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Estudio del psicoanálisis y psicología

Los escritos técnicos de Freud contin.26



Los escritos técnicos de Freud contin.26

Ulises.
Una palabra se sitúa ante todo en esta dimensión. La palabra es esencialmente un medio
para ser reconocido. La palabra está ahí, antes que cualquier cosa pueda estar detrás de
ella. Por eso es ambivalente y absolutamente insondable. ¿Es o no verdadero lo que ella
dice? Es un espejismo. Es este primer espejismo el que les asegura que estamos en el
dominio de la palabra.
Sin esta dimensión una comunicación no es más que algo que transmite, algo que es casi
de igual orden que un movimiento mecánico. Hace un momento evocaba ese susurro
sedoso, la comunicación de susurros en el interior de la porqueriza. De ello se trata: el
gruñido puede analizarse totalmente en términos de mecánica. Pero, a partir del momento
en que quiere hacer creer algo y exige reconocimiento, la palabra existe. Por eso puede
hablarse, en cierto sentido, del lenguaje de los animales. Hay lenguaje en los animales en
la exacta medida en que hay alguien para comprenderlo.
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Veamos otro ejemplo que tomaré de un artículo de Nunberg aparecido en 1951,
Transference and reality, donde se plantea la cuestión de saber qué es la transferencia.
Se trata del mismo problema.
Es muy agradable ver lo lejos que llega el autor y, a la vez, las dificultades que encuentra.
Para él, todo sucede a nivel de lo imaginario. Cree que el fundamento de la transferencia
es la proyección en la realidad de algo que no está allí. El sujeto exige a su compañero ser
una forma, un modelo, por ejemplo, de su padre.
Evoca en primer lugar el caso de una paciente que pasa todo su tiempo interpelando
violentamente al analista, incluso riñéndolo, reprochándole no ser suficientemente bueno,
nunca intervenir como es preciso, equivocarse, no usar el tono adecuado. Nunberg se
pregunta si éste es un caso de transferencia.
Bastante curiosamente, pero no sin fundamento, responde que no; lo que hay es más bien
una aptitud- readiness- a la transferencia. Por el momento la sujeto hace oír a través de
sus recriminaciones una exigencia, la exigencia primitiva de una persona real; y es la
discordancia que presenta el mundo real respecto a su requisito la que motiva su
insatisfacción. No se trata de transferencia, sino de su condición.
¿A partir de cuándo realmente hay transferencia? Cuando la imagen que el sujeto exige se
confunde con la realidad en la que está situado. Todo el progreso del análisis consiste en
mostrar al sujeto la distinción entre estos dos planos, en despegar lo imaginario y lo real.
Es ésta una teoría clásica: el sujeto tiene un comportamiento supuestamente ilusorio y se
le muestra cuán poco está adaptado a la situación efectiva.
Pero resulta que nosotros no hacemos más que percibir todo el tiempo que la transferencia
no es en absoluto un fenómeno ilusorio. Decirle al sujeto: Pero amigo mío, el sentimiento
que usted tiene hacia mí no es más que transferencia, no es analizarlo. Esto nunca arregló
nada. Felizmente, cuando los autores están bien orientados en su práctica, dan ejemplos
que desmienten su teoría y que prueban que tienen cierto sentimiento de la verdad. Es el
caso de Nunberg. El ejemplo que presenta como típico de la experiencia de transferencia
es particularmente instructivo.
Tenía un paciente que le traía muchísimo material y se expresaba con tal autenticidad,
poniendo tal cuidado en cada detalle, con tal preocupación por ser completo, con tal
abandono... Y, sin embargo, nada ocurría. Nada ocurría hasta que Nunberg se dio cuenta
que en la situación analítica el paciente reproducía una situación que había sido la de su
infancia, durante la cual se entregaba a confidencias, lo más detalladas posibles, fundadas
en la confianza total que tenía en su interlocutora- quien no era otra que su madre- quien
venía todas las noches a sentarse al borde de su cama. El paciente, como Scherezade, se
complacía en hacerle un informe exhaustivo de sus jornadas y también de sus actos, sus
deseos, sus tendencias, sus escrúpulos, sus remordimientos, no ocultando nunca nada. La
cálida presencia de su madre, en camisón, era para él la fuente de un placer
perfectamente sostenido como tal, que consistía en adivinar bajo el camisón el contorno de
sus senos y su cuerpo. Se libraba entonces a las primeras investigaciones sexuales en el
cuerpo de su amada compañera.
