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Estudio del psicoanálisis y psicología

Jung, C. G. : Los complejos y el inconsciente. Libro Segundo: Los complejos. Funciones y estructuras del consciente y del inconsciente (Segunda Conferencia)



Libro segundo: Los complejos3. Funciones y estructuras del consciente y del inconsciente2 (7)Lo expuesto hasta aquí sobre las funciones nos ha conducido hasta unauténtico avispero. No podía ser de otro modo, pues las cuestiones relativas alas funciones psicológicas constituyen un dominio complejo, en particular acausa de las siguientes circunstancias: como ya he dicho más arriba, estamostodos marcados por el sello de cierta unilateralidad; determinadas funcionesestán en nosotros especialmente desarrolladas y diferenciadas, sonparticularmente relevantes, particularmente activas y productivas, mientrasque otras no superan el estadio embrionario de su desarrollo, al tener elhombre el temible privilegio de alejarse de sí mismo y de abandonar en barbechouna parte de su ser. Ello es cierto para todos, pero en proporciones diferentesy esencialmente individuales. Si dispusiéramos todos del mismo equipofuncional, si viviéramos todos simultáneamente en el mismo registro denuestro ser, sería fácil comprenderse. Las dificultades que tienen los hombresen sus relaciones recíprocas, los malentendidos que nacen en el curso deltrato entre humanos, prueban que ello no es así. Cada cual vive de forma máso menos exclusiva gracias a su función dominante, que no es la de su vecino.Las personas que tienen el espíritu bien formado prefieren pensar sobre lascosas y adaptarse a la vida mediante el pensamiento; otras, cuyo sentimientoes la función mayor, tienen un contacto social fácil y un gran sentido de losvalores; se las arreglan de maravilla para crear y vivir situaciones en las queel sentimiento puede desplegar todos sus matices; y otras, que, teniendo unsentido agudo de la observación, recurrirán sobre todo a sus sensaciones, etc.Así, la facultad de pensar, por ejemplo, puede estar muy bien desarrollada enun sujeto, mientras que su capacidad de sentimiento se mantiene rudimentaria.Pero aclaremos bien lo que hay que entender por ello. El sentimientopuede ser muy vivaz en nuestro sujeto; éste se aventurará quizá a pretendercon completa buena fe que posee una gran fuerza y un gran calor desentimiento; pues su sentimiento, en ocasiones, se desborda y le persuade deque tiene un temperamento esencialmente sentimental. Lo que quiero decircuando adelanto que su sentimiento periclita, es que no está diferenciado,que no está elaborado en función de adaptación, que tiene bajo su influjo anuestro sujeto, el cual, por momentos, es dominado por sus emociones. Esinteresante, desde este punto de vista, estudiar la vida privada de losprofesores. Si deseamos informarnos sobre la forma en que los intelectualesse comportan en su hogar y en su intimidad, no tenemos más quepreguntárselo a sus mujeres; tendrán mucho que contarnos. Elsentimentalismo germánico (Gemütlichkeit), por ejemplo, no es la expresión deun sentimiento profundamente cultivado y diferenciado, sino más bien de unsentimiento mal evolucionado y que se desahoga según la tendencia de suinferioridad. En un orden de ideas análogo, ocurre lo mismo con la «claridadlatina», que confiere una realidad clara y concreta a las cosas, realidad que ensí no es de una claridad tan cristalina. Un pensamiento realmente profundotiene siempre algo de paradójico, lo que a los espíritus mediocrementedotados les parece oscuro y contradictorio. Si, desde un punto de vistapsicológico, el pensamiento francés parece menos desarrollado que el pensamientoalemán, inversamente el sentimiento francés está mucho másdiferenciado que el sentimiento alemán. La nación alemana se caracteriza porel hecho de que su función del sentimiento es inferior y poco diferenciada. Sise le dice esto a un alemán, se sentirá ofendido; yo también me ofendería. Elalemán tiene mucho apego a su Gemütlichkeit: una habitación llena de humoen la que todos están animados por una viva simpatía hacia todos, eso es el«gemütlich». Y sin complicaciones: una sola tonalidad del sentimiento ybasta. El sentimiento francés, por su parte —piénsese en cualquiervaudeville—, exige una sabia mezcla de lo dulce y de lo amargo, mientras queel alemán se complace toda una velada bien en lo dulce, bien en lo amargo.No le digan a un alemán: «encantado de conocerle», porque les creerá. Si unalemán les vende un par de calcetines, no esperará sólo ser pagado, sinotambién ser amado. Un filósofo inglés ha dicho: «Un espíritu superior no esnunca totalmente claro». Esto es cierto; y, del mismo modo, un sentimientosuperior no es nunca totalmente claro. No gozaremos de un sentimientodesbordante más que si está ligeramente manchado de duda; y un pensamientoque no contiene una ligera contradicción no es completamenteconvincente. Se ha llamado oscuro al viejo Heráclito porque pensaba medianteparadojas, lo que era entonces una innovación del último modernismo.Desde cierto punto de vista, todavía ocurre así; el espíritu de China, porejemplo, nos parece muy paradójico, pues ignoramos todavía el manejo de laparadoja, forma- da de pensamientos contrastados. Nosotros pensarnossiempre esto o aquello, pero muy raramente sabemos tener en cuenta de unmodo real lo uno y lo otro; por eso los espíritus entrechocan en cuanto seaborda la latitud de las funciones psicológicas. Hagamos algunas precisiones más.El intelectual está dominado por sus sentimientos cuando éstos semanifiestan; cuando experimenta un sentimiento, ningún argumento o razonamientoserían eficaces contra él. Sólo la emoción y las