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Estudio del psicoanálisis y psicología

Donald Winnicott: La madre deprivada (1940)


La madre deprivada (1940) (1)

Escrito en la época de la primera evacuación.

EL CUIDADO INFANTIL tiene una significación muy especial para los padres y, para comprender los problemas de las madres de niños evacuados, primero resulta necesario reconocer que, en general, los sentimientos concernientes a los niños no son los mismos que los sentimientos especiales que experimentan los padres hacia sus propios hijos.

Lo que da sentido a la vida para muchos hombres y mujeres es la experiencia de la primera década de vida matrimonial, el período en que se construye una familia, y en que los niños necesitan todavía esas contribuciones a la personalidad y el carácter que los padres pueden hacer. Esto es válido en general, pero sobre todo en el caso de quienes se ocupan personalmente del manejo de su casa, sin servicio doméstico, y de aquellos cuya posición económica, o nivel cultural, impone un límite a la cantidad y cualidad de intereses y distracciones posibles. Para tales progenitores, renunciar al contacto permanente con sus hijos constituye sin duda una difícil prueba.

Una madre dijo: "Renunciaríamos a nuestros hijos por tres meses, pero, si es por más tiempo, quizás incluso tres años, ¿qué sentido tiene la vida?" Y otra manifestó: "Todo lo que tengo ahora para cuidar es el gato, y mi única distracción es el bar". Estos son pedidos de ayuda que no deberían desoírse.

La mayoría de los relatos sobre padres cuyos hijos han sido evacuados no parecen captar esta simple verdad. Por ejemplo, se ha expresado la opinión de que las madres lo pasan muy bien, pues están libres para flirtear, levantarse tarde, ir al cine, o trabajar y ganar dinero, a tal punto que seguramente no desean que sus hijos vuelvan.

Sin duda existen casos que justifican tal criterio, pero éste no se aplica a la mayoría de las madres; y cuando ese comentario resulta válido en la superficie, ello no significa que sea necesariamente cierto en un sentido más profundo, pues es bien sabido que una característica de los seres humanos es la de mostrarse indiferentes ante la amenaza de un dolor que no se puede tolerar.

Nadie sugeriría que dar a luz y criar un niño es todo dulzura, pero la mayoría de la gente no espera que la vida carezca de toda amargura; sólo piden que la parte amarga sea la que ellos mismos han elegido.

A la madre urbana se le pide, se le aconseja e incluso se la presiona para que renuncie a sus hijos. A menudo se siente casi atropellada, pues no puede comprender que la dureza de la exigencia surge de una realidad: el peligro de las bombas. Una madre puede mostrarse sorprendentemente sensible a la crítica; el sentimiento de culpa latente, relativo a la posesión de hijos (o de cualquier cosa valiosa), es tan poderoso que la idea de la evacuación tiende en primer lugar a hacerla sentir insegura y dispuesta a hacer cualquier cosa que se le indique, sin tener en cuenta sus propios sentimientos. Uno puede imaginársela diciendo: "Sí, por supuesto, llévenselos, yo nunca fui digna de ellos; los bombardeos no son el único peligro, yo misma no puedo proporcionarles el hogar que deberían tener". Por supuesto no siente esto conscientemente, sólo se siente confusa o aturdida.

Por ésta, y por otras razones, el sometimiento inicial frente al proyecto no puede ser duradero. Eventualmente las madres se recuperan del choque, y entonces se necesita un largo proceso para que el sometimiento se transforme en cooperación. A medida que pasa el tiempo la fantasía cambia, y lo real se torna gradualmente claro y definido.

Si uno intenta colocarse en el lugar de la madre, se plantea de inmediato esta pregunta: ¿por qué, en realidad, se aleja a los niños del riesgo de los ataques aéreos a un precio tan alto y causando tantas dificultades? ¿Por qué se pide a los padres que hagan semejante sacrificio?

Hay varias respuestas.

O bien los padres mismos realmente desean alejar a sus hijos del peligro, cualesquiera sean sus propios sentimientos, de modo que las autoridades sólo actúan en nombre de los padres, o bien el estado atribuye más valor al futuro que al presente, y ha decidido hacerse cargo del cuidado y el maneo de los niños, sin tener para nada en cuenta los sentimientos, deseos y necesidades de los padres.

Como es natural en una democracia, se ha tendido a considerar como válida la primera alternativa.

A ello se debe que la evacuación haya sido voluntaria, y que se haya permitido que fracasara hasta cierto punto. De hecho, hubo incluso algún intento, aunque no muy entusiasta, por comprender el punto de vista de la madre.

