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Estudio del psicoanálisis y psicología

Jung, C. G. : Los complejos y el inconsciente. Libro Segundo: los complejos. La experiencia de las asociaciones (tercera conferencia)



Libro Segundo: Los complejos

4. La experiencia de las asociaciones2 (13)Continuemos nuestras experiencias de asociaciones. Deseo citar ahora otrosejemplos que nos darán una impresión de conjunto de lo que son loscomplejos y que nos pondrán en camino hacia su teoría. Para empezar,veamos la lista de las palabras inductoras críticas: «rezar», «separar», «casarse», «disputar», «familia», «felicidad», «falso», «besar», «elegir»,«contento»; estaban repartidas subrayémoslo—entre un gran número depalabras inductoras indiferentes y no formaban, por tanto, una seriesugestiva. Busquemos qué es lo que puede haber aquí. Yo conocía, antes deiniciar la experiencia, los siguientes detalles: mi cliente era una mujer casadade treinta años. Su marido la había llevado a mi consulta a causa de unascrisis exacerbadas de celos que le martirizaban, aunque saltara a la vista queel marido era un hombre bueno como un cordero, incapaz de la menordesviación. No obstante, ella tenía esos celos violentos, tan conocidos, cuyosaccesos están desprovistos de fundamento. Estaba casada desde hacía tresaños y era católica practicante; el marido era protestante, lo que, según ellos,no intervenía en absoluto. Es de señalar que ella era de una gazmoñeríasingular: por ejemplo, no se había desnudado jamás delante de su marido,sino siempre en una habitación contigua; su hermana también casada, habíatenido un hijo el año anterior, pero de este hecho no se podía hablar en laconversación, pues aludía a una cosa inconveniente. Por lo demás, segúndecían, habían sido felices. Naturalmente, yo examiné a fondo primero a lamujer y luego le pregunté: —¿No es una fuente de dificultades el que ustedsea católica y su marido protestante? —No, nos hemos puesto de acuerdosobre esto. Para mi madre es muy importante que yo siga siendo católica yque mis hijos sean educados católicamente .El marido, interrogado sobre la misma cuestión, me respondió: —Eso nocuenta para nada: yo no voy mucho al templo .Le pregunté de nuevo: —¿Es usted desgraciada en su matrimonio? —Enabsoluto—dijo—, siento un gran amor por mi marido, y por eso estoy celosa.¿De dónde puede provenir esto? ¿Será quizá porque yo tengo untemperamento apasionado? Comprendí que con una simple conversación nose podía sacar nada de la paciente, y le propuse, para acortar su suplicio,someterla a una pequeña experiencia.Veamos el resultado del estudio con ella de las reacciones críticas. La palabra«rezar» había determinado perturbaciones sensibles. Lo que «rezar» podíaimplicar de desagradable acudió entonces a su mente. Tras algunasvacilaciones, confesó: «Naturalmente, el cura, en la confesión, siempre pinchaun poco, y, de todas formas, no deja de ser desagradable que mi marido seaprotestante; a pesar de todo, quizá sea nefasto que haya dos religiones en lafamilia.» La palabra «separar» le inspiró, asimismo, un comentario: ««A finde cuentas, separar al matrimonio.» Ante «casarse», confesó, al ir emergiendopoco a poco el secreto de la historia, que los celos habían trastornadoprofundamente la vida matrimonial .Ante «disputar», me entero de que tiene innumerables disputas con sumarido y que la pareja está lejos de ser tan feliz corno ellos pretenden .Ante «familia», ella asocia: «Descomposición de la familia.» Ante «felicidad»:«No hay felicidad en el matrimonio.» Ante «falso»: «Es falso dejarse llevarpor imaginaciones sobre otras personas...» —¿Otras personas? —Sobre otros hombres .Ante «besar»: «Besar a otro hombre.» Ante «elegir»: «Se elige mal.» Ante«contento»: «Se está muy descontento.» Era la verdad. Resultó claro que ellatenía la cabeza llena de pensamientos eróticos en relación con otros hombres,mientras que su marido, estúpidamente, no le proporcionaba ni el menor pretextoque justificara el más pequeño reproche. No pudiendo confesarsesemejantes pensamientos, tenía que hacer escenas para engañar, como si elculpable fuera él y no ella. De esta suerte, ella le martirizabaescandalosamente; no le amaba, en el fondo, sino que, por el contrario, leodiaba y pensaba desembarazarse de él .Este ejemplo nos muestra la utilidad de semejante experiencia; cuando setiene una simple conversación con una persona, ésta, a pesar de sus guiños deojos, puede lograr engañarnos de medio a medio y a veces se la cree porcompleto. Pero cuando se practica esta experiencia y se tiene ante sí elresultado por escrito, uno sabe a qué atenerse .He aquí un nuevo ejemplo, mucho más trágico. Se trata de una mujer de unostreinta y dos años. Tenía fortuna y vivía en el extranjero con sus dos hijos.Tres o cuatro meses antes de que yo la conociera había perdido al mayor, unaniña de cuatro años que había muerto de fiebre tifoidea. Inmediatamentedespués de la