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Estudio del psicoanálisis y psicología

LECCION II LOS ACTOS FALLIDOS



LECCION II LOS ACTOS FALLIDOS

COMENZAREMOS esta segunda lección no con la exposición de nuevas hipótesis, sino con una investigación, eligiendo como objeto de la misma determinados fenómenos muy frecuentes y conocidos, pero insuficientemente apreciados, que no pueden considerarse como producto de un estado patológico, puesto que son observados en toda persona normal. Son estos fenómenos aquellos a los que nosotros damos el nombre de funciones fallidas (Fehlleistungen) o actos fallidos (Fehlhandlungen), y que se producen cuando una persona dice una palabra por otra (Versprechen =equivocación oral), escribe cosa distinta de lo que tenía intención de escribir (Verschreiben=equivocación en la escritura), lee en un texto impreso o manuscrito algo distinto de lo que en el mismo aparece (Verlesen =equivocación en la lectura o falsa lectura), u oye cosa diferente de lo que se dice (Verhoren=falsa audición), claro es que sin que en este último caso exista una perturbación orgánica de sus facultades auditivas. Otra serie de estos fenómenos se basa en el olvido; pero no en un olvido duradero, sino temporal; por ejemplo, cuando no podemos dar con un nombre que nos es, sin embargo, conocido, y que reconocemos en cuanto otra persona lo pronuncia o logramos hallar por nosotros mismos al cabo de más o menos tiempo, o cuando olvidamos llevar a cabo un propósito que luego recordamos y que, por tanto, solo hemos olvidado durante determinado intervalo. En un tercer grupo de estos fenómenos falta este carácter temporal; por ejemplo, cuando no logramos recordar el lugar en que hemos guardado o colocado un objeto o perdemos algo definitivamente. Tratase aquí de olvidos muy distintos de los que generalmente sufrimos en nuestra vida cotidiana y que nos asombran e irritan en vez de parecernos perfectamente comprensibles.

A estos casos se suma una gran cantidad de pequeños fenómenos conocidos bajo diversos nombres, y entre ellos determinados errores en los que vuelve a aparecer el carácter temporal, como, por ejemplo, cuando durante algún tiempo nos representamos determinadas cosas de una manera distinta a como antes sabíamos que eran y como tiempo después confirmaremos que en realidad son.

Todos estos pequeños accidentes, que poseen un íntimo parentesco, como se nos muestra ya en el hecho de que los nombres con que (en alemán) los calificamos tienen común el prefijo ver, son, en su mayoría, insignificantes, de corta duración y escasa importancia en la vida cotidiana. Solo en muy raros casos llega alguno de ellos (por ejemplo; la perdida de objetos) a alcanzar alguna trascendencia práctica. Esta falta de trascendencia hace que no despierten nuestra atención ni den lugar más que a efectos de muy escasa intensidad.

Sobre estos fenómenos versaran varias de las conferencias que ante vosotros me propongo pronunciar aunque estoy seguro de que el solo enunciado de este propósito ha de despertar en vosotros un sentimiento de decepción. <Existen -pensareis-, así en el extenso mundo exterior como en el más restringido de la vida psíquica, tantos oscuros problemas y tantas cosas extraordinarias y necesidades de un esclarecimiento en el campo de las perturbaciones psíquicas, que parece realmente frívolo y caprichoso prodigar el esfuerzo y el interés en tales nimiedades. Si pudierais explicarnos por qué un hombre cuyos órganos visuales y auditivos aparecen totalmente normales llega a ver en pleno día cosas inexistentes, o por que otros se creen de repente perseguidos por aquellas mismas personas que hasta el momento le inspiraban mayor cariño, o construyen en su pensamiento, con sorprendente ingeniosidad, absurdos delirios que un niño hallaría desatinados, entonces diríamos que el psicoanálisis merecía todo nuestro respeto y atención. Pero si el psicoanálisis no puede hacer otra cosa que investigar por qué un orador de banquete comete un lapsus linguae, porque una buena ama de casa no consigue encontrar sus llaves, o tantas otras futilidades del mismo género, entonces, realmente, nos parece que hay problemas más interesantes a los que podríamos dedicar nuestro tiempo y nuestro interés.>

