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Estudio del psicoanálisis y psicología

Lacan, Seminario 18: Clase 9, del 9 de Junio de 1971



Lo que voy a decir hoy lo fundamentaré en algo que tuve el cuidado de escribir. Aquí está. No digo esto así como así, como si no le hablara a nadie. Y no es superfluo. Eventualmente me permitiré ronronear algo a propósito de tal término del escrito. Pero si ustedes han escuchado suficientemente lo que he abordado este año de la función del escrito, y bien, entonces, no tendré necesidad de justificarla más si no es por los hechos, en acto.

No es indiferente, en efecto, que lo que voy a leer ahora esté escrito. Esto no tiene en absoluto el mismo alcance si simplemente digo o les digo que escribí: si un hombre y una mujer pueden oírse, no digo que no. ¡Pueden como tales oírse, gritar!. Si no lo hubiera escrito sería una broma. Escrito supone al menos que ustedes sospechen,  -en fin algunos de ustedes-, lo que en un tiempo escribí del grito. No puedo volver a eso. Esto sucede, que ellos griten, en el caso en que ellos no logren oírse de otra manera. De otra manera, es decir, sobre un asunto que es la prueba de su convenio. Esos asuntos no fallan. Aquí está incluido, en este caso -es el mejor- el convenio en la cama. Esos asuntos no fallan por viento, pero es en eso que les falta algo, o sea oírse como un hombre, como mujer, lo que querría decir sexualmente. Entonces, ¿el hombre y la mujer sólo podrían oírse si se callan?.

No se trata de eso. Porque el hombre, la mujer, no tiene necesidad de hablar para ser tomados en un discurso. Como tales, con el mismo término que dije hace un rato, como tales, son hechos de discurso. La sonrisa aquí bastaría, me parece, para adelantar que no son más que eso. Sin dudas. ¿Quién no está de acuerdo?. Pero que sean eso, hechos de discurso, fija la sonrisa. Y sólo así, fijada por esta observación, tiene su sentido -la sonrisa- sobre las viejas estatuas. La infatuación se burla.

Por consiguiente es en un discurso que los entes hombre y mujer -naturales- si se puede decir, tienen que hacerse valer como tales. No hay otro discurso que el de la apariencia. Si eso no se revelara por sí mismo, yo he denunciado la cosa. Recuerdo su articulación: la apariencia no se enuncia más que a partir de la verdad. Sin duda jamás se evoca a esta -la verdad- más que en la ciencia. No hay razón para seguir preocupándose por esto. Se las arregla bien sin nosotros. Para que se haga oír bien basta con decir: Yo hablo, y se le cree, porque es verdad. Quien habla, habla. No hay postura -recuerdo lo que dije de la apuesta ilustrándola de Pascal- no hay más postura que aquello que ella dice. Como verdad ella no puede decir más que la apariencia sobre el goce y es sobre el goce sexual que ella gana en todas las jugadas.

Voy a ponerles en el pizarrón las figuras algebraicas con las que he creído poder puntualizar eso de lo que se trata en cuanto al  calce el cual uno es llevado a escribir lo que concierne a la relación sexual.

Las barras puestas sobre los símbolos que están a la izquierda y que se sitúan respectivamente respecto de lo que tratamos...

Todo aquello que es capaz de responder a la apariencia del goce sexual, las dos barras llamadas de negación, son aquí tales que justamente no se deben escribir ya que lo que no puede escribirse no se lo escribe, es muy simple.

Se puede decir que no deben escribirse, que no es de todo x que pueda plantearse   de x, y que es por ese no es de todo que se pone la barra.

Que no exista un x tal que satisfaga a la función por la cual se define la variable que fuera la función   de x, que no exista, es por eso que se formula lo que ocurre con el hombre -masculino quiero decir- pero justamente aquí la negación no tiene otra función que la llamada Verneinung, es decir que no se plantea más que si en principio se adelanta que existe algún hombre, y que es en relación a toda mujer que se sitúa una mujer. Es una evocación, no forma parte de lo escrito que yo retomo; lo que significa que ustedes en efecto hacen bien en tomar notas, es el único interés de lo escrito, es que por él después ustedes pueden situarse en relación a él.

Y bien, harán bien en seguirme en mi disciplina del nombre. Tendré que volver a eso y especialmente, en un tercer punto será la sesión con la que terminaremos este año.

Lo propio del nombre es ser nombre propio, incluso uno caído entre otros para uso de nombre común, no es perder el tiempo encontrarle un empleo propio. Y cuando un hombre ha permanecido bastante propio, no vacilen, tomen ejemplos y llamen a la cosa por su nombre: La cosa freudiana, por ejemplo, como hice. Ustedes lo saben, por lo menos me gusta imaginarlo. Volveré sobre esto la próxima vez.