Conviene recordar que los niños son objeto de cuidados no sólo para que lo pasen bien, sino también para ayudarlos a crecer. Algunos de ellos se convertirán a su vez en progenitores. Resulta razonable afirmar que los padres son tan importantes como los niños, y que es sentimental suponer que los sentimientos de los padres deben sacrificarse necesariamente por el bienestar y la felicidad de los hijos. Nada puede compensar a un progenitor corriente por la pérdida de contacto con un hijo, y de responsabilidad por el desarrollo corporal e intelectual de aquél.

Se afirma que la vastedad del problema y de la organización requerida para efectuar la evacuación en masa es lo que limita la participación de los padres en cosas tales como la elección de ubicación. La mayoría de los padres pueden aceptar este argumento. Con todo, el propósito de mi artículo es el de señalar que por mucho que las autoridades intenten establecer reglas y normas de aplicación general, la evacuación sigue siendo una cuestión que involucra un millón de problemas humanos individuales, todos distintos entre sí, y todos de vital importancia para alguien. Por ejemplo, una madre puede conocer muy bien los problemas de la evacuación, y estar al tanto de sus múltiples dificultades, pero ese conocimiento no la ayudará a tolerar la pérdida de contacto con su propio hijo.

Los niños cambian rápidamente. Al cabo de los años que esta guerra puede durar, muchos ya no serán niños y todos los bebés de hoy habrán salido de la etapa de rápido desarrollo emocional para pasar a la de desarrollo intelectual y de ocio emocional. No tiene sentido hablar de postergar el momento de llegar a conocer a un niño, sobre todo si es pequeño.

Además, las madres saben una cosa que quienes no están cerca del niño tienden a olvidar: el tiempo mismo es muy distinto según la edad a que se tenga la experiencia de él. Un día feriado que puede pasar casi desapercibido para los adultos, puede parecer a los niños un enorme trozo de vida, y es casi imposible hacer sentir a un adulto la enormidad de tiempo que tres años significan para un niño evacuado. Realmente es una gran proporción de lo que el niño conoce de la vida, equivalente quizás a veinticinco años de vida para un adulto de 40 ó 50 años. El reconocimiento de este hecho torna a una mujer aún más ansiosa ante la posibilidad de perder su oportunidad de ser madre.

Por lo tanto, la investigación de todos los detalles del problema de la evacuación pone de manifiesto problemas individuales que son importantes, incluso urgentes, a su manera.

Partiendo ahora de la base de que los deseos de los padres están representados por las autoridades que actúan así en nombre de aquellos, resulta posible comprender cuáles son las complicaciones que posiblemente sobrevendrán.

Mucha gente, incluyendo a los mismos padres, cree que todo estaría bien si se cuidara eficazmente de sus hijos; que éstos, sí estuvieran bastante desarrollados emocionalmente como para soportar la separación, podrían en realidad beneficiarse con el cambio; sin duda los niños harían la experiencia de vivir en un hogar distinto, ampliarían sus intereses, y quizás tendrían un contacto con la vida de campo de la que suelen privarse los niños urbanos e incluso los suburbanos.

No tiene sentido negar, sin embargo, que la situación es compleja y que de ningún modo puede confiarse en que los padres se sientan seguros en cuanto al bienestar de sus hijos.

Hay una historia antigua y conocida, pero que rara vez deja de perturbar y sorprender a quienes tienen a su cargo niños ajenos. Los padres suelen quejarse por el tratamiento que sus hijos reciben mientras están lejos del hogar, y creen todo lo que un niño puede inventar en cuanto a malos tratos y, sobre todo, a mala alimentación.

El hecho de que un niño regrese al hogar al salir de una institución para convalecientes en óptimo estado de salud, no impide que la madre presente una queja en el sentido de que su niño ha sido descuidado. Cuando se investigan tales quejas, rara vez permiten descubrir fallas reales; quejas similares en el caso de los hogares a los que se envía a los niños evacuados son de esperar, y resultan bastante naturales si se tienen en cuenta las dudas y los temores de las madres. Debe esperarse que una madre sienta antipatía por toda persona que descuide a su hijo, pero es igualmente razonable esperar que experimente esa misma antipatía por quien cuida de su hijo mejor que ella misma, pues ese tipo de cuidado despierta su envidia o sus celos. Es su hijo y, simplemente, quiere ser la madre de su propio hijo.