Mas a esto os respondería yo: Tened paciencia; vuestra critica es totalmente equivocada. Cierto es que el psicoanálisis no puede vanagloriarse de no haber dedicado jamás su atención a nimiedades, pues, por el contrario, los materiales que somete a observación son, en general, aquellos sucesos inaparentes que las demás ciencias desprecian, considerándolos en absoluto insignificantes. Pero ?no confundiréis en vuestra critica la importancia de los problemas con la apariencia exterior de los signos en que se manifiestan? ?No hay acaso cosas importantísimas que en determinadas condiciones y momentos solo se delatan por signos exteriores debilísimos? Sin dificultad ninguna podría citaros numerosas situaciones de este género. ?De que mínimos signos deducís los jóvenes haber conquistado la inclinación de una muchacha? ?Esperareis acaso una declaración amorosa o un apasionado abrazo, u os bastara desde luego con una simple mirada apenas perceptible para una tercera persona, un fugitivo ademan o la prolongación momentánea de un amistoso apretón de manos? Y cuando el magistrado emprende una investigación criminal, ?necesita acaso para fijar la personalidad del delincuente encontrar en el lugar del crimen la fotografía y las señas del mismo, dejadas por el amablemente para evitar trabajo a la justicia, o se contenta con sutiles e imprecisas huellas que sirvan de base a su labor investigadora? Vemos, pues, que no tenemos derecho alguno a despreciar los pequeños signos, y que tomándolos en consideración pueden servirnos de guía para realizar importantes descubrimientos. También yo, como vosotros, soy de la opinión de que los grandes problemas del mundo y de la ciencia son los que tienen preferente derecho a nuestra atención; pero resulta, en general, de escasísima utilidad formular el decidido propósito de dedicarnos por entero a la investigación de alguno de estos grandes problemas, pues en cuanto queremos poner en práctica tal decisión hallamos que no sabemos cómo orientar los primeros pasos de nuestra labor investigadora. En toda labor científica es mucho más racional someter a observación aquello que primeramente encuentra uno bajo sus miradas, esto es, aquellos objetos cuya investigación nos resulta fácil. Si esta primera investigación se lleva a cabo seriamente, sin prejuicio alguno, pero también sin esperanzas exageradas, y si, además, nos acompaña la suerte, puede suceder que merced a la conexión que enlaza todas las cosas entre sí, y claro es que también lo pequeño con lo grande, la labor emprendida con tan modestas pretensiones nos abra un excelente acceso al estudio de los grandes problemas.

Con estos argumentos creo haber contestado a vuestras objeciones y conseguido, al mismo tiempo, que no me neguéis vuestra atención durante las lecciones que dedique a tratar de los actos fallidos del hombre normal, fenómenos tan insignificantes al parecer.