Nombrar algo es un llamado. Por otra parte, en lo que he escrito, la Cosa en cuestión, Freudiana, se levanta y hace su número. No soy yo quien se lo dicta. Incluso sería descansado este último discurso al que en apariencia se sujetan tantas vidas si no estuviese allí como hombre, masculino, expuesto al viento de la castración. Relean mi texto...

Ella la verdad, mi incogible compañera, se mueve con el viento, es eso. Pero ese viento no le da ni frío ni calor por la razón de que el goce es muy poco para ella, ya que la verdad, ella se lo deja a la apariencia. Esta apariencia tiene un nombre también, recuperado del tiempo misterioso en que ellos jugaban los misterios nada más, en que ellos llamaban a la fecundidad el supuesto saber y como tal ofrecido a la adoración bajo la figura de una apariencia de órgano. La apariencia denunciada por la verdad pura está, es necesario reconocerlo, acéfala, bastante interesada en lo que para nosotros comienza con la virtud del coito, o sea la selección del genotipo con la reproducción de fenotipo que allí se desprende, bastante interesada como para merecer ese antiguo nombre de Falo, aunque resulte claro que la herencia que ella cubre se reduce a que la acefalía de esta selección sea la imposibilidad de subordinar el goce llamado sexual a lo que sub rosa especificaría la elección del hombre y de la mujer, tomados cada uno como portadores de un lote preciso de genotipos, ya que en el mejor de los casos es el fenotipo el que guía esta selección.

En verdad es el caso, para decirlo, un nombre propio -porque todavía es uno, el Falo- no es para nada estable si no es sobre el mapa en que se designa un desierto. Son las únicas cosas que no cambian de nombre sobre un mapa. Es notable que incluso los desiertos producidos en nombre de una religión, lo que no es raro, jamás sean designados con el nombre que fue desvastador. Un desierto sólo vuelve a bautizarse si se fecunda. No es el caso para el goce sexual, que el progreso de la ciencia no parezca conquistar el saber. Por el contrario, es por el cruzamiento, que ella constituye en el advenimiento de la relación sexual en el discurso que su lugar se varió allí hasta volverse evidente en el psicoanálisis.

Tal es el sentido que esta palabra tiene en el paso lógico de Frege: die bedeutung des phallus. Es por eso que yo también tengo mis malicias. Es en Alemania y en alemán que llevé el mensaje que responde a ese título en mis Escritos, y en nombre del Centenario del nacimiento de Freud. Fue bueno sentir, en este país elegido para que resonara este mensaje, el estupor que produjo. Ahora no pueden hacerse una idea, porque ustedes se pasean con rosas como estas bajo el brazo. En ese momento eso producía un efecto, ¡Die Bedeutung!, decir que esperaba eso sería no decir nada, al menos en mi boca. Mi fuerza es saber qué significa esperar.

Para el estupor en cuestión, no doy cuenta aquí de mis veinticinco años de cretinización fracasada. Eso sería consagrar que esos veinticinco años triunfan en todas partes. más bien insistiría en que DIE BEDEUTUNG DES PHALLUS es en realidad un pleonasmo: no hay en el lenguaje otra Bedeutung que el Falo. El lenguaje, en su función de existente, no connota -dije connota- en un último análisis más que la imposibilidad de simbolizar la relación sexual en los seres que lo habitan, que habitan el lenguaje, en razón de que ellos hablan por este habitat. Y no se olviden lo que dije en cuanto a que la palabra desde ese momento no es ningún privilegio de ellos, de esos seres que la habitan, aunque la evoquen, la palabra, en todo lo que dominan por el efecto del discurso.

Eso comienza por mi perra, por ejemplo, esa de la que hable durante mucho tiempo, y esto va muy lejos. El silencio eterno, como decía el otro, de los espacios infinitos, no había -como muchas eternidades- durado más que un instante. Eso habla admirablemente en la zona de la nueva astronomía, aquella que se abrió inmediatamente después de ese pequeño discurso de Pascal. Es porque el lenguaje está constituido de una sola Bedeutung que el extrae su estructura, lo que consiste en que no pueda, porque se lo habita, usar de él más que por la metáfora, de donde resultan todas las locuras míticas de las que viven sus habitantes, por la metonimia de lo cual toman su poco de realidad que les queda bajo la forma del plus de goce.

