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Estudio del psicoanálisis y psicología

Obras de Viktor E. Frankl: EL HOMBRE DOLIENTE. El deporte como fenómeno humano ¿catarsis moderna o ascética secular?



EL DEPORTE COMO FENÓMENO HUMANO ¿CATARSIS MODERNA O ASCÉTICA SECULAR?
Se obstruye el paso a la inteligencia del deporte como fenómeno humano, al margen de su degeneración y abuso, mientras nuestro análisis se guíe por el modelo antropológico anticuado según el cual el hombre es un ser que experimenta ciertas necesidades y tiende a satisfacerlas a fin de evitar tensiones y, por tanto, a fin de mantener o restablecer el equilibrio interno. Con otras palabras: esta teoría desfasada de la motivación sigue ligada al concepto de la homeostasia, que está tomado de la biología, pero que ya no es válida en la propia biología. Ludwig von Bertalanffy pudo demostrar hace mucho tiempo que ciertos fenómenos biológicos tan importantes como el crecimiento y la reproducción no se pueden explicar por la vía homeostática. Kurt Goldstein, eminente patólogo del cerebro, pudo demostrar que sólo el cerebro lesionado tiende a evitar tensiones a toda costa. Yo estoy convencido de que el hombre no se interesa primariamente por su propio estado interno, llámese homeostasia o como se quiera; el hombre —al menos el hombre no neurótico— está volcado hacia las cosas y hacia sus semejantes del mundo exterior, no como simples medios para un fin: no para la satisfacción de su sexualidad y su agresividad.
En cuanto a la alternativa de la sublimación, la profesora Carolyn Wood Sherif, de los Estados Unidos, ha advertido ya contra la ilusión característica del modelo desfasado del hombre como un ser destinado a satisfacer necesidades: la ilusión de que la agresividad pueda encauzarse hacia objetos indiferentes. Como ha demostrado la Milton S. Eisenhowers National Commission on the Causes and Prevention of Violence, los objetos indiferentes, destinados a calmar la agresividad —por ejemplo, en la pantalla de televisión— no hacen sino provocarla y favorecerla como un reflejo.
Por otra parte, la señora Sheríf señaló que la idea vulgar de que la competición deportiva es una guerra sin derramamiento de sangre es falsa: la competición deportiva indujo a tres grupos de jóvenes, en un campo cerrado, a volverse mutuamente agresivos en lugar de hacer desaparecer la agresividad.
No parece, pues, que se pueda seguir defendiendo la teoría de la catarsis, una doctrina derivada de Aristóteles, según la cual la representación escénica de la violencia induce a los espectadores a disminuir sus tendencias agresivas.
Pero volviendo a la hipótesis desfasada según la cual toda motivación humana se basa en la homeostasia, voy a proponer contra ella estas 4 tesis: 1) El hombre no sólo no tiende a evitar tensiones a cualquier precio, sino que necesita tensiones. 2) El hombre busca la tensión. 3) Pero actualmente encuentra demasiado poca tensión. 4) Por eso el hombre se crea tensiones. Analicemos los cuatro puntos.
1)    Es obvio que el hombre no necesita estar sometido a una tensión extremada. Lo que necesita es una cierta tensión, una tensión sana y bien dosificada. De todos modos, no sólo la sobrecarga o el esfuerzo extraordinario puede ser patógeno, es decir, generador de enfermedad, sino que también la falta de esfuerzo, la relajación, puede ser patógena. El propio Selye, forjador del concepto de estrés, reconoce: «El estrés es la sal de la vida.» Y en otra ocasión: «El estrés es el condimento de la vida.» Pero yo entiendo que lo que el hombre como tal, como hombre, necesita es una tensión cualificada, tal como se establece en la polaridad entre el hombre y un sentido, que aguarda en cierto modo su cumplimiento por el hombre y exclusivamente por él.