muerte de su hija, apareció en ella un estado depresivopatológico que hizo necesario un tratamiento en una clínica. El motivo de sudepresión parecía a los psiquiatras de una claridad evidente: su hija preferidale había sido arrebatada y este golpe había acabado con su equilibrio. Fuetrasladada a mi servicio y tuve que ocuparme de su caso. Quise asegurarmede que no existían otros encadenamientos y la interrogué abundantemente.Me respondió con una claridad que su estado no había empañado: «Lapérdida irreparable de esta niña me ha dejado inconsolable; yo era, además,muy feliz, y todo iba muy bien.» En su depresión no era discernible ningúnotro motivo. No obstante, hice con ella una experiencia de asociaciones, lacual aclaró su patogenia. He aquí la lista de las palabras inductoras críticasque determinaron reacciones prolongadas: «Angel», «terco», «malo», «azul»,«rojo» (seguida de una perseveración), «rico», «querido», «caer», «libre»(seguida de una perseveración), «casarse» (seguida de una perseveración quese extiende a las dos palabras siguientes indiferentes). No les voy a pedir queadivinen el significado de este jeroglífico. No podrían resolverlo, pues sonnecesarios detalles complementarios; yo tuve que preguntarle a la pacientequé evocaban en ella las palabras inductoras críticas, esperando de este modoponerme en la pista de los complejos afectivos eventualmente responsablesde su depresión .«Ángel»—¿Qué acude a su mente cuando yo pronunció esta palabra?—lepregunté .Sus ojos se llenaron de lágrimas y la enferma respondió que pensaba en suniña muerta. La encadené aún más diciéndole que comprendía su turbación yque la compadecía en su dolor. Era una buena introducción para las palabrasinductoras siguientes, que parecían aún más plenas de desazón y por las queno hubiera sido acertado comenzar .«Terco». Ella meditó largamente y al final dijo: «Quizá yo sea muy obstinada.¿Por qué? Se es obstinado o no se es». No me paré más en ello, pero anotépara mí que quizá había allí algo por elucidar .«Malo». Esta palabra suscitó la misma meditación que la precedente; fuevisible que alcanzaba a su fondo, a lo más íntimo de ella, de forma indecible yque la hundía en un estado confuso. Allí se encontraba, ciertamente, elcomplejo patológico específico, responsable de su mal. Se trataba de algo queella no conseguía ni captar, ni realizar, ni dominar. Los ingleses dicen algoparecido: I cannot cope with it, no puedo con ello, es superior a mis fuerzas. Estan intenso, tan peligroso, tan pesado, que no se logra aprehender. Las cosasque adquieren y poseen en un ser tales pro- porciones le vuelven loco; lo queel yo no logra incorporarse es patógeno. El infortunado que tiene la desgracia deser cogido en el engranaje de un conflicto semejante sin disponer de unacabeza firme, bien asentada sobre sus hombros, tiene las mayoresprobabilidades de ser víctima de una explosión, en sentido figurado, de sucaja craneana. Lo anoté en mi ficha: debajo de esto hay algo grave .«Azul». —«Sí, los ojos de mi niña eran azules; tenía ojos muy bonitos; desdeque nació fueron la admiración de todos.» Luego, se envaró de pronto; yo lopercibí y anoté de nuevo: también aquí hay algo, pues su rostro habíaadquirido la expresión patológica que expresa la presencia de un elementointangible que subyuga .«Rico». —«No me viene nada a la mente; es una cuestión que puede sermeindiferente, pues nosotros vivimos con desahogo. ¿Por qué me puede afectar?¿Quién es tan rico, entonces? ¡Ah, sí, exacto, es el señor X!» —¿Qué relacióntiene con usted? —Estuve enamorada de él. Pero ¿qué importa esto? Sí, ¿sabeusted?.. .Yo anoté: aquí hay gato encerrado. Efectivamente, terminó por surgir unepisodio: poco antes de la enfermedad de su hija, la paciente había recibido lavisita de un señor, amigo de este rico señor X, quien, aprovechando unaausencia momentánea del marido, le dijo: «He visto recientemente al señor X,para el que fue un duro golpe enterarse de su matrimonio.» Esta reflexiónhabía sido la chispa en el barril de pólvora. La enferma, siendo muchacha,había estado locamente enamorada de este señor X; ella procedía de unafamilia modesta, mientras que el señor X pertenecía a una gran familia. Sehabía dicho: un joven como él no tendrá ni una mirada para mí; no hay esperanzasy debo pensar en otro. A costa de un gran esfuerzo logró dominar ymodificar sus sentimientos, y se casó con su actual marido. Al principio, todofue bien. Ella fue muy feliz cuando nació el primer hijo, pero se produjoentonces un incidente de lo más penoso: apenas abrió la niña los ojos, sumadre comprobó que no tenía ni los ojos de su marido ni los suyos, sino losdel joven al que ella había amado. Se consoló con la idea de que Dios le habíahecho el regalo de aquella hija con aquellos ojos, en recuerdo de su inmensoamor. Indudablemente, esta ambiciosa hipótesis le había sido necesaria paralograr encajar, superar, el golpe. Luego no volvió a oír