Ahora bien, esto que acabo de decir no se firma más que en la historia, y a partir de la aparición de la escritura; que nunca es simple inscripción, aunque fuese en la apariencia de lo que se promueve desde el audiovisual; la escritura siempre es algo, desde sus orígenes hasta sus últimos proteísmos técnicos, que se articula como huesos de los cuales el lenguaje sería la carne. Es en eso que ella demuestra que el goce sexual no tiene huesos, eso de lo cual se sospechaba por las costumbres del órgano que da el rostro cómico en el hombre que habla. Pero la escritura, ella, no el lenguaje, la escritura da huesos a todos los goces que, por el discurso, resultan abrirse al ser parlante. Al darles huesos, ella subraya lo que ahí era accesible por cierto, pero enmascarado, o sea, que la relación sexual falla en el campo de la verdad porque el discurso que la instaura no procede más que de la apariencia a abrir la vía a goces que parodian -es la palabra exacta- aquella que allí es efectiva, pero que le es ajena. Tal es el otro del goce, para siempre prohibido, aquel cuyo lenguaje no permite la morada más que si la provee -porqué no emplearía esta imagen de escafandra. ¡Quizás esta imagen les diga algo!. De todas maneras hay algunos de ustedes que no están muy ocupados por sus funciones en los sindicatos como para emocionarse por vuestras hazañas en la luna. Hace mucho tiempo que el hombre sueña con la luna. Ahora puso sus pies en ella. Para darse cuenta de lo que eso quiere decir es preciso hacer como hice yo; volver del Japón. Ahí es donde uno se da cuenta que soñar en la luna es en verdad una función.

Hay un personaje del cual no diré el nombre -no quiero hacer erudición- que aún esta allí, encerrado, es justamente él. Uno se da cuenta de lo que quiere decir eso: persona. Es la persona misma, es su máscara la que esta allí encerrada en un pequeño armario japonés; se lo muestran a los turistas. Se sabe que es él, por último, a diez metros desde el lugar donde él se muestra -eso se encuentra en un lugar que se llama el El pabellos de plata de Kyoto- quien soñaba en, con la luna. Nos gusta creer que él la contemplaba bastante fálica. Nos gusta creerla, en fin, eso nos deja de todas maneras, confusos; no nos damos cuenta. El camino recorrido, todo eso para inscribirla; para liberarnos de esta confusión es preciso comprender que es la relación del significante de mi grafo: .

Bueno todo esto es una broma. Les pido perdón. Es una broma -señal, señal para mí, por supuesto, que me advierte que roza el estructuralismo. Sí estoy forzado a rozarlo. Así, naturalmente no es mi culpa. Me liberaré de eso -a ustedes les corresponderá juzgar- en la situación que sufro. El tiempo pasa y naturalmente estoy forzado a abreviar un poco, de manera que esto se va a volver más difícil de seguir, mi escrito. Pero esta situación que sufro, voy a ejemplificarla, a ejemplificarla con algo que no les va a aparecer inmediatamente pero que tendré que decir de aquí hasta que nos separemos dentro de ocho horas. Es que lo ejemplificaré con el rechazo de la perfomance. Es una enfermedad, una enfermedad de la época, bajo la vergüenza de la cual es preciso pasar ya que este rechazo constituye el culto de la competencia, es decir de la idealidad cierta a la que estoy reducido, por otra parte con muchos campos de la ciencia, para autorizarme ante ustedes. El resultado son anécdotas. Mis Escritos, por ejemplo, en inglés se traduce Función y campo de la palabra.. por The lenguaje of the self. Acabo de enterarme que en español se ha hecho algo parecido, una traducción titulado: Aspectos estructuralistas de Freud.

En fin prosigamos...; la competencia sólo existe por lo que está en la incompetencia, al proponerse bajo la forma de idealidad para su culto. Es así como ella va a las concesiones, y voy a darles un ejemplo.

La frase por la que comencé: El hombre y la mujer pueden oírse, yo no digo que no.... Y bien, ¡era para dorarles la píldora!. ¡Y la píldora no arregla nada!. La noción forjada de estructuralismo intenta prolongar la denegación hecha en un tiempo a ciertos especialistas de la verdad..., la denegación de cierto vacío que se percibe en la refacción del goce. Es ese vacío que había ocupado, sin fábulas el existencialismo después que la fenomenología -mucho más hipócrita- hubiese arrojado el guante de sus ejercicios respiratorios. Ella ocupaba los lugares que la filosofía dejó desiertos porque no eran lugares apropiados. Actualmente, ellos son muy buenos en el memorial de su contribución -que no es insignificante- a la filosofía, al discurso del amo que ella ha estabilizado definitivamente con el apoyo de la ciencia: Marx o no, que la ha balanceado sobre los pies o la cabeza.

