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Estudio del psicoanálisis y psicología

Obras de S. Freud: 31ª conferencia. La descomposición de la personalidad psíquica



31ª conferencia.
La descomposición de la personalidad psíquica
(1)
Señoras y señores: Sé que en sus vínculos con personas o cosas ustedes advierten la
significación del punto de partida. Le ocurrió también al psicoanálisis: en modo alguno fue
indiferente para su ulterior desarrollo, ni para la acogida que tuvo, iniciar su trabajo por el síntoma, lo más ajeno al yo que se encuentre en el interior del alma. El síntoma proviene de lo reprimido, es por así decir su subrogado ante el yo; ahora bien, lo reprimido es para el yo tierra extranjera, una tierra extranjera interior, así como la realidad -permítanme la expresión insólitaes tierra extranjera exterior. Desde el síntoma, el sendero llevó a lo inconciente, a la vida
pulsional, a la sexualidad, y fue la época en que el psicoanálisis tuvo que oír las agudas
objeciones de que el ser humano no es mera criatura sexual, conoce también mociones más nobles y elevadas. Habríase podido agregar que empinándose en la conciencia de esas
mociones superiores se arroga hartas veces la facultad de pensar dislates y descuidar hechos.
Ustedes tienen un mejor conocimiento; desde el comienzo mismo se sostuvo entre nosotros
que el ser humano enferma a raíz del conflicto entre las exigencias de la vida pulsional y la
resistencia que dentro de él se eleva contra ellas, y en ningún momento habíamos olvidado a
esa instancia que resiste, rechaza, reprime, a la que imaginábamos dotada de sus fuerzas
particulares, las pulsiones yoicas, y que coincidía justamente con el yo de la psicología popular.
Sólo que en el arduo progresar del trabajo científico tampoco el psicoanálisis pudo estudiar todos los campos de manera simultánea ni pronunciarse de un solo aliento sobre todos los problemas. Al fin se hubo avanzado lo suficiente para apartar la atención de lo reprimido y dirigirla a lo represor; entonces nos enfrentamos a ese yo, que parecía ser tan evidente, con la expectativa cierta de hallar también ahí cosas para las cuales uno no podía estar preparado.
Pero no fue fácil hallar un primer acceso. Sobre esto quiero informarles hoy.
Debo, sin embargo, formular mi conjetura de que esta exposición mía de la psicología del yo
les producirá un efecto diverso que su antecesora, la introducción en el mundo psíquico
subterráneo. No sé con certeza por qué habría de ser así. En primer lugar, hallarán, creo, que
antes les informé sobre todo acerca de hechos, si bien ajenos y raros, mientras que esta vez
escucharán principalmente concepciones, o sea especulaciones. Pero esto no da en el blanco;
considerándolo mejor, debo afirmar que la parte del procesamiento conceptual del material de
hechos no es mucho mayor en nuestra psicología del yo de lo que fue en la psicología de las
neurosis. También me vi forzado a desestimar otros fundamentos posibles de mi expectativa;
ahora creo que ello se debe de algún modo al carácter del material mismo y a nuestra falta de
costumbre de tratar con él. Comoquiera que fuese, no me asombrará que se muestren ustedes
en su juicio todavía más reservados y prudentes que hasta el momento.
La situación en que nos hallamos al comienzo de nuestra indagación debe enseñarnos por sí
misma el camino. Queremos tomar como asunto de ella al yo, a nuestro yo más propio. Pero,
¿es posible hacerlo? El yo es por cierto el sujeto más genuino: ¿cómo podría devenir objeto?
Ahora bien, sin duda ello es posible. El yo puede tomarse a sí mismo por objeto, tratarse como
a los otros objetos, observarse, criticarse, y Dios sabe cuántas otras cosas podrá emprender
consigo mismo. Para ello, una parte del yo se contrapone al resto. El yo es entonces escindible,
se escinde en el curso de muchas de sus funciones, al menos provisionalmente. Los
fragmentos parcelados pueden reunificarse luego. Esto no es ninguna novedad, acaso no es
sino una desacostumbrada insistencia en cosas consabidas. Por otra parte, estamos
familiarizados con la concepción de que la patología, mediante sus aumentos y
engrosamientos, puede llamarnos la atención sobre constelaciones normales que de otro modo
se nos escaparían. Toda vez que nos muestra una ruptura o desgarradura, es posible que
normalmente preexistiera una articulación. Si arrojamos un cristal al suelo se hace añicos, pero
no caprichosamente, sino que se fragmenta siguiendo líneas de escisión cuyo deslinde, aunque
invisible, estaba comandado ya por la estructura del cristal. Unas tales estructuras desgarradas
y hechas añicos son también los enfermos mentales. Tampoco nosotros podemos denegarles
algo del horror reverencial que los pueblos antiguos testimoniaban a los locos. Ellos se han
extrañado de la realidad exterior, pero justamente por eso saben más de la realidad interior,
psíquica, y pueden revelarnos muchas cosas que de otra manera nos resultarían inaccesibles.
