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Estudio del psicoanálisis y psicología

Obras de Winnicott: La defensa maníaca (1935)


La defensa maníaca 1935

Leído ante la Sociedad Psicoanalítica Británica, el 4 de diciembre de 1935
Refiriéndome a mi caso particular, la creciente comprensión del concepto que Melanie Klein denomina actualmente «la defensa maníaca», ha coincidido con una profundización de mi apreciación de la realidad interior. Hace tres o cuatro años lo que yo hacía era contrastar la
«fantasía» y la «realidad», lo cual hacía que mis amigos no iniciados en el psicoanálisis me dijesen
que estaba empleando la palabra «fantasía» de una manera que difería del empleo ordinario que
del término se hace. A sus objeciones yo replicaba que el mal uso del término resultaba inevitable,
ya que (como sucede en el empleo psicoanalítico de la palabra «angustia») la invención de una
nueva palabra hubiese sido más difícil de justificar que el hecho de remozar un término ya existente.
Gradualmente, sin embargo, me voy dando cuenta de que uso la palabra “fantasía” más en su
sentido normal y he llegado a comparar la realidad externa no tanto con la fantasía como con la
realidad interna. En cierto modo lo que les estoy diciendo es una sutileza, ya que, si se respetara
suficientemente la «fantasía», tanto la consciente como la inconsciente, no haría falta ningún
esfuerzo para pasar a utilizar el término «realidad interna». y, con todo, puede que haya para
quienes, tal como me sucede a mí, el cambio de la terminología entrañe una profundización de la
creencia en una realidad interior (1).
La conexión entre este prolegómeno y el título de mi escrito, «La defensa maníaca», estriba en que
forma parte de la defensa maníaca de uno mismo el ser incapaz de dar plena importancia a la
realidad interior. Existen fluctuaciones en la capacidad personal para respetar la realidad interior,
fluctuaciones que se relacionan con la angustia depresiva que hay en uno mismo. Su efecto
consiste en que en ciertos días se nos presenta un paciente que emplea principalmente defensas
de tipo maníaco y que nos ofrece un material que al principio escapa a la interpretación. Y sin
embargo, las notas tomadas de las asociaciones durante la visita nos parecerán completamente
comprensibles al día siguiente.
Esta nueva comprensión nos induce a replantearnos la “huida hacia la realidad» (Searl, 1929) en
calidad de huida de la realidad interna más que de la fantasía. La realidad interna misma debe
describirse en términos de fantasía y, sin embargo, no es sinónimo de la fantasía, ya que se utiliza
para denotar la fantasía que es personal y organizada, así como históricamente relacionada con las experiencias, excitaciones, placeres y dolores físicos de la infancia. La fantasía forma parte del esfuerzo que realiza el individuo para afrontar la realidad interior. Cabe decir que la fantasía (2) y los sueños diurnos o devaneos constituyen manipulaciones omnipotentes de la realidad externa. El control omnipotente de la realidad entraña la fantasía acerca de esta realidad. El individuo llega a la realidad externa a través de las fantasías omnipotentes elaboradas dentro del esfuerzo para
alejarse de la realidad interior.
En el último párrafo de su escrito («La huida hacia la realidad», 1929) la señorita Searl escribe: «...
en peligro (el niño), quiere conservar los padres idealmente amados y amantes siempre consigo, sin temor alguno a la separación; al mismo tiempo quiere destruir en el odio a los padres poco
cariñosos y severos que le dejan expuesto a los horribles peligros de las tensiones libidinales
insatisfechas. Es decir, en la fantasía omnipotente el niño devora tanto a los padres amantes como
a los severos...”.
Pienso que lo que aquí se omite es el reconocimiento de la relación con los objetos que se presiente hay en el interior. Diríase que aquello con lo que nos encontramos no es meramente una fantasía de incorporación de los padres buenos y malos, que sino que nos encontramos con el hecho, del cual el pequeño es mayormente inconsciente, de que por las mismas razones que han funcionado dentro de las relaciones del niño con los padres externos, se producen ahora ataques sádicos dentro del niño, ataques dirigidos contra los padres buenos que se quieren mutuamente (debido a que, al ser felices juntos, son causa de frustración), ataques contra los padres a los que el odio transforma en «malos», defensa contra los objetos «malos» que ahora amenazan al yo también y, asimismo, intentos de salvar lo «bueno » de lo « malo », de emplear lo « malo » para contrarrestar lo «malo» y así sucesivamente.