No es difícil imaginar lo que ocurre. Un niño regresa al hogar de vacaciones y pronto capta una atmósfera, de tensión en cuanto se le pregunta sobre algún detalle. "¿Te daba la señora fulana de tal un vaso de leche antes de dormirte?" El niño puede sentir alivio al contestar que no y complacer así a su madre sin tener que mentir. El niño se ve envuelto en un conflicto de lealtades, y se siente desconcertado. ¿Qué es mejor, estar en casa o lejos de ella? En algunos casos, la defensa contra ese mismo conflicto ha sido preparada mediante un rechazo de la comida en el hogar, en el campo, durante los primeros y los últimos días de su estada allí. Si la madre muestra considerable alivio, el niño siente la tentación de agregar unos pocos detalles fabricados por su imaginación.

La madre comienza entonces a sentir realmente que ha habido un cierto descuido, y presiona al niño para obtener más información. Ahora la tensión crece cada vez más, y el niño prácticamente no se atreve a examinar sus propias afirmaciones. Es menos peligroso aferrarse a unos pocos detalles y repetirlos cada vez que surge el tema. Y así la desconfianza de la madre aumenta hasta que termina por presentar una queja.

Esta difícil situación tiene dos fuentes de origen; el niño siente que sería desleal contar que ha estado alegre y bien alimentado, y la madre abriga la esperanza de que su competidora no pueda ni siquiera compararse con ella. Hay momentos en que resulta fácil establecer un círculo vicioso de desconfianza por parte del progenitor real y de resentimiento por parte de la madre circunstancial. Cuando pasa ese momento, queda abierto el camino para la amistad y la comprensión entre esas rivales en potencia.

Todo esto quizás le parezca muy absurdo a un observador, que puede darse el lujo de ser razonable, pero la lógica (o el razonamiento que niega la existencia o la importancia de los sentimientos y conflictos inconscientes) no basta cuando una madre debe separarse de su hijo. Aunque una madre deprivada desee realmente cooperar con el proyecto, tales sentimientos y conflictos inconscientes deben tenerse en cuenta.

Entre un momento de desconfianza y otro, las madres tienden con igual facilidad a sobreestimar la bondad y la responsabilidad de los hogares circunstanciales, y a creer que sus hijos están a salvo y bien cuidados sin conocer los hechos reales. Así trabaja la naturaleza humana. Probablemente nada despierte tanto los celos maternos como el cuidado excepcional. Puede ocultar sus celos incluso de sí misma, pero así como tiene razones para preocuparse por la posibilidad de que descuiden a su hijo, tiene iguales motivos de preocupación en el sentido de que su hijo se acostumbre a situaciones que no pueden mantenerse a su regreso. Ello ocurre sobre todo cuando esa situación es sólo un poco mejor que la hogareña, pues si su hogar temporario es un castillo, toda la experiencia ingresa al mundo de los sueños.

El siguiente incidente revela la forma en que las pequeñas cosas pueden magnificarse.

Una madre se quejó de una madre circunstancial, y resultó que la queja consistía tan sólo en que esta última era generosa y propietaria de una confitería, mientras que la madre verdadera no sólo carecía de los medios para comprar al niño muchas golosinas, sino que también se las limitaba por temor a que se le arruinara la dentadura.

Estos problemas no son distintos de los de la vida diaria. Cuando un pariente o un amigo se muestra muy generoso con un niño, la madre sufre al verse obligada a adoptar un papel estricto e incluso cruel, y la situación hogareña suele aliviarse cuando el niño encuentra una actitud firme en otra parte.

Es obvio que no resulta prudente enterar a una madre de la maravillosa comida que el niño recibe en otro lado, y de todas las otras ventajas especiales que el hogar temporario puede tener con respecto al verdadero. Tampoco tiene sentido decir (sobre todo cuando es cierto) que el niño es más feliz fuera del hogar. De hecho, puede haber mucho de oculta sensación de triunfo en tales comentarios.

Con todo, los padres esperan y, sin duda, deben recibir informes, escritos sin intención de triunfo y con el objeto de permitirles seguir compartiendo la responsabilidad por el bienestar de sus hijos. Si no se mantiene el contacto, la imaginación comienza a suplir los detalles sobre una base fantástica.