hablar del señor X y lavida transcurrió tranquila y sin sobresaltos. Pero, un buen día, se produjo lavisita de aquel amigo común, quien le reveló que aquel hombre tambiénhabía estado enamorado de ella y que había lamentado saber que se casabacon otro. Desde ese momento, apareció en la enferma lo que siempre apareceen estos casos: una situación, una tensión afectiva, que puso a su serconsciente en estado de deficiencia, que le hizo perder pie, de suerte que, porel hecho de esta «disminución de su nivel mental» (Pierre Janet) ya no se dioplena- mente cuenta de lo que hacía. Sólo sabe que la niña, de pronto, cayóenferma .La palabra siguiente era «costumbres»; ella reaccionó con «malascostumbres», queriendo decir, «costumbres inmorales». Luego volvió a lapalabra «malo». Le pregunté: —¿Qué quiere usted decir? ¿Qué es lo que hayde inmoral y de malo?—No lo sé—respondió .«Dinero». Esto evocó las posibilidades pasadas, ya entrevistas a propósito dela palabra «rico» .«Querido». Pensó en su querida hija .«Caer». Esta palabra le hizo pensar en sus imaginaciones eróticas respecto asu amor pasado .«Casarse» evocó su matrimonio, un tanto artificial .Sólo quedaban sin explicar las palabras «malo», «terco» e «inmoral». Volví ala palabra «malo» y le pregunté:—¿Qué hay en el fondo de esto? ¿Ha omitidousted contarme algo? ¿Cómo contrajo su hija la fiebre tifoidea? —Pues, verá:la bañé con agua normal .La enferma había vivido en una población en la que había agua potable yagua no potable. Mientras bañaba a su hija en agua no potable—de lo que sedio cuenta cuando ya era tarde—la vio de pronto llevarse la esponja a la bocapero estaba tan obnubilada que ni pensó en impedirlo. Este accidente le hizoperder todo control; el hijo menor, de dos años y medio, se acercó a la bañeray quiso también beber agua; ella le dejó. ¿Por qué había hecho esto? No losabía. Vi que estaba anonadada y cerrada tanto a la realización mental como ala concepción del hecho cometido. Interrumpí el examen pues el tema sehabía hecho incluso para mí demasiado candente. Me vi de prontoenfrentado con un irremediable conflicto. Se trataba de una enferma de la quehabían dado un diagnóstico de esquizofrenia pero que quizá se podía todavíasalvar. Si no se hace nada, pensaba yo, saldrá del manicomio tras un tiempomás o menos largo, con un daño más o menos grave. El drama, no corregido,caerá en el olvido; será asociado simplemente al dominio del más allá y ellano sabrá jamás lo que ha hecho realmente. O bien, tengo que arriesgarme ahacer estallar todo el edificio diciéndole que ha asesinado a su hija y quequería matar también a su hijo para poder casarse con el señor X. Tal era lasituación. Reflexioné sobre ella durante un día y una noche, y me dije: antesque dejar a la enferma hundirse con un daño irreparable en un manicomio, espreferible pinchar la pompa. De esta forma, tengo por lo menos unaposibilidad de curarla. Sabía que podía ser curada pero que no era completamenteseguro. Como médico, tenía que correr el riesgo. Al día siguiente visitéa la enferma y le dije: «Tengo que comunicarle algo grave. Usted mató a suhija y quiso matar también al pequeño, el cual no resultó infectado por unmilagro. Quería hacerlo para desembarazarse de sus hijos, romper elmatrimonio y poder casarse con el otro». Me dirigió una mirada fija, lanzó ungran grito y estalló en sollozos. Pensé para mí: «Ya está...» Al poco, laenferma volvió en sí, se mostró razonable, y quince días después pudo serliberada, ya curada. No tuvo ya dolencia mental alguna; durante los quinceaños en que continué teniendo noticias de ella se mantuvo siempre con buenasalud. Este caso, sin embargo, tenía también un aspecto que interesaba a lajusticia criminal; la paciente, como homicida, estaba incursa en una pena; sudepresión mental había arreglado psicológicamente su caso; la alienación lahabía salvado de la cárcel, y el enorme peso con el que yo cargaba suconciencia la había salvado de la alienación, pues, aceptando el propio pecado, sepuede vivir con él, mientras que su rechazo trae consigo incalculables consecuencias .En el curso de una experiencia semejante, se pueden encontrar, pues,elementos de importancia vital que son excesivamente peligrosos. Essorprendente la frecuencia con la que se descubre bajo una superficieinocente cosas en ignición. Mi experiencia me ha enseñado una gran prudencia,pues hay más seres de los que se cree que llevan en sí una psicosis latente.Numerosas psicosis duermen ya en el inconsciente; determinan en susportadores, en la superficie, una apariencia exageradamente normal. Loconstataremos, por ejemplo, en que el sujeto en cuestión es un vegetarianoconvencido o un abstinente intransigente, o en que pertenece con exceso decelo a una asociación benefactora, o en que le gustan las accionesespecialmente razonables, como para probar que todo lo que él hace entra enel campo de la absoluta razón. Este es también el motivo por el que