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Estudio del psicoanálisis y psicología

Obras de Viktor E. Frankl: LA PSICOTERAPIA AL ALCANCE DE TODOS. El problema cuerpo-psique desde el punto de vista clínico



XXI - EL PROBLEMA CUERPO-PSIQUE DESDE EL PUNTO DE VISTA CLÍNICO

  ¿Quién de nosotros no ha utilizado alguna vez expresiones como las de que algo le «oprime el corazón», que tiene a alguien «atravesado en la garganta» o que ha tenido que «tragar» algo? Muy pocas veces nos damos cuenta de la sabiduría que encierran tales expresiones, pues no se trata de que la lengua utilice imágenes, sino que reproduce un hecho real.
Ciñámonos al ejemplo del «trago». Un investigador italiano se ha tomado la molestia de realizar el siguiente experimento: hipnotizó a sus probandos y les convenció de que eran unos pobres empleados y que su jefe era un desagradable patrón que les molestaba y maltrata, de forma que ellos sufrían bastante por la presión que tenían que soportar; ellos no podían protestar, sino que tenían que «tragar» todo. ¿El resultado? El investigador italiano miró por rayos X a sus pacientes, uno por uno, y observó detenidamente la región del estómago en cada uno de ellos. Resultó que todos los probandos se habían convertido en «aerófagos».
Es decir, en las radiografías se podía ver claramente que su estómago estaba hinchado debido a una acumulación anormal de aire, el aire que acababan de tragarse inconsciente e involuntariamente. De forma igualmente inconsciente e involuntaria se produce este proceso en los pacientes que sufren la denominada aerofagia y en los que el estómago hinchado —debido a la elevación del diafragma y a la presión ejercida desde abajo sobre el corazón— provoca molestias de distinto tipo, si bien inofensivas. Si se observa el historial de estos enfermos es normal comprobar que han tenido que «tragar» algo, y no sólo aire, sino alguna vivencia, algo desagradable que les ha sucedido y en lo que prefieren no pensar.
   Ustedes mismos pueden ver que hoy, cuando la medicina conoce ya estas relaciones cuerpo-alma, no se examina ni se trata al hombre enfermo de forma que sólo se vea la enfermedad y no a la persona, es decir, no a la persona como un ser que vive y sufre, como el homo patiens.
   Todos sabemos que ha sido la denominada medicina psicosomática la que se ha ocupado de las estrechas relaciones entre lo corporal y lo psíquico. Afortunadamente, lo ha hecho sin excederse y obrando como si toda enfermedad, incluso las orgánicas, se basara en una vivencia determinada.
   Solamente enferma —éste es el principio de la medicina psicosomática— quien se mortifica. Pero esto no es cierto. Si se dice que, por ejemplo, una angina de pecho se debe —a veces consciente, a veces inconscientemente— a una excitación provocada quizá por el miedo; yo tengo que decir que no es sólo la excitación provocada por el miedo la que puede producir un ataque cardíaco, sino también la excitación provocada por la alegría. Se han dado casos de madres que han sufrido un ataque al corazón cuando sus hijos han vuelto después de permanecer durante muchos años como prisioneros de guerra. El cuerpo del hombre es, sin duda, un espejo de su psique; pero aunque este espejo tenga manchas, la psique que refleja puede ser totalmente normal. Así, un suceso físico no es siempre la expresión de una vivencia psíquica, y una enfermedad física no tiene por qué ser una señal de que en la psique del enfermo hay algo que no está en regla.
   No olvidemos, pues, que lo psíquico puede reflejarse en lo corporal; pero si nos preguntamos si, por el contrario, lo físico,  lo  corporal,  lo  material  puede repercutir en   lo psíquico, en lo espiritual, para contestar afirmativamente a esta pregunta y justificar mi afirmación podría remitirme a una serie de experiencias. Me limitaré a presentar algunos ejemplos partiendo del siguiente hecho clínico: existen personas que sufren una hiperfunción de la glándula tiroides: esta particularidad física va acompañada de una propiedad psíquica determinada, ya que este tipo de pacientes, según he podido comprobar, tienden a mostrar no sólo una excitación general provocada por el miedo, sino también una agorafobia. Mediante la administración de los medicamentos adecuados, es decir, mediante una terapia destinada a frenar la hiperfunción de la glándula tiroides se puede suprimir, sin más, tanto el trastorno de la función hormonal como el miedo que le acompaña. Lo que más nos interesa en relación con el problema de la unidad cuerpo-psique es lo siguiente: si fuera ingenuo en mis conclusiones, si obrara de forma irreflexiva, deduciría que todo este miedo es en realidad una preocupación interior; de lo anteriormente dicho se desprende que una hiperproducción de hormonas en la glándula tiroides hace que la persona afectada tenga miedo; por consiguiente, sigo deduciendo, la conciencia moral «no es otra cosa que» hormonas de la glándula tiroides.