Las fantasías omnipotentes no constituyen tanto la realidad interior misma como una defensa contra
la aceptación de dicha realidad. En tal defensa uno encuentra una huida hacia la fantasía
omnipotente, al igual que el paso de unas fantasías a otras y, siguiendo este orden, una huida hacia
la realidad externa. Es por eso que creo que no se puede comparar ni contrastar la fantasía con la
realidad. En el libro de aventuras corriente, extrovertido, a menudo vemos cómo el autor lleva a
cabo la huida hacia los sueños diurnos de la infancia y cómo más tarde se vale de la realidad
externa en esta misma huida. El autor no es consciente de la angustia interior depresiva de la que
ha escapado. Ha vivido una vida llena de incidentes y aventuras que le es posible narrar
exactamente. Pero la impresión que queda en el lector es la de una personalidad relativamente
poco profunda, por esta misma razón: que el autor aventurero se ha visto obligado a basar su vida
en la negación de la realidad personal interior. Uno se aparta con alivio de tales autores para coger
otros capaces de tolerar la angustia depresiva y la duda.
Resulta posible investigar el aminoramiento de la defensa maníaca en el comportamiento y en las
fantasías de un paciente durante su análisis. A medida que las angustias depresivas se atenúan a
consecuencia del análisis, mientras aumenta la creencia en unos objetos interiores “buenos”, la
defensa maníaca se hace menos intensa y menos necesaria, y, por consiguiente, menos evidente.
Debería ser posible eslabonar la aminoración de la manipulación omnipotente, del control y de la
devaluación con la normalidad, y, en cierto grado, la defensa maníaca que todos empleamos en la
vida cotidiana. Por ejemplo, uno se encuentra en un music-hall; en el escenario aparecen las
bailarinas, adiestradas para dar sensación de vivacidad. Cabría decir que nos hallamos ante la
escena originaria, ante el exhibicionismo, ante el control anal, la sumisión masoquista ante la
disciplina, el desafío del superyo. Más tarde o más temprano uno añade lo siguiente: he aquí la
VIDA. ¿No será acaso que lo principal de la función consiste en negar la muerte, defenderse contra
las ideas depresivas de una «muerte interior», mientras la sexualización ocupa un plano
secundario?
¿Y qué decir, por ejemplo, de la radio que se tiene encendida interminablemente? ¿Y del vivir en
una ciudad como Londres, con su incesante ruido, sus luces que nunca se extinguen? Cada uno de
estos ejemplos ilustra la tranquilización contra la muerte interior -tranquilización que se lleva a cabo
a través de la realidad-, y un empleo de la defensa maníaca que puede ser normal.
Igualmente, para explicarse el hecho de que en nuestra prensa exista una columna dedicada a la
Corte debemos postular la presencia de una necesidad general de ser tranquilizados contra ideas
de enfermedad y muerte en la familia real y entre la aristocracia, esta tranquilización nos puede ser
proporcionada mediante la publicación fidedigna de los hechos. Pero no hay seguridad posible
contra la destrucción y desorganización de las figuras correspondientes en nuestra realidad interior.
De «Dios salve al Rey» no basta con decir que queremos salvar al rey del odio inconsciente que
sentimos por él. Podríamos decir que en nuestra fantasía inconsciente llegamos a darle muerte, y
deseamos ponerle a salvo de nuestra fantasía, pero esto extiende demasiado la palabra “fantasía”.
Prefiero decir que en nuestra realidad interior el padre interiorizado es constantemente asesinado,
robado, quemado y despedazado, y nosotros agradecemos la personalización de este padre
interiorizado por un hombre real a cuya salvación podemos contribuir. El duelo de la Corte es una
orden obligatoria que rinde tributo a la normalidad del suelo. En la defensa maníaca el duelo no
puede ser experimentado.