tantosindividuos portadores de psicosis latentes se convierten en alienistas, comopara probar que son mucho menos locos que los enfermos a los que tratan.Sienten una gran satisfacción que les tranquiliza y pueden exclamar: «¡Señor,gracias por no haberme hecho como a ésos!» Esta actitud, a veces, salva una vida .Esta experiencia implica ciertos complementos. Naturalmente, mientras no sepudo aportar la prueba material de que se trataba de manifestacionesafectivas, se dudó durante mucho tiempo de la exactitud experimental quepermite, con toda la claridad requerida, descubrir los afectos. Me refiero alfenómeno psicogalvánico. Su principio es el siguiente: desde hace mucho tiempose sabe que son las manifestaciones afectivas las que influyen principalmentesobre el sistema nervioso simpático, siendo éste el que preside, a su vez, elfuncionamiento vegetativo del organismo. Los afectos, por sí mismos, hacendilatar los vasos, actúan sobre el corazón, producen palpitaciones, hacenenrojecer o provocan vómitos, modifican los capilares sanguíneos de lasuperficie de la mano, el estado de secreción o de reposo de las glándulas dela piel, la posición de sus pelos, producen carne de gallina, etc. Es, pues,legítimo descubrir los afectos por modificaciones orgánicas de esta clase, queson fáciles de registrar con ayuda de un circuito eléctrico simple. En efecto,una corriente muy débil que atraviese el cuerpo —por ejemplo, entre las dosmanos apoyadas en dos electrodos anchos—, encontrará, según el estadofuncional, una resistencia más o menos grande; en estado normal, laresistencia experimentada, y por tanto la intensidad de la corriente, seránconstantes; pero basta que sobrevenga un afecto para que los capilares de lapiel se dilaten, las glándulas secreten y el contacto entre las manos y loselectrodos mejore; por consiguiente, la resistencia disminuye y la intensidadde la corriente aumenta. Las variaciones de la intensidad de la corriente,convenientemente registradas durante una experiencia de asociaciones,atestiguarán oscilaciones de la resistencia electrocutánea, modulaciones que,en las condiciones de la experiencia, no pueden ser atribuidas más que a lasreacciones afectivas del sujeto bajo el influjo de las palabras inductoras .Se procede de la siguiente forma: se toma un elemento de pila que produzcauna corriente de débil tensión—seis voltios—y se introduce en el circuito ungalvanómetro de espejo que marca de forma muy sensible las modificacionesde la intensidad de la corriente, gracias a un imán suspendido que gira más omenos en función de dicha intensidad. El imán lleva un espejo sobre el que seproyecta un rayo luminoso, el cual, reflejado, se desplaza sobre una escalacuando el espejo gira. Se introducen también en el circuito dos electrodos delatón, una especie de medias esferas de un grosor tal que se les puede tenerbien en la mano. El sujeto coloca encima sus manos, que son cubiertas consaquitos de arena de un peso suficiente para neutralizar los movimientosmusculares involuntarios. Un dispositivo registrador permite referir a unamisma curva el instante en que es pronunciada la palabra inductora, elinstante de la reacción y las desviaciones del rayo luminoso, que marcan lasvariaciones de la intensidad de la corriente. Se comprueba que las palabrasinductoras indiferentes no provocan variaciones, mientras que, por elcontrario, las palabras inductoras críticas, que suscitan un tiempo de reacciónprolongado, determinan, tras una corta latencia, una amplificación de laintensidad; luego se pronuncia la palabra inductora siguiente, etc. Se obtieneasí una curva que añade a los indicios de complejo, de los que hablamosanteriormente, la prueba tangible de las repercusiones orgánicas engendradaspor los afectos subjetivos .Se puede completar todavía este dispositivo con la ayuda de un pneumógrafo,gracias al cual se registra el ritmo y la amplitud respiratorios. Se podrá, pues,establecer al mismo tiempo una curva de la respiración que nos revelará unfenómeno singular: durante la actividad de un complejo excitado por unapalabra inductora, se constata, en efecto, una restricción de la respiración, quevuelve luego, poco a poco, a su nivel normal. En el momento crítico, elvolumen respiratorio disminuye y la respiración se hace entrecortada; no serespira ya sino la mitad, y el sujeto—si se llama su atención sobre ello—sesentirá oprimido. En la vida corriente, tales síntomas apenas se perciben, a noser en la voz tensa de las personas que se debaten en una situación muyafectiva. Pues bien: imaginémonos este estado prolongado durante algunosdías. El complejo existe en estado latente, acompañado por la tensión queengendra; la respiración se hace, pues, superficial; ello provoca una aireacióninsuficiente de los pulmones; de aquí derivan numerosas tuberculosis y elloexplica la presencia de tantos neuróticos en Davos y en los sanatorios. En elcurso de esta experiencia, se pone, pues, de