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Estudio del psicoanálisis y psicología

Estudio Preliminar a Freud en Buenos Aires 1910-1939 (Capítulo III)



Estudio Preliminar a Freud en Buenos Aires 1910-1939
Hugo Vezzetti

III
Tanto en la medicina mental como entre los “hombres de letras” predomina, entonces, la oposición o la reticencia a las ideas y el impacto cultural de Freud. Y sin embargo, desde la segunda mitad de de los veinte, unos pocos psiquiatras muestran algún interés por ensayar terapéuticamente recursos extraídos de una lectura –generalmente de segunda mano– del psicoanálisis. En 1926, un comentario destinado a una obra de Honorio Delgado (A. Ratzin, 1926) incluye párrafos elogiosos hacia el psicoanálisis y sugiere las ventajas de la “neutralidad” frente a la batalla que enfrenta –según el autor– a franceses y alemanes en torno de Freud. Sus conclusiones van en el sentido de que ya no es posible desconocerlo y recomienda la organización de su enseñanza en la universidad. En ese sentido, manifiesta su admiración por el psiquiatra y psicoanalista peruano Honorio Delgado y termina proponiendo que alguna institución lo invite a dar un ciclo de conferencias. Todo parece indicar que la recomendación fue desoída; más aun, es obvio que pese a su lejanía geográfica los viajeros y autores europeos alcanzaron en los círculos psiquiátricos y los claustros universitarios de Buenos Aires una influencia mucho más profunda que la del eminente especialista peruano. En cuanto a la práctica de alguna forma de psicoanálisis clínico, un testimonio define, hacia el final de la década, el estado de la cuestión, al señalar que “entre nosotros no existe un solo autor serio entre los que se dedican a psiquiatría o psicología que haya consagrado tiempo a las investigaciones psicoanalíticas” (A. Sierra, 1929), salvo –consigna el mismo autor– el doctor Juan R. Beltrán.
Profesor de Psicología en la Facultad de Filosofía y Letras y en el Colegio Militar, así como de Medicina Legal e Historia de la Medicina en la Facultad de Ciencias Médicas, Beltrán publicó en 1923 “La [sic] psicoanálisis al servicio de la criminología”, y desde entonces, a lo largo de más de veinte años escribió no menos de dos docenas de artículos sobre el tema, lo que lo convierte, desde el punto de vista cuantitativo, en el autor más importante hasta la fundación de la apa (J. R. Beltrán, 1923, 1928, 1932). Reiteradamente se vanagloria en sus trabajos de haber sido el primero en divulgar el psicoanálisis en Buenos Aires, así como de mantener comunicación con Freud y, sobre todo, con Pfister. En 1931 pronunció una conferencia sobre las aplicaciones del psicoanálisis a la criminología en la Sociedad Psicoanalítica de París, entidad de la que era miembro adherente (J. R. Beltrán, 1936 c).
En el caso de Beltrán, el intermediario hacia Freud era el pastor Pfister, probablemente a partir de la divulgación que el español G. Lafora había hecho en Buenos Aires. “Los estudios de O. Pfister han llevado a la psicoanálisis a su más certera concepción filosófica, aparte de darle eficaz aplicación al confesionario y a la educación. Bajo ese punto de vista, la teoría de Freud ha tenido en Pfister su verdadero filósofo” (J. R. Beltrán, 1928). En todo caso, esa influencia religiosa se nota en el modo como elimina las aristas conflictivas de las tesis sexuales freudianas, proponiendo, a la vez, que se trata del instinto biológico y del amor espiritual. De los dos instintos fundamentales –conservación y reproducción– Beltrán afirma que, para Freud, el más importante no es el de conservación (como tendía a sostenerse en el marco de las tesis vulgarizadas del darwinismo acerca de la “lucha por la vida”) sino el de reproducción, definido como aquel “que asegura la perpetuidad biológica de las especies”. Con ello, la preeminencia de la sexualidad encuentra, para Beltrán, su legitimidad en una fundamentación de tipo naturalista que sólo desplaza su centro del individuo a la especie. La argumentación no es nada original y es posible conectarla con los temas de la eugenesia y la higiene social y mental, ampliamente desarrollados por entonces; la única novedad es la inclusión de Freud en ese registro positivista, operación insólita desde la óptica de Ponce o del articulista de Nosotros. Pero, inmediatamente después, en un giro sorprendente, propone una versión espiritualista y contradictoria con la anterior, según la cual la libido es la expresión de “la necesidad de amor” y el psicoanálisis, “al declarar que en el amor sexual el factor moral es el más importante, cimenta las bases de un idealismo moral y religioso”.