En estas columnas dedicadas a la vida de la Corte se da cuenta y se predicen los movimientos de la aristocracia y aquí, tenuemente disfrazado, puede apreciarse el control omnipotente de personajes que representan a los objetos interiores.
Lo cierto es que apenas es posible hablar en abstracto sobre si tales dispositivos constituyen una
tranquilización normal a través de la realidad o si, por el contrario, son una defensa maníaca
anormal. Sin embargo, lo que sí puede decirse y comentarse es el uso de la defensa con el que nos encontramos durante el análisis de un paciente.
En la defensa maníaca la relación con un objeto externo se utiliza con la finalidad de aminorar la
tensión en la realidad interna. Pero es característico de la defensa maníaca que el individuo no
pueda creer plenamente en la vida que niega a la muerte, ya que el individuo no cree en su propia
capacidad para el amor objetal, pues la compensación es solamente real cuando la destrucción es
reconocida.
Puede ser parte de nuestras dificultades para ponernos de acuerdo sobre un término que denomina
lo que de momento se llama “defensa maníaca”, tenga que ver con la naturaleza de la misma
defensa maníaca. Uno no puede dejar de observar que, en el habla popular, no solamente se
emplea la palabra “depresión”, sino que además se emplea en su sentido exacto. ¿Es que no es
posible ver en esto la introspección que acompaña a la depresión? El hecho de que no exista
ningún término popular para la defensa maníaca podría engarzarse con la ausencia de autocrítica
que clínicamente la acompaña. Por la misma naturaleza de la defensa maníaca, deberíamos dar por
sentada nuestra incapacidad para conocerla directamente por medio de la introspección, en el
momento en que esa defensa está operando.
Es justamente cuando estamos deprimidos cuando nos sentimos deprimidos. Es precisamente
cuando la defensa maníaca actúa en nosotros cuando menos probable es que sintamos como si
nos estuviéramos defendiendo contra la depresión. En tales momentos es más probable que nos
sintamos alborozados, felices, ocupados, excitados, de buen humor, omniscientes, «llenos de vida» y que, al mismo tiempo, estemos menos interesados que de costumbre en cosas serias y en lo horrible que es el odio, la destrucción y las muertes. No deseo sostener que en los análisis del
pasado (3) no se hayan alcanzado las fantasías inconscientes más profundas, las cuales (siguiendo a Freud) llamo aquí «realidad interior». Al estudiar la técnica psicoanalítica se nos enseña a interpretar dentro de la transferencia. El análisis completo de la transferencia proporciona el análisis de la realidad interna. Pero la comprensión de esta última resulta necesaria para una clara comprensión la transferencia.
Características de la defensa maníaca
Ha llegado el momento de hacer un examen más minucioso de la defensa maníaca. Sus
características son la manipulación omnipotente o bien el control y la devaluación despectiva; se
organiza con respecto a las angustias propias de la depresión, la cual es el estado de ánimo
resultante de la coexistencia del amor y la voracidad o gula por una parte y el odio por otra dentro
del marco de las relaciones entre los objetos interiores.
La defensa maníaca se manifiesta de diversas maneras, distintas aunque interrelacionadas; a
saber:
- Negación de la realidad interior.
- Huida desde la realidad interior a la realidad exterior.
- Mantenimiento en «animación suspendida» de la gente que hay en la realidad interior.
- Negación de las sensaciones de depresión -es decir, la pesadez, la tristeza- por medio de
sensaciones específicamente opuestas: ligereza, buen humor, etc.
El empleo de casi cualquier par antitético en la tranquilización contra la muerte, el caos, el misterio,
etc., ideas que pertenecen al contenido de fantasía de la posición defensiva.
Negación de la realidad interior.
Ya me he referido a esto al explicarles mi propia demora en reconocer las fantasías inconscientes
más profundas. Clínicamente, no vemos tanto la negación como la elación relacionada con ella, o
bien un sentimiento de irrealidad acerca de la realidad externa, o el despreocupación por las cosas
serias.