Como primera providencia, nos dirigiremos a alguien totalmente extraño al psicoanálisis, y le preguntaremos cual es la explicación que da a la producción de estos hechos. Seguramente comenzara por respondernos que tales fenómenos no merecen esclarecimiento alguno, pues se trata únicamente de pequeños accidentes casuales. Mas ?que es lo que con esta frase quiere significar? ?Querrá acaso afirmar que existen sucesos tan insignificantes que se encuentran fuera del encadenamiento de la fenomenología universal y que lo mismo hubieran podido no producirse? Pero el romper de este modo el determinismo natural, aunque sea en un solo punto, trastornaría toda la concepción científica del mundo (Weltanschauung). Debemos, pues, hacer ver a quien así nos contesta todo el alcance de su afirmación y mostrarle que la concepción religiosa del mundo se conduce más consecuentemente cuando sostiene que un gorrión no cae de un tejado sin una intervención particular de la voluntad divina. Supongo que ante este argumento no intentara ya nuestro amigo deducir la consecuencia lógica de su primera respuesta, sino que se rectificara, diciendo que si él se dedicara a la investigación de estos pequeños fenómenos, acabaría por encontrarles una explicación, pues se trata, sin duda, de pequeñas desviaciones de la función anímica o inexactitudes del mecanismo psíquico, cuyas condiciones habrían de ser fácilmente determinables. Un sujeto que, en general, hable correctamente, puede muy bien cometer equivocaciones orales en los casos siguientes: 1o., cuando se halle ligeramente indispuesto o fatigado; 2o., cuando se halle sobreexcitado; 3o., cuando se halle excesivamente absorbido por cuestiones diferentes a aquellas a las que sus palabras se refieren. Estas afirmaciones pueden ser fácilmente confirmadas. Las equivocaciones orales se producen con particular frecuencia cuando nos hallamos fatigados, cuando padecemos un dolor de cabeza o en las horas que preceden a una jaqueca. En estas mismas circunstancias se produce también fácilmente el olvido de nombres propios, hasta el punto de que muchas personas reconocen en tal olvido la inminencia de una jaqueca. Del mismo modo, cuando nos hallamos sobreexcitados, confundimos fácilmente ya no solo las palabras, sino también las cosas, haciéndonos reos de actos de aprehensión errónea, y los olvidos de proyectos y otra gran cantidad de actos no intencionados se hacen particularmente frecuentes cuando nos hallamos distraídos, esto es, cuando nuestra atención se halla concentrada sobre otra cosa. Un conocido ejemplo de tal distracción nos es ofrecido por aquel profesor del Fliegende Blatter [*] que olvida su paraguas y se lleva un sombrero que no es suyo, porque su pensamiento se halla absorto en los problemas que se propone tratar en un próximo libro. Por propia experiencia conocemos todos los casos de olvido de propósitos o promesas, motivados por haberse producido, después de concebir los primeros o formular las segundas, sucesos que han orientado violentamente nuestra atención hacia otro lado.

Todo esto lo encontramos perfectamente comprensible y nos parece hallarse protegido contra cualquier objeción; mas, por otro lado, no presenta a primera vista todo el interés que quizá esperábamos. Sin embargo, examinando más penetrantemente estas explicaciones de los actos fallidos, hallaremos que las condiciones que se indican como determinantes de tales fenómenos no son todas de una misma naturaleza. La indisposición y los trastornos circulatorios proporcionan un fundamento fisiológico para la alteración de las funciones normales; pero, en cambio, la excitación, la fatiga y la distracción son factores de naturaleza distinta y a los que podríamos calificar de psicofisiológicos. Fácilmente podemos construir una teoría de su actuación. La fatiga, la distracción y quizá también la excitación general producen una dispersión de la atención que puede muy bien aminorar, hasta hacerla por completo insuficiente, la cantidad de la misma dirigida sobre la función de referencia, la cual puede entonces quedar fácilmente perturbada o ser realizada inexactamente. Una ligera indisposición o modificaciones circulatorias del órgano nervioso central pueden ejercer idéntico efecto, influyendo del mismo modo sobre el factor regulador, o sea sobre la distribución de la atención. Tratarías, pues, en todos los casos de efectos consecutivos a perturbaciones de la atención producidas por causas orgánicas o psíquicas.