Es cierto que la filosofía, en todo caso no estaba acé...fala. Que no se cuente conmigo para estructuralizar el asunto de la vida imposible, como si fuera desde allí que ella tiene alguna oportunidad -la vida- al hacer la prueba de su real. La prosopopeya divertida del Yo hablo en el escrito citado hace un rato –La cosa freudiana- para ser puesta en la cuenta retórica de una verdad en persona no me hace leer allí de donde la saco del pozo. Ahí no se dice nada de lo quiere decir hablar la división sin remedio del goce y de la apariencia. La verdad es gozar en apariencia y no confesar en ningún caso que la realidad de cada una de esas dos mitades sólo predomina afirmándose ser de la otra, o sea mintiendo a chorros alternados. Tal es el mito de la verdad. La astronomía es ecuatorial, o sea, ya completamente perimida cuando nació de la pareja noche-día. Una astronomía se reconoce por su sometimiento a las estaciones, se razona: esto es una alusión a la astronomía china que era ecuatorial pero no dio nada.

No se trata de su competencia de lingüista -¡y por motivos evidentes!- por lo que Freud ha trazado sus vías. Lo que recuerdo, es que esas vías no pudo seguirlas más que manifestando -ya hasta la acrobacia- perfomances del lenguaje, que allí sólo la lingüística permite situarlas en una estructura en tanto que ella se ata a una a competencia que se llama una conciencia lingüística que es de todas maneras muy notable, justamente por no poder substraerse nunca a su investigación. Entonces, mi fórmula: el inconsciente está estructurado como un lenguaje, implica a mínima que la condición del inconsciente es el lenguaje. Pero eso no quita nada de alcance al enigma que consiste en que el inconsciente sepa más de eso de lo que parece, ya que habíamos partido de esta sorpresa para designarlo como se lo ha hecho. ¡Sabe muchas cosas!. Naturalmente, eso rápidamente se malograría si se lo cubriera al pequeño inconsciente con todos los instintos que, por otra parte siempre están allí como aguafiestas: lean todo lo que se publica fuera de mi Escuela. La cosa estaba en la cartera, no se trata más que de poner allí la etiqueta en la dirección de la verdad, precisamente, lo que en nuestro tiempo se muere bastante de hambre, si puedo expresarme así. Para no desdeñar el mercado negro ha puesto palotes en el carril de su clandestinidad para martillar que el saber en cuestión sólo se analiza cuando se formula como un lenguaje, o sea, en una lengua particular, aunque más no sea para dominarla, en cuyo caso, por otra parte, no hace otra cosa que lo que se permiten corrientemente dichas lenguas a partir de su propia autoridad. Nadie me volvió a hablar sobre lo que sabe el lenguaje, a saber: die bedeutung des phallus.

Yo lo había dicho, por cierto, pero nadie se dio cuenta de eso porque era la verdad. Entonces, ¿qué es lo que está interesado en la verdad?. Mucha gente, cuando dibujé la estructura de la imagen grosera que se encuentra en la topología para el uso de las familias. Así es como se dibuja:

En esta topología para el uso de las familias, es así como se dibuja la botella de Klein. No hay -vuelvo a eso- un punto de su superficie que no sea parte topológica de la rebotadura que aquí se representa con el círculo, aquí dibujado, con el círculo propio para dar a esta botella el culo del cual las otras se enorgullecen indebidamente, ¡las otras botellas!. Ellas tienen un culo, ¡vaya Dios a saber porqué!. Así, no es allí donde se lo cree, sino en su estructura de sujeto que la histérica -vengo a una parte de las personas que designaba hace un instante- conjuga la verdad de su goce con el saber implacable que ella tiene de que el otro propio para causarla es el Falo, o sea, la apariencia. Quien no comprendería la decepción de Freud al entender que el paso de curación que daría con la histérica no llegaría a otra cosa que hacerle reclamar esa mencionada apariencia, repentinamente provista de virtudes reales por haberla enganchado a ese punto de rebotadura que por no ser inhallable por el cuerpo -es evidente- es una figuración topológica completamente incorrecta del goce en una mujer. Pero, ¿Freud lo sabía?. Uno puede preguntárselo. En la solución imposible de su problema, se debe medir su causa de la forma más justa, o sea, hacer de ella una causa justa, que la histérica se ponga de acuerdo con lo que ella finge detentar de esa apariencia: al menos uno, que escribo, tengo el cuidado de volverlo a escribir, el hommoinzin, conforme al hueso que hace falta para su goce, para que ella pueda roerlo. esta aproximación al hommoinzin -hay tres maneras de escribirlo- al menos una: la manera ortográfica común; y luego esta: hommoinzin, que tiene ese valor expresivo que yo se dar siempre a los juegos estructurales; y además en esta ocasión, ustedes pueden asimismo asimilarlo y escribirlo: a-l moinzin, así, para no olvidar que en este caso ella puede funcionar como objeto  .