relieve una observación que sepuede también hacer corrientemente: si hablamos con un sujeto acomplejadode esta clase y nos fijamos en su respiración, veremos que ésta esimperceptible, y que, de vez en cuando, es interrumpida por un suspiro. Si lepreguntamos por qué suspira, responderá: «No lo sé: suspiro.» Son serescuya respiración está crónicamente disminuida por la acción de un complejo.Estos fenómenos se producen regularmente, sea consciente o no el complejo.Así, el fenómeno psicogalvánico, completado por el pneumógrafo, prueba deforma innegable la exactitud de nuestra hipótesis, es decir, que nuestroscomplejos constituyen magnitudes afectivas .Citemos aún una aplicación de la experiencia de asociaciones que revelacondicionamientos psíquicos singulares en un dominio hasta aquí abandonadoa lo arbitrario. La interdependencia psíquica intrafamiliar de la que lesvoy a hablar es, como sin duda saben, una idea original que deriva de lo quese ha llamado la participación mística, expresión extraña que se deberíasustituir, para ser exactos, por participación inconsciente. Es Lévy-Bruhl quienha formulado la noción de «participación mística», noción que él sóloempleaba a propósito de los primitivos para expresar el hecho sorprendentede que éstos experimentan relaciones que escapan a la razón lógica. He aquíun ejemplo: en América del Sur, los indios de una cierta tribu pretenden queson guacamayos rojos, es decir, una especie de grandes loros. Cuando se lesreplica que no es posible, que no tienen ni alas ni plumas, que no puedenvolar, que tienen demasiado tamaño, ellos responden: «Eso es un puro azar;naturalmente, los guacamayos son pájaros, pero ellos son nosotros y nosotrossomos ellos. Nosotros somos también guacamayos rojos, pero no tenemosplumas». Carentes de una mentalidad prelógica, no logramos comprendersemejantes palabras. Nos parecerían de una lógica perfecta si, como losprimitivos, tuviéramos los presupuestos de una psique proyectada. Pero noocurre así: nosotros no imaginamos que los animales nos imitan o que sedivierten en el interior de nuestra psique, y que pueden, aunque sea de otromodo, hablar o adivinar nuestros pensamientos. Sin embargo, esto constituyepara el primitivo un dato que se apoya en sus propias experiencias, tan singularespara nosotros pero tan abundantes en su mundo. Los primitivosidentifican entre sí a las cosas más alejadas y más dispares, pretendiendo queno son sino una; por ejemplo, que cierta planta mágica es idéntica al maíz y alciervo. Para ellos, no hay entre estas tres cosas ninguna diferencia esencial.¿Cómo es posible esto? No entra en nuestro pensamiento y se opone anuestro principio de identidad. Ahí está, precisamente, la participaciónmística al nivel primitivo. Nosotros no la comprendemos mejor que ciertasexpresiones que ellos emplean tales como: «Mi hijo es yo», o que ciertasescenas semejantes a aquella en la que un negro viejo, encolerizado contra suhijo que no le obedece, exclama: «¡Está ahí quieto, con mi cuerpo, y no hacelo que yo quiero!» ¡Su hijo es él! La mujer que le ha dado un hijo le ha vueltoa traer al mundo y le ha hecho nacer de nuevo. El hombre que no tiene hijo esmortal, y el que tiene un hijo es inmortal, pues el hijo es el padre. Esta idea dela identidad absoluta no tiene entre nosotros el sabor de lo real; está reducida a unavida oculta .Pero volvamos a la cuestión de la psicología familiar. Puede ser estudiada,además de por el método analítico, de forma experimental. Nosotros lohemos hecho efectuando innumerables experiencias de asociaciones enfamilias de humilde nivel social, en las que las reacciones verbales no estánadiestradas, no están tan pulidas por el uso como en los medios cultos.Hemos sometido los materiales así reunidos a un examen profundo. Laexperiencia de asociaciones en este nuevo orden de investigaciones no puedeya ser empleada tal como la he descrito más arriba. Aquí es preciso aplicarotros puntos de vista anteriormente despreciados, siendo ahora lo principal loque el sujeto responde. Ante la palabra «agua», uno reaccionará con «verde»,otro con «lluvia», un tercero con «flor» y un cuarto con «H2O», etc. En los estudiosfamiliares, nos hemos atenido al contenido y a la naturaleza de estasrespuestas, cuyo examen sistemático proporciona hechos de un alto interés.Con vistas a este estudio, hemos tenido que proceder a una clasificación delas reacciones por categorías, constituyendo cada categoría una unidadsusceptible de permitir comparaciones y medidas. Hemos repartido lasasociaciones en quince categorías o grupos lógicos y verbales. Estadistribución es puramente empírica; lo subrayo expresamente, pues lo quesigue de nuestra exposición sería incomprensible si no se tiene en cuenta. Heaquí, enumerados con ejemplos de asociaciones correspondientes, los quincegrupos en cuestión: 1. Asociaciones como «libertad»-«voluntad», «ir»-«subir», son coordinaciones, constituyendo la