Mas todo esto no parece aportar gran cosa a nuestro interés psicoanalítico. Podríamos, pues, sentirnos inclinados de nuevo a renunciar a nuestra labor; pero examinando más penetrantemente tales observaciones, nos daremos cuenta de que no todos los caracteres de los actos fallidos pueden explicarse por medio de esta teoría de la atención. Observaremos, sobre todo, que tales actos y tales olvidos se producen también en personas que, lejos de hallarse fatigadas, distraídas o sobreexcitadas, se encuentran en estado normal, y que solamente a posteriori, esto es, precisamente después del acto fallido, es cuando se atribuye a tales personas una sobreexcitación que las mismas niegan en absoluto. La afirmación que pretende que el aumento de atención asegura la ejecución adecuada de una función, y, en cambio, cuando dicha atención queda disminuida, aparece el peligro de perturbaciones e inexactitudes de todo género, nos parece un tanto simplista. Existe un gran número de actos que ejecutamos automáticamente o con escasísima atención, circunstancias que en nada perjudican a la más precisa ejecución de los mismos. El paseante que apenas se da cuenta de la dirección en que marcha, no por ello deja de seguir el camino acertado, y llega al fin propuesto sin haberse perdido. El pianista ejercitado deja, sin pensar en ello, que sus dedos recorran precisamente las teclas debidas. Claro es que puede equivocarse; mas si su actividad automática hubiera de aumentar las probabilidades de error, seria natural que fuera el virtuoso, cuyo juego ha llegado a ser, a consecuencia de un largo ejercicio, puramente automático, el más expuesto a incurrir en errores. Mas, por el contrario, vemos que muchos actos resultan particularmente acertados cuando no son objeto de una atención especial, y que el error se produce, en cambio, cuando precisamente nos interesa de una manera particular lograr una perfecta ejecución, esto es, cuando no existe desviación alguna de la atención. En estos casos podría decirse que el error es efecto de la <excitación>; pero no comprendemos porque esta última no habría mas bien de intensificar nuestra atención sobre un acto al cual ligamos tanto interés. Cuando en un discurso importante o en una negociación verbal comete alguien un lapsus y dice lo contrario de lo que quería decir, cae en un error que no puede explicarse fácilmente por la teoría psicofisiológica ni tampoco por la de la atención.

Los actos fallidos se muestran además acompañados por un sinnúmero de pequeños fenómenos secundarios que nos parecen incomprensibles y a los que las explicaciones intentadas hasta el momento no han conseguido aun aproximar a nuestra inteligencia. Cuando, por ejemplo, hemos olvidado temporalmente una palabra, nos impacientamos e intentamos recordarla, sin darnos punto de reposo hasta hallarla. ?Por que el sujeto a quien tanto contraria este olvido logra tan raramente, a pesar de su intenso deseo, dirigir su atención sobre la palabra, que, como suele decirse, <tiene en la punta de la lengua> y que reconoce en el acto que otra persona la pronuncia ante él? Hay también casos en los que los actos fallidos se multiplican, se encadenan unos con otros y se reemplazan recíprocamente. Olvidamos por primera vez una cita y formamos el decidido propósito de no olvidarla en la ocasión siguiente; pero, llegada esta, nos equivocamos al anotar la hora convenida. Mientras que por toda clase de rodeos intentamos recordar una palabra olvidada, huye de nuestra memoria una segunda palabra que nos hubiera podido ayudar a encontrar la primera, y mientras nos dedicamos a buscar esta segunda palabra, se nos olvida una tercera, y así sucesivamente. Análogos fenómenos suelen producirse en las erratas tipográficas, las cuales pueden considerarse como actos fallidos del cajista. En una ocasión apareció una de tales erratas persistentes en un periódico socialdemócrata. En la crónica de cierta solemnidad oficial podía leerse: <Entre los asistentes se encontraba S. A. el Kornprinz> (en lugar de Kronprinz). Al día siguiente rectifico el periódico, confesando su error anterior y diciendo: <Nosotros queríamos decir, naturalmente, el Knorprinz.> En estos casos se echa la culpa, generalmente, a un diablo juguetón que presidiría los errores tipográficos o al duende de la caja, expresiones todas que van más allá del alcance de una simple teoría psicofisiológica de la errata de imprenta.

Ignoro si os es también conocido el hecho de que la equivocación oral puede ser provocada por algo que pudiéramos calificar de sugestión. A este propósito existe la siguiente anécdota: Un actor inexperimentado se encargó, en una representación de La doncella de Orleans, del importantísimo papel de anunciar al rey que el condestable (Connetable) le devolvía su espada (Schwert). Mas durante el ensayo general un bromista se entretuvo en intimidar al novicio actor apuntándole, en lugar de la frase que tenía que decir, la siguiente: <El confortable (Confortable) devuelve su caballo (Perdí).> Naturalmente, el pesado bromista consiguió un maligno propósito, y en la representación el novel actor pronuncio, en efecto, la frase, modificada, que le había sido apuntada en lugar de la que debía decir, a pesar de que varias veces se le había advertido la posibilidad de tal equivocación, o quizá precisamente por ello mismo.