Esta aproximación al hommoinzin al poder hacerse con sólo confesar al mencionado punto de mira que el toma según el capricho de sus inclinaciones, la castración deliberada que ella le reserva, limita sus posibilidades. No sería oportuno creer que su éxito pasa por algunos de esos hombres, en masculino, que la apariencia perturba más bien o que prefiere más.

Francos. Aquello que designo así son los prudentes, los masoquistas. Esto sitúa a los prudentes. Es preciso llevarlos a su justo plano. Juzgar así por el resultado es desconocer lo que se puede esperar de la histérica por poco que ella quiera inscribirse en un discurso; porque ella esta destinada a darle mate al Amo, para que gracias a ella él pueda, él se enoje en el saber.

Bien no aporto aquí otra cosa -es el interés de este escrito, engendra un montón de cosas pero es preciso saber bien donde están los puntos que se deben retener- otra cosa que marcar el peligro es el mismo, que en esa encrucijada, que aquel que acabo de àpresar al ser advertido, ya que hace un rato había partido de allí. Vuelvo al mismo punto, ¡doy vueltas alrededor!. Amar la verdad, incluso aquella que encarna la histérica, si se puede decir, no es cierto, o sea para darle lo que no se tiene con el pretexto de que ella lo desea, es precisamente consagrarse a un teatro del que es claro que él no puede hacer más que una fiesta de caridad. No hablo sólo de la histérica, hablo de eso que se expresa en, les diría, como nudo, el malestar en el teatro. Para que siga teniendo fundamento hace falta Brecht, quien no ha comprendido que eso no podía sostenerse sin una cierta distancia, sin un cierto enfriamiento. Este es claro que acabo de decir, que no puede ser mas..., es hablando con propiedad, justamente, un efecto de Aufklarung -es apenas creíble en una mujer- está ligado, por más defectuosa que sea, a la entrada en escena del discurso del analista. Esto basta para que la histérica, la histérica calificada de la cual estoy -lo perciben bien- aproximándoles la función, esto basta para que la histérica renuncie a la clínica exuberante con la cual ella adornaba la hiancia de la relación sexual. ¡Se debe tomar como el signo -es un ejercicio-,se debe tomar como el signo hecho a alguien -hablo de la histérica- que ella va a hacer mejor que esta clínica!

La única cosa importante es lo que pasa desapercibido, a saber que hablo de la histérica como de algo que soporta la cuantificación. Algo se inscribiría si me escucharan, con una   de x siempre apta en su incógnita para funcionar en   de x como variable. Es en efecto lo que escribo y que sería factible, si releen a Aristóteles, descubrir que relación con la mujer precisamente identificada por él a la histérica -lo que pone a las mujeres de su época en un buen lugar, al menos ellas eran estimulantes para los hombres-, descubrir que relación con la mujer identificada a la histérica le ha permitido -es un salto- instaurar su lógica en forma de {falta una palabra}. La elección de {falta una palabra}, la elección de este vocablo, más que el de {falta una palabra} para designar tanto la proposición universal afirmativa como la negativa, por otra parte; en fin, toda esta bufonada de la primera gran lógica esta ligada totalmente a la idea que Aristóteles se haría de la mujer. Lo que no impide que, justamente, la única fórmula universal que no estaría permitido pronunciar sería todas las mujeres. No hay huellas de esto.

Abran los primeros analíticos. Nadie más que él, en tanto sus sucesores se rompieron la cabeza con eso, se hubiera permitido escribir esta increíble enormidad de la que vive la lógica formal desde: todos los hombres son mortales, lo que habla de antemano de la suerte que le espera a la humanidad. Todos los hombres son mortales; esto quiere decir que todos los hombres, ya que se trata aquí de algo que se enuncia en extensión, todos los hombres en tanto que todos están destinados a la muerte, es decir, que el género humano se extingue, lo que al menos es osado.

Que de x impongan pasaje a un toda mujer, que un ser tan sensible como Aristóteles, y bien, no lo haya jamás cometido ese toda mujer, es justamente lo que me he permite adelantar que el toda mujer es la enunciación por la cual se decide la histérica como sujeto. Es por eso que una mujer es solidaria con un no más de uno que la aloja propiamente en esta lógica del sucesor que Peano nos ha dado como modelo. Pero la histérica no es una mujer. Se trata de saber si el psicoanálisis, tal como yo la definí, da acceso a una mujer, o si que una mujer advenga es un asunto de {falta una palabra}, es decir, si es como la virtud lo era según la gente que dialogaba en el MENON -ustedes se acuerdan: el Menon, ¡no,no!- como esta virtud lo era -es lo que hace su mérito, el sentido de ese diálogo- esta virtud era lo que no se enseña. Esto se traduce: lo que no puede de ella, de una mujer, tal como yo defino allí el paso, ser sabido en el inconsciente, o sea de manera articulada.

