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Estudio del psicoanálisis y psicología

Inteligencia Emocional (IE) en la psicología clínica: Alexetimia



Hay un aspecto de esta “inteligencia emocional patológicamente baja” que nos parece
interesante, ya que se ha descrito como el polo opuesto de la IE: el concepto de
alexitima. Proviniendo del griego “falta de palabras para sentimientos” apareció primero en la literatura psicológica por Nemiah y Sifneos (
1970). La alexitimia se describe no como la ausencia total de la capacidad para expresar sentimientos, sino como una dificultad para identificar y distinguir entre emociones y las sensaciones físicas acompañantes de la excitación emocional. Los individuos alexitímicos tienen dificultades para describir sus emociones a otras personas, disponen de procesos imaginativos limitados y manifiestan un estilo cognitivo orientado a estímulos externos.
Investigaciones recientes también indican que la alexitimia se relaciona con la falta de
empatía y la falta de percepción de los estados emocionales de otros
(Parker, 2000).
Parker comenta que para expresar emociones los alexitímicos tienden a usar la acción
física directa y la expresión corporal. Son más vulnerables a desarrollar trastornos
psicosomáticos, alimentarios (atracones), toxicomanías y otras conductas compulsivas,
quizás en un intento de regular el estrés emocional. Como destaca este autor, los
pacientes alexitímicos también suelen malinterpretar las sensaciones somáticas que
acompañan la excitación emocional y se equivocan a la hora de comunicar su malestar.
Todo ello puede llevar a la sobreinvestigación de las quejas somáticas de los pacientes
en la práctica médica y el uso de pruebas médicas sofisticadas y caras para “encontrar el
problema” (supuestamente físico). Para medir la alexitimia Bagby, Parker & Taylor
(1994) desarrollaron la Toronto Alexithymia Scale (TAS-20). Estos mismos autores
(Parker, Taylor and Bagby, 2001) encontraron una relación negativa muy significativa
entre las puntuaciones en esta escala y el cuestionario de IE de Bar-On (EQ-i) y
concluyen que, aunque alexitimia e IE son constructos independientes, existe una
relación inversa estrecha, afirmando que la alexitimia se puede considerar como el
extremo inferior de un continuo llamado IE.
La alexitimia y la IE también se han estudiado en hombres violentos y/o abusadores.
Moriarty, Stough, Tidmarsh, Eger y Dennison (2001) encontraron diferencias
significativas entre adolescentes varones normales y adolescentes varones que habían
cometido un delito sexual respecto a IE percibida, estados de ánimo y alexitimia, Los
adolescentes con historial de delitos sexuales recibieron puntuaciones más altas en
agresión y en la escala de alexitimia que el grupo control, aunque los adolescentes
normales también puntuaron relativamente alto en esta escala. Respecto a la empatía no
se encontraron diferencias, y en general, los autores concluyen que parece que todos los
adolescentes tienen dificultades en experimentar y expresar emociones, aunque estos
problemas son algo mayores en adolescentes conflictivos. Otros autores (Harmon, 2002;
Swift, 2002) encontraron una estrecha relación entre violencia conyugal masculina y
déficit de IE en los hombres violentos. En una investigación nuestra (Massana y Oberst,
estudio no publicado) también se encontraron diferencias significativas entre hombres
maltratadores y no-maltratadores respecto a IE y alexitimia.
Todos estos estudios
indican que uno de los factores que llevan a estos hombres a recurrir a la violencia para
solucionar sus conflictos de pareja es un déficit de competencias emocionales, aspecto
que podría ser un objetivo terapéutico clave en la intervención con hombres
maltratadores.
Este aspecto cobra más importancia en el caso de los llamados “psicópatas”, individuos
con una personalidad descrita como escurridizos y superficiales, egocéntricos,
engañosos y manipuladores, con falta de empatía y remordimientos (Hare, 1999). Según
Hare, estas personas pueden ser psicópatas delincuentes (hasta asesinos en serie) o vivir
en aparente normalidad dentro de los límites de la legalidad. Se caracterizan por una
combinación aparentemente paradójica de falta de empatía por un lado, y por otro de
una gran capacidad para detectar las emociones de otras personas que luego utilizan
para manipularlas, habilidad que se puede considerar una competencia emocional. Hare
describe experimentos según los cuales estas personas no tienen las mismas reacciones
emocionales que las personas normales. Los sujetos normales tienen latencias de
respuesta más cortas cuando se les presenta palabras con carga afectiva (p.ej. “muerte”)
que cuando se les presenta palabras neutrales (“papel”); en cambio, los psicópatas no
muestran esta diferencia. Los psicópatas entienden el significado léxico de las palabras
(“amor”, “odio”, “aflicción”, etc.) y parece que pueden aprender a producir las
conductas esperadas socialmente de acuerdo con las diferentes situaciones (por ejemplo,
poner una cara “de aflicción” cuando alguien les cuenta una experiencia triste), pero son
incapaces de percibir su sentido emocional. Pero es precisamente la percepción de la
carga emocional del lenguaje uno de los aspectos más importantes que confiere el
“mordisco” a nuestra conciencia que luego puede llevar a la conducta moral. Esto es
algo que los psicópatas, debido a su incapacidad de “sentir” el significado emocional del
lenguaje, no entienden.
Resumiendo, en muchos trastornos descritos en el DSM-IV podemos encontrar aspectos
de “baja IE”, algunos de los cuales ciertamente merecerían especial atención y estudios
más refinados; pero considerar la inteligencia emocional patológicamente baja como el
denominador común de un espectro tan amplio de psicopatología sería incurrir en un
error similar al que cometen los autores que ven en la “IE alta” la garantía de la
felicidad y de la salud mental. Aún así existen aproximaciones prometedoras a la
aplicación de este constructo en psicología clínica; entre estas, las que consideran la IE,
similar a otros constructos de personalidad y habilidades cognitivo-emotivas, como un
proceso mediador entre la experimentación de emociones negativas y la aparición de un
trastorno.