Vale la pena citar aquí un tipo de reconocimiento parcial de la realidad interior. Cabe encontrarnos
con un reconocimiento sorprendentemente profundo de ciertos aspectos de la realidad interior en
personas que, sin embargo, no reconocer que la gente que habita en ellas forman parte de ellas
mismas. El artista siente como si el cuadro fuese pintado por alguien que actúa desde su interior; el
predicador siente como si Dios hablase a través de él. Muchas personas que llevan vidas normales
y valiosas no se sienten responsables de lo mejor que hay en ellas. Se sienten orgullosas y felices
de ser el agente de una persona amada y admirada, o bien de Dios, pero niegan su paternidad en
cuanto al objeto interiorizado. Creo que se ha escrito más acerca de los objetos interiorizados
«malos» y repudiados que acerca de la negación de las fuerzas y objetos internos «buenos».
Existe una aplicación práctica de esto, pues en el análisis del tipo más satisfactorio de paciente
religioso resulta útil trabajar con el paciente como si existiese una base mutuamente acordada sobre
el reconocimiento de la realidad interior, dejando que el reconocimiento del origen personal del Dios
del paciente venga automáticamente como resultado de la aminoración de la angustia debida al
análisis de la posición depresiva. Resulta necesariamente peligroso que el analista crea que el Dios
del paciente es un «objeto de la fantasía». El empleo de esa palabra haría que el paciente sintiese
que el analista está subvalorando el objeto «bueno», cosa que en realidad no hace el analista. Me
parece que algo parecido seria aplicable al análisis del artista en lo que se refiere a su fuente de
inspiración, así como al análisis de la gente interiorizada y de los compañeros imaginarios a quienes
nos pueden presentar nuestros pacientes.
Huida desde la realidad interior a la realidad exterior.
Existen varios tipos clínicos de esta huida. Hay el paciente que hace que la realidad exterior
exprese las fantasías. Hay el paciente que sueña despierto, manipulando omnipotentemente la
realidad, pero a sabiendas de que se trata de una manipulación. Existe el paciente que explota cada
uno de los aspectos físicos posibles de la sexualidad y de la sensualidad. El paciente que explota
las sensaciones corporales interiores. De los dos últimos, el primero, el masturbador compulsivo,
aplaca la tensión física por medio de la satisfacción que procura la actividad autoerótica así como
por medio de las experiencias compulsivas de índole homosexual y heterosexual; el segundo, el
hipocondríaco, llega a tolerar la tensión física mediante la negación del contenido de fantasía.
Animación suspendida.
En este aspecto de la defensa, en el cual el paciente controla a los padres interiorizados,
manteniéndoles entre la vida y la muerte, la realidad interior peligrosa (con sus objetos «buenos»
amenazados, sus objetos «malos» y sus fragmentos de objetos, y sus peligrosos perseguidores) es
reconocida (inconscientemente) en cierta medida y afrontada. La defensa es insatisfactoria debido a
que el control omnipotente de los padres interiorizados “malos” impide también todas las buenas
relaciones, y el paciente se siente muerto por dentro y ve el mundo como un lugar incoloro. Mi
segundo caso es ejemplo de esto.
Negación de ciertos aspectos de los sentimientos de depresión
Utilización de pares antitéticos para la tranquilización. Estas dos características pueden examinarse
conjuntamente. Como ejemplo de lo que quiero decir les daré algunos pares antitéticos explotados
corrientemente en las fantasías omnipotentes y en la realidad exterior controlada omnipotentemente
por los pacientes que se hallan en un estado de defensa maníaca. Algunos emplean más
corrientemente al servicio de la obtención de seguridad o confianza por medio de la realidad
exterior, de manera que la omnipotencia y la devaluación se evidencian relativamente poco.
Vacío Pleno
Muerto Vivo, en crecimiento
Quieto En movimiento
Gris Coloreado
Oscuro Claro, luminoso
Invariable Constantemente cambiante
Lento Rápido
Dentro Fuera
Pesado Ligero
Hundimiento Alzamiento
Bajo Alto
Triste Gracioso, feliz
Deprimido Alegre, dominante
Serio Cómico
Separado Unido
Separándose Uniéndose
Informe Formado, proporcionado
Caos Orden
Discordancia Armonía
Fracaso Éxito
En pedazos Integrado
Desconocido y misterioso Conocido y comprendido
Aquí las palabras clave son «muerto» y ,vivo», «en movimiento», «en crecimiento».