De un grupo de estos enfermos decimos que padecen el delirio de ser observados. Se nos
quejan de que sin cesar, y hasta en su obrar más íntimo, son fastidiados por la observación de
unos poderes desconocidos, aunque probablemente se trata de personas; y por vía alucinatoria
oyen cómo esas personas anuncian los resultados de su observación: «Ahora va a decir eso,
se viste para salir, etc.». Esa observación no es por cierto idéntica a una persecución, pero no
está muy lejos de esta; presupone que se desconfía de ellos, que se espera sorprenderlos en
acciones prohibidas por las que deben ser castigados. ¿Qué tal si estos locos tuvieran razón, si
en todos nosotros estuviera presente dentro del yo una instancia así, que observa y amenaza
con castigos, con la sola diferencia de que en ellos se habría separado más tajantemente del yo
y desplazado de manera errónea a la realidad exterior?
No sé si a ustedes les pasa lo mismo que a mí. Después que bajo la fuerte impresión de este
cuadro patológico hube concebido la idea de que la separación de una instancia observadora
del resto del yo podía ser un rasgo regular dentro de la estructura del yo, esa idea no me
abandonó más, y me vi empujado a investigar los otros caracteres y nexos de la instancia así
separada. Enseguida se da el paso siguiente. Ya el contenido del delirio de observación sugiere
que el observar no es sino una preparación del enjuiciar y castigar, y así colegimos que otra
función de esa instancia tiene que ser lo que llamamos nuestra conciencia moral. No parece
que dentro de nosotros haya algo que separemos de nuestro yo de manera tan regular y lo
contrapongamos a él tan fácilmente como lo hacemos con nuestra conciencia moral. Siento la
inclinación de hacer algo que me promete un placer, pero lo omito con el fundamento de que mi
conciencia moral no lo permite. 0 bien la hipertrófica expectativa de placer me movió a hacer
algo contra lo cual elevó su veto la voz de la conciencia moral, y tras el acto ella me castiga con
penosos reproches, me hace sentir el arrepentimiento por él. Podría decir simplemente que la
instancia particular que empiezo a distinguir dentro del yo es la conciencia moral, pero es más
prudente considerar autónoma esa instancia, una de cuyas funciones sería la conciencia moral
y otra la observación de sí, indispensable como premisa de la actividad enjuiciadora de la
conciencia moral. Y como cumple al reconocimiento de una existencia separada dar a la cosa
un nombre propio, designaré en lo sucesivo «superyó» a esa instancia situada en el interior del
yo.