El hombre busca la tensión, he dicho. Busca concretamente tareas que tengan sentido, que puedan mantenerle en una «sana tensión». Es también lo que yo designo con el concepto motivacional de «deseo de sentido». Si el hombre encuentra un sentido, entonces y sólo entonces se siente feliz, pero también se capacita para el sufrimiento. En efecto, el hombre está dispuesto entonces a asumir privaciones e incluso a poner en juego su vida (baste pensar en los luchadores de la resistencia política). Y a la inversa, si el hombre no atribuye ningún sentido a la vida, maldice de ésta, aunque externamente le vayan bien las cosas, y a veces se deshace de ella. A pesar del bienestar y del lujo. O precisamente en el bienestar y en el lujo. La sociedad industrial satisface prácticamente todas las necesidades del hombre, y la sociedad de consumo se preocupa de crear necesidades. Pero hay una necesidad que no queda satisfecha: la necesidad de sentido, el deseo de sentido. Este deseo de sentido no queda sino frustrado en las condiciones sociales de hoy. Y no es sólo la sociedad del bienestar, sino también el Estado que se ocupa de las reformas sociales el que deja ese deseo sin satisfacer.
3)    Actualmente estamos en una situación en la que el hombre apenas puede encontrarle un sentido a su vida. No se siente sólo frustrado sexualmente, como en la época de Sigmund Freud, sino sobre todo en el plano existencial. Y el hombre padece, más que por sentimientos de inferioridad (como en la época de Alfred Adler), por lo que yo llamo «vacío existencial». En la sociedad del bienestar y de la abundancia una buena parte de la población posee medios económicos, pero carece de metas vitales; tiene de qué vivir, pero su vida carece de un porqué, de un sentido. Nuestra sociedad es también una sociedad del tiempo libre, y sectores cada vez más amplios de ella disponen de más tiempo, pero no saben cómo emplearlo razonablemente. Resulta así que el hombre actual pasa menos necesidad y sufre menos tensiones que el hombre del pasado y ya no sabe soportar ambas cosas: su tolerancia a la frustración ha disminuido; el hombre ha perdido el hábito de la renuncia. En la affluent society hay demasiado poca tensión. ¿Qué ocurre entonces?
4)    El hombre tiende a crear artificialmente la tensión que la sociedad le niega: se procura él mismo la tensión que necesita. Y lo hace exigiéndose algo a sí mismo: fuerza su rendimiento... incluso el «rendimiento» de la renuncia. Y en medio del bienestar, comienza a privarse de algo libremente: crea de modo artificial y deliberado ciertas situaciones de penuria. Y comienza, en medio de la sociedad de la abundancia, a levantar «islotes de ascética», y aquí veo yo la función del deporte: el deporte no es la catarsis moderna, sino que es la ascética moderna. Incluso cuando el hombre es más bien espectador y hace deporte pasivamente, busca la tensión.
Pero el hombre no se limita a crear una penuria artificial, sino que inventa necesidades artificiales: en una época en la que apenas se ve obligado a andar —se desplaza en coche— y apenas tiene que subir —utiliza el ascensor—, le da por escalar montañas. Para él, para el «mono desnudo», según el título de un bestseller, la necesidad no consiste ya en trepar a los árboles; entonces le da por escalar paredes rocosas.
Debo limitar mi interpretación del alpinismo como una necesidad creada artificialmente: esta interpretación sólo es válida hasta el tercer grado de dificultad. Por encima de este tercer grado no hay mono capaz de escalar. Pero fijémonos en la definición del sexto grado de dificultad, tal como suena en el lenguaje especializado del alpinismo; dice así: «forzar la frontera de lo humanamente posible». Es decir, el escalador extremo no intenta crear necesidades, sino descubrir posibilidades. Quiere averiguar dónde está la «frontera» de lo humanamente posible. Pero el hombre desplaza esa frontera, como desplaza el horizonte a cada paso que da; el hombre va ampliando sus posibilidades sin cesar. Y al trascenderlas, se trasciende a sí mismo.