Porque, por último -aquí paro- alguien que justamente exagera con el teatro, como si fuera la cuestión digna, en fin, absorber verdaderamente una gran actividad -es un libro muy bien hecho- una gran actividad de analista, como si estuviese allí verdaderamente aquello en lo que un analista debería especializarse, alguien me atribuye el mérito de una nota de haber introducido la distinción entre verdad y saber. ¡Sorprendente!, ¡inaudito!.

Acabo de hablarles del Menon. Naturalmente él no lo leyó, no leyó sino desde el teatro... Pero en fin, del Menon, es con eso que comencé a franquear las primeras frases de la crisis que me opuso a cierto analista. La distinción entre la verdad y el saber, la oposición entre {episteme} y la doxa verdadera, aquella que puede fundar la virtud, ustedes la encuentran así escrita, muy cruda, en el Menon. Lo que he realizado es justamente lo contrario: es su unión, a saber que allí donde eso se anuda en apariencia en un círculo euleriano, el saber del que se trata, en el inconsciente, es aquel que se desliza, que se prolonga, que en todo instante se releva saber de la verdad. Es allí que ahora planteo la cuestión: es que ese saber efectivamente nos permite progresar en el Menon, a saber, decir si esta verdad en tanto ella se encarna en la histérica es susceptible, efectivamente, de un deslizamiento lo bastante flexible como para que sea la introducción a una mujer.

Se bien que cuestión se ha elevado en un grado desde que demostré que por más que haya lenguaje articulado no es por eso que es articulable en palabras. Está allí simplemente eso de lo cual se plantea el deseo. Es fácil, sin embargo, pensar que es justamente por el hecho de que se trata del deseo en tanto que pone el acento sobre la invariancia de la incógnita, de la incógnita que está a la izquierda, aquella sólo se produce bajo el patrón de una Verneinung. Es justamente porque pone el acento sobre la invariancia de la incógnita que la evidencia del deseo por el análisis no podría inscribirse en ninguna función de variable. Allí esta el tope del cual se separa como tal el deseo de la histérica de lo que sin embargo se produce y que permite a innumerables mujeres funcionar como tales, es decir, haciendo función del no más de uno de su ser para todas sus variaciones situacionables. Allí la histérica juega el papel de esquema funcional, si ustedes saben lo que es: es el alcance de mi fórmula del deseo llamado insatisfecho. Se deduce que en la histérica se sitúa por introducir el no más de uno por el cual se instituyen cada una de las mujeres por la vía del no es de toda mujer que eso quiere decir que ella sea función del Falo. Que sea de toda mujer, está allí lo que hace su deseo y es porque ese deseo se sostiene por ser insatisfecho; es que una mujer resulta de allí, pero no podría ser la histérica en persona. Es precisamente en eso que la histérica encarna mi verdad de hace un rato, aquella que después de haberla hecho hablar he devuelto a su función estructuralista.

El discurso analítico se instaura por esta restitución de la verdad a la histérica. Ha bastado con disipar el teatro en la histeria. Es en eso que digo que no deja de tener relación con algo que cambia la cara de las cosas en nuestra época. Podría insistir en el hecho de que cuando comencé a enunciar cosas que llevaba todo eso en potencia, tuve inmediatamente como eco el splash de un artículo sobre el teatro en la histérica. El psicoanálisis de hoy no tiene otro recurso que la histérica, no a la página. Cuando la histérica prueba que con la página dada vuelta continúa escribiendo en el dorso e incluso sobre la siguiente, no se comprende. Sin embargo, es fácil: ella es lógica.