Ahora estoy preparado para que me pregunten irónicamente si nuestra psicología del yo se
limita a tomar al pie de la letra abstracciones en uso y engrosarlas, mudarlas de conceptos en
cosas, con lo cual no se ganaría mucho. Respondo que en la psicología del yo será difícil evitar
lo consabido; se tratará más de concepciones y ordenamientos novedosos que de nuevos
descubrimientos. Quédense por ahora con su crítica desvalorizadora, y esperen los próximos
desarrollos. Los hechos de la patología proporcionan a nuestros empeños un cañamazo que en
vano buscarían ustedes en la psicología popular. Prosigo, pues. No bien nos hemos
familiarizado con la idea de un superyó así concebido, que goza de cierta autonomía, persigue
sus propios propósitos y es independiente del yo en cuanto a su patrimonio energético, se nos
impone un cuadro patológico que ilustra de manera patente la severidad, hasta la crueldad, de
esa instancia, así como las mudanzas de su vínculo con el yo. Me refiero al estado de la
melancolía(2) más precisamente del ataque melancólico, del cual ustedes sin duda habrán
oído bastante aunque no sean psiquiatras. El rasgo más llamativo de esta enfermedad, acerca
de cuya causación y mecanismo sabemos muy poco, es el modo en que el superyó -digan
ustedes sólo para sí: la conciencia moral- trata al yo. Mientras que en sus períodos sanos el
melancólico puede ser más o menos severo consigo mismo, como cualquier otra persona, en
el ataque melancólico el superyó se vuelve hipersevero, insulta, denigra, maltrata al pobre yo, le
hace esperar los más graves castigos, lo reprocha por acciones de un lejano pasado que en su
tiempo se tomaron a la ligera, como si durante todo ese intervalo se hubiera dedicado a reunir
acusaciones y sólo aguardara su actual fortalecimiento para presentarse con ellas y sobre esa
base formular una condena. El superyó aplica el más severo patrón moral al yo que se le ha
entregado inerme, y hasta subroga la exigencia de la moralidad en general; así, aprehendemos
con una mirada que nuestro sentimiento de culpa moral expresa la tensión entre el yo y el
superyó. Es una experiencia muy asombrosa ver como un fenómeno periódico [en dichos
pacientes] a esa moralidad que supuestamente nos ha sido otorgada e implantada tan hondo
por Dios. En efecto, trascurrido cierto número de meses el alboroto moral pasa, la crítica del
superyó calla, el yo es rehabilitado y vuelve a gozar de todos los derechos humanos hasta ¿I
próximo ataque. Y aun en muchas formas de la enfermedad se produce en los períodos
intermedios algo contrario; el yo se encuentra en un estado de embriaguez beatífica, triunfa
como si el superyó hubiera perdido toda fuerza o hubiera confluido con el yo, y este yo liberado,
maníaco, se permite de hecho, desinhibidamente, la satisfacción de todas sus
concupiscencias. He ahí unos procesos que rebosan de enigmas irresueltos.
Esperarán ustedes, por cierto, algo más que una mera ilustración si les anuncio que hemos
aprendido muchas cosas acerca de la formación del superyó, o sea, sobre la génesis de la
conciencia moral. Apoyándose en una famosa sentencia de Kant, que pone en relación la
conciencia moral en nosotros con el cielo estrellado (3), una persona piadosa muy
bien podría sentir la tentación de venerar a ambos como las piezas maestras de la Creación.
Las estrellas son sin duda algo grandioso, pero por lo que atañe a la conciencia moral, Dios ha
realizado un trabajo desigual y negligente, pues una gran mayoría de los seres humanos no la
han recibido sino en escasa medida, o no en la suficiente para que valga la pena hablar de ella.
En modo alguno desconocemos la parte de verdad psicológica contenida en la afirmación de
que la conciencia moral es de origen divino, pero la tesis requiere interpretación. Si la
conciencia moral es sin duda algo «en nosotros», no lo es desde el comienzo. Es en esto un
opuesto de la vida sexual, que efectivamente está ahí desde el comienzo de la vida y no viene a
agregarse sólo más tarde. Pero el niño pequeño es notoriamente amoral, no posee inhibiciones
internas contra sus impulsos que quieren alcanzar placer. El papel que luego adopta el superyó
es desempeñado primero por un poder externo, la autoridad parental. El influjo de los
progenitores rige al niño otorgándole pruebas de amor y amenazándolo con castigos que
atestiguan la pérdida de ese amor y no pueden menos que temerse por sí mismos. Esta
angustia realista es la precursora de la posterior angustia moral (4); mientras gobierna, no
hace falta hablar de superyó ni de conciencia moral. Sólo más tarde se forma la situación
secundaria que estamos demasiado inclinados a considerar la normal: en el lugar de la
instancia parental aparece el superyó que ahora observa al yo, lo guía y lo amenaza,
exactamente como antes lo hicieron los padres con el niño.
Ahora bien, el superyó, que de ese modo toma sobre sí el poder, la operación y hasta los
métodos de la instancia parental, no es sólo el sucesor de ella, sino de hecho su legítimo
heredero. Proviene de ella en línea directa; pronto averiguaremos mediante qué proceso. Pero
antes debemos considerar una discordancia entre ambos. El superyó, en una elección
unilateral, parece haber tomado sólo el rigor y la severidad de los padres, su función prohibidora
y punitoria, en tanto que su amorosa tutela no encuentra recepción ni continuación algunas. Si
los padres ejercieron de hecho un severo gobierno, creemos lógico hallar que también en el
niño se ha desarrollado un superyó severo, pero la experiencia enseña, contra nuestra
expectativa, que el superyó puede adquirir ese mismo carácter de rigor despiadado aunque la
educación fuera indulgente y benévola, y evitara en lo posible amenazas y castigos. Volveremos
sobre esta contradicción más adelante, cuando tratemos acerca de las trasposiciones
pulsionales en la formación del superyó.