  Ustedes encontrarán —como yo mismo— absurda y ridícula esta deducción. Sin embargo, un profesor de una facultad de medicina de California ha llegado a conclusiones similares. No parte de la hiperfunción de la glándula tiroides, sino de lo contrario, de su hipofunción. Afirma esencialmente lo siguiente: si se le administran hormonas de la glándula tiroides a un cretino, esto es, a un individuo que sufre una hipofunción de dicha glándula y que por ello ha quedado retrasado su desarrollo mental, se podrá observar y demostrar mediante los análisis correspondientes cómo aumenta su cociente de inteligencia. En una palabra, la persona afectada recibe nuevas facultades intelectivas. Así —según deduce nuestro colega californiano— el espíritu «no es nada más que» hormonas de la glándula tiroides.
   Tomemos otro ejemplo. Hay personas que sufren una sensación muy peculiar: todo les parece lejano y se ven extrañas a sí mismas. Los psiquiatras hablamos en tales casos de una vivencia de alienación o de un síndrome de despersonalización. Aparece en distintas enfermedades mentales, pero es totalmente inofensivo. Podríamos decir que este síntoma desaparece en ciertos casos con unas pocas hormonas de la corteza de los suprarrenales. Vuelve a aparecer entonces el sentimiento normal de la propia personalidad, la vivencia normal del yo. A mí no se me ocurre sacar de todo esto la conclusión de que la personalidad del hombre, el yo, no es «nada más que» una hormona de la corteza de los suprarrenales.
   Analizando todo esto con detalle quedan claras las conclusiones erróneas y las faltas de lógica que debemos evitar al hablar de las relaciones entre el cuerpo y la psique: tenemos que acostumbrarnos a distinguir entre condicionar y causar o producir. Así, una glándula tiroides o una corteza de los suprarrenales que funcionen normalmente son condiciones previas para una vida psíquica y espiritual normal, pero esto no quiere decir que lo espiritual sea producido en el hombre por los procesos químicos en los que se basa la producción de hormonas en el organismo.
   Acabo de hablar del organismo. Éste es la suma de órganos, es decir, de herramientas, de instrumentos. De hecho, lo espiritual se comporta en el hombre —del que acabamos de decir que no lo produce la química y que, por tanto, no se puede explicar a partir de ella— como un músico con su instrumento. Con ello quiero decir que el espíritu del hombre, para poderse desarrollar, necesita como condición básica un organismo que funcione como es debido, igual que un músico precisa un buen «instrumento». No puede prescindir de él, ya que depende precisa mente de él; pues ni el mejor músico puede interpretar bien una pieza en un instrumento malo, por ejemplo, en un piano desafinado. ¿Qué sucede cuando el piano está desafi nado? Se busca una persona que lo afine y vuelva a dejar el instrumento en buen estado. Pero desafinado puede estar no sólo un piano sino también un hombre. Puede caer en un estado de desazón, en un estado depresivo. ¿Y qué hacemos nosotros entonces? En ciertos casos tratamos a la persona afectada con ayuda del electroshock, y el resultado es que surge en su vida afectiva un nuevo gozo de vivir. Pero al igual que antes decíamos que no se puede deducir que las hormonas de la glándula tiroides sean lo mismo que una facultad intelectual, tampoco ahora se puede sacar la conclusión de que el nuevo gozo de vivir es lo mismo que la electricidad.
   A estas conclusiones erróneas no nos lleva sólo la denominada psicoquímica, es decir, la fascinación por parte de los distintos procesos químicos antes descritos, que han resultado ser una base necesaria (pero no suficiente) para alcanzar una vida psíquica normal; también lo que se ha descrito en cierta ocasión como psicocirugía nos lleva a lo que L. Klages denomina una observación supersticiosa del cerebro. Las medidas quirúrgicas, las intervenciones del cerebro pueden cambiar las condiciones que hacen posible una vida espiritual normal; estas condiciones se pueden modificar y corregir, es decir, si las circunstancias lo permiten, se pueden normalizar cuando son patológicas. Pero el bisturí del cirujano no puede llegar al espíritu del hombre. El suponer esto es un puro materialismo, pues el espíritu, el alma humana, no tiene su «sede» en el cerebro. Klages llama la atención sobre el hecho de que la tarea de la investigación del cerebro no consiste en buscar la «sede del alma», sino las condiciones cerebrales necesarias para que se desarrollen los procesos psíquicos. Para explicar esto hace una acertada comparación: alguien quita un fusible en un determinado lugar iluminado con luz eléctrica y ésta se apaga; nadie, dice Klages, considerará el lugar donde estaba el fusible como la «sede de la luz».
   A partir del hecho de que resulta inadmisible hablar de una localización del alma en el cerebro, no se puede sacar la conclusión de que no existe el alma. Este tipo de argumentación me recuerda la siguiente experiencia: con ocasión de un debate público me preguntó un joven obrero si le podía mostrar el alma, por ejemplo, analizando el cerebro a través del microscopio, pues él no creía que existiera. Yo le respondí preguntándole que por qué le interesaba la prueba del microscopio y su contestación fue: «Bien, por el deseo de buscar la verdad.» Yo entonces me vi obligado a preguntarle de nuevo: « ¿Y su afán de conocer la verdad, qué es, algo físico o algo psíquico?» Él tuvo que admitir que era algo psíquico. En una palabra, lo que buscaba y no podía encontrar era el punto de partida de toda su búsqueda.

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