respuesta un términonaturalmente próximo a la palabra inductora en la mente del sujeto .2. Otras asociaciones, como «pueblo»-«casa», «azul»-«color», «pintar»-«arte», son subordinaciones o superordinaciones .3. Asociaciones como «blanco»-«negro», «redondo»-«cuadrado», soncontrastes .4. Asociaciones como «invierno»-«maravilloso», «pasearse»-«aburrido»,son atributos de valor, predicados sentimentales. Hay sujetos que reaccionanpreferentemente según esta última forma, sobre todo mujeres .5. Reacciones como «agua»-«verde», «cabeza»-«redonda», etc., sonpredicados simples, predicados objetivos .6. Asociaciones como «cuchillo»-«cortar», «rosa»-«florecer», sonasociaciones de actividad .7. Asociaciones como «caliente»-» verano», «sueño»-«noche», «oscuro»-«cueva», pueden ser incluidas en un grupo caracterizado por la designacióndel lugar, del momento, del medio .8. Asociaciones como «silla»-«utensilio», «martillo»-«instrumento», sondefiniciones; aparecen frecuentemente en sujetos (a los que contribuyen acaracterizar) portadores de un complejo llamado «de inteligencia», es decir,en los sujetos que en el fondo de sí mismos dudan que posean la inteligenciaque pretenden tener. En cierto modo, y sin darse cuenta, tratan de probarle alexperimentador, cuya convicción les tranquilizará, sus cualidadesintelectuales. Estas respuestas «por definición» no son únicamente propias desujetos poco inteligentes; pueden también expresar en otros un sentimientode inferioridad, como lo tienen algunas personas a propósito de suinstrucción .9. Asociaciones como «mesa»-«silla», «mano»-«pie», son coexistencias .10. Asociaciones como «ir»-«ir a pie», «estancia»-«habitación», sonidentidades .11. Asociaciones como «caballo»-«caballos», «libre»-«libertad», sonasociaciones verbales motrices .12. Asociaciones como «compra»-«poder de compra», «mantel»-«mantelde mesa», son expresiones compuestas .13. Asociaciones como «vida»-«vivaz», «bello»-«belleza», «blanco»-«blancode España», son prolongaciones complementarias de las palabras .14. Asociaciones como «ojo»-«ajo», «cantar»-«contar», son asociacionestonales .15. Este grupo, en fin, es el de las respuestas defectuosas o las ausencias derespuesta, lo que se produce algunas veces .Hemos estudiado así un gran número de familias, haciendo experiencias deasociaciones con todos sus miembros y repartiendo los materiales reunidossegún las citadas categorías. Si se lleva las categorías a las abscisas y elporcentaje de respuestas que supone cada una de ellas a las ordenadas, sepuede tener en un mismo esquema, superpuestas unas a otras, las curvasrelativas a las respuestas de los diferentes miembros, curvas de las que sededucirá fácilmente un tipo familiar .En un caso particularmente interesante se constató no sólo el mismo aspectoexterior, sino también la identidad del 30 por 100 de las reacciones. No es,pues, exagerado decir que en este caso el 30 por 100 de los procesos mentalesde los diferentes miembros de la familia eran idénticos. Es un buen ejemplode «participación mística», que muestra claramente que ésta se da tambiénentre nosotros con plena realidad. No es, por tanto, simplemente unahipótesis, confirmada por algunas excepciones, el hablar de los lazos enormesque existen entre los miembros de una misma familia, es un hecho de alcance y devalor muy generales. Estos lazos no son necesariamente de naturalezaemocional. Hemos estudiado una familia en la que uno de los miembros eraun enfermo mental que padecía manía persecutoria. Establecimos el tipofamiliar y también cuáles eran los miembros de la familia que representabaneste tipo con mayor nitidez. Esto nos demostró que el enfermo mental essiempre—otros estudios lo han venido a confirmar—el miembro de la familiaque mejor encarna el tipo familiar y que su demencia persecutoria estádirigida principalmente contra los miembros de su familia que representan,junto con él, ese mismo tipo más claramente. Estos enfermos llevan siempre,por así decirlo, a su familia consigo; y es por esta razón por lo que sientenhacia ella tales resistencias. La mayoría de las veces se trata en estos casosmenos de lazos afectivos que de adaptaciones, influencias, costumbres,resultantes de mecanismos íntimos que son como surcos marcados de unavez para siempre y de los cuales el sujeto no logra ya salirse. Se reacciona y secomprende perpetuamente de la misma forma; indefectiblemente se crea entorno a sí la misma atmósfera que la que ha reinado en la casa familiar. Comovemos, estas conclusiones de la psicología no son puras fantasías; son hechosimportantes. Atengámonos ahora a la cuestión de la intensidad del parentesco.La diferencia media entre dos hombres no parientes es de 5,9. Es una diferenciarelativamente pequeña; pero explica esta diferencia tan mínima el quehablemos la misma lengua y vivamos en el mismo lugar, en el mismo mundo.Entre mujeres no parientes la diferencia es de 6. Con sujetos cultos, lasdiferencias son