Esto quiere decir que, en el deporte competitivo bien entendido, el hombre rivaliza en definitiva consigo mismo; es su propio concurrente. Y se puede demostrar que sólo cuando adopta esta actitud alcanza el máximo de rendimiento. A la inversa, un exceso de intención (la «hiperintención», como se dice en logoterapia) lleva al agarrotamiento, como un exceso de autoobservación (la «hiperreflexión») lleva a la inhibición. En la medida en que nuestros pacientes masculinos pretenden demostrarse a sí mismos su potencia, son ya impotentes, y en la medida en que nuestras pacientes femeninas intentan demostrarse a sí mismas que son capaces del orgasmo pleno, son ya frígidas. O, como suelo decir a mis estudiantes, cuanto más se busca el placer, más se le escapa a uno. Parece que en el deporte ocurre algo análogo: cuanto más se ansia la victoria, más se escapa ésta de las manos. Aun en la lucha competitiva, en el deporte de la lucha, la mejor motivación podría ser que uno quiera medirse con otro, pero sin intentar directamente vencerle. Cuanto más atento está el luchador a vencer al otro, más se agarrota, en lugar de estar relajado.
En un campeonato mundial de fútbol, Austria y Hungría finalizaron el primer tiempo con un 0-2 a favor de Hungría. Los jugadores austríacos se retiraron «derrotados, desmoralizados y pesimistas», como escribió un periódico. Pero salieron de los vestuarios con confianza. ¿Qué había hecho el entrenador Leopold Stastny durante el descanso? «Les persuadió de que todo seguía en el aire, que él estaba dispuesto a perdonarles una derrota a condición de que dieran un buen espectáculo al público hasta el pitido final, aunque perdieran por 1-2 o por 1-4.»
Otro caso: liona Gusenbauer, ganadora del récord mundial en salto de altura, dijo en una entrevista: «Yo no puedo meterme en la cabeza que tenga obligación de vencer.» En otra ocasión, antes de la «cumbre» de salto de altura con la campeona mundial Jordanka Ebagoieva en la semifinal de la copa de Europa en Varsovia, declaró: «Aquí sólo cuenta para mí la victoria.» liona, la mejor saltadora mundial del año con 1,91 m, alcanzó 1,90 en el primer intento; pero la récord mundial (1,94) alcanzó esta vez 1,92 y se puso en cabeza de la lista de las mejores del año.
Klaus Eberhard dijo en una entrevista: «Siempre es más fácil competir consigo mismo que contra el reloj» (arriba, en la salida, la radio dio los resultados. Klaus se tapó los dos oídos).
Demos ahora la palabra a un atleta que llegó a ser campeón de Europa: «Me mantuve imbatido durante siete años. Luego entré a formar parte del equipo nacional. Entonces me sentí presionado. Tenía que ganar, lo esperaba toda una nación. Los momentos antes de una carrera eran terribles.»
Oigamos, en fin, a la paracaidista E. Kim Adams: «El atleta auténtico sólo compite contra sí mismo. Actualmente el campeón mundial absoluto en el deporte del paracaidismo es Clay Schoelpple, un muchacho con el que me inicié. Al analizar por qué ganaron los USA y no los URSS, dijo simplemente que éstos habían venido para ganar. Clay sólo compite contra sí mismo.» Y luego él fue el ganador.
