el anuncio de la detallada demostración
inductiva de que los mitos y sagas de la antigua Hélade tienen su principal raíz en fantasmas
musicales y de ensoñación, en fenómenos oníricos y también en delirios. Enseguida busqué el
pasaje para averiguar si él también sabía sobre la reconducción al sueño común de desnudez
en el caso de la escena en que Odiseo aparece ante Nausicaa. Un amigo me había llamado la
atención sobre el bello pasaje de Der Grüne Heinrich, de Gottfried KeIler, que esclarece estos
episodios de la Odisea como objetivación de los sueños del navegante obligado a errar lejos de
la patria, y yo había agregado el vínculo con el sueño exhibicionista de desnudez. En Ruths
no descubrí nada de eso. En este caso, era evidente, me preocupaban unas cuestiones de
prioridad.
2. ¿Cómo llegué a leer cierto día, en un periódico, «Im Fass {en
tonel} a través de Europa», en vez de «Zu Fuss {a pie}»? Me costó mucho
tiempo resolverlo. Es cierto que las ocurrencias inmediatas indicaban:
El tonel tiene que apuntar a Diógenes, y no hacía mucho había leído en
una historia del arte algo sobre la época de Alejandro. Era sugerente
pensar entonces en el famoso dicho de Alejandro: «Si yo no fuera
Alejandro, me gustaría ser Diógenes». También me vino una vaga idea
sobre cierto Hermann Zeitung, que se había dado a viajar empaquetado en
una caja. Pero el nexo no quería establecérseme mejor, y no conseguí
reencontrar la página de aquella historia del arte en que me había
saltado a la vista la puntualización sobre la época de Alejandro. Sólo
meses después volvió a ocurrírseme de pronto aquel enigma que yo había
dejado de lado, pero esta vez junto con su solución. Me acordé de lo
que señalaba un artículo periodístico {Zeitungsartikel} sobre los raros medios de trasporte {Beförderung} que la gente
escogía ahora para llegar a la Exposición Universal de París [de 1900], y ahí mismo, creo yo, se
comunicaba en chanza que cierto señor tenía el propósito de hacerse llevar rodando dentro de
un tonel hasta París, empujado por otro señor. Desde luego que a esa gente no la guiaría otro
motivo que llamar la atención mediante esas locuras. Hermann Zeitung era de hecho el nombre
de la persona que había dado el primer ejemplo de ese desacostumbrado medio de trasporte.
Luego se me ocurrió que cierta vez había tratado a un paciente cuya angustia patológica ante el
periódico (Zeitung} se resolvió como una reacción contra la ambición patológica de verse en
letras de molde y citado en el periódico como persona de fama. Y por cierto Alejandro de
Macedonia fue uno de los hombres más ambiciosos que existieron. Se quejó de que no hallaría
un Homero que cantara sus hazañas. Pero, ¿cómo pude no pensar en que otro Alejandro me
era más próximo, que Alejandro es el nombre de mi hermano menor? Entonces
hallé enseguida, en relación con este Alejandro, el pensamiento chocante y menesteroso de
represión, y su ocasionamiento actual. Mi hermano es entendido en cosas relativas a tarifas y
trasportes, y en cierta época se creyó que recibiría el título de profesor por su actividad docente
en un colegio comercial. Desde hacía varios años yo aguardaba igual promoción {Beförderung}
en la Universidad, sin haberla alcanzado. Nuestra madre manifestó por entonces
su extrañeza de que su hijo menor llegara a profesor antes que el mayor. Así estaban las cosas
en la época en que yo no pude hallar la solución de aquel error de lectura. Después, también a
mi hermano le surgieron dificultades; sus perspectivas de llegar a ser profesor se volvieron
todavía menores que las mías. Y así se me reveló de pronto el sentido de aquel desliz en la
lectura; era como si la disminución de las posibilidades de mí hermano hubiera eliminado un
obstáculo. Me había comportado como si leyera la mención de mi hermano en el periódico, y
entonces me dijera: «¡Qué cosa que por tales estupideces (como las que él hace por su
profesión) se pueda figurar en el periódico (es decir, ser designado profesor)!». Luego, sin
trabajo alguno hallé el pasaje sobre el arte helenístico en la época de Alejandro, y me pude
convencer, para mi asombro, de que en mi búsqueda anterior había leído repetidas veces esa
misma página, pero saltando siempre el párrafo en cuestión como bajo el imperio de una
alucinación negativa. El párrafo, por lo demás, no contenía nada que me aportase un
esclarecimiento, que mereciera ser olvidado. Opino que el síntoma de no encontrar en el libro
sólo fue creado para despistarme. Yo debía buscar la prosecución del enlace de los
pensamientos ahí donde mi ulterior exploración tropezara con un obstáculo, o sea, en alguna
idea acerca de Alejandro de Macedonia, y de ese modo se me desviaría con más seguridad de
mi hermano de igual nombre; fue exactamente lo que ocurrió: dirigí todos mis empeños a
reencontrar el pasaje perdido en aquella historia del arte.