conmociones quesiente pueden ayudarle a liberarse de su encantamiento. En un ser del tiposentimiento, ocurre lo contrario: éste, en general, apenas deja intervenir a supensamiento; pero en cuanto se declara una neurosis y sus pensamientosempiezan a turbarle, surgen éstos de forma impulsiva y no consigue librarsede ellos; puede tratarse de una persona muy agradable, pero conconvicciones e ideas extraordinarias, siendo su pensamiento de un tipoinferior; no sabe razonar, su espíritu no es maleable, y se queda enredado enpensamientos de los que no logra deshacerse. Los tipos intuitivos ysensoriales presentan también sus particularidades. El intuitivo se sientesiempre importunado por lo real; faltándole el sentido de lo real, se encuentrala mayoría de las veces en los antípodas de las posibilidades concretas de lavida. Es el hombre que siembra un campo y que, antes de que el grano estémaduro, se va a otro: abandona tras sí los campos trabajados, corriendosiempre tras nuevas esperanzas, dejando así escapar las cosechas de la vida .El tipo sensorial, por su parte, se mantiene en contacto con las cosas, dentrode la realidad dada. Para él, una cosa es cierta cuando es real. Para unintuitivo, por el contrario, lo real es precisamente lo que no es, lo que deberíaser. Cuando un sensorial no siente una realidad dada y estable, cuando no seencuentra entre cuatro paredes, se pone enfermo; al contrario del intuitivoque, cuando se siente cogido en una situación concreta, sólo piensa en laforma de salir de ella, de huir lo antes posible con objeto de ser de nuevo librepara acoger nuevas posibilidades .La función inferior, en general, no posee las cualidades de una funciónconsciente diferenciada, que puede ser manejada por la intención y lavoluntad. Así, si nuestra función principal es realmente el pensamiento,podemos dirigirla y controlarla; no somos sus esclavos: podemos decidir pensaren otra cosa e incluso pensar lo contrario. El ser que pertenece al «tiposentimiento» ignora esta flexibilidad; no puede desembarazarse del pensamiento,está poseído por él, fascinado, tiene miedo de él. Del mismo modo,para el intelectual, su sentimiento es de una calidad arcaica y le inspira temor;podría ser su víctima, al igual que los hombres antiguos eran víctimas de lossuyos. Esta es la razón por la que el primitivo es de una cortesía tanextraordinaria; es muy cuidadoso de no molestar los sentimientos de suprójimo, ya que esto podría ser muy peligroso. Muchas de nuestrascostumbres se explican por esta cortesía arcaica. No se debe, por ejemplo,estrechar la mano a alguien conservando la izquierda en el bolsillo o laespalda: debe ser bien visible que no se disimula un puñal. El saludo oriental,que consiste en inclinarse tras haber extendido las manos vueltas hacia arriba,significa lo mismo: que no se tiene nada en las manos. Prosternarse a los piesde otra persona equivale a demostrarle que se está sin defensa, a su merced.Del mismo modo, los primitivos recurren entre ellos a gestos cuyo simbolismorevela por qué y hasta qué punto se temen unos a otros. De modoanálogo, nosotros tememos nuestras funciones inferiores. Consideremos untipo intelectual; tiene un terrible miedo a enamorarse; juzgaremos sustemores insensatos y, sin embargo, probablemente tiene razón, pues el enamorarsepodría llevarle a hacer locuras; por otra parte, hay las máximasprobabilidades de que caiga en las redes de alguna coqueta o de que pongalos ojos en una mujer que no le convenga, pues su sentimiento no reaccionamás que ante un tipo de mujeres fatales, en el fondo primitivas. Esta es larazón por la que muchos intelectuales tienen tendencia a casarse por debajode su nivel; se enamoran de una campesina o de su criada, víctimas desentimientos arcaicos cuyas trampas ignoran. Así, pues, tienen razón endesconfiar de sus sentimientos, que pueden llevarles a cometer tonterías. Ensu intelecto, son fuertes, inatacables y capaces de mantenerse firmes por suspropios medios; pero en el campo de sus sentimientos, son influenciables,inestables, y lo comprenden. No intenten jamás forzar el sentimiento de unintelectual; lo controla con mano de hierro, pues lo siente peligroso. Esto esválido, por lo demás, para todas las funciones inferiores, siempre asociadasen nosotros a la faceta arcaica de nuestra personalidad. En nuestras funcionesinferiores, todos somos primitivos; en nuestra función diferenciada, somoscivilizados, nos creemos dueños de una voluntad libre; ahora bien, unafunción inferior está completamente desprovista de ella; constituye un puntodébil, una herida abierta a todo lo que apremia por entrar .Muchos de mis lectores se sienten ofuscados por el hecho de que yo llame alsentimiento una función racional; en particular, todos aquellos para quienes elsentimiento es el auxiliar de una función irracional, sensación o intuición, quedesempeña el papel de función principal. Pues tanto el pensamiento como elsentimiento pueden ser la función auxiliar de una función irracional principal.