Depresivo-ascensivo
Deseo dedicar unos minutos a una de estas defensas que me interesa especialmente.
Mientras buscaba una palabra capaz do describir las defensas totales contra la posición depresiva
me encontré con la palabra «ascensivo». Me la sugirió el doctor M. Taylor como antítesis de
«depresivo» y resulta mejor que la palabra “ animado” que, en los informes bursátiles, suele
emplearse como antítesis de «depresivo».
Me parece a mí que esta palabra, «ascensivo», es susceptible de ser utilizada provechosamente
para llamar la atención sobre la defensa contra un aspecto de la depresión que se ve entrañado en
términos como «pesadez de corazón», «profundidad de desánimo», “esa sensación de
hundimiento», etc.
Basta con pensar en las palabras “grave”, «gravedad», «gravitación» y en las palabras «leve»,
«levedad», «levitación»; cada una de estas palabras tiene un doble significado. Gravedad denota
seriedad, pero también se utiliza para describir una fuerza física. Levedad denota devaluación y
chistosidad así como falta de pesadez física. En los juegos infantiles he comprobado siempre que
los globos, los aeroplanos y las alfombras mágicas llevan consigo un significado de defensa
maníaca, a veces de un modo específico y otras veces de manera incidental. Asimismo, la alegría,
lo que los ingleses llamamos «tener la cabeza ligera» (4) es síntoma común de una fase depresiva
en ciernes, se trata de una defensa contra la pesadez: la cabeza, como si estuviera llena de gas,
tiende a levantar al paciente por encima de sus problemas. En este sentido es interesante tomar
nota de que al reír nos demostramos a nosotros mismos y a nuestros compañeros que poseemos
mucho aire, para dar y vender, mientras que al suspirar y sollozar demostramos una falta relativa de
aire mediante nuestros restringidos intentos de absorber aire. La palabra «ascensivo» trae a primer
plano la importancia de la Ascensión en la religión cristiana. Creo que alguna vez debería haber
descrito la Crucifixión y la Resurrección en términos de castración simbólica con la subsiguiente
erección, a pesar de la ofensa corporal. De haberle ofrecido esta explicación a un cristiano, éste
hubiera protestado, no sólo debido a la negación general del simbolismo sexual inconsciente;
cuando me parte de la indignación resultante hubiese estado justificada (5) por el hecho de
haberme olvidado yo de la importancia depresivo-ascensiva del mito. Cada año el cristiano prueba
las profundidades de la tristeza, el desánimo, la desesperanza, en las experiencias del Viernes
Santo. El cristiano medio no puede retener la depresión tanto tiempo, y así pasa a una fase
maníaca el Domingo de Pascua. La Ascensión señala la recuperación de la depresión.
Muchas personas encuentran que la tristeza va está lo bastante a mano como para que encima
venga la religión a complicar las cosas. Tales personas son incluso capaces de tolerar la tristeza sin
el apoyo que proporciona la experiencia compartida. Pero a veces me ha sorprendido, al oír cómo el
analizado despreciaba la religión, que estén manifestando una defensa maníaca en la medida en
que no logran reconocer la tristeza, la culpabilidad y la inutilidad, así como el valor que tiene el
alcanzar esto que es propio de la realidad interior personal o psíquica.
La defensa maníaca y el simbolismo
El tema que he elegido es ciertamente susceptible de un amplio tratamiento. Una cuestión que me
interesa muchísimo es la relación teórica entre los fenómenos de la defensa maníaca y el
simbolismo. Por ejemplo, la salida del sol tiene una significación fálica, es decir, de erección. Esto
es obvio, pero no se trata de lo mismo que su significación ascensiva o contradepresiva. En los
juegos y las fantasías los globos se utilizan como símbolo del cuerpo o de los pechos de la madre,
de la hinchazón del embarazo, de la erección, del flato; asimismo, se emplean como símbolos
contradepresivos. En lo que respecta a los sentimientos, son contradepresivos, sea cual sea el
objeto al que desplacen.
El caerse tiene una significación sexual o pasivo-masoquista; tiene además una significación
depresiva; y así sucesivamente.
