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Estudio del psicoanálisis y psicología

Proyecto de una psicología para neurólogos: La compulsión histérica


La compulsión histérica

Empiezo por cosas que se encuentran en la histeria, sin que por fuerza hayan de ser exclusivas de ella. - Todo observador de la histeria nota, en primer lugar, que las histerias están sometidas a una compulsión que es ejercida por unas representaciones hiperintensas: Por ejemplo, en la conciencia emerge con particular frecuencia una representación sin que el decurso lo justifique; o el despertar de esta representación está acompañado por unas consecuencias psíquicas que no se comprenden. Con la emergencia de la representación hiperintensa se conectan unas consecuencias que, por un lado, no se pueden sofocar, y por el otro, no se pueden comprender: desprendimiento de afecto, inervaciones motrices, impedimentos. No escapa al individuo inteligir lo llamativo de este estado de cosas. Representaciones hiperintensas se tienen también normalmente. Ellas confieren al yo su particularidad. No nos producen asombro cuando tenemos noticia de su desarrollo genético (educación, experiencias) y sus motivos. Solemos ver en tales representaciones hiperintensas el resultado de unos motivos grandes y justificados. En cambio, las representaciones hiperintensas de los histéricos nos resultan llamativas por su rareza; son representaciones que en otros no traen consecuencia alguna y de cuya dignidad no comprendemos nada. Nos aparecen como unos advenedizos, unos usurpadores, y por ende unas ridiculeces.

La compulsión histérica es, entonces: 1) incomprensible, 2) insoluble mediante trabajo de pensar, 3) incongruente en su ensambladura.

Existe una compulsión neurótica simple que es lícito poner en contraste con la histérica.

Por ejemplo: un hombre se ha arrojado de un carruaje corriendo peligro y después no puede viajar más en carruaje. Esta compulsión es: 1) comprensible, pues tenemos noticia de su origen, y 3 ) congruente, pues la asociación con peligro justifica el enlace entre viajar en carruaje y miedo. Pero tampoco ella es soluble mediante trabajo de pensar. Este último carácter no se puede llamar totalmente patológico; también nuestras ideas normales hiperintensas son a menudo insolubles. En cuanto a la compulsión neurótica, en modo alguno se la tendría por patológica si la experiencia no mostrara que en el hombre sano perdura breve lapso tras el ocasionamiento, y luego se disipa con el tiempo. Entonces, la perduración de la compulsión es patológica e indica una neurosis simple.

Ahora bien, de nuestros análisis resulta que la compulsión histérica queda solucionada tan pronto como es esclarecida (se vuelve comprensible). Por tanto, ambos caracteres son en esencia uno solo. En el análisis se averigua también el proceso en virtud del cual se ha producido la apariencia de absurdidad e incongruencia. El resultado del análisis es, en términos generales, el siguiente:

Antes del análisis, A es una representación hiperintensa que con frecuencia excesiva se esfuerza dentro de la conciencia y provoca llanto. El individuo no sabe por qué llora a raíz de A, lo encuentra absurdo, pero no puede impedirlo.

Después del análisis, se ha hallado que existe una representación B que con derecho provoca llanto y con derecho se repetirá una y otra vez mientras el individuo no haya consumado contra ella cierta complicada operación psíquica. El efecto de B no es absurdo, es comprensible para el individuo, y aun puede ser combatido por él.

B mantiene con A una relación determinada.

Es esta: hubo una vivencia que consistió en B + A. A era una circunstancia colateral, B era apta para operar aquel efecto permanente. Pero la reproducción de aquel suceso en el recuerdo se ha plasmado como si A hubiera reemplazado a B. A ha devenido el sustituto, el símbolo de B.

De ahí la incongruencia: A se acompaña de unas consecuencias para las que no parece digna, que no le corresponden.

Formaciones de símbolo sobrevienen también normalmente. El soldado se sacrifica por un trapo multicolor puesto sobre un palo porque eso se ha convertido en símbolo de la patria, y nadie lo encuentra neurótico.

El símbolo histérico, empero, se comporta de otro modo. El caballero que se bate por el guante de la dama sabe, en primer lugar, que el guante debe su significado a la dama; en segundo lugar, su veneración del guante no le impide en modo alguno pensar en la dama y prestarle otra clase de servicios. El histérico que llora a raíz de A no sabe nada de que lo hace a causa de la asociación A-B ni que B desempeña un papel en su vida psíquica. Aquí, el símbolo ha sustituido por completo a la cosa del mundo.

Esta tesis es correcta en el más riguroso sentido. Uno se convence de que a raíz de todos los despertares desde afuera y desde la asociación, que en verdad deberían investir B, en lugar de B aparece A en la conciencia. Más aún: por las ocasiones que -asombrosamente- despiertan a A, uno puede inferir la naturaleza de B.

Esto puede resumirse así: A es compulsiva, B está reprimida {desalojada} (al menos de la conciencia).

El análisis ha arrojado el sorprendente resultado de que a toda compulsión corresponde una represión, y a todo desmedido esforzar dentro de la conciencia, una amnesia.

El término «hiperintenso» apunta a caracteres cuantitativos; es sugerente suponer que la represión {esfuerzo de desalojo} tiene el sentido cuantitativo de un despojamiento de Q, y que la suma de ambas sería igual a la normal. Entonces, sólo ha cambiado la distribución, Se ha adjudicado a A algo que se sustrajo de B. El proceso patológico es el de un desplazamiento {descentramiento}, tal como el que hemos conocido en el sueño; por tanto, un proceso primario.