[Ahora bien, una función principal es como el ocular predilecto de todanuestra vida mental, ocular que, presidiendo la percepción de todas nuestrasvisiones, tanto exteriores como interiores, somete a los rayos que loatraviesan a las leyes de su propia refracción. Es decir, que el pensamiento oel sentimiento, percibidos a través del ocular de una función irracional,saldrán de él adornados de irracionalismo, para aparecer bajo esta luz ennuestra instrospección]. Estas personas a las que aludimos experimentan,pues, su sentimiento como algo irracional. Inversamente, cuando es unafunción racional la que preside nuestra vida mental, las funciones irracionalestienen un sello de razón; su irracionalismo esencial palidece al penetrar hastael centro elaborador de nuestras concepciones y se impregna de los únicoselementos racionales que allí se admiten. Así se explican esas conversacionesen las que dos personas que hablan del sentimiento, por ejemplo, hacen queeste término, por el juego de sus disposiciones naturales, signifique cosasmuy diferentes. Para ciertos psicólogos, «el sentimiento no es más que unpensamiento inacabado», mientras que, por el contrario, es preciso concederleuna existencia propia; pues el sentimiento es algo real, una función en sí; estoes lo que confirma el sentido común al concederle una designación propia,honor que no concede más que a los datos reales. Sólo los psicólogosinventan palabras para cosas que no existen .El pensador profundo tiene a su sentimiento bajo el control de supensamiento y no le deja fundir sino sentimientos racionales, que serán cultivados,estimados, mientras que los sentimientos irracionales serán puestos enla picota, rechazados desde sus primeros vagidos, es decir, repelidos alinconsciente. No jugarán papel alguno en su reflexión y permaneceránproscritos de la contemplación racional del mundo. Todas estas circunstancias,que no hemos podido sino esbozar aquí, envuelven al problema delas funciones psicológicas en contradicciones y oscuridades aparentes. Poreso es necesario establecer con precisión definiciones conceptuales de estasfunciones; esto es lo que he intentado hacer en mi obra Tipos psicológicos.Como este tema nos llevaría demasiado lejos, me remito a este libro; aquí noquería sino aludir a él. Deseo ahora responder a algunas preguntas que se mehan hecho a raíz de mi anterior exposición .PREGUNTA: Un oyente encuentra dificultades para enlazar los términossentimiento y racional, puesto que este último no se refiere aparentemente másque al pensamiento .RESPUESTA: Naturalmente, la expresión «racional» se refiere, en primer lugar,al pensamiento, pero también el sentimiento establece juicios. Juzgamostambién con nuestro sentimiento, que tiene su lógica particular. Los juiciosque el sentimiento hace no son el resultado de un movimiento interiorabsolutamente consecuente. Nos comportamos según los juicios de nuestrosentimiento y somos capaces de fundarlos .PREGUNTA: ¿Tienen los juicios del sentimiento un valor tan imperioso,evidentemente en su esfera, como los juicios lógicos? RESPUESTA: No debemosmezclar pensamiento y sentimiento. Debemos distinguir la lógica del sentimientode la del intelecto. En caso contrario, nos veremos abocados a unpensamiento que no tiene más que las apariencias de la lógica, y que, servidordel sentimiento, está truncado, mientras que nos complacemos en creerlesoberano; o, inversamente, tenemos un sentimiento impuro, falsificado porun intelectualismo que no ha dejado sus armas. Los juicios del sentimiento nodeben ser aplicados sino a su objeto; no están en su puesto más que en eldominio sentimental; [es decir, en el dominio en que el sentimiento puede ydebe darse libre curso. Están, por el contrario, perfectamente desplazados enuna cuestión que depende de la inteligencia y del razonamiento, y en la queel sujeto no tiene que intervenir sino en la búsqueda de lo verdadero, no en elinterés del yo]. Un juicio emitido por el sentimiento goza en sí de la mismaevidencia, de la misma validez que un juicio intelectual y lógico. Piénsese entodos los juicios sentimentales que existen y que tienen fuerza de ley. No sonpuramente subjetivos, sino que reposan sobre toda una escala de valores.Tenemos, por ejemplo, criterios estéticos y morales, que valen durantealgunos siglos, como la noción de lo bello, las nociones de lo bueno y delbien, que son, quizá, un poco más duraderas, pero que siempre acabantambién, en el trascurso de los siglos, por ser rehechas y adaptadas a lascircunstancias y a las nuevas exigencias. Lo mismo sucede por otra parte, converdades y constataciones intelectuales que, lejos de ser eternas, se modificanal paso de los siglos, unas veces de un modo rápido, otras insensiblemente,según su estabilidad y los cambios del espíritu; las hay que se remontan a doso tres milenios, y otras que datan de fecha reciente. Nuestras leyes de lanaturaleza, las constataciones de nuestras ciencias, a las que suele tenerse porfundamento más sólido, están sujetas a las modificaciones más presurosas.Basta que se produzca un hecho nuevo, mantenido hasta entonces en lasombra, para que todo el edificio de la pretendida verdad fundamental sederrumbe como un castillo de naipes .PREGUNTA: Otro oyente plantea una cuestión particularmente espinosa: la dela definición precisa de las funciones irracionales, sensación e intuición .RESPUESTA: Es un capítulo delicado. La palabra alemana que expresa lasensación, die Empfindung, es, en el uso corriente de la lengua, un términodesafortunado. En Goethe y en Schiller se encuentra todavía una confusiónconstante, que les hace emplear indistintamente, como intercambiables,sensación (die Empfindung) y sentimiento (das Gefühl). No ocurre así en laslenguas inglesa y francesa. El inglés distingue muy exactamente entre«sensation» y «feeling», y el francés entre «sensation» y «sentiment». Sólo uninglés muy poco letrado podría confundir e identificar estas dos nociones; lalengua culta está al abrigo de ello, mientras que esta confusión es corriente enalemán. Es interesante para la psicología de los pueblos el que la lenguaalemana presente una distinción insuficiente de estos dos datos; pues lasfunciones menos diferenciadas tienen, en efecto, a causa de su inconscienciarelativa, tendencia a identificarse, a fundirse una en la otra. En el inconscientetodo figura, por