En cuanto a la trasmudación del vínculo parental en el superyó no puedo decirles tanto como
me gustaría, en parte porque ese proceso es tan enmarañado que su exposición no cabe en los
marcos de una introducción como esta que pretendo ofrecerles, y en parte porque nosotros
mismos no creemos haberlo penetrado por completo. Confórmense entonces con las
siguientes indicaciones. La base de este proceso es lo que se llama una «identificación», o sea
una asimilación de un yo a un yo ajeno, a consecuencia de la cual ese primer yo se comporta
en ciertos aspectos como el otro, lo imita, por así decir lo acoge dentro de sí. Se ha comparado
la identificación, y no es desatino, con la incorporación oral, canibálica, de la persona ajena. La
identificación es una forma muy importante de la ligazón con el prójimo, probablemente la más
originaria; no es lo mismo que una elección de objeto. Podemos expresar la diferencia más o
menos así: cuando el varoncito se ha identificado con el padre, quiere ser como el padre;
cuando lo ha hecho objeto de su elección, quiere tenerlo, poseerlo. En el primer caso su yo se
alterará siguiendo el arquetipo del padre; en el segundo, ello no es necesario. Identificación y
elección de objeto son en vasta medida independientes entre sí; empero, uno puede
identificarse con la misma persona a quien se tomó, por ejemplo, como objeto sexual, alterar su
yo de acuerdo con ella. Suele decirse que el influjo del objeto sexual sobre el yo se produce con
particular frecuencia en las mujeres y es característico de la feminidad. En cuanto al que es con
mucho el más instructivo de los nexos entre identificación y elección de objeto, ya tengo que haberles hablado en las anteriores conferencias. Es que se lo observa con harta facilidad así en niños como en adultos, en personas normales como en enfermas. Si uno ha perdido un objeto o se ve precisado a resignarlo, es muy común que uno se resarza identificándose con él, erigiéndolo de nuevo dentro de su yo, de suerte que aquí la elección de objeto regresa, por así decir, a la identificación (5).
Ni yo mismo estoy del todo satisfecho con estas puntualizaciones acerca de la identificación,
pero basta con que les parezca posible concederme que la institución del superyó se describa
como un caso logrado de identificación con la instancia parental. Ahora bien, el hecho decisivo
en favor de esta concepción es que esa creación nueva de una instancia superior dentro del yo
se enlaza de la manera más íntima con el destino del complejo de Edipo, de modo que el
superyó aparece como el heredero de esta ligazón de sentimientos tan sustantiva para la
infancia. Lo comprendemos: con la liquidación {Auflassen} del complejo de Edipo el niño se vio
precisado a renunciar también a las intensas investiduras de objeto que había depositado en los
progenitores, y como resarcimiento por esta pérdida de objeto se refuerzan muchísimo dentro
de su yo las identificaciones con los progenitores que, probablemente, estuvieron presentes
desde mucho tiempo atrás. Tales identificaciones, en su condición de precipitados de
investiduras de objeto resignadas, se repetirán luego con mucha frecuencia en la vida del niño;
pero responde por entero al valor de sentimiento de ese primer caso de una tal trasposición que
su resultado llegue a ocupar una posición especial dentro del yo. Una indagación más honda
nos enseña también que el superyó resulta mutilado en su fuerza y configuración cuando el
complejo de Edipo se ha superado sólo de manera imperfecta.
En el curso del desarrollo, el superyó cobra, además, los influjos de aquellas personas que han
pasado a ocupar el lugar de los padres, vale decir, educadores, maestros, arquetipos ideales.
Lo normal es que se distancie cada vez más de los individuos parentales originarios, que se
vuelva por así decir más y más impersonal. No olvidemos tampoco que el niño aprecia a sus
padres de manera diferente en diversos períodos de su vida. En la época en que el complejo de
Edipo deja el sitio al superyó, ellos son algo enteramente grandioso; más tarde menguan
mucho. También con estos padres posteriores se producen después identificaciones, pero lo
común es que ellas brinden importantes contribuciones a la formación del carácter; en tal caso,
afectan sólo al yo, y no influyen más sobre el superyó, que ha sido comandado por las
primerísimas imagos parentales (6).