El doble sentido de la palabra «Beförderung» {«trasporte», «promoción»} es aquí el puente
asociativo entre los dos complejos, el no importante, incitado por la noticia periodística, y el
más interesante, pero chocante, que se hace valer aquí como perturbación de lo leído. Por este
ejemplo se echa de ver que no siempre será fácil esclarecer sucesos como esta equivocación
de lectura. En ocasiones, uno se ve precisado a desplazar la solución del enigma para un
momento más favorable. Pero cuanto más difícil se revele el trabajo de solución, tanto más lícito
será esperar que el pensamiento perturbador, una vez descubierto, ha de ser enjuiciado como
ajeno y opositor por nuestro pensar conciente.
3. Un día recibo una carta de las cercanías de Viena que me comunica una noticia
conmovedora. Llamo en el acto a mi mujer y le participo que la pobre Wilhelm M. está gravísima
y ha sido desahuciada por los médicos. Pero algo tiene que haber sonado a falso en las
palabras con que yo visto mi congoja, pues mi mujer desconfía, pide ver la carta y manifiesta su
convicción de que eso no puede ser, pues nadie menciona a una señora por el nombre del
marido y, además, afirma que la remitente conoce muy bien el nombre de pila de esta señora.
Sostengo con empecinamiento mi aseveración y le invoco las tarjetas de presentación, tan
usuales, en que una mujer se designa a sí misma con el nombre de pila del marido. Al fin tengo
que volver a tomar la carta, y de hecho leemos en ella «el pobre W. M.», y algo más, que yo
había omitido por completo: «el pobre doctor W. M.». Por tanto, mi trasver importa un intento,
por así decir espasmódico, de trasladar del marido a la esposa esa triste nueva. El título
interpolado entre el calificativo y el nombre se presta mal al reclamo de que se mencione a la
mujer: por eso mismo fue eliminado al leer. Ahora bien, el motivo de esta falsificación no fue que
la mujer me resultara menos simpática que el marido, sino que el destino de ese pobre hombre
había despertado mi inquietud por otra persona, próxima a mí, que compartía con este caso una
de lis condiciones por mí conocidas de la enfermedad.
4. Más enojoso y ridículo me resulta un desliz en la lectura que suelo cometer
cuando, en mis vacaciones, paseo por las calles de una ciudad extranjera. A cualquier cartel de
negocio que me salga al paso lo leo «Antigüedades». En esto se exterioriza el gusto del
coleccionista por los hallazgos inesperados.
5. Bleuler refiere, en su importante libro Affektivität, Suggestibilität, Paranoia: «Cierta vez, leyendo, tuve el sentimiento intelectual de ver mi nombre dos líneas más
abajo. Para mi asombro, sólo hallé la expresión "Blutköirperchen" ("corpúsculos de la sangre"}.
Entre muchos millares de deslices en la lectura por mí analizados, tanto del campo visual
periférico como del central, este es el caso más grosero. Toda vez que he creído ver mi
nombre, la palabra que dio ocasión a ello era mucho más semejante a aquel, y en la mayoría de
los casos todas y cada una de sus letras tuvieron que estar presentes en las cercanías para
que pudiera yo cometer semejante error. En este caso, empero, el delirio de sentirse aludido y
la ilusión se explican con harta facilidad: lo que yo leía era el final de una observación acerca de
cierto tipo de estilo defectuoso en trabajos científicos, del cual no me sentía exento».
6. Hanns Sachs: «"El pasa, con su Steilfeinenheit {tiesura}, sobre aquello que
choca a la gente". Sin embargo, esta palabra me pareció llamativa, y, mirando mejor, descubrí
que decía "Stilfeinheít" {"fineza de estilo"}. El pasaje pertenecía a un autor a quien yo admiraba, y
se encontraba incluido en una manifestación extremadamente elogiosa sobre un historiador que
me resulta antipático porque deja ver demasiado el tipo "profesoral alemán"».
7. Sobre un caso de desliz de lectura en el cultivo de la ciencia filológica informa
el doctor Marcell Eibenschütz:
«Estudio la tradición del Libro de los mártires, una recopilación de leyendas del período del alto
alemán medio, que debo editar en los "Deutschen Texten des Mittelalters" {Textos alemanes
medievales} que publica la Academia Prusiana de Ciencias. Muy poco es lo que se sabe sobre
esta obra, inédita hasta hoy; había un único ensayo sobre el tema, de Joseph Haupt quien
no basó su trabajo en un manuscrito antiguo, sino en una copia de la fuente principal, el
manuscrito C (Klosterneuburg); la copia es de una época más moderna (siglo xix), y se
conserva en la Hofbiblic,thek {Biblioteca Imperial}. Al final de la copia se encuentra la siguiente
suscripción:
»"Anno Domini MDCCCL in vigilia exaltacionis sancte crucis ceptus est iste liber et in vigilia
pasce anni subsequentis finitus cum adiutorio omnipotentis per me Hartmanum de Krasna tunc
temporis ecclesie niwenburgensis custodem".