así decirlo, codo con codo, fundiéndose cada cosa,indiferenciada, en el todo. Es ésta una de las particularidades que distinguenal inconsciente del consciente y que los oponen: en el inconsciente no haydiscriminación absoluta, ni separación, ni siquiera respecto al consciente, loque permite a estas dos esferas de nuestra alma compenetrarse mutuamentesiendo el inconsciente la matriz donde la conciencia bebe sus posibilidades decombinaciones siempre renovadas. Sin duda, es por esta contaminación generalpor lo que se produce en la conciencia alemana la confusión delsentimiento y de la sensación. Además, otra confusión, la del sentimiento y laintuición, es todavía en nuestros días muy frecuente en alemán. Durantemucho tiempo no ha existido término científico para expresar la intuición, ypor eso se recurrió a la palabra latina. En inglés es peor todavía; no sedispone sino de la palabra «intuition», que se emplea también en el lenguajecorriente y que, por este hecho, pierde muchas de sus virtudes para designaruna noción científica. La noción de sensación en alemán (die Empfindung) estáligada, por un lado, a la de presentimiento, a la de intuición, y, por otro, a lade sentimiento. Se utilizan los términos de Empfinden (sensación) y de Gefühl(sentimiento) indiferentemente para estos tres órdenes de datos psicológicos,como si se tratara de la misma cosa. Esto se debe a que estas tres funciones seconfunden en una común y relativa inconsciencia. En semejante caso, sepuede pretender con una absoluta certeza que nos encontramos en presenciade un tipo intelectual. Por eso el alemán es, en el fondo, como ya hemosdicho, el pensador por excelencia. En francés, por el contrario, esta confusiónde términos no existe, al estar el francés en un cierto sentido más diferenciadoque el alemán. Su cultura es, para empezar, mucho más antigua; la heredódirectamente del patrimonio cultural antiguo, aunque sólo sea por la lengua.Por consiguiente, posee una diferenciación de su función de sentimiento quefalta a los alemanes incluso en la lengua. Las lenguas francesa e inglesa, comoya hemos dicho, distinguen netamente el sentimiento de la sensación. Noempleo el término de sensación en la acepción de una sensación única o deuna percepción sensorial única; entiendo por sensación lo que la psicologíafrancesa, con Pierre Janet, ha llamado la función de lo real, la percepción de larealidad de las cosas, la suma de los datos exteriores que nos soncomunicados por la actividad de nuestros sentidos. Esta es la mejor definiciónque puedo dar de ella. En otros términos, el ser sensorial se pone alunísono de la realidad de las cosas tal como ella es, quedando excluido todolo que no es esta realidad percibida. Naturalmente, se añaden funcionesauxiliares, conscientes o inconscientes; en el ser irracional serán principalmentefunciones racionales—las del sentimiento o e! pensamiento— las queaportarán su concurso. En este caso, en cambio, la intuición se ve rechazada .La intuición, naturalmente, en tanto que función irracional, no es para elintelecto fácil de definir. En mis Tipos psicológicos la he llamado «unapercepción por vía inconsciente», siendo una de sus particularidades la deque no se podría precisar dónde y cómo nace; parece que puede transitarmúltiples vías y, gracias a su intervención, permite ver, por así decir, lo quepasa «a la vuelta de la esquina». Me detengo aquí, y confieso que no sé, en elfondo, cómo opera la intuición; no sé lo que ha sucedido cuando un hombresabe de pronto una cosa que, por definición, no debería saber; no sé cómo hallegado a este conocimiento, pero sé que es real y que puede servir de basepara su acción. Los sueños premonitorios, la telepatía y todos los hechos deeste orden son intuiciones. He constatado estos fenómenos abundantemente,y estoy convencido de que existen; se encuentran entre los primitivos y entodas partes, con tal de que se preste atención a las percepciones que nosllegan a través de las capas subliminales de nuestro ser. La intuición es unafunción muy natural, perfectamente normal y necesaria; se ocupa de lo queno podemos sentir ni pensar, porque carece de realidad, como el pasado, queya no la tiene, y el futuro, que no existe por mucho que lo pensemos.Debemos estar reconocidos al cielo por poseer una función que proporcionacierta luz sobre lo que está «más allá de las cosas». Naturalmente, losmédicos, que se encuentran a menudo ante circunstancias enigmáticas, tienenuna gran necesidad de la intuición. Más de un buen diagnóstico es obra deesta misteriosa función. Con frecuencia se puede demostrar, en particular entipos francamente intuitivos, que se produjeron ciertas impresionessensoriales aunque se mantuvieron subliminales; es decir, que no se hicieronconscientes, sin que dejaran por ello de suscitar, mediante él rodeo dealgunas asociaciones mediatas, una determinada intuición. He aquí unejemplo: yo tenía una enferma que, desde hacía algún tiempo, venía a miconsulta; la recibí una bella mañana en la casita de mi jardín, que tiene en suscuatro costados puertas y ventanas; como éstas estaban todas abiertas, eraimposibe percibir el menor olor en aquel lugar. Me disponía a entablar laconversación y a preguntarle lo que había soñado, cuando ella me dijo deimproviso: —Esta mañana ha recibido usted, antes de mí, a un hombre.—¿Cómo lo sabe?—le pregunté sorprendido.