Espero ya tengan la impresión de que nuestra postulación del superyó describe real y
efectivamente una constelación estructural, y no se limita a personificar una abstracción como
la de la conciencia moral. Mencionaremos todavía una importante función que adjudicamos a
ese superyó. Es también el portador del ideal del yo con el que el yo se mide, al que aspira a
alcanzar y cuya exigencia de una perfección cada vez más vasta se empeña en cumplir. No hay
duda de que ese ideal del yo es el precipitado de la vieja representación de los progenitores,
expresa la admiración por aquella perfección que el niño les atribuía en ese tiempo (7).
Sé que han oído hablar mucho del sentimiento de inferioridad que distinguiría justamente a los
neuróticos. Se hace bulla con él sobre todo en las llamadas «bellas letras». Un escritor que usa
el término «complejo de inferioridad» cree haber satisfecho todos los requerimientos del psicoanálisis y elevado su exposición a un nivel psicológico superior. En realidad, la artificiosa expresión «complejo de inferioridad» apenas si se usa en el psicoanálisis. Para nosotros no significa algo simple, y menos aún algo elemental. Reconducirla a la autopercepción de cualesquiera mutilaciones de órgano, como gusta hacerlo la escuela de la llamada «psicología
individual», nos parece un miope error (8). El sentimiento de inferioridad tiene fuertes
raíces eróticas. El niño se siente inferior cuando nota que no es amado, y lo mismo le sucede al
adulto. El único órgano considerado de hecho inferior es el pene atrofiado, el clítoris de la niña
(9). Pero lo principal del sentimiento de inferioridad proviene del vínculo del yo con su
superyó y, lo mismo que el sentimiento de culpa, expresa la tensión entre ambos. En general,
es difícil distinguir entre sentimiento de inferioridad y sentimiento de culpa, Acaso se haría bien
en ver en el primero el complemento erótico del sentimiento de inferioridad moral. En el
psicoanálisis hemos prestado poca atención a este problema de deslinde conceptual.
Justamente por la gran popularidad que ha alcanzado el complejo de inferioridad me permito
entretenerlos aquí con una breve digresión. Una personalidad histórica de nuestro tiempo, que
aún vive, pero en la actualidad se ha retirado a un segundo plano, conserva cierta atrofia en un
miembro por una lesión que sufrió durante su nacimiento. Un escritor muy famoso de nuestros
días, que se ha consagrado a las biografías de personas sobresalientes, trató también la vida de
este hombre que acabo de mencionar (10). Ahora bien, parece sin duda difícil sofocar la
necesidad de ahondamiento psicológico cuando se escribe una biografía. Por eso nuestro autor
se aventuró a edificar todo el desarrollo de carácter de su héroe sobre el sentimiento de
inferioridad que su defecto físico no habría podido menos que provocarle. Al hacerlo pasó por
alto un hecho pequeño, pero no carente de importancia. Lo común es que la madre a quien el
destino ha deparado un hijo enfermo o con alguna otra tacha busque resarcirlo de esa injusta
desventaja mediante un exceso de amor. En el caso en cuestión la orgullosa madre se
comportó de otro modo: privó de su amor al hijo debido a su deformidad. Cuando el niño se
convirtió en un hombre de gran poder, probó de manera inequívoca con sus acciones que
nunca había perdonado a su madre. Si ustedes se percatan del valor del amor materno para la
vida anímica del niño, corregirán sin duda mentalmente la teoría de la inferioridad, sustentada
por el biógrafo.