Beltrán afirma que el psicoanálisis es una ciencia y se distancia de ese modo de la posición del profesor titular de Medicina Legal, Nerio Rojas, para quien las ideas freudianas habían fundado una doctrina “entre científica y pornográfica” (N. Rojas, 1925), pero, puesto a fundamentarla, hace radicar su validez simultáneamente en la naturaleza biológica del instinto y en el carácter trascendente y espiritual del amor. La “lógica” de tal planteamiento sólo parece sostenerse en el propósito de conjurar cualquier vestigio del cuestionado “pansexualismo” freudiano. Por otra parte, la influencia del pastor Pfister se hace notar en el interés por la aplicación extramédica del psicoanálisis, en particular la pedagogía, y la consiguiente preocupación moral no deja de tener consecuencias en el modo en que concibe los procedimientos terapéuticos, según el modelo de la relación educativa y la dirección espiritual. Como sea, Beltrán es la figura más importante en la difusión del psicoanálisis –en su particular y contradictoria versión– en estos años y, además de promover su uso terapeútico, es, junto con F. Gorriti, de los primeros en publicar sus propias experiencias clínicas; por otra parte, se presenta a sí mismo como psicoanalista, avalado por su pertenencia a la entidad francesa.11
Desde el punto de vista de las ideas, lo que ofrece, con una persistencia digna de mejor causa, es un conglomerado ecléctico y conceptualmente inconsistente, que no escapó –en su faz espiritualista– a las ironías de A. Ponce (A. Ponce, 1924). Asimismo, sus trabajos clínicos mezclan nociones psicoanalíticas con teorías y enfoques de la psiquiatría dominante en el medio porteño, como se demuestra en la presentación que realiza de un caso criminal (un pastelero de nacionalidad suiza que asesinó a su ex jefe en el Plaza Hotel de Buenos Aires), en la que sin solución de continuidad puede hacer intervenir en el diagnóstico al complejo de Edipo y los estigmas orgánicos de la degeneración (J. R. Beltrán, 1932).
Por otra parte, otro maridaje no menos insólito caracteriza, desde el punto de vista ideológico, la obra intelectual de Beltrán, quien se declara admirador de Freud y, a la vez, desde su posición docente en el Colegio Militar, proclama su simpatía con “la hora de la espada”, y es capaz de escribir que los militares son “la casta mejor organizada de la colectividad” y que deben penetrar en todas las esferas de la vida nacional: “el militar es el único elemento que permanece incontaminado en el medio de la vorágine social (J. R. Beltrán, 1936 b).12
En 1924 la Revista de Filosofía incluyó un artículo llamativamente elogioso hacia el psicoanálisis (J. D. Crespo, 1924) que contrastaba con la línea establecida por Ponce. Su autor no sólo insiste en el valor terapéutico del nuevo método sino que coloca a las ideas de Freud entre “los más trascendentes descubrimientos del espíritu humano, como la teoría de la gravitación y de la evolución”. Admite que hay mucho que modificar en el psicoanálisis, al que considera una nueva ciencia, pero, a la vez, sostiene –en términos que evocan a Francis Bacon– que las resistencias que se le oponen obedecen a que viene a derrumbar viejos “ídolos”, y concluye que se trata de “la más grande contribución a la ciencia psicológica de los tiempos modernos”.
  Los trabajos de Fernando Gorriti (subdirector de la Colonia Nacional de Alienados), por otra parte, ofrecen el interés, ante todo, de incluir el esbozo de una polémica que permite calibrar los recursos conceptuales con que podían leer a Freud aun los que guardaban una actitud favorable. A ello se agrega la evidencia de un interés sostenido por la aplicación de ideas de Freud tanto a la clínica como al análisis de fenómenos de la cultura y la vida cotidiana. Reparos al complejo de Edipo (F. Gorriti, 1926) intenta discutir las tesis freudianas desde una posición explícita de admiración y respeto. En todo caso, Gorriti se propone ampliar los recursos de la vieja psiquiatría convencido de que el psicoanálisis puede constituirse en un complemento adecuado de las teorías de la degeneración. En esa asociación encuentra no sólo la ventaja de agregar al estudio de la “forma” un abordaje del “fondo” de la personalidad, sino que, lo que es más importante, así enmarcada la doctrina freudiana quedan conjurados los riesgos de “interpretaciones fantásticas” o “disquisiciones literarias”, a las que se presta “por poco que se dé rienda suelta a la imaginación”.