¿Cómo analizar esto? Intentemos ser un poco coherentes. ¿Qué significa esto?
Dos situaciones diferentes son aquí evocadas: el paciente con su madre, el paciente con
su analista.
En la primera situación, el sujeto experimenta satisfacción mediante este intercambio
hablado. Podemos sin dificultad distinguir dos planos, el plano de las relaciones
simbólicas, que sin duda alguna se encuentran aquí subordinadas, subvertidas por la
relación imaginaria. Por otra parte, en el análisis el sujeto se comporta con total abandono
y se somete con toda buena voluntad a la regla. ¿Debemos concluir que está allí presente
una satisfacción semejante a la satisfacción primitiva? A muchos les es fácil franquear el
paso: pero sí, es así. El sujeto busca una satisfacción semejante. Se hablará sin vacilar de
automatismo de repetición. Y de todo lo que ustedes quieran. El analista se vanagloriará
de haber detectado tras esa palabra váyase a saber qué sentimiento o emoción, el cual
revelaría la presencia de un más allá psicológico constituido más allá de la palabra.
¡Pero reflexionemos un poco! En primer lugar, la posición del analista es exactamente
inversa a la posición de la madre, no está al borde de la cama sino detrás, y está lejos de
presentar, al menos en los casos más frecuentes, los encantos del objeto primitivo, y de
prestarse a las mismas concupiscencias. En todo caso no es por ese lado por donde habrá
de franquearse el paso de la analogía.
Son evidencias tontas las que estoy diciendo. Sin embargo, sólo deletreando un poco la
estructura, diciendo cosas sencillas, podemos aprender a contar con nuestros propios
dedos los elementos de la situación en medio de la cual actuamos.
Hay que comprender esto: ¿por qué, apenas ha sido revelada al sujeto la relación entre las
dos situaciones, se produce una transformación completa de la situación analítica? ¿Por
qué las mismas palabras se vuelven ahora eficaces, marcando un. verdadero progreso en
la existencia del sujeto? Intentemos pensar un poco.
La palabra se instituye como tal en la estructura del mundo semántico que es el del
lenguaje. La palabra nunca tiene un único sentido ni el vocablo un único empleo. Toda
palabra tiene siempre un más allá, sostiene varias funciones, envuelve varios sentidos.
Tras lo que dice un discurso está lo que él quiere decir, y tras lo que quiere decir está otro
querer decir, y esto nunca terminará a menos que lleguemos a sostener que la palabra
tiene una función creadora, y que es ella la que hace surgir la cosa misma, que no es más
que el concepto.
Recuerden lo que dice Hegel sobre el concepto: el concepto es el tiempo de la cosa.
Ciertamente, el concepto no es la cosa en lo que ella es, por la sencilla razón de que el
concepto siempre está allí donde la cosa no está, llega para reemplazar a la cosa, como el
elefante que hice entrar el otro día en la sala por intermedio de la palabra elefante. Si esto
chocó tanto a algunos de ustedes es porque era evidente que el elefante estaba
efectivamente aquí desde el momento en que lo nombramos. ¿Qué es lo que de la cosa
puede estar allí? No es su forma, tampoco su realidad, pues, en lo actual, todos los
lugares están ocupados. Hegel lo dice con mucha rigurosidad: es el concepto el que hace
que la cosa esté allí, aún no estando allí.
Esta identidad en la diferencia, que carácteriza la relación del concepto con la cosa, es
además la que hace que la cosa sea cosa y el fact esté simbolizado, como nos lo decían
hace un momento. Estamos hablando de cosas y no de váyase a saber qué, siempre
imposible de identificar.
Heráclito nos informa: si instauramos la existencia de las cosas en un perpetuo movimiento
de tal modo que nunca la corriente del mundo vuelva a pasar por la misma situación, es
precisamente porque la identidad en la diferencia ya está saturada en la cosa. De donde
Hegel deduce el concepto es el tiempo de la cosa.