aún menores; pues es un hecho que las personas cultasutilizan el lenguaje como virtuosos, más para disimular que para expresar suspensamientos. Entre los parientes varones, la diferencia es de 4,1; entre losparientes femeninos, de 3,8. Nos encontramos aquí palpablemente con elhecho de que los seres parientes se parecen entre sí más desde el punto devista psicológico que los seres no parientes. Los parientes femeninos sonentre sí todavía más semejantes que los parientes varones entre sí. Esto derivadel hecho de que los hombres se alejan relativamente pronto de la familia y sesingularizan; la mujer permanece más tiempo en el hogar paterno, a causa yade su temperamento y de su naturaleza, y perpetúa así el carácter familiarcon una fidelidad mucho más grande. El padre y los hijos tienen unadiferencia de 4,2, más o menos la misma que existe entre hombres unidos por106el simple parentesco. Entre la madre y los hijos esta diferencia media sólo esde 3,5. Esto es debido a que las relaciones entre los hijos y la madre sonmucho más estrechas que entre los hijos y el padre, pues los hijos viven, sobretodo, en compañía de su madre. Entre el padre y los hijos varones la diferenciaes de 3,1; entre el padre y las hijas, de 4,9 .El íntimo acercamiento de los hijos y el padre es un hecho primordial: al hijose le ha considerado siempre como una reencarnación del padre, lo queexpresa ese acercamiento con la mayor pertinencia. Entre la madre y los hijosvarones la diferencia, de 4,7, es relativamente acusada. Entre la madre y lashijas es de 3, lo que constituye la diferencia más pequeña constatada; las hijasson una repetición de su madre. Los hermanos tienen entre sí una diferenciade 4,7, y las hermanas entre sí de 5,1, lo que parece derivar delindividualismo natural y pronunciado que caracteriza a las hijas, «y tambiénde la influencia del matrimonio, que parece turbar el tipo de reacción (en lamedida en que el marido pertenece él mismo a un tipo diferente) » (14) ; pues lashermanas entre sí, mientras no están casadas, sólo tienen una diferencia de3,8; los hermanos entre sí, de 4,8. («La diferencia entre los hermanos noparece, pues, que sea sensiblemente influenciada por el matrimonio».) Los espososentre sí presentan una diferencia media de 4,7, que es,aproximadamente, la diferencia que existe entre el padre y las hijas o entre lamadre y los hijos .Esta experiencia puede ser empleada con fines judiciales. Se utiliza de formainversa en las investigaciones criminales, empleando una lista de palabrasinductoras a las que se ha mezclado ciertas palabras críticas en relación conlos hechos a investigar. [Alguien ajeno a los detalles del crimen no verá nadade particular en las palabras inductoras que los evocan, mientras que el autordel crimen las sentirá en relación con el acto que ha cometido y las proveeráde indudables indicios de complejo.] Un día, en Zurich, fui invitado a intentaruna experiencia de este orden; pusieron para ello a mi disposición a cuatrosujetos y me dejaron elegir un episodio adecuado que haría las veces de«crimen». Arranqué de un libro una página que contenía una ilustración querepresentaba a un pintor sentado en el campo; detrás de él había uncampanario; delante, una vaca, a la que pintaba. Escribí en esta ilustración lostérminos que designaban los objetos más característicos: esto es un pintor, uncampanario, una vaca, etc., y luego envié la ilustración al profesor de Derechoque había organizado la prueba, rogándole que la mostrara a uno de loscuatro estudiantes que me servían de sujetos; éste debía fijarla en sumemoria, mientras que los otros, naturalmente, no debían saber nada de ella.Mi tarea consistía en descubrir entre los cuatro estudiantes, que me eran totalmentedesconocidos, al que conocía la ilustración. Quiero subrayar, sinembargo, que la ilustración era para el sujeto en cuestión un débilestimulante; no constituía un complejo: el sujeto podía decirse a sí mismo queaquello no le importaba, pues la única emoción que podía sentir emanaba deldeseo de no dejarse descubrir. Tuve que examinar a mis sujetos en presenciade una asamblea; procedí a una experiencia de asociaciones con el primero.Este se quiso hacer el tonto, fingiendo que estaba al corriente, cuando en realidadignoraba de qué se trataba y dejó pasar las palabras inductoras críticassin ninguna reacción especial. El segundo estaba muy amable y tranquilo,pero reaccionó inmediatamente a cada una de las palabras críticas: «¡Este es elculpable!», exclamé. ¡Y era él! De este modo se puede, en ciertos casos,señalar al autor de un crimen. Proporcionar la prueba de su culpabilidad es,naturalmente, harina de otro costal, pero a veces se puede aportar de estamanera un indicio que es casi una prueba. Yo he esclarecido por esteprocedimiento algunos casos reales .Hay casos en que los complejos influyen sobre el lenguaje en alto grado; seconstata que ciertas palabras inductoras determinan manifestaciones