—¡He tenido de pronto esa impresión! Mi mirada cayó entonces sobre uncenicero que contenía todavía varias colillas de cigarrillos. Por otra parte, eraaún muy temprano, y resultaba improbable que una dama hubiera venido ami consulta tan de mañana. Además, mi paciente sabía que yo no fumabacigarrillos. Así, pues, de este conjunto de hechos tenues, ella había concluidoque no se podía tratar sino de un visitante masculino, y esta conclusióninconsciente se había abierto paso en ella, sin que se percatara, hasta su esferaconsciente. Así es como, a partir de percepciones subliminales, surgen amenudo lo que llamamos intuiciones. Ello no debe sorprendernos, pues eltipo intuitivo se consagra, con la más rigu- rosa consecuencia, a suplantar enél la realidad de las cosas tal como ellas son. Para él, la verdad que importa essu atmósfera, su clima. Por eso el intuitivo se siente incómodo, «desgraciadocomo las piedras», cuando se encuentra dentro de una situación real; unasituación ya completa, desprovista de virtualidades nuevas, es para él comouna verdadera prisión; incapaz de sufrirla, siente la necesidad inmediata deforzar la red que le encierra. Tales son los intuitivos que mariposean perpetuamenteen el mundo, sin soportar la realidad de las cosas y huyéndola.Este comportamiento puede llevar sus ramificaciones muy lejos, tan lejos queun intuitivo puede llegar, por ejemplo, a perder la sensación de sucorporeidad, la sensación que tiene de su cuerpo. Yo he conocido el caso deuna dama intuitiva que tuvo esta experiencia. Al regresar un buen día a sucasa, descubre inopinadamente, durante el camino, la posibilidad y laexistencia de un nuevo problema; fascinada por ello, se sienta en un banco, apesar de que la temperatura es de cinco grados bajo cero; sumida en susreflexiones, que prosigue sin preocuparse de la temperatura ambiente,contrae un serio enfriamiento, que la hace guardar cama durante variassemanas. He aquí otro ejemplo: una mujer intuitiva (que gozaba, por otraparte, de un excelente equilibrio psíquico) se vio asaltada durante unaconsulta por un montón de problemas complejos y de cuestiones inauditas.Yo le pregunté: «¿De dónde saca usted todo ese amasijo?» Este puntoconstituía para mí, ante todo, un perfecto enigma. Poco a poco tuve laintuición (¡también en mí se trataba de una intuición!) de que había debajoalgo de tipo corporal. Le pregunté si había desayunado. «No»: había olvidadopor completo hacerlo; simplemente, tenía hambre. Hice que le trajeran unataza de té y un poco de pan, y los problemas se esfumaron como habíanvenido. El hambre contenida había sido el origen de aquella perturbación.Los intuitivos pueden ser ciegos para la realidad de las cosas hasta un gradoincreíble. He conocido también el caso de una paciente que, de pronto dejó depercibir el ruido de sus pasos contra el suelo. Se sintió tan asustada por elloque inició inmediatamente un tratamiento. Todavía podríamos hablarlargamente sobre las nociones de intuición y de sensación, pero creo que loque antecede bastará para comprender el sentido de ambas .Tras haber respondido a las cuestiones planteadas, que nos han hecho volveratrás, prosigamos ya nuestra exposición. Hemos hablado hasta ahora de lascuatro funciones que contribuyen a la orientación de la conciencia y noshemos enfrentado con el tema de la orientación en el espacio psicológicointerior. He citado ya tres elementos que ayudan a esta orientación:I. La memoria, es decir, la suma de recuerdos y la facultad de reproducirmateriales anteriormente registrados .II. Las contribuciones subjetivas de las funciones. No supongo que hayanustedes captado de un modo completo esta cuestión, que forma parte de lasmás difíciles de toda la psicología. Las contribuciones subjetivas están, porotra parte, dentro de la dependencia de cierto tabú. Cuando conversamos connosotros mismos o con un interlocutor, nos cuidamos siempre de pensar ydecir precisamente lo que decimos y de callar lo que, quizá, podemos pensaral margen y que sería capaz de contrarrestar peligrosamente nuestraintención. Es preciso confesar que siempre hay en nosotros pensamientossubsidiarios, satélites más o menos claramente percibidos por nuestropensamiento intencional, que va acompañado también por toda una serie desentimientos, de intuiciones, de percepciones; en resumen, de múltiplescontribuciones subjetivas, a las que, en general, nos esforzamos por reducir alsilencio .III. Los afectos. Decía al final de la exposición anterior que los afectos, en tantoque descargas explosivas de energía, poseen un singular carácter deautonomía, gracias al cual determinan alteraciones profundas de laconciencia. Los afectos son potencias autónomas con la misma razón, porejemplo, que los espíritus malignos de los primitivos. Los afectos nos hacensufrir una especie de atentado; algo que parece venir del exterior nos alcanzarepentinamente, nos asalta, nos subyuga. Esta es la razón por la que losafectos, entre los primitivos, están personificados. Un cierto número de diosesantiguos no son sino los afectos encarnados; piénsese en Marte, en Venus, enEris, en Eros, etc. Las personificaciones de esta naturaleza son multitud. Haytambién temperamentos deificados, caracteres emocionales convertidos endioses. Basta pensar en las expresiones que todavía hoy se emplean a base dejovial, de dionisíaco, etc. Deriva todo ello de la autonomía, que es el atributode los afectos y que, en cierto modo, invita a personificarlos. La antigüedad,para expresar el «flechazo», no sabía sino invocar los «dardos del diosAmor». O bien, para la cólera, era Eris quien arrojaba la manzana de ladiscordia entre los hombres. Esta es la forma en que los primitivos sienten losafectos, que sólo tienen significado para aquellos a quienes les afectan. Ellossuponen que el sujeto víctima de un afecto está poseído por un espíritu,cuando, por ejemplo, un rey negro estornuda, todos los cortesanos seprosternan durante cinco minutos, pues ha penetrado un alma nueva