  La anunciada refutación de Freud parte de una evidencia empírica: es desde los padres –particularmente la madre– de donde nacen los afectos que los ligan a sus hijos. Por otra parte, cuando se consuma el incesto es fácil demostrar que son los padres los que asumen la iniciativa y, además, son siempre casos de degeneración, ya que habría una “ley natural de repulsión sexual entre padres e hijos”. De cualquier modo, Gorriti se muestra dispuesto a explorar la vida sexual de sus pacientes y da muestra de ello en un ejemplo clínico. Lo más importante es el reconocimiento del beneficio que sobreviene al paciente en cuanto puede hablar de sus obsesiones; a partir de ello se afirma en la distinción ya establecida entre la teoría y el procedimiento terapéutico. El concepto freudiano de complejo de Edipo puede ser cuestionado a partir de considerarlo equivalente al fenómeno del incesto que, para Gorriti, corresponde a una etiología degenerativa. En cambio, el psicoanálisis puede ser acogido en el terreno del tratamiento y asimilado a una “confesión a tiempo”, que procede “desintoxicando al doliente de sus venenos morales y empobreciendo en lo posible su material delirante”. No deja de ser contradictoria la coexistencia de esa afirmación doctrinaria de la etiología degenerativa con el reconocimiento del valor terapéutico de un recurso psíquico, asimilado al modelo de la confesión católica. En todo caso, probablemente expresa los primeros signos de la crisis de ese paradigma etiológico y nosográfico y anticipa la temática, propia de las décadas siguientes, de la “psiquiatría dinámica”.
Cuatro años más tarde (F. Gorriti, 1930) el mismo autor publica un libro, Psicoanálisis de los sueños en un síndrome de desposesión, que lleva como subtítulo “Estudio psicosexual freudiano de setenta y cuatro sueños de un alienado que terminó por curarse de este modo”. De acuerdo con una información publicada por La Semana Médica al año siguiente, Freud acusó recibo de la publicación y manifestó su complacencia.13 Gorriti reconoce que comenzó esa experiencia de aplicación clínica de la interpretación de sueños con “espíritu prevenido y cierta animadversión hacia la doctrina de Freud”, pero finalmente, salva al maestro de los cuestionamientos morales mediante un desplazamiento: lo inmoral no es la doctrina sino los procesos sexuales que procura investigar, sólo para “tornarlos altamente morales por medio de la autorreeducación que el mismo enfermo efectúa”.
El libro expone un caso clínico mediante la transcripción cronológica de una larga serie de sueños que el paciente pone por escrito, a solicitud del médico, y comenta luego con él. Frente al trabajo de su paciente, que literalmente sueña para él, Gorriti asume la posición de un investigador tolerante y prolijo. A la vez, ciertas convicciones teóricas, provenientes de una lectura de la Interpretación de los sueños, pautan el objetivo terapéutico finalmente alcanzado. No se trata solamente de la “confesión” en la conciencia de deseos sexuales infantiles, sino de que tal emergencia de su pasado sexual se exprese de modo directo en el sueño. En efecto, como resultado de esa enorme producción onírica –la mayor parte explícitamente sexual– en el marco de una transferencia que Gorriti es capaz de advertir, aunque no sabe qué hacer con ella, ceden los síntomas delirantes. El paciente “sueña directamente” el contenido de sus deseos sexuales y la satisfacción de una fantasía no disfrazada (o sea, la coincidencia del contenido latente con el contenido manifiesto según el modo infantil) explica, para Gorriti, la remisión sintomática. La importancia atribuida a la “constitución psicopática” (la madre del paciente estaba internada con un diagnóstico de “demencia precoz”) le hace pensar que la curación no es definitiva. Como sea, en la medida en que no se limita a una aplicación diagnóstica puede decirse que Gorriti produce el primer psicoanálisis clínico del que se tenga noticias en Buenos Aires.
Al mismo tiempo, es destacable el uso que Gorriti hace de nociones provenientes del psicoanálisis más allá de la clínica, en abierta oposición a los cuestionamientos que justamente centraban su ataque en esa extensión al mundo de la cultura y de la vida cotidiana. En La Semana Médica (F. Gorriti, 1929) realiza un ejercicio de crítica literaria psicoanalítica que toma como objeto un drama de pasiones, incesto y suicidio de Vicente Martínez Cuitiño. Y no deja de ser llamativo que su interpretación de la pieza ponga el acento en la aplicación –un tanto esquemática– de las tesis de ese mismo complejo de Edipo al cual había opuesto sus “reparos” pocos años antes.
Finalmente, pocos años más tarde (F. Gorriti, 1932) dedica un artículo a la psicopatología de la vida cotidiana, y, con el propósito explícito de enfrentar las resistencias de sus colegas a admitir la existencia del inconsciente, se ilusiona con el valor probatorio de ejemplos propios y ajenos de lapsus y actos fallidos, entre ellos uno muy notable del general Uriburu en el momento en que se disponía a iniciar su alzamiento. Pero no menos llamativo es que dedica gran parte del artículo a investigar un tema que le apasiona: los dibujos y escritos pornográficos en los baños de Buenos Aires. Y si bien el tema no era enteramente novedoso, ya que Lombroso se había ocupado de él en las cárceles, es bastante original en su elección del material al trasladar el objeto de su investigación a los baños de facultades y colegios y contrastarlos, en parte, con los de cabarets y cementerios.

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