La logoterapia ha desarrollado una técnica para combatir el agarrotamiento como efecto de la hiperintención y la inhibición como efecto de la biperreflexión: la «derreflexión» o «intención paradójica». El método de tratamiento logoterapéutico se ha acreditado en los trastornos de tipo sexual, y parece que también tiene aplicación en deporte. Robert L. Korzep, entrenador de un equipo americano de béisbol, resumió del siguiente modo en el Instituto de logoterapia de la United States International University (San Diego de California) el resultado de sus experiencias e investigaciones: «Estoy convencido de que la logoterapia se puede usar o aplicar en situaciones que se dan en el deporte, por ejemplo, en una situación de apuro, miedo antes del juego, depresión, falta de confianza en sí mismo, falta de espíritu de sacrificio y de entrega y atletas problemáticos. Estoy muy entusiasmado de las posibilidades que ofrece en el deporte el concepto logoterapéutico de la intención paradójica.»
Warren Jeffrey Byers (entrenador de natación) declara: «Durante algunos años fui entrenador de natación. La logoterapia se aplica en las técnicas actuales de entreno. Todo entrenador sabe que la tensión es el enemigo de un rendimiento excelente. La razón principal de la tensión es que durante la competición en natación uno esté demasiado preocupado por la victoria o que intente demasiado el éxito. Esto hace que el deportista se inquiete por vencer al nadador en el próximo trecho. En el momento en que el deportista prevé el éxito, disminuye su capacidad de rendimiento. Al ocuparme de este problema también utilicé una forma de "intención paradójica". Todavía hay una consecuencia negativa de la hiperintención. He conocido deportistas que se ponían sumamente nerviosos y angustiados antes de empezar la competición. No habían podido dormir, sobre todo en la noche anterior a la competición. El problema es tranquilizarlos. Utilizo una forma de "derreflexión". Intento disuadir al deportista de querer ganar a toda costa. Cuando mejor nada un deportista es cuando intenta convertirse en su propio adversario. Creo que la logoterapia puede ser un medio poderoso en el entreno.»
Terry Orlick, profesor de psicología del deporte en la Universidad de Ottawa, recomienda asimismo la aplicación de la técnica logoterapéutica de la intención paradójica: «Si tienes tanto miedo de una competición importante, que pierdes dos libras de peso sudando, mira adrede de sudar tanto que pierdas cuatro. Puedo contar dos casos recientes en los que ello sirvió de ayuda a atletas que sentían mucho miedo ante competiciones importantes para ellos. Un deportista empezó a ponerse nervioso antes de su torneo. Se preguntó: "¿De qué tengo miedo?" Luego se dijo a sí mismo: "Ahora les voy a enseñar lo miedoso que puedo llegar a estar." Cuanto más intentaba aumentar su miedo, más desaparecía. La otra deportista tenía un gran temor ante un campeonato mundial, hasta el punto de enfermar del estómago. En vez de intentar relajarse, probó aumentar su miedo lo más posible. Y desapareció».

Resumen
Según se desprende de algunas investigaciones experimentales, es un error suponer que la agresividad se puede encauzar hacia objetos indiferentes para desahogarla en ellos: con otras palabras, es un error creer que la competición deportiva sea una guerra sin derramamiento de sangre. De ahí que la teoría de la catarsis, que remonta a Aristóteles, sea inaceptable. El hombre actual sufre menos necesidades y menos tensión que el hombre del pasado; por eso intenta crear artificialmente la tensión (que él necesita), forzando su propio rendimiento, incluso el rendimiento de la renuncia. En medio del bienestar, crea deliberadamente situaciones de penuria. Y en medio de la sociedad de la abundancia comienza a levantar islotes de ascética: el deporte no es la catarsis moderna, sino la ascética secular. En la lucha competitiva bien entendida, el hombre rivaliza en realidad consigo mismo; en su propio concurrente. Y sólo cuando adopta esta actitud alcanza el máximo de rendimiento. A la inversa, un exceso de intención lleva al agarrotamiento, como un exceso de autoobservación lleva a la inhibición. Cuando uno busca la victoria, ésta se le escapa. Aun en el deporte de la lucha la mejor motivación podría ser el querer medirse con otro, pero sin tratar directamente de vencerle. Cuanto más atento está el luchador a vencer al otro, tanto más se agarrota, en lugar de estar relajado.

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