en él.Del mismo modo los espíritus a los que se hace responsables de lasenfermedades son personificados y tratados como humanos; se les daalimento y se. les prescribe morada, en la que no se desespera de llegar a encerrarlos .Llegamos ahora a un cuarto elemento. Los afectos, como acabo de decir,constituyen como explosiones súbitas. La vida psíquica presenta otrasparticularidades que no son ya explosiones, sino la irrupción en la concienciay su invasión por parte de contenidos inusitados. Es como si algo nos cayeraen el cerebro a través de la caja craneana. Por eso yo prefiero a ladenominación de «pensamiento súbito y que no se sabe de dónde nos viene»(Einfall), la de irrupción del inconsciente. Surgen contenidos inconscientes y serevelan de pronto en la conciencia, como relámpagos en un cielo sereno; setrata, en general, de una especie de fantasías o de fragmentos de fantasías quese agregan a la conciencia con fragor afectivo o, más concretamente, sin estefragor; pueden concretarse en forma de una impresión repentina, de unaopinión, de un prejuicio, de una ilusión o incluso de alucinaciones que seencuentran igualmente bajo la latitud de lo normal. En general, solemosesforzarnos por callar estos acontecimientos, pues se les siente como algoincongruente, de lo que no gusta hablar. No fue pequeño mi asombrocuando, al llegar a conocer un poco más profundamente a los hombres,comprobé cuan frecuentes son estas extrañas experiencias. Son numerosas laspersonas que han tenido al menos una época en el curso de su existencia,durante la cual cosas singulares de esta especie hicieron irrupción en suconciencia, inspirándoles una profunda angustia y una aprensión que, unidasa la sensación de incongruencia, son los residuos de un antiguo tabú. Losprimitivos tienen un temor tan sagrado de los espíritus que es ya sacrilegiopronunciar su nombre. Más adelante tendremos ocasión de hablar de loscomplejos, que son también magnitudes autónomas y que están, asimismo,bajo el influjo de un tabú. Cuando alguien, como sabemos, siente algo muydesagradable, no le gusta hablar de ello; sería faltar al buen tono elextenderse en sociedad sobre las propias dificultades psíquicas; esta tendencia,entre los ingleses, es todavía más acentuada que en otras partes; paraellos poseer un alma sería una equivocación mundana, y mayor todavía elponerlo de relieve; una conversación sobre temas filosóficos que haganalusión a su existencia cae dentro del mismo tabú mundano. Estascircunstancias exigen entre los primitivos una observancia todavía másintransigente que entre los civilizados, y la pena de muerte castiga a veces lainfracción del silencio que debe rodearlas. Entre nosotros, la prohibición dehablar de ciertas cosas, que en sí mismas acaso no serían penosas pero queestán bajo una reserva contra la que no se debe atentar, representa unasupervivencia de este orden de hechos. Nos vemos, pues, impedidos dehablar de las cosas más interesantes, porque están incluidas en dominiosprohibidos. La mayor prudencia y la cortesía más refinada son puestas enjuego en cuanto se trata de estas cuestiones; como prueba de ello me basta ladeferencia extraordinaria que testimonian los primitivos en relación con todolo que se relaciona con los espíritus .Por medio de estas cuatro categorías de hechos psicológicos hemos recorridocasi todos los datos que importaba citar aquí. Intentemos resumir lo quehemos dicho en un esquema que venga a completar el esquema 1. El campode nuestra visión psicológica lo podemos representar, si les parece, por esteesquema 3, que es como un vasto espacio, algunas de cuyas parcelas seencuentran iluminadas y junto a las cuales hay todavía un mundo deoscuridad, el mundo interior oscuro, del que no tenemos una imagen clara ydel que no captamos jamás sino fragmentos. Es un poco como si en esta salayo viera tan pronto a esta señora como a aquella otra, pero sin ver jamás atodo el auditorio. Tendría, pues, la impresión, en un momento dado, de queno hay aquí nadie más que esta señora, o que la primera ha sido reemplazadapor la segunda, a la que vería a su tiempo. Así ocurre en nuestro espaciointerior. En realidad, tenemos, además, cierta presciencia global del conjunto,no por ello menos recubierta por una sombra profunda. Al parecer, el hazluminoso de nuestra conciencia es limitado, y esta limitación nos incapacitapara aprehender normalmente más de un estado psíquico a la vez; ello esparticularmente cierto cuando estamos bajo el influjo de un afecto que captatoda nuestra atención y todos nuestros pensamientos, y durante el cual nopodríamos pensar en otra cosa. Si estamos violentamente irritados, nopodemos vivir sino nuestra cólera y no lograremos, mientras dure ésta, apartarde nuestro espíritu fascinado los pensamientos que ella nos inspira .Toda la parte inferior del diámetro AA' es el mundo oscuro. Tenemos quesituar, ante todo, en éste, como en su periferia, las irrupciones del inconsciente,a las que se puede comparar con exclamaciones que vinieran, por ejemplo, ainterrumpir ahora el hilo de mi conferencia. Luego, ya más próximos al yo,vienen los afectos; después, todavía más próximas, las contribuciones subjetivasde las funciones, que están al alcance del yo, que no poseen ya autonomía (loque las diferencia de los afectos) y a las que se puede, en cierta medida,acomodar según se quiera; puedo, por ejemplo, decir: «¡Buenos días, miquerido señor: encantado de conocerle!», sin que ello me impida pensar paramí: «¡Que el diablo se lo lleve!».Esquema 3Jung, complejos y el inconsciente, segundo libro, esquema 3Este último pensamiento es puesto a un lado, se mantiene secreto gracias a unimperceptible esfuerzo de