Puede que una mujer envidie al hombre, desee ser hombre, odie ser mujer, porque, siendo ella
propensa a la angustia depresiva, ha llegado a identificarse con el hombre que tiene una erección y,
de esta manera, con la defensa maníaca ascensiva.
Éstas y otras relaciones entre las defensas maníacas y el simbolismo sexual habrá que dejarlas
para un estudio posterior.
Ejemplos clínicos
Me sería fácil darles ejemplos que vinieran al caso empleando el material que cada uno de los diez
pacientes que tengo a mi cuidado me han proporcionado esta semana o cualquier otra semana.
He seleccionado fragmentos de cuatro casos. Los primeros dos pacientes son de tipo asocial, el
tercero padece una grave obsesión y el cuarto es un depresivo.
El primero, Billy, tiene cinco años y ha venido a mi consulta durante cuatro cursos trimestrales.
Cuando por primera vez acudió a mí tenía tres años y medio, estaba inquieto y se interesaba
principalmente por el dinero y los helados; era codicioso en extremo sin que al mismo tiempo fuese
capaz de disfrutar lo que adquiría. Había comenzado a robar dinero y creo que sin el análisis
hubiese sido un delincuente, especialmente en vista de que vive en un hogar donde él es el único
hijo de unos padres que se llevan mal entre sí. En las primeras fases del análisis su comportamiento
fue consecuente con el diagnóstico: «asocial, delincuente en potencia».
A modo de ilustración de los cambios que se han operado durante el análisis cito tres ejemplos,
escogidos al azar, de los juegos del pequeño. Se produjo un intervalo de algunos meses entre la
primera fase y la segunda, así como entre la segunda y la tercera.
En la primera fase, antes del primero de los tres juegos, hubiese resultado difícil decir que sus
actividades constituían un juego, en el mejor de los casos el supuesto juego consistía en un feroz
ataque contra los piratas.
En el primer juego el niño se coloca ante la boca de un cañón, que yo disparo. El muchacho se ve
elevado y transportado por el aire por encima de los continentes hasta África. Durante el trayecto
derriba a varias personas con un palo; y, una vez en África, sin descender de lo alto, hace frente a
los nativos, que se hallan ocupados en distintas actividades, arrojándolos desde la copa de los
árboles a un pozo y cortándole la cabeza al jefe.
Durante una hora en la que este juego fue el más dominante el niño se mostró tremendamente
excitado. No me sorprendió, pues, que al coger el ascensor para descender del segundo piso, fuese
parar al sótano por error, quedándose allí aterrado. Aquel día le había seguido secretamente debido
a su estado de exaltación, por lo que pude ayudarle a salvar su pequeña dificultad. El niño se quedó
inmensamente tranquilizado al ver que yo me había dado cuenta de su estado anormal, por lo que
había podido ayudarle cuando estaba en apuros.
Aquella sesión tuvo lugar después de una escena en su casa con su madre, escena que, desde
luego, obedecía principalmente a su propia ambivalencia, que estaba saliendo al exterior. También
señaló el punto culminante de su comportamiento «maníaco» y estaba relacionada en el tiempo con
el análisis de la posición depresiva y con la llegada del sentimiento de tristeza y desesperanza. Con
la llegada de la tristeza, por primera vez fue posible la restitución de los juegos constructivos.
El juego que me recordó al otro juego, el que acabo de describirles, tenía que ver con una serie de
viajes en un aeroplano. Esto fue después de un intervalo de varios meses. De nuevo volamos hacia
África, donde esperamos encontramos con enemigos. Contemplamos el mundo desde arriba y nos
reímos de su insignificancia. Pero una de las características del viaje es una pasmosa serie de
precauciones y medidas de seguridad. Disponemos de dos manuales sobre cómo llevar un
aeroplano o un hidroavión. Tenemos dos motores y un helicóptero en caso de que los motores
fallen, así como un paracaídas por cabeza. El tren de aterrizaje no sólo lleva las correspondientes
ruedas, sino que también tiene un par de flotadores por si tenemos que amerizar. Llevamos
abundantes provisiones y también un saco de oro por si se nos termina la comida o las piezas de
recambio. Asimismo, de otras muchas maneras, nos aseguramos contra el posible fallo de nuestro
intento de superar nuestros problemas.