Todos estos pequeños rasgos de los actos fallidos no quedan ciertamente explicados por la teoría antes expuesta de la desviación de la atención; pero esto no quiere decir que tal teoría sea falsa. Para satisfacernos por completo le falta quizá algún complemento. Pero también muchos de los actos fallidos pueden ser considerados desde otros diferentes puntos de vista.

De todos los actos fallidos, los que más fácilmente se prestan a nuestros propósitos explicativos son las equivocaciones orales y las que cometemos en la escritura o la lectura. Comenzaremos, pues, por examinar las primeras, y recordaremos, ante todo, que la única interrogación que hasta ahora hemos planteado y resuelto a su respecto era la de saber cuándo y en qué condiciones se cometían. Una vez resuelta esta cuestión, habremos de consagrarnos a investigar lo referente a la forma y efectos de la equivocación oral, pues en tanto que no hayamos dilucidado estos problemas y explicado el efecto producido por las equivocaciones orales, seguiremos teniendo que considerarla, desde el punto de vista psicológico, como fenómenos casuales, aunque les hayamos encontrado una explicación fisiológica. Es evidente que cuando cometemos un lapsus puede este revestir muy diversas formas, pues en lugar de la palabra justa podemos pronunciar mil otras inapropiadas o imprimir a dicha palabra innumerables deformaciones. De este modo, cuando en un caso particular elegimos entre todos estos lapsus posibles uno determinado, tenemos que preguntarnos si habrá razones decisivas que nos impongan tal elección o si, por el contrario, se tratara únicamente de un hecho accidental y arbitrario.

Dos autores, Meringer y Mayer, filólogo el primero y psiquiatra el segundo, intentaron en 1895 atacar por este lado el problema de las equivocaciones orales, y han reunido un gran número de ejemplos, exponiéndolos, en un principio, desde puntos de vista puramente descriptivos. Claro es que, obrando de este modo, no han aportado explicación ninguna de dicho problema, pero si nos han indicado el camino que puede conducirnos a tal esclarecimiento. Estos autores ordenan las deformaciones que los lapsus imprimen al discurso intencional en las categorías siguientes: intraversiones, anticipaciones, ecos, fusiones (contaminaciones) y sustituciones. Expondré aquí algunos ejemplos de estos grupos. Existe introversión cuando alguien dice <la Milo de Venus> en lugar de <la Venus de Milo>, y anticipación en la frase <Senti un pech_, digo, un peso en el pecho.> Un caso de eco seria el conocido brindis: <Ich fordere Sie auf, auf das Wohl unseres Chefs aufzustoBen> [<Lo(s) invito a eructar a la salud de nuestro jefe>, en lugar de <Lo(s) invito a brindar (anstoBen) a la salud de nuestro jefe> -Nota del E.-]. Estas tres formas de la equivocación oral no son muy frecuentes, siendo mucho más numerosos aquellos otros casos en los que la misma surge por una fusión o contracción. Un ejemplo de esta clase es el de aquel joven que abordo a una muchacha en la calle con las palabras: <Si usted me lo permite señorita, desearía acompañarla (begleiten)>, pero en vez de este verbo begleiten (acompañar) formo uno nuevo (

begleitdigen), compuesto del primero y beleidigen (ofender ). En la palabra mixta resultante aparece claramente, a más de la idea de acompañar, la de ofender, y creemos, desde luego, que el galante joven no obtendría con su desafortunada frase un gran éxito. Como caso de sustitución citan Meringer y Mayer la siguiente frase: <Metiendo los preparados en el buzón (Briefkasten)_>, en lugar de <en el horno de incubación> (Brutkasten).

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