Nos encontramos aquí en el núcleo del problema avanzado por Freud cuando dice que el
inconsciente se sitúa fuera del tiempo. Es cierto y no es cierto. Se sitúa fuera del tiempo
exactamente como lo hace el concepto, porque él es el tiempo de sí mismo, el tiempo puro
de la cosa, y en tanto tal, puede reproducirla según cierta modulación, cuyo soporte
material puede ser cualquier cosa. En el automatismo de repetición se trata precisamente
de esto. Esta observación nos llevará muy lejos, hasta los problemas de tiempo que
supone la práctica analítica.
Volvamos pues a nuestro ejemplo: ¿por qué el análisis se transforma desde el momento
en que se analiza la situación transferencia! evocando la antigua situación, en cuyo
transcurso el sujeto estaba ante un objeto totalmente diferente, que no puede ser
asimilado al objeto actual ? Porque la palabra actual, como la palabra antigua, está en el
interior de un paréntesis en el tiempo, dentro de una forma de tiempo, si me permiten la
expresión. Siendo idéntica la modulación de tiempo, la palabra del analista tiene el mismo
valor que la palabra antigua.
Este valor es valor de palabra. No hay aquí ningún sentimiento, ninguna proyección
imaginaria y el Sr. Nunberg, quien se agota en la tarea de construirla, se coloca así en una
situación inextricable.
Para Loewenstein, no hay proyección, sino desplazamiento. Es ésta una mitología que
presenta todas las apariencias de un laberinto. Sólo podemos salir de él reconociendo que
el elemento-tiempo es una dimensión constitutiva del orden de la palabra.
Si efectivamente el concepto es el tiempo, debemos analizar la palabra por capas
sucesivas, debemos buscar sus sentidos múltiples entre líneas. ¿Esto nunca acaba? Sí,
tiene un final. Pero lo que se revela en último lugar, la palabra última, el sentido último, es
esa forma temporal de la que estoy hablando, que es por sí sola una palabra. El sentido
último de la palabra del sujeto frente al analista, es su relación existencial ante el objeto de
su deseo.
Este espejismo narcisista no adquiere en esta ocasión ninguna forma particular, no es más
que lo que sostiene la relación del hombre con el objeto de su deseo y que siempre le deja
sólo en lo que llamamos el placer preliminar. Esta relación es especular y coloca a la
palabra en una especie de suspensión, puramente imaginaria, en efecto, en relación a esa
situación.
Esta situación no tiene nada que sea actual, nada que sea emocional, nada que sea real.
Pero, una vez alcanzada, cambia el sentido de la palabra, revela al sujeto que su palabra
no es más que lo que he llamado, en mi informe de Roma, palabra vacía, y que en tanto
tal carece de efecto.
Todo esto no es fácil. ¿Me siguen? Deben comprender que el más allá al que somos
remitidos, es siempre otra palabra, más profunda. En cuanto al límite inefable de la
palabra, éste radica en el hecho de que la palabra crea la resonancia de todos sus
sentidos. A fin de cuentas, somos remitidos al acto mismo de la palabra en tanto tal. Es el
valor de este acto actual el que hace que la palabra sea vacía o plena. En el análisis de la
transferencia, se trata de saber en qué punto de su presencia la palabra es plena.
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Si encuentran que esta interpretación es un tanto especulativa, les traeré una referencia,
puesto que estoy aquí para interpretar los textos de Freud, y pues creo oportuno señalar
que lo que estoy explicando es estrictamente ortodoxo.