En este segundo juego estaba clara la utilización de un mecanismo obsesivo; los perseguidores
aumentaban de categoría, pasando a ser aviones de otra nacionalidad, susceptibles de convertirse
en aviones aliados en caso de guerra con una tercera nación. (Esto se manifestó en juegos
ulteriores.) La devaluación decreció y la omnipotencia aminoró; pero el hecho de estar arriba no
había que explicarlo solamente mediante el hecho de que nosotros ocupásemos una posición que
nos permitía arrojar excrementos al enemigo que estaba debajo, sino que retenía un sentimiento
contradepresivo o ascensivo.
Les contaré un tercer juego para que lo comparen con los otros dos.
Nos construimos un barco con el que zarpamos rumbo a un país de piratas. En este juego (del que
les doy solamente los detalles principales) nos olvidamos de nuestro objetivo, ya que hace un día
muy hermoso. Nos quedamos haraganeando, tomando el sol en cubierta y disfrutando
despreocupadamente de nuestra compañía. De vez en cuando nos zambullimos en el mar y
nadamos un poco por ahí, perezosamente. Hay algunos tiburones y cocodrilos que de vez en
cuando nos recuerdan su índole persecutoria, pero el muchacho tiene un arma de fuego que
dispara incluso bajo el agua, así que no nos preocupan demasiado.
Admitimos a bordo a una niña pequeña a la que salvamos de ahogarse. Construimos unas
montañas rusas para la muñeca de la pequeña. El capitán nos causa algunos problemas. Cada dos
por tres las máquinas se paran porque el capitán, según nos permite ver una inspección, ha
arrojado porquería entre los mecanismos. ¡Qué capitán! El capitán saca la porquería y nosotros
seguimos gozando de la benevolencia del sol y del agua.
La comparación de este fragmento de juego con los otros dos juegos muestra una aminoración de
la angustia de persecución (ya que en los anteriores los piratas habían sido una constante y grave
fuente de preocupaciones), una conversión en «buenos» de los objetos «malos» (el mar solía estar
rebosante de cocodrilos, aparte de ser enteramente malo), una creencia en la bondad y la
amabilidad (el sol y la atmósfera general de vacaciones), una puesta en relación de la fantasía con
las experiencias físicas (el fusil capaz de disparar debajo del agua), la capacidad de controlar la
traición del capitán, que él mismo se encarga de reparar (extracción de la porquería de la
maquinaria), las nuevas relaciones objetales (especialmente manifestadas en la inclusión de un
nuevo objeto «bueno» bajo la forma de la niña, a la que se salva de perecer en el mar y a la que se
hace feliz con una serie de subidas y bajadas controladas), así como una aminoración de la
obsesiva toma de medidas contra riesgos. No es la devaluación la característica del juego.
La defensa maníaca hace su entrada en la medida en que los peligros son olvidados, pero el hecho
de que haya cierto incremento en la bondad de los objetos internos hace que la defensa maníaca
sea menos fuerte y traiga consigo los demás cambios. Existe una defensa maníaca por cuanto el
muchacho afronta el peligro de una manera maníaca, abriendo fuego contra los perseguidores que
hay dentro del cuerpo (bajo el agua); sin embargo, es observable una relación más sólida con la
realidad externa: por ejemplo, en la relación que hay entre disparar debajo del agua y orinar en el
baño.
Yo desempeño el papel de hermano imaginario, pero también el de madre.
Clínicamente, Billy ha cambiado y es un niño mucho más normal. En la escuela, progresa
satisfactoriamente y disfruta de su relación con los demás alumnos y con los maestros. En casa no
acaba de ser normal: sigue exigiendo dinero y es propenso a armar ruido y especialmente a tener
momentos en que su comportamiento es irrazonable justo en el momento en que comienza la cena.
Pero tiene una personalidad deliciosa, una creciente comprensión de las dificultades de sus padres,
que siguen mostrándose fríos el uno para el otro. La madre está muy enferma, es depresiva y
drogadicta.