voluntad, al no ejercer las contribuciones subjetivassobre el yo el influjo que caracteriza a los afectos y a las irrupciones delinconsciente. Si fuera un afecto el que me inspirara ese: «¡Que se pudra porahí!», no podría ya, a menos de no ser un virtuoso de la represión, impedirmeel proferir esta imprecación, a no ser al precio de un gran esfuerzo .En fin, en proximidad inmediata del yo hemos representado los recuerdos. Ensu zona, nuestra actividad intencional es, en cierta medida, soberana; pero encierta medida sólo, pues los recuerdos también pueden comportarse de formaespontánea, emergiendo de improviso, sin- que se sepa cómo ni por qué,provocando nuestra alegría o nuestra tristeza, llegando incluso a veces a laobsesión. Esta última se produce cuando las capas inferiores de nuestrapsique son la sede de una especie de impulso volcánico que impone a laconciencia determinados materiales. Las inspiraciones creadoras emergentambién a menudo así del mundo psíquico oscuro, cuyos contenidosinconscientes se abren paso y acaban por penetrar en la conciencia, dondedeterminan al mismo tiempo los afectos. Con frecuencia ignoramos qué es loque intenta emerger y sólo constatamos que ese algo crea un afecto, que es loque nuestra naturaleza sabe acoger, sobre todo. Nos ponemos de mal humoro nos sentimos irritados: «¿Qué te pasa?» «Nada, ¡estoy furioso!» Esto es algode todos los días. Los afectos perturban de este modo el juego de lascontribuciones subjetivas de las funciones; no logro concentrarme, digotonterías o lo contrario de lo que quisiera decir, felicito en lugar de presentarmi condolencia, meto la pata continuamente en sociedad, por el solo motivode que estoy en desacuerdo profundo conmigo mismo .He dicho más arriba que la parte del yo que está a la luz, la vertiente de laconciencia, detenta el privilegio de la voluntad; el yo consciente es capaz dequerer y de disponer, hasta cierto grado—el de su diferenciación—, de lasfunciones de la conciencia; éstas son comparables a cuatro cuerpos de ejércitoa los que se dirige a cualquier sitio. Pero lo que figura por debajo deldiámetro AA' no se deja conducir con esta docilidad. Lo emocional es reacio alas órdenes del yo, y su dominación, siempre discutida y jamás muy eficaz,exige inmensos esfuerzos. Las facultades de mando aquí están invertidas, y elyo es un poco como el inválido de una comedia de Nestroy en la que se producela siguiente escena: se ve sólo a un comandante; fuera, detrás de losdecorados, resuena una detonación y se oye al inválido gritar: «¡Mi comandante,he hecho un prisionero!» «¡Tráelo aquí!», y el inválido responde:«¡No me deja!» Frente a nuestras emociones somos como el inválido con suprisionero; nos reducen a una pasividad de hombre sufrido, son ellas quienesactúan. La voluntad no tiene eficacia sobre las capas profundas de la psiquesino en una débil medida; en general, su alcance eficaz no va más allá del recuerdo.La misma memoria, como hemos visto, es sólo hasta cierto punto unafunción voluntaria y controlada. Con mucha frecuencia nos juega malaspasadas; se parece a un caballo viciado al que no se puede domar y a menudose resiste de la manera más embarazosa. Cuando busco un recuerdo que seme escapa obstinadamente, sería en vano empeñarse, pues el recuerdobuscado, a pesar de todos mis esfuerzos, no se presentará a mi espíritu.Dependemos de un buen funcionamiento de nuestra memoria; no podemosquerer absolutamente acordarnos de algo; cuando un recuerdo es refractario,lo mejor es no pararse demasiado en ello; quizá nos vendrá a la mentedurante la noche o al día siguiente, cuando no pensamos en él y le dejamos en paz .Ello es más cierto todavía respecto a las contribuciones subjetivas queescapan al control personal y que una tercera persona nota quizá mejor quenosotros mismos. Se producen en nosotros sin que podamos refrenarlas. «Nopodemos asignar fronteras a los pensamientos», no podemos impedir quepensemos una tontería, no podemos evitar que una futilidad ridícula invadanuestra mente; cuando sería de rigor precisamente una gran seriedad, nosdomina una risa loca. Ello explica por qué los banquetes de entierro,tradicionales en ciertas regiones, degeneran con frecuencia en francachelasbien regadas, de una alegría desbordante, por el simple motivo de que elinconsciente, compensador, reacciona de forma acusada en estas ocasiones detristeza y, con la ayuda del vino, ganados por el contagio, no logramosreprimir sus efectos .Si pasamos, por último, a los afectos y a las irrupciones del inconsciente, seconstata que, en sus zonas, la voluntad no tiene nada que decir. Podemos,todo lo más, negar la existencia de un afecto y pretender, contra todaevidencia, «que no hay nadie en la casa». Para reprimir un afecto no tenemosotro recurso que borrarnos, dándonos en cierto modo a la huida ante su proximidad.Tenemos que distinguir dos grandes clases de seres humanos que secomportan de formas radicalmente diferentes respecto al mundo exterior y almundo interior. Los seres de una se mantienen en ø (esquema 3, pág. 144),tienen su centro ligeramente desplazado hacia arriba; en cuanto surge unadificultad sufren la tentación de buscar su salvaguardia y su salvación en elmundo exterior; huyen, en cierto modo, fuera de sí mismos y cuentan, aquien quiera oírlos, como para preservarse de ella, la desgracia que lesabruma. Es el hombre extravertido, que comunica con una sinceridadsorprendente las dificultades con que tropieza. Se podría pensar que no lastoma en serio, elaborándolas como afectos y llamando, por así decirlo, a todaslas puertas para participar sus miserias, con la esperanza de desembarazarse,en uno u otro quizá, de ese fardo que le