¿Cuándo aparece en la obra de Freud la palabra Ubertragung, transferencia? No es en los
Escritos Técnicos, y a propósito de las relaciones reales, poco importa, imaginarias, o
incluso simbólicas, con el sujeto. No es a propósito de Dora, ni tampoco a propósito de las
molestias que ella le ha hecho padecer, ya que, supuestamente, no supo decirle a tiempo
que ella empezaba a sentir hacia él un tierno sentimiento. Aparece en la séptima parte,
Psicología de los procesos oníricos, de la Traumdeutung
Quizá sea éste un libro que algún día comentaré con ustedes; y en el cual sólo se trata de
demostrar, en la función del sueño, la superposición de las significaciónes de un material
significante. Freud nos muestra cómo la palabra, a saber la transmisión del deseo, puede
hacerse reconocer a través de cualquier cosa, con tal de que esa cualquier cosa esté
organizada como sistema simbólico. Esta es la fuente de la naturaleza durante mucho
tiempo indescifrable del sueño. Así como no se supo, durante mucho tiempo, comprender
los jeroglíficos pues no se los componía en su propio sistema simbólico: nadie se daba
cuenta que una pequeña silueta humana podía querer decir un hombre, pero que podía
también representar el sonido hombre y, en tanto tal, entrar en una palabra a título de
sílaba. El sueño está formado como los jeroglíficos. Saben que Freud menciona la piedra
Roseta.
¿A qué llama Freud Ubertragung? Es, dice, el fenómeno constituido por el hecho de que
no existe traducción directa posible para un cierto deseo reprimido por el sujeto. Este
deseo del sujeto está vedado a su modo de discurso, y no puede hacerse reconocer. ¿Por
qué? Porque entre los elementos de la represión hay algo que participa de lo inefable. Hay
relaciones esenciales que ningún discurso puede expresar suficientemente, sólo puede
hacerlo entre-líneas como decía hace un momento.
Alguna otra vez les hablaré de la Guía de los extraviados de Maimónides que es una obra
esotérica. Verán como él organiza deliberadamente su discurso de tal modo que lo que él
quiere decir que no es decible- es él quien habla así- no obstante puede revelarse. Dice lo
que no puede, o lo que no debe ser dicho introduciendo cierto desorden, ciertas rupturas,
ciertas discordancias intencionales. Asimismo los lapsus, las lagunas, las contenciones, las
repeticiones del sujeto también expresan, pero en este caso espontáneamente,
inocentemente, la modalidad según la cual se organiza el discurso. Es esto lo que nosotros
debemos leer. Ya volveremos sobre estos textos que vale la pena comparar.
¿Qué nos dice Freud en su primera definición de la Ubertragung? Nos habla de los
Tagesrestre, de los restos diurnos, que están descargados, dice, desde el punto de vista
del deseo. En el sueño, son formas errantes que el sujeto considera poco importantes: han
sido vaciadas de su sentido. Son pues un material insignificante. El material significante
fonemático, jeroglífico, etc... está constituido por formas destituidas de su sentido propio y
retomadas en una nueva organización a través de la cual logra expresarse otro sentido.
Freud llama Ubertragung exactamente a este proceso.
El deseo inconsciente, es decir, imposible de expresar, encuentra de todos modos un
medio para expresarse en el alfabeto, en la fonemática de los restos diurnos, descargados
ellos mismos de deseo. Es éste pues un verdadero fenómeno de lenguaje como tal. Es
esto a lo que Freud da el nombre- la primera vez que lo emplea- de Ubertragung.
Ciertamente, hay en lo que se produce en el análisis, comparado con lo que se produce en
el sueño, una dimensión suplementaria esencial: el otro está ahí. Pero observen también
cómo los sueños se hacen más claros, más analizables a medida que avanza el análisis.
Esto sucede porque el sueño dedica su habla cada vez más al analista. Los mejores
sueños que Freud nos presenta, los más ricos, los más bellos, los más complicados, son
los que se producen en el transcurso de un análisis y que tienden a dirigirse al analista.
Esto también debe aclarar la significación propia del término acting-out. Si, hace un
momento, hablé de automatismo de repetición, si hablé de él esencialmente a propósito
del lenguaje, es porque toda acción en la sesión, acting-out o acting-in, está incluida en un
contexto de palabra. Se califica como acting-out cualquier cosa que ocurra en el
tratamiento. Y no sin razón. Si muchos sujetos se precipitan durante el análisis a realizar
múltiples y variadas acciones eróticas, como, por ejemplo, casarse, evidentemente es por
acting-out. Si actúan lo hacen dirigiéndose a su analista.
Por ello es preciso hacer un análisis del acting-out y hacer un análisis de la transferencia,
es decir, encontrar en un acto su sentido de palabra. Ya que se trata para el sujeto de
hacerse reconocer, un acto es una palabra.