Esto plantea la cuestión de la referencia hecha al teatro por la teoría freudiana: el Edipo, nada menos. Ya es tiempo de atacar eso que pareció necesario mantener del teatro, por el sostén de la otra escena, aquella de la que hablo, de la cual fui el primero en hablar. Después de todo, quizás el sueño basta para todo esto. Que él abrigue -este sueño- el parto de las funciones fuchsianas3 , como saben que pasó, puede justificar que se haga deseo de que se prolongue. Puede suceder que los representantes significantes del sujeto pasen siempre más comodamente por ser pedidos prestados a la representación imaginaria. Se tiene signo de eso en nuestra época. Es cierto que el goce del cual uno tiene que hacerse castrar no tiene con la representación más que relaciones de aparato. Es por eso que el Edipos de Sófocles, que para nosotros no tiene sino el privilegio de que los otros Edipos estén incompletos y casi siempre perdidos, es aún mucho más rico y más difuso para nuestras necesidades de articulación. La genealogía del placer y del deseo, en tanto que de lo que se trata es de saber como causa, depende de una combinatoria más compleja que la del mito. Es por lo cual no tenemos que soñar para qué sirvió el mito a través del tiempo, como se dice. Es el metalenguaje si nos internamos en esta vía, y al respecto, las Mitológicas de Levi-Strauss son de un aporte decisivo. Ellas manifestaban la combinación de las formas denominables del mitema, muchas de las cuales están borradas, según las leyes de transformación precisas pero de una lógica muy corta, o al menos de la cual es preciso decir que nuestra matemática la enriquece, a esta combinatoria.

Quizás convendría discutir si el discurso analítico no tiene algo mejor que hacer que consagrarse a interpretar esos mitos bajo un modo que no sobrepase el comentario gurú, por lo demás que no sobrepase el comentario superfluo, ya que lo que interesa al etnólogo es la recolección del mito, su colocación prendida con alfileres y su recolación con otras funciones, el ritmo de producción enumerada asimismo de la escritura cuyos isomorfismos articulados bastan para eso. No hay huellas de suposición -iba a decir- sobre el goce que esta allí servido. Es totalmente verdadero, incluso si se tienen en cuenta esfuerzos hechos para sugerirnos la operancia eventual de oscuros saberes que allí estarían yacentes.

La nota dada por Levi-Strauss en Las estructuras de parentesco de la acción de ostentación ejercida por esas estructuras respecto del amor, decide aquí felizmente. Esto no impide que esta cuestión haya pasado bien por encima de las cabezas, de hecho por encima de las de los analistas, que en ese entonces estaban a favor. En suma el Edipo tiene la ventaja de mostrar en qué el hombre puede a la exigencia del no más de uno que está en el ser de la mujer. ¡El mismo no amaría a más de una!. Desgraciadamente no es la misma, es siempre la misma cita, aquella donde..., cuando las máscaras caen, no eran ni él ni ella. Sin embrago esta fábula sólo se soporta si el hombre sigue siendo un niño. Y que la histérica no puede desdecirse es como arrojar una duda sobre la función de la última palabra de su verdad. Un paso en lo serio podría -me parece- hacerse para conectar aquí con el hombre del cual se observará que le he hecho -hasta este punto de mi exposición- la parte modesta mientras sea uno, si hay aquí uno que forme parte de este hermoso mundo.

Me parece imposible -no es en vano que tropiezo de entrada con esta palabra- no entender la esquicia que separa el mito de Edipo de Totem y Tabú. Muestro enseguida mis cartas: el primero está dictado a Freud por la insatisfacción de la histérica, y el segundo por sus propios impasses. Ni del niño, ni de la madre, ni del trágico pasaje del padre al hijo, ¿qué pasaje? si no es el del Falo. De lo que fue el tejido del primer mito ni una huella en el segundo. Allí en Totem y Tabú el padre goza, términos que están velados en el primer mito del goce. El padre goza de todas las mujeres hasta que sus hijos lo abaten poniéndose en ese lugar con un acuerdo previo, después del cual ninguno lo sucede en su glotonería del goce. El término se impone por lo que pasa de retorno: los hijos lo devoran, cada uno no teniendo necesariamente más que una mujer y, por este hecho mismo, el todo haciendo una comunión.

Es a partir de ahí que se produce el contrato social: nadie tocará a la madre aquí, está bien precisado en Moisés y el monoteísmo, de la pluma del mismo Freud, que sólo entre los hijos, los más jóvenes aún esperan en el harén, no son las madres sino las mujeres del padre -como tales- quienes están comprendidas en la prohibición. La madre sólo entra en juego para sus bebes, que son de la simiente del héroe. Pero si es así que se hace, si anotamos a Freud, el origen de la ley no es desde la ley llamada del incesto materno, dada sin embargo como inaugural en psicoanálisis. Mientras que en realidad -es una observación, no es cierto- dejando de lado cierta ley de Manú que lo ha castigado con la castración real... él irá hacia el oeste con sus huevos en la mano..., esta ley del incesto materno está más bien elidida en todas partes. No discuto para nada la legitimidad profiláctica de la prohibición analítica; subrayo que en el nivel en que Freud articula algo de él, en Totem y Tabú -y Dios sabe como lo quería- el no justifica míticamente esta prohibición. Lo extraño comienza en el hecho de que Freud, y por otra parte nadie más, parece haberse dado cuenta de ello.