Volvamos al superyó. Le hemos adjudicado la observación de sí, la conciencia moral y la
función de ideal. De nuestras puntualizaciones sobre su génesis se desprende que tiene por
premisas un hecho biológico de importancia sin igual y un hecho psicológico ineluctable: la
prolongada dependencia de la criatura humana de sus progenitores, y el complejo de Edipo; a
su vez, ambos hechos se enlazan estrechamente entre sí. El superyó es para nosotros la
subrogación de todas las limitaciones morales, el abogado del afán de perfección; en suma, lo
que se nos ha vuelto psicológicamente palpable de lo que se llama lo superior en la vida
humana. Como él mismo se remonta al influjo de los padres, educadores y similares,
averiguaremos algo más todavía acerca de su significado si nos volvemos a estas fuentes
suyas. Por regla general, los padres y las autoridades análogas a ellos obedecen en la
educación del niño a los preceptos de su propio superyó. No importa cómo se haya arreglado
en ellos su yo con su superyó; en la educación del niño se muestran rigurosos y exigentes. Han
olvidado las dificultades de su propia infancia, están contentos de poder identificarse ahora
plenamente con sus propios padres, que en su tiempo les impusieron a ellos mismos esas
gravosas limitaciones. Así, el superyó del niño no se edifica en verdad según el modelo de sus
progenitores, sino según el superyó de ellos; se llena con el mismo contenido, deviene portador
de la tradición, de todas las valoraciones perdurables que se han reproducido por este camino a
lo largo de las generaciones. Entrevén ustedes qué importante ayuda para comprender la
conducta social de los seres humanos (p. ej., la de la juventud desamparada), y acaso
indicaciones prácticas para la educación, se obtienen de la consideración del superyó. Es
probable que las concepciones de la historia llamadas materialistas pequen por subestimar este
factor. Lo despachan señalando que las «ideologías» de los hombres no son más que un
resultado y una superestructura de sus relaciones económicas actuales. Eso es verdad, pero
muy probablemente no sea toda la verdad. La humanidad nunca vive por completo en el
presente; en las ideologías del superyó perviven el pasado, la tradición de la raza y del pueblo,
que sólo poco a poco ceden a los influjos del presente, a los nuevos cambios; y en tanto ese
pasado opera a través del superyó, desempeña en la vida humana un papel poderoso,
independiente de las relaciones económicas.

Notas:
1- [La mayor parte del contenido de esta conferencia se tomó de los capítulos I, II, III y V de El yo y el ello (1923b), con algunos agregados.]
2- [En la terminología moderna se hablaría probablemente de «depresión».]
3-  {Kant, Crítica de la razón práctica, «Conclusión», primer párrafo.}
4- [Esta cuestión había sido considerada en Inhibición, síntoma y angustia (1926d), AE, 20, pág. 122, y con más detalle en los capítulos VII y VIII de El malestar en la cultura (1930a).]
5- [En verdad, sólo hay una breve alusión a esto en la 26ª de las Conferencias de introducción al psicoanálisis (1916-17), AE, 16, pág. 388. La identificación se trató en el capítulo VII de Psicología de las masas y análisis del yo (1921c), AE, 18, págs. 99 y sigs., y la formación del superyó, en el capítulo III de El yo y el ello (1923b), AE, 19, págs. 30 y sigs.]
6- [Freud examinó esto en «El problema económico del masoquismo» (1924c), AE, 19, pág. 173; digamos de paso que allí nos ocupamos, en una nota al pie, de su uso del término «imago».]
7- [Este pasaje es algo oscuro, sobre todo respecto de la frase «der Tráger des Ichideals» {«el portador del ideal del yo»}. Al introducir el concepto de «ideal del yo» en su trabajo sobre el narcisismo (1914c), Freud lo distinguió de «una instancia psíquica particular cuyo cometido fuese velar por el aseguramiento de la satisfacción narcisista proveniente del ideal del yo, y que con ese propósito observase de manera continua al yo actual midiéndolo con el ideal» (AE, 14, pág. 92). Análogamente, en la 26ª de las Conferencias de introducción (1916-17), AE, 16, pág. 390, dice que el sujeto «siente en el interior de su yo el reinado de una instancia que mide su yo actual y cada una de sus actividades con un yo ideal, que él mismo se ha creado en el curso de su desarrollo». En algunos escritos de Freud posteriores a esas conferencias no es tan nítido este distingo entre el ideal y la instancia que lo pone en práctica. Tal vez aquí quiso restablecerlo identificando dicha instancia con el superyó. Consideraciones similares plantea el uso de «Idealfunktion» {«función de ideal»} tres párrafos más adelante. Este punto es tratado en mi «Introducción» a El yo y el ello (1923b), AE, 19, pág. 10.]
8- [Las opiniones de esta escuela se discuten en la 34ª conferencia, AE, 22, págs. 130 y sigs.]
9- [Véase una nota al pie agregada por Freud a su artículo sobre la diferencia anatómica entre los sexos (1925j), AE, 19, pág. 272.]
10- [Emil Ludwig en su libro sobre Guillermo II, publicado en 1926.]

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