singulares,idénticas a lo que se llama en filosofía y en lingüística aglutinaciones.Se dice que hay aglutinación cuando, conteniendo la palabra principal de unafrase, por ejemplo, una «U», todas las demás palabras dé la frase son elegidasde modo que contienen igualmente una «U»; el caso es frecuente en laslenguas negras. Cuando expresamos, por ejemplo, la idea: «un país de luz»,poniendo el acento en «luz», los negros dirían en su lenguaje algo parecido a«un paús du luz». Todas las palabras secundarias adoptan la vocal de lapalabra principal. No ocurre así ya en las lenguas evolucionadas (todavía seencuentra huellas de esto, sin embargo, en turco y en húngaro); no obstante,cuando se expresa un afecto en estas lenguas, la palabra que lo formula conmás fuerza tiene aún tendencia a repetirse como una rima. El caso ideal seríael de alguien que al gritar «¡Ay!» repitiera: «¡Ay, ay, ay!» Este es, sin duda, elorigen de la rima. Todas las exclamaciones con potencial emocional poseen estatendencia a la repetición, a la atracción de otros elementos y a la aglutinación.Cuando se está de humor patético, cuando se habla de forma emocional yafectiva, se tiene tendencia a expresarse por aliteración; tal es el origen de laoratoria y del verso. Cuando se está bajo el influjo de un afecto, se tienemarcada una tendencia a expresarse en verso. Estos datos son muy interesantes y se relacionan con el hecho de que los afectos en el primitivo soninmediatamente ocasión de movimientos rítmicos; el dolor, por ejemplo, esexpresado por una elevación rítmica de los brazos. Las manifestacionesafectivas rítmicas en los primitivos, en los negros en particular, adoptan enseguida el carácter de la danza. Entre ellos nace espontáneamente una danzaen cuanto ocurre algo que actúa sobre sus afectos. He tenido ocasión decomprobarlo una vez de una manera magnífica. Era la segunda noche quepasábamos en la selva; estábamos sentados en torno al fuego; cerca había unespacio libre, luego venía la hierba del elefante y un poco más allá seperfilaban los árboles sombríos de la selva virgen. Se percibía una multitudde rumores y gritos cuya procedencia no lográbamos averiguar. Fumábamostranquilamente nuestra pipa y nos complacíamos de nuestra nueva vida deexploradores. De pronto estalló un gran tumulto, una mezcla ridícula degritos, de silbidos y de murmullos. Nos preguntábamos qué era lo quepasaba cuando el cocinero salió precipitadamente de su choza, gritando quehabían penetrado en su antro. Descubrimos entonces un rebaño de hienas;nos precipitamos sobre nuestros fusiles e hicimos fuego rápidamente;pensábamos que habíamos hecho correr ríos de sangre. Al día siguiente porla mañana, sin embargo, no encontramos ni una gota: con la emociónhabíamos errado nuestros blancos. Este incidente, como es natural, habíaexcitado mucho a nuestros boys. El que las hienas hubieran penetrado en lachoza del cocinero les había alterado tanto que al día siguiente tuvieron quedanzar el asesinato del cocinero por las hienas: uno representó al cocinerodurmiendo junto al fuego, otro fue una hiena que saltó bruscamente sobre eldurmiente y lo estranguló en medio de grandes gritos. Esto fue repetido unasveinte o treinta veces, y los otros boys expresaban una satisfacción evidenteante aquel espectáculo que verdaderamente valía la pena contemplar. Durantedos días no hicieron otra cosa que danzar así. Las emociones de losprimitivos son «resumidas» en forma de danzas y de cantos .He asistido a espectáculos análogos a nuestra llegada a ciertos poblados.Nuestra entrada era anunciada, en todas las ocasiones, por cantosacompañados con una cítara de tres cuerdas: «Tres grandes hombres blancoshan venido a nosotros, tienen cigarrillos y cerillas y nos los darán. Es- tamosmuy contentos de que hayan venido entre nosotros, etc.» Nuestra llegadatambién tenía que ser «resumida» en esta forma .PREGUNTA: Los métodos de asociación, de los que usted nos ha hablado, ¿sontodavía utilizados en la práctica o no tienen ya más que un valor histórico?RESPUESTA: No son empleados ya sino por principiantes del análisis, quecarecen de seguridad. Se les utiliza también en la enseñanza, pues constituyenun método incomparable para mostrar la eficacia viva de los complejos.Personalmente no los empleo ya en la práctica; gracias a ellos he adquiridosuficiente experiencia para no tener necesidad de quintos de segundo conobjeto de constatar ciertas vacilaciones o ciertos trastornos que percibodirectamente. Mas para un propósito didáctico el método de las asociacionesconserva todavía su primer valor. Es extremadamente fructífero cuando setrata de establecer la comprensión de los mecanismos psíquicos sobre una base sólida .

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Notas:

13- Tercera conferencia14- FÜRST, en Estudios sobre las asociaciones, de C. G. Jung, Barth, Leipzig, 1906. (N.del T.)

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