Continúo en mi huella. El goce es promovido por Freud al lugar de un absoluto que lleva a los cuidados del hombre -hablo de Totem y Tabú - del hombre original. Todo esto está confesado, yo hablo del padre, del padre de la horda primitiva. Es simple reconocer el Falo: es la totalidad de aquello que femeninamente puede estar sujeto al goce. Este goce -acabo de hacerlo notar- permanece velado en la pareja real del Edipo, pero no es que esté ausente del primer mito. La pareja real ni siquiera es puesta en cuestión más que a partir de esto que esta enunciado en el drama, que es la garante del goce del pueblo; lo que encaja, por otra parte, con lo que sabemos de todas las realezas, tanto antiguas como modernas. Pero la castración del Edipo no tiene otro fin que terminar con la peste tebana, es decir, devolver al pueblo el goce del cual otros van a ser los garantes, aquello que, por supuesto, no sucederá sin algunas peripecias amargas para todos. Debo subrayar que la función clave del mito se opone en los dos sentidos, estrictamente.

En principio, ley en el primero, tan primordial que ella ejerce sus represalias aún cuando los culpables no la han contravenido sino inocentemente y es de la ley de donde surge la profusión del goce. En el segundo: goce en el origen. Ley luego de la cual se me perdonará por tener que subrayar los correlatos de perversiones, ya que al fin de cuentas, con la promoción sobre la que se insiste bastante del canibalismo sagrado, son precisamente todas las mujeres quienes están prohibidas por principios en la comunidad de los hombres, que se ha difundido como tal en su comunión. Es exactamente el sentido de esta otra ley primordial, ¿qué la funda?. Etéocles y Polínices están, ahí, pienso, para mostrar que hay otros recursos. Es verdad que ellos proceden de la genealogía del deseo. ¿Para quién es aún necesario que el asesinato del padre se haya constituido?. Para Freud, para sus lectores. Una fascinación suprema para que nadie haya soñado siquiera subrayar que en el primer mito, ese asesinato ocurre a espaldas del asesino, y no solamente no reconoce que mata al padre sino que no puede reconocerlo ya que tiene otro padre, quien con toda legitimidad es su padre ya que lo adoptó. Es incluso expresamente para no correr el riesgo de matar a su verdadero padre que se exilia.

En lo que el mito resulta sugestivo es cuando manifiesta el lugar que el padre genitor tiene en una época en la que Freud subraya que, tanto como en la nuestra ese padre es problemático. Edipo sería absuelto si no fuese de sangre real, es decir si Edipo no tuviera que funcionar como el falo, el falo de su pueblo, no de su madre, y por un tiempo -eso es lo más sorprendente- eso marchó, a saber, los Tebanos eran muy felices. ¡A menudo indiqué que la virgen debió venir de Yocasta!. ¿De lo que ella supo o de lo que ella olvidó?. Que hay de común, en todo caso con el asesinato del segundo mito, que parece ser de revuelta o de necesidad a decir verdad impensable, incluso impensada, si no es como procedente de unos conjura. Es evidente que aquí no hice más que una aproximación al terreno en el cual, en fin, digamos, también una conjura me ha impedido abandonar verdaderamente el problema, es decir, en el nivel de Moisés y el monoteísmo, a saber, desde el punto en el cual todo lo que Freud articuló se vuelve verdaderamente significativo. Ni siquiera puedo indicarles lo que hace falta para llevarlos nuevamente a Freud, pero puedo decir que al revelarnos aquí su contribución al discurso analítico, ésta no proviene menos de la neurosis como lo que recogió de la histérica bajo la forma del Edipo. Es curioso que haya hecho falta que espere todo este tiempo para que semejante aserción, a saber, que Totem y Tabú es un producto neurótico, pueda ser avanzada -lo que es por entero indiscutible- sin que por eso cuestione para nada la verdad de la construcción. Incluso en eso ella es testimonio de la verdad.

No se psicoanaliza una obra y mucho menos la de Freud, se la critica, y muy lejos de que una neurosis vuelva sospechosa su solidez es incluso eso lo que la suelda en este caso. Es a este testimonio donde lo obsesivo contribuye con su estructura para que la relación sexual se revele como imposible de formular en el discurso que debemos el mito de Freud. Por hoy me quedaré aquí.

La próxima vez les daré exactamente su alcance, porque no querría que haya algún malentendido. El hecho de articular de cierta manera lo que es la contribución de Freud al mito fundamental del psicoanálisis -lo subrayo- no es para nada sospechoso, porque así esta subrayado en el origen, muy al contrario. Se trata totalmente de saber adónde puede conducirnos eso.

Final del Seminario 18.