En un estudio más detallado de la madre deprivada, es necesario ir más allá de lo que cabe esperar que ella sepa sobre sí misma. Algo importante que se debe tener en cuenta es que una madre no sólo desea tener hijos, sino que los necesita. Cuando comienza a formar una familia, la madre organiza sus ansiedades, as¡ como sus intereses, a fin de poder movilizar todo lo posible su impulso emocional con vistas a ese fin. Considera valioso el verse permanentemente molestada por las ruidosas necesidades de sus hijos, y esto es cierto aunque se queje abiertamente de que sus lazos familiares son una molestia.

Quizás nunca haya pensado en este aspecto de su experiencia maternal hasta que, cuando los chicos ya no están, se encuentra por primera vez poseedora de una cocina tranquila, al mando de un navío sin tripulación. Aunque su personalidad tenga la flexibilidad suficiente como para permitirle adaptarse a esa nueva situación, este desplazamiento de sus intereses requiere tiempo.

Quizás se tome unas breves vacaciones de sus hijos sin necesidad de reorganizar sus intereses vitales; pero hay un período más allá del cual no puede ir sin tener algo o alguien que le parezca digno de cuidar, e incluso de muchos sacrificios; también comienza a buscar alguna otra manera de ejercer poder en forma útil.

En las situaciones corrientes, la madre se acostumbra gradualmente a intereses nuevos a medida que los hijos crecen, pero en la época actual de guerra se pide a las madres que pasen por este difícil proceso en unas pocas semanas. No es de extrañar que a menudo fracasen y lleguen a deprimirse o bien insistan absurdamente en el retorno de sus hijos.

Este mismo problema presenta otro aspecto. Las madres pueden tener una dificultad similar para recibir a sus chicos de vuelta, después de haber reorganizado sus intereses y ansiedades para hacer frente a la experiencia de la paz y la tranquilidad hogareña. También aquí es necesario tener en cuenta el factor tiempo. Esta segunda reorganización puede resultar más difícil que la primera, porque después del regreso de los chicos, habrá un período, por breve que sea, en el que la madre deberá fingir ante sus hijos que está preparada para ellos, y que los necesita tanto como antes de su alejamiento; y tendrá que fingir porque, al principio, no se sentirá en condiciones de recibirlos. Necesita tiempo para adaptar sus pensamientos, así como los arreglos exteriores en el hogar, a su regreso.

En primer lugar, los niños realmente han cambiado, son mayores y han tenido nuevas experiencias; y también ella ha tenido toda clase de ideas sobre ellos mientras estuvieron lejos, y necesita vivir con ellos algún tiempo antes de poder llegar a conocerlos tal como realmente son.

Ese temor a tener que hacer una adaptación profunda y penosa, con el riesgo de fracasar en el intento, impulsa a las madres a arrancar a sus hijos de los hogares circunstanciales, cualesquiera sean los sentimientos de quienes han hecho todo lo posible por el bien de esos niños. Es como si las madres estuvieran en un juego en el que hubieran sido robadas, y en el que su claro deber consiste en rescatar a los niños de manos de una bruja; como salvadoras vuelven a sentirse seguras de la existencia y de la fuerza de su propio amor.

También habría que describir las actitudes especiales de madres más anormales. Hay un tipo de madre que piensa que su hijo sólo es bueno cuando ella lo controla personalmente. Incapaz de reconocer las cualidades positivas innatas del niño, previene a los futuros padres circunstanciales en cuanto a las posibles dificultades, y queda atónita cuando se entera de que el niño se comporta normalmente. Hay otro tipo de madre que habla mal de su hijo, tal como un artista se muestra despectivo para con su obra y es, por lo tanto, la persona menos indicada en el mundo para venderla. Esa madre, como el artista, teme tanto el elogio como la crítica, y evita esta última mediante la propia subestimación de su obra.

Resumen

Dentro de los límites de este artículo, he tratado de mostrar que cuando un niño es alejado de sus padres surgen sentimientos muy intensos.

Quienes se ocupan de los problemas relativos a la evacuación de niños deben tener en cuenta los problemas de las madres tanto como los de las madres circunstanciales, si aspiran a comprender las consecuencias de lo que hacen.

Cuidar de niños ajenos puede ser una tarea difícil y exigente, y puede vivirse como una tarea de guerra. Pero el simple hecho de verse privada de los propios hijos es una tarea de guerra muy poco satisfactoria, que no puede atraer a ningún progenitor, y que sólo puede tolerarse si se aprecia debidamente las posibilidades de peligro.

Por esa razón es necesario hacer un verdadero esfuerzo por descubrir cómo se siente una madre privada de su hijo.

Notas:

(1) Deprivada debe entenderse como privada del afecto y contacto de sus hijos.