es esencialmente personal .Los seres de la otra clase se comportan según un mecanismo contrario,también normal; estando el centro de su personalidad ligeramente desplazadohacia abajo, en øø (esquema 3), cuando surge en su camino unaasechanza, la fascinación que ejerce sobre ellos su mundo interior es tal quecon ocasión de esta detención momentánea en la marcha de su vida—y envirtud del reflujo de las energías que, retiradas del mundo exterior, van aanimar su mundo interior—sufren, en cierto modo sin saberlo, una atracciónque les abstrae del ambiente real y que, exagerada, les expondría a sertragados por un mundo imaginario. Es el tipo introvertido cuya tendencia, apesar de sus esfuerzos, es huir a un mundo de recuerdos y de afectosdesenfrenados. Es, evidentemente, otra forma de abordar las dificultades dela existencia: se sucumbe a su fascinación íntima, el sujeto se entierra con susafectos para renacer cuando éstos han cesado. Pero este tipo corre el riesgo deque la bomba en la que se encierra estalle un día; el individuo sospechaentonces que todo el mundo está al corriente de sus desventuras, que «losgorriones le pían sobre los tejados». Una persona, por ejemplo, que sufredificultades crecientes, se retira del círculo de sus amigos, se hunde en lo másprofundo de sí mismo, alquila una casa solitaria; evita, si llega el caso, hablarcon los demás inquilinos. Un buen día esta persona tiene la sensacióndesagradable de que pasa algo que no puede precisar. Llega a pensar quefuncionan radios, que se tienden hilos para transmitir comunicaciones sobreél; otro día, al oír a los vecinos de arriba charlar y ver que se callan alacercarse él, piensa: «Por lo menos esto es sospechoso.» Y así continúadurante algún tiempo hasta que, al fin, oye en una ocasión que hacen unaobservación que, a sus ojos, implica el conocimiento de sus secretos divulgados.La bomba está a punto de estallar. El sujeto es presa de una granexcitación acompañada de gritos desordenados, se arranca las ropas delcuerpo y confiesa a los cuatro vientos todo lo que —según él—ha pasado yqué clase de ser abominable es. Entonces se dice que esta persona está loca yle encierran en un manicomio .En otra representación (esquema 4) la zona oscura representa la conciencia, elmundo consciente tal como lo percibimos y en el que nos orientamos graciasa la sensación, al pensamiento, a la intuición y al sentimiento. La zona blanca5, que sirve de transición entre la zona oscura y la más clara, representa elumbral que da paso al yo desde el mundo exterior hasta el mundo interiorMientras el mundo exterior y consciente capta toda nuestra atención, noobservamos gran cosa en esta zona intermedia. Pero en cuanto la concentraciónde la conciencia disminuye, los recuerdos, las contribucionessubjetivas, los afectos y las irrupciones aparecen en su superficie, procedentesde un centro oscuro al que el término de inconsciente sólo tiene la pretensión de aludir.Así, en el primitivo se puede observar claramente que la caída de la nocherevoluciona su concepción de las cosas. Durante el día toda su capacidad deatención está vuelta hacia el mundo exterior y concreto. Pero cuandosobreviene la oscuridad todo se vuelve mágico y lleno de espíritus, pues lapuesta del sol supone para el primitivo la extinción de la conciencia diurna;en cuanto falta la luz, reaparece el mundo interior, que para el primitivo estan real y concreto como el mundo exterior. Contenidos que proceden delinconsciente psíquico caen en el sector consciente del mundo interiorindividual y suscitan en él ciertos efectos cuya procedencia absolutamenteíntima escapa al primitivo, por lo que atribuye su causa al único mundo queél conoce: el mundo exterior. En otras palabras, los espíritus son para élrealidades, seres como ustedes y como yo. Es cierto que no se les puede ver,pero no por ello son menos reales a sus ojos y dejan de necesitar alimentos. Ycuando un blanco le replica al primitivo que los espíritus no han probado losalimentos que les ofreció, éste le responde que los espíritus se mantienen deun alimento invisible aspirando los olores. Esto recuerda mucho a larepresentación antigua de los dioses, según la cual éstos se complacían con elolor de los alimentos y se mantenían con él. En el primitivo, pues, el interior estáproyectado en el exterior y aparece siempre durante la noche .Esquema 4Jung, complejos y el inconsciente, libro segundo, esquema 41. Sensación2. Pensamiento3. Intuición4. Sentimiento5. El Yo, la voluntad6. Recuerdos7. Contribuciones subjetivas8. Afectos9. Irrupciones10. Inconsciente personal11. Inconsciente colectivoYa no es así para nosotros, pues todo esto se nos ha vuelto oscuro y laperiodicidad diurna-nocturna se ha difuminado; por la noche somos lomismo que fuimos durante el día; como máximo, quizá nos reímos de lanoche; pero el sentimiento de que el mundo oscuro es diferente del mundosoleado se nos ha vuelto totalmente extraño; en efecto, nosotros noproyectamos ya con la misma ingenuidad nuestros datos interiores en elmundo exterior. Ello no significa que estos datos no están ya en nosotros;ellos mismos nos fuerzan a observarlos, a erigirlos como ciencia, como cienciapsicológica. Ahora hablamos de psique, de inconsciente, de irrupciones y deafectos, etc., nociones que circunscriben para nosotros el dominio legítimo deuna realidad psíquica inconsciente. Por otra parte, es aún bastante frecuenteentre nosotros que estas realidades interiores sean proyectadas al exterior.Estas proyecciones entregan nuestra alma al saqueo: aquello que en realidadvive en nosotros ve cómo se le confiere una existencia exterior.

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