»Ahora bien, Haupt cita en su ensayo esta suscripción; la cree proveniente del mismo que
escribió Q y supone que C fue escrito en 1350, con una consecuente equivocación de lectura,
pues la cifra escrita en números romanos dice "1850". Y ello a pesar de que él copia la
suscripción correctamente, y con igual corrección está impresa (a saber, "MDCCCW) en el
lugar correspondiente de su ensayo.
»La comunicación de Haupt constituyó para mí una fuente de perplejidades. En primer lugar,
como joven principiante en la ciencia académica, estaba por entero bajo la autoridad de Haupt, y
por mucho tiempo leí como él "1350" en vez de "1850" en la suscripción que tenía impresa ante
mí con total claridad y corrección; empero, en el manuscrito C, utilizado por mí, no había rastro
alguno de la suscripción, y además se averiguó que en el siglo xiv no había vivido en
Klosterneuburg ningún monje de nombre Hartman. Y cuando al fin se me cayó la venda de los
ojos, no pude menos que colegir toda la situación, y las investigaciones ulteriores corroboraron
mi conjetura; y es esta: que la tan mentada suscripción sólo figura en la copia utilizada por
Haupt y proviene del copista, P. Hartman Zeibig, nacido en Ktasnal Moravia, maestro del coro
agustino en Klosterneuburg, y que en 1850, como sacristán del monasterio, hizo una copia del
manuscrito C y se mencionó a sí mismo al final, a la manera antigua. La sintaxis medieval y la
ortografía anticuada de la suscripción coadyuvaron sin duda al deseo de Haupt de comunicar
todo lo posible acerca de la obra que estaba investigando, y por tanto también de fechar el
manuscrito C, con el resultado de leer él siempre "1350" en vez de "1850". (Este fue el motivo
de la acción fallida.)»,
8. En Witzigen und Satirischen Einfällen {Ocurrencias satíricas y chistosas}, de
Lichtenberg, se encuentra una nota que sin duda proviene de una observación y contiene
casi íntegra la teoría del desliz en la lectura: «Tanto había leído a Homero que donde decía
"angenommen" {"supuesto"} él veía siempre "Agamemnon"».
En la inmensa mayoría de los casos, en efecto, es la predisposición del lector lo que altera
el texto, y en su lectura le introduce algo para lo cual tenía el previo acomodamiento o en lo cual
estaba ocupado. El texto sólo necesita solicitar al desliz ofreciendo en la imagen de palabra
alguna semejanza que el lector pueda alterar según lo que tiene en su mente. Sin duda que una
lectura a la ligera, en particular si se padece de un defecto visual no corregido, facilita la
posibilidad de semejante ilusión, pero en modo alguno es su condición necesaria.
9. Creo que la época de la guerra, que produjo en todos nosotros ciertas preocupaciones fijas y
persistentes, favoreció más el desliz en la lectura que las otras operaciones fallidas. Pude hacer
muchas observaciones de este tipo, de las que por desdicha he conservado sólo unas pocas.
Un día tomo un diario del mediodía o de la tarde, y hallo impreso con grandes caracteres: «Der
Friede von Górz» («La paz de Gorizia»}. Pero no, sólo decía: «Die Friende vor Görz» {«El
enemigo ante Gorizia»}. Quien tiene dos hijos. combatientes en ese campo de batalla bien
puede equivocarse así en la lectura. Otro halla mencionada en cierto contexto una «alte
Brotkarte» {«vieja cartilla de racionamiento de pan»}, que, prestando mejor atención, debe trocar
por un «alte Brokate» («antiguo brocado»}. No es ocioso consignar que, en un hogar donde
suele ser bien recibido como huésped, tiene él la costumbre de congraciarse con la dueña de
casa cediéndole tales cartillas. Un ingeniero cuyo equipo no resistió mucho tiempo la humedad
en el túnel que estaba construyendo lee, asombrado, un anuncio donde se elogian ciertos
artículos de «Schundleder» {«cuero de descarte»}. Pero los comerciantes rara vez son tan
sinceros; los objetos cuya compra se recomendaba eran de «Seehundleder» {«cuero de f oca»).
El oficio o la situación presente del lector comandan también el resultado de su desliz en la
lectura. Un filólogo que, a causa de sus últimos trabajos, excelentes, ha entrado en polémica
con sus colegas, lee «Sprachstrategie» {«estrategia lingüística»} en lugar de «Schachstrategie»
{«estrategia ajedrecística»}. Un hombre que sale a pasear por una ciudad extranjera justamente
hacia la hora en que su actividad intestinal está regulada en virtud de un tratamiento, lee sobre
un gran letrero colocado en el primer piso de una tienda de altos «Klosetthaus» {«baños»}; sin
embargo, su satisfacción se mezcla con la extrañeza por la ubicación del benéfico instituto.
Hete aquí que un instante después la satisfacción se evapora, pues la inscripción dice, en